Cuando algo parece que ya está muy bien, resulta que se puede mejorar. Ese es el secreto de la excelencia —mente inquieta, ánimo insatisfecho y trabajo constante— y Marcos Granda lo sabe.
Por eso, le ha dado tal vuelta a Clos que ahora parece otro. Era un delicioso y elegante restaurante de carta exquisita y un par de buenos menús, y ahora es su versión requetemejorada y un gran candidato madrileño a dos estrellas. Inspirado en su otra gran obra, Skina, es toda una sinfonía de blancos y ausencia de color, salvada por una iluminación cálida y perfecta que, con el colorismo de los platos, lo hace todo.
Tiene un gran menú de seis pasajes (mucho más bonito que pasos, que suena entre Semana Santa y la app de salud del móvil) que bien podrían ser paisajes. De él hay dos despieces, de tres y de cuatro. Pero no se engañen: cada uno se descompone en al menos tres platos, por lo que el de seis son más de dieciocho, tantos y tan bien servidos que, por primera vez, he pedido parar y “solo” les voy a contar quince.
Como en Skina, se entra por la bodega y, como allí, nos sirven un buen caldo de setas shiitake con oloroso y aceite de cebollino. También una rica y crocante piruleta de marisco. Las mesas están entre un luminoso ventanal y la cocina y tanto blanco hace que la luz reverbere.

Antes de nada, un crujiente y frágil panipuri, dulce de maíz, ácido de manzana verde y salino de caviar.

Y unos panes sorprendentes que empiezan con una crocante membrana ondulante de corteza de pan con aromas de orégano y mantequillas de queso ahumado, tomates deshidratados y hierbas: la bandera italiana, como la del sabor mediterráneo, encima de la mesa.

Además, tres grandes: semillas, payés y gallego. Y entre los panes y el perfecto aperitivo, un esponjoso brioche abierto en el que untar una sabrosa mousse de queso azul con especias.

Nos abre la imaginación al primer pasaje (astur-celta) y a un plato sin concesiones: oreja de cochinillo con mejillones. Da mucho miedo, pero es maravillosa gracias a una gran fritura y a un laqueado de coco que la hacen un aireado y crujiente “suflé” relleno de una salsa brava picante y magnífica. No me gusta la oreja; esto me arrebata.

De los mismos picantes se enriquece un buey de mar guisado con ternera blanca estofada y tomates confitados. Se oculta bajo el caparazón, relleno de un leve aire de sidra que se mezcla con todo.

El bacalao (al vapor y sellado a la plancha) combina su alma jugosa con trompetas de la muerte, trufas de temporada, huevos de codorniz escalfados y hasta un toque ácido de pepinillo.

La mezcla es deliciosa y original (bravo por una cocina barroca que no se parece a ninguna), pero resulta tímida si la comparamos con unas magníficas y tiernísimas (hechas en 72 horas, nada menos) fabes con crema de las mismas emulsionada con grasa animal y coronadas con potentes erizos, en lugar de chorizo, y un crujiente de arroz. Pocos ingredientes, un mundo.

Sigue el pasaje de la cosecha con una remolacha en tres versiones: en gazpacho, con espárragos risolados, flor de calabaza y sardinas, pero también fuerte de vinagre, que no me ha sabido a nada más. Todo lo contrario que la que se convierte en un volátil airbag con su tartar o la que se hace magnífico sorbete con jengibre y espuma tostada.

Más cosecha en un plato muy marino: un ravioli de berenjena tatemada y confitada con sopa de lo mismo, aromatizada con azafrán y miso. La gamba roja tal cual, pero también hecha crujiente encaje y con las patas fritas, redondea el plato.

Del pasaje arroces, tomamos solo un plato, brillante, en torno al discutible botillo, llevado a lo sublime en uno de los mejores xiaolongbao (de delgadísima masa de arroz) que he probado. Está relleno de caldo del embutido y se acompaña de una crema de tomates y aceitunas en la que se moja la pasta que sobra. Sin palabras.



Brasas tiene un insólito bogavante (a la brasa y tempura) sobre gazpachuelo, que alterna con sesos de ternera y helado de mostaza. Por si fuera poco, un granizado de ocle (un alga) y después la cabeza con infusión de bogavante y leche de oveja con un toque picante. Insólito y en exceso barroco, sí. Buenísimo, también.


El pasaje guisos marineros no se queda atrás con una gran ostra marinada en soja y con aire de escabeche de pollo jugando con un pichón a la brasa. Sabores demasiado fuertes y no sé si tan razonables.

Sigue, mucho mejor, con una delicada lubina en su salsa al aceite de cebollino, con una buena cucharada de caviar, zanahoria, coliflor ahumada y una fascinante salsa de yema de huevo frito.

Volvemos a la brasa con una piel de chuleta macerada en su propia grasa y en su jugo. Patatas fritas y sufladas, pimienta negra y espuma de raifort redondean el plato.

Y se acaba con choripán, pero hecho esponjoso bao relleno de chorizo y ají de cerveza negra para mojar tanto el bollo como la rica versión de la ensalada César que acompaña.

El último pasaje es el ritual dulce y empieza con un postre que me ha impresionado: una mezcla acertadísima de ricos sabores de haba tonka, finger lime y tapioca, mezclados con clásica y elegante crema inglesa.

Si este resalta sabores y temperaturas, el mochi de fabes con praliné de avellanas y velo de yuzu resalta por su magnífica ejecución, al igual que el estupendo dónut de chocolate blanco con vainilla, cereales y una estupenda “mahonesa” de remolacha.


La presentación y el servicio de las mignardises son pura perfección y dejan el buen sabor de boca de una gran comida que ha sido igualmente contada y servida. Unas futuras dos estrellas más que merecidas.































































































































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