Resumen del mundo moderno: no comprometerse, no complicarse, copiar, creer que querer es poder, no esforzarse, no exigirse, no cuestionarse. Practicar el menos es más, porque no se conoce el más.
Resumen de Dabiz Muñoz: no conformarse, ser único, abrir caminos, flagelarse, trabajar sin descanso, complicarse, exigirse y saber que más es más, porque la inteligencia, el talento, el buen hacer, la creatividad, la disciplina y la capacidad de cuestionarse son siempre lo MÁS. Desde hace años es el número uno y cada vez se aleja más del resto.

En esta última comida hay menos espectáculo en las formas y mucho más brillo en la esencia: creatividad, genialidad, originalidad y depuración. Nadie hace más con más. Mezclas imposibles con resultados brillantes en una cocina que es a la vez global y española, porque España protagonizó la primera globalización: de Europa a América pasando por Asia y África, sin olvidar la Oceanía de las Marianas. Un imperio de cinco continentes que Dabiz domina.
El asombroso menú empieza con una artística lámina porque cada plato tiene su explicación —que nos llevamos al final—, ya sea la descripción o todo el proceso creativo. Todo se cuida primorosamente. Se llama Metáfora de Getaria y es una carne que sabe a pescado o quizá un pescado que sabe a carne, porque dos joyas marinas, virrey y cigala, se cocinan en grasa de chuleta. Además, jugo de chipirones a la Pelayo, agua de Lourdes al yuzu kosho, vizcaína y una impresionante ensalada con un aliño tan mágico que, siendo lo más humilde, resplandece como todo lo demás.

Una vez pregunté, visitando el tejado de una catedral, por qué había tantos detalles sublimes en un lugar que nadie veía. La respuesta fue sencilla: porque Dios sí los veía. Las mezclas de sabores, técnicas y productos de Dabiz poseen ese mismo barroquismo (en todo) que avanza a contracorriente.
Brasa y vapor es una cabeza de gamba roja a la brasa junto a un perfecto y tierno xiao long bao de intenso caldo de gambas, que contrasta con la potencia mantecosa del tuétano.

Dabiz puede servirnos medusa, aleta de tiburón o cresta de gallo, porque todo lo convierte en esencial y lujoso. Hasta unas lenguas de pato crujientes, en lugar de la piel, que coronan un muy depurado pato pequinés: apenas una crêpe, grasa por dentro y crujiente por fuera, rellena además de caviar asado a la leña. El salto mortal se completa con un profundo consomé de pato y unos “tallarines” de gelatinosa medusa especiados con clavo. Y no es postureo: es una delicia.

Todo es disímil, pero todo funciona. Estamos ante la orquesta cuando afina —ese horrible pandemonio— y cuando interpreta la pieza con armonía sublime. Como la mezcla de Palo Cortado y pimienta de Sichuan en un mosaico de camarón borracho y cangrejo azul a la coreana, marinado en crudo con ajo, jengibre y chiles. Son muchos sabores, pero aún cabe uno más: una mayonesa templada de jamón Joselito que transforma por completo el plato llevándolo hacia lo cárnico.

En el segundo DiverXO, Dabiz inventó los lienzos: superficies de porcelana blanca sobre las que “pintaba” la comida. Este ya viene decorado y es un cuadro campestre donde se asienta un meloso char siu de jabalina, con sabor a barbacoa, y un magistral bao de judías fermentadas y hongos estofados, que sabe a bosque, pero también a queso, porque la proeza consiste en hacerlo con un tierno velo de leche.

Si el chef parece insuperable en solitario, junto a Gastón Acurio resulta aún mejor. Ambos firman EL ceviche oriental, EL, no uno más. Kakigori (helado) y una explosión de aceitunas, atún rojo, tomates pasificados y carnosos berberechos. La leche de tigre lo reúne todo con el perfume de la lima kaffir y el coco joven.

El Chicken Yaki Soba de espardeñas al wok de carbón está lleno de sabores de leña y mar. Una salsa cantonesa y una tierna y gelatinosa cresta de gallo potencian aún más la sorpresa.

No es un pad thai —ni falta que le hace; esto es otra cosa—, pero es una locura de sabores para embriagar al bogavante, a las almejas y hasta a la piel de pollo frita. Una sinfonía de hierbas, chiles y salsas. A su lado, coco en texturas: polvo helado en el plato y, aparte, la carne en finas brochetas.

De lo más mar y montaña es unir finas láminas de wagyu y una pequeña hamburguesa de vaca rubia gallega con una crujiente gamba en tempura, aligerándolo todo con agua de tomate, caviar de montaña y trigo sarraceno.

Solo él puede aislar la parte más apetecible de una pizza, el borde, para convertirlo en soporte de la auténtica salsa XO cantonesa y de su versión ibérica: vieira deshidratada en vino y soja hasta rozar la textura de una crema, rematada con el toque de perejil que aporta la punta de los palillos.

El suquet sudado es otro caleidoscopio gastronómico donde el salmonete crudo se une a unos pulpitos a la brasa, aire de mantequilla tostada, alioli de azafrán y limón negro.

El pato prodigioso mezcla razas pequinesa e irlandesa en la búsqueda del origen y la preparación perfectas. Es imposible resumir aquí todo el proceso de elaboración y lacado, pero basta decir que, cuando aparece, la piel se ha separado de la carne y posee una textura que recuerda tanto al caramelo de una manzana caramelizada como a un fragmento de ámbar. Es impresionante.
Mientras terminan de darle el punto final de fritura, nos entretienen con un puchero de aleta de tiburón que es también un denso caldo de pollo y panceta. Al lado, un rollito suflado relleno de verduras encurtidas y pasta de cangrejo fermentada.

El arroz perfecto se prepara con los costrones quebradizos de ese mágico pato y está lleno de sabor y fuerza. Grano suelto, blando y crujiente a la vez, con la dosis justa de socarrat. También demuestra ser maestro paellero y por eso se atreve con una paella líquida que concentra la esencia de un arroz caldoso.

Todo culmina con una gran idea: quedarse con la parte del guiso que se pega a la olla. El resultado es un delicioso curry verde de perdiz, de exquisito picante, acompañado por el crujir vegetal de los guisantes lágrima.

El primer postre es otra audacia: un plato de verduras dulcificado. Guisantes del Maresme con beurre blanc de Riesling al yuzu kosho y ensalada de tomates al San Millán. Un hallazgo que aprovecha el dulzor natural de frutas y hortalizas.


El Mango Spicy Rice ya es un clásico y una inyección de frescor: mango al natural y en sorbete de kakigori, bombones de cacahuete y un magnífico arroz con leche glutinoso. Para dar picante al dulce, un chispeante pesto de hierbas al estilo thai.
Las mignardises elevan aún más el nivel con un magistral mochi de galletas embebidas en leche y helado de mantequilla tostada o una gran baklava con núcleo de maíz.

Dabiz no está solo. Él no sale de la cocina, pero para que no le echemos de menos está la dulzura y profesionalidad de Marta Campillo, una amable generala al frente de un ejército invencible.

No hay nada que no sorprenda. Pero no a base de maquinaria de laboratorio ni de técnicas vanguardistas exhibidas como fuegos artificiales. Solo utensilios llegados de todas partes, tradiciones renovadas, fusión de todo lo habido y por haber, barroquismo extremo, imaginación desbocada y la convicción de que los límites no existen.
Y creo que es verdad. Al menos para él.































































































































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