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Tugra Çırağan

La cocina turca es una de las grandes cocinas históricas del mundo. Forjada entre caravanas, puertos y palacios, alimentada durante siglos por la geografía del Imperio otomano, conserva aún hoy una rara cualidad: la de contar historias a través de los sabores. En ella conviven Oriente y Occidente, la sencillez campesina y el refinamiento cortesano, el fuego lento y la paciencia.

Pocos lugares permiten acercarse mejor a esa herencia que Tugra, en el Çırağan. A medida que el sol encendía llamas en las aguas del Bósforo y las primeras luces comenzaban a encenderse en la orilla asiática, la ciudad parecía regresar por un instante a los tiempos de sultanes y visires.

La cena comenzó con una selección de antiguos entremeses turcos: yogur con ajo y eneldo, alcachofas en aceite de oliva, hojas de parra rellenas, crema de pimiento asado y nueces, puré de habas, tarama de huevas y un excelente queso tulum con pistachos, tomate seco y anchoas. Un mosaico de sabores donde convivían frescura, acidez, frutos secos y especias.

Continuó con una ballotine de cabeza de cordero envuelta en una delicada masa crujiente, ligera y sabrosa, que aportaba contraste a una carne untuosa y llena de sabor.

Después llegó el célebre kebab de vasija, un guiso de cordero y verduras cocinado lentamente en barro y abierto en la mesa como quien desvela un secreto largamente guardado.

Y, como plato principal, el jarrete de cordero estofado durante horas, servido bajo campana sobre keşkek, una antigua preparación de trigo enriquecida con frutas y especias suaves.

Unos pequeños dulces turcos bastaron para acabar sin fenecer. 

No fue una cena destinada a deslumbrar mediante artificios, sino a evocar. Una cocina de memoria, tradición y tiempo. Y pocas veces el escenario pudo ser más apropiado: el Bósforo al atardecer, los jardines del Çırağan y la eterna silueta de Estambul recortándose contra la noche.

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