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La elegancia del caracol

 Si Francia sentó las reglas de la gran cocina histórica, España vino a cambiarlo todo cuando decretó que ya no había reglas. Si en la alta cocina de la modernidad, la posmodernidad y la vanguardia les arrebatamos el trono, no sucede lo mismo con la cocina burguesa clásica, porque en nuestro país siguen abundando las tabernas y creciendo imparables los “bares de tapas”. Falta sin embargo, que los establecimientos históricos, como Las Siete Puertas, Lhardy, Botín, el Café Gijón o el Iruña, manteniendo esencias y decoración, dejen de vivir del pasado y ofrezcan no sólo historia, sino también excelencia contemporánea.

 Esa transición ya se ha hecho en Francia y si son muchos los bistrós y brasseies notables (Le Grand Colbert, Bofinger…), Benoit es el rey, sobre todo desde que Alain Ducasse lo anexionó a su imperio y continuó dando cocina popular para día de fiesta, eso sí, alegrada con elementos de gran banquete (trufas, foie, grandes vinos, etc).

 El local, estrenado casi al mismo tiempo que el siglo XX mantiene espejos, separadores de cristal, remates de bronce dorado y grandes y mullidos divanes de terciopelo rojo.

 A ellos les ha añadido buenas mantelerías, una bruñida y refinada cubertería de plata y elegantes porcelanas floreadas. Nada ha alterado el carácter burgués del lugar, pero no hay un solo detalle que no se haya revisado y cuidado.

 Junto a un opíparo menú de 39€ ofrece grandes platos de la culinaria francesa, que sirve acompañados de deliciosos y calientes panecillos de queso y una dorada y untuosa mantequilla.

 Los caracoles son de magnífica calidad y, como debe ser, se envuelven en un velo esmeralda de mantequilla, ajo y perejil.

 El cockpot de espelta, alcachofas y setas de bosque es uno de los platos de verduras más sencillos y sabrosos que puedan imaginarse, porque las vegetales reposan en el cereal, cocido en un potente caldo, y mezclándose con él de modo muy armonioso.

 Para quien no lo sepa el pot au feu es el gran cocido francés, para muchos heredero de las ollas podridas. Este es mucho más lujoso porque incluye foie fresco y trufa negra. Comienza con una deliciosa y perfecta sopa de finísimos fideos. Perfecta por su sabor intenso y lleno de aromas y por la claridad del caldo totalmente exento de grasa.

 Continúa con un gran plato compuesto por verduras frescas que aligeran tiernísimos pedazos de buey, el tuétano y algunas porciones de suculento foie, coronado por las codiciadas láminas de la mejor trufa negra.

   Si se tienen fuerzas, ofrecen una buena tabla de quesos con referencias tradicionales y excelentes: Morbier, Reblochon, Comté, Pont l’Eveque, azules, etc

 Los postres también son la gran marca de Francia y aquí es difícil decidir entre milhojas, gateau chocolat o savarin a l’Armagnac. Por eso quizá la mejor opción es el surtido de tartas que incluye una de dorado y mantecoso hojaldre con un pizca de crema, otra de manzana y frutos secos y la estrella, chocolate, con perfecto y denso cuerpo de sabor intenso y negrísimo.

 Como en cualquier gran restaurante, varias sorpresas con el café,

   un excelente y amable servicio y una carta de vinos asombrosa en un restaurante “popular”. Y casi nada más hay que decir de este excelente restaurante  para todos los públicos y con una estrella Michelin porque enunciados quedan sus secretos: un altísimo nivel de exigencia en cada detalle, productos excepcionales y una búsqueda -con hallazgo incluido- incansable de la excelencia. Lo que a nosotros nos falta…

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Vencidos de la vida 

 El Chiado es a Lisboa los que Montmartre y Montparnasse a París o, más propiamente, lo que Bloomsbury a Londres. Poblado por los escritores elegantes que conformaron intelectualmente el Portugal decimonónico, cobijó en sus refinadas calles a su grupo más sofisticado, Los Vencidos de la Vida, un ramillete de celebridades que se juntaban para perorar y filosofar, pero también para gozar, hasta tal punto que uno de sus miembros más tardíos y famosos, Eça de Queiroz, lo definió como Grupo jantante o sea, que cena, cenante

Las callles de este barrio están llenas de algarabía turística, mendigos cantantes, saltimbanquis y tragafuegos, soberbias iglesias, juerguistas expulsados del Bairro Alto, matrimonios merendantes y todos los rescoldos de un romanticismo culto y chic que rezuma del empedrado, de los nombres de sus calles y de un fascinante club, el Gremio Literario, para acabar desbordándose en el delicado teatro de la ópera, el de San Carlos.

 Y allí, como no podía ser menos, en ese barrio pombalino erigido tras el mítico terremoto de Lisboa, que acabó con la ciudad, dañó Sevilla y hasta destruyó las caballerizas reales de Fez, se encuentra la Plaza de la Academia Nacional de Bellas Artes y en ella el restaurante Tágide, durante años, los ochenta, el más elegante de Lisboa, más que por su comida y su exquisita decoración, por sus inigualables vistas. Hablar de inigualables vistas en la ciudad de los miradores, cuajada de esquinas asomadas a impresionantes panoramas, es arriesgado en demasía pero contemplar, desde el Chiado, la Baixa, Alfama y Castelo no es cosa baladí. Encaramados sobre bellos balcones de filigrana de hierro, sus ventanales muestran un lienzo de ese río que por aquí es tan ancho que parece un mar, todos los rosas y amarillos de esta cuidad ondulante de luces y olas, la mancha verde de los pinos del castillo de Sao Jorge y las gaviotas que se abaten sobre cúpulas oscuras, airosos campanarios, frágiles torres y cresterías modernistas.

  
Lo de la refinada decoración tampoco es de extrañar cuando se sabe obra del rey de los estetas decadentes, Duarte Pinto Coelho, quien llenó los salones de bellas lámparas de latón y cristal, azulejos blancos y azules del XVIII y pequeñas fuentes de piedra. Todo eso continúa pero es ya lo único que permanece, de no ser la memoria de los tiempos felices. Así que se preguntarán que por qué voy a hablarles de Tágide si tampoco es tan bueno. La razón es simple y es que se trata de uno de los restaurantes con vistas más bellos del mundo.


Si la mente está cansada o el cuerpo exhausto, si se quiere festejar el amor o curar las heridas, si se ama la belleza o los senderos de agua, si se quiere ver, o mejor soñar, este es el lugar perfecto. Además la vista no cotiza y los precios son moderados, especialmente a mediodía, cuando la carta se acorta y ofrecen menús de 18 y 25€. L

Entre esas cosas a las que nunca me puedo resistir están las ameijoas bulhao pato (con ajo y cilantro) y las de aquí son de buena calidad y están bien hechas.

 Lo mismo sucede con el más delicioso de los embutidos portugueses, la alheira, un gran invento que debemos a los judíos y a su eterno sufrimiento. Convertidos a la fuerza, elaboraban este manjar con apariencia de salchicha, pero lo rellenaban de carne de caza o de cualquier otra que no fuera cerdo, para que así parecer que comían chorizo cuando en realidad consumían las más exquisitas carnes. Como es un plato fuertemente graso, los portugueses tienen el acierto de acompañarlo de verdura (casi siempre grelos) y a veces, de manzana e incluso naranja.

 El bacalhau a brás (dorado para la mayoría de los españoles) tampoco es fácil hacerlo mal y este, además de muy abundante, está jugoso por no muy hecho y crujiente por efecto de las patatas paja que lo coronan.

  Pero si el a brás me había parecido algo insípido, confirmé esta sensación en el bacalao Tágide, con jamón, batata a murro (golpeadas y después asadas), grelos y crema de garbanzos y tahini (hummus para el resto del mundo). Debe ser que esta vez lo desalaron en demasía o que lo hacen así siempre para complacer a los turistas más sutiles porque, como podrán imaginar, este es un muy turístico lugar.

 Para acabar una buena mousse de chocolate que sirven en vaso -hay cierto cuidado en las presentaciones- y es mezcla de blanco y negro, migas de galleta y algo de sal porque, para quien no lo sepa, ese toque refuerza el sabor del chocolate negro y lo hace aún más delicioso.

 El servicio es atento y con buenas maneras y las mesas disponen de manteles de algodón, algo que empieza a ser infrecuente hasta en restaurantes tan estrellados como Noma, DiverXo o Akrame. La comida tampoco es mala, como han visto, y los precios moderados, así que todo invita a dejar vagar la vista por los infinitos colores de Lisboa, a navegar con la imaginación por las apacibles aguas de Tajo y a solazarse en suma, con la callada música de la belleza.

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El hechizo de las sirenas

 Hay que reconocerle a Sergi Arola innumerables méritos. Fue un gran cocinero y desde su originario La Broche, el artífice de la gran modernización de la cocina madrileña, contribuyendo grandemente a la de la española en general. Como niño prodigio, su restaurante fue el primero en conseguir dos estrellas desde la modernidad. Como catalán nos aportó cosmopolitismo y fusión y además, fue también el primero en convertirse en cocinero estrella y administrador de listas de espera. La llamada de la fama, el veneno del éxito  y los cantos de la adulación se lo llevaron por delante. Como Ulises, debería haberse atado al mástil de su cocina para no sucumbir a las maléficas sirenas.

Hizo numerosos experimentos, emprendió muchos negocios y pasaba más tiempo en la televisión (reality incluido) que en las cocinas. Muchos años han pasado de eso, pero gran parte de su público nunca se lo ha perdonado. Sin embargo, ha mantenido un alto nivel de excelencia e incluso siguió con las dos estrellas cuando estrenó su Arola Gastro, lugar al que he vuelto tras varios años, para comprobar si Sergi era aún el que fue.

 Reconozco que nunca me gustó el personaje, ni el televisivo ni el niño mimado y arrogante que paseaba por La Broche, pero igualmente admito que pocos le han admirado tanto y que en cuanto probaba el primero de sus bocados, me deslumbraba la brillantez de sus recetas y me embriagaban sus irrepetibles interpretaciones de la cocina popular, ese modo sabio de convertir recetas vulgares en alta cocina moderna.

Arola Gastro ha cambiado varias veces de decoración pero sigue imperando una austera elegancia y la imponente presencia de varias obras, no de las mejores, del gran Xavier Mascaró. 

 Todo empieza en el menú descubrimiento con un delicioso guiño al aperitivo de toda la vida: vermut en espuma con perlas de aceituna y caviar de naranja para acompañar tapas que eran tradicionales hasta que Arola las recreó. El candy de anchoas y mousse de aceitunas es intenso de sabor y etéreo de textura, cruje y acaricia el paladar y el pincho de tortilla de patatas separa los ingredientes para conseguir una reunión perfecta.

  
La misma línea es seguida por los snacks clásicos de la casa y que son grandes reinterpretaciones de los aperitivos más famosos y consumidos de España:  empanadilla de marmitako, bocata de calamares, tortita de camarones, bomba de la Barceloneta y patatas bravas.  Todo un homenaje a unos sabores clásicos que mantiene intactos pero aportando nuevas texturas, refinando gustos y evitando grasas. Un gran paseo por la cocina de los bares, perfeccionada durante siglos y un juego del que también fue precursor.

 Las falsas zamburiñas al ajillo son unos también falsos gnochis de delicioso sabor a molusco y con una aliño también sumamente clásico como es el ajillo. Intensas, picantes y algo pasadas de vinagre pero realmente buenas.

 Como en todo gran restaurante hay un cuidado extremo con los panes y sus acompañamientos. Son orgánicos y de espelta, de tomate y orégano y de malta y cereales. También hay unos crujientes colines, sal de especias, sal con hierbas provenzales, emulsión de aceite -que en nada mejora a su ingrediente principal por ser más espesa y grasa- y una muy buena mantequilla de Soria. Gran acierto ahora que nos pirramos por la de Isigny, otras francesas y muchas irlandesas cuando tenemos estas, sobresalientes, casi al lado de casa.

 Los macarrones salteados con parmesano y trompetas de los muertos es un clásico de la cocina catalana totalmente renovado. Llega sin terminar -muchos de los platos se acaban en la mesa lo que da mayor lucimiento al excelente personal de sala- y le añaden un cremoso y semifrio helado de queso de cabra, verdaderamente excelente. Contrasta espléndidamente con el salteado de parmesano, la intensidad de las setas y el perfecto punto de la pasta. Y por si eso fuera poco, la salsa de foie aporta aromas intensos.

 El besugo “Pinta Voraz” guisado con mejillones y Chablis es una gran plato de pescado. A la excepcional calidad de este, se añade la original salsa de mantequilla de vino y mejillones que lo acompañan sin anularlo. Afortunadamente la fortaleza del besugo pide salsas sabrosas que otros no toleran salvo muerte de su sabor. El acompañamiento de las migas de patata morada y ortiguillas a la andaluza le da una enorme gracia y el alga es un toque chispeante de mar y manzanilla.

  El secreto de cerdo ibérico marinado en curry “Vindaloo” con boletus, naranja y romero es un estupendo plato de verduras y carne, una mezcla de fuerzas que se contraponen en sabio equilibrio, aunque nada comparable a lo que nos reserva el final y es que…

  el parfait de fresas con nata y champagne es un prodigio de estética, trampantojos y sabores  añejos.  Nos devuelve a la banalidad de aquel postre de cuando éramos pobres, las fresas con nata, pero lo hace convirtiéndolo en modernidad y alta cocina. El crujiente caramelo de flores es tan bello como sabroso y el corazón de mermelada de la falsa fresa aporta una sorpresa final solo igualada por el elegante helado de champagne. 

 A pesar de llegar tras tan redondo postre, los bocaditos dulces no desmerecen. El macarron de fresa está perfecto, el crumble de manzana esconde a la fruta heladael tiramisú también está helado, el cucurucho de nata con almendras garrapiñadas es un gran juego de texturas y la piña colada refresca y culmina el menú con deliciosos y helados toques frutales.

  
Ha vuelto a ocurrir. La calidad del la cocina de Arola me ha hecho olvidar todos mis prejuicios, lo que me reafirma en la idea de que los autores deberían exponer solo su obra y no sus vidas, aunque dudo que eso sea posible en la sociedad del espectáculo. También me ha demostrado el merecimiento de las estrellas y sobre todo, me ha llevado a pensar que la maestría del cocinero le permite asumir lo que ya es su propio clasicismo y permanecer ajeno a estas cansinas modas orientalistas que influyen demasiado en todos los demás. Un excelente restaurante que aúna clasicismo y modernidad hispanoeuropea sin necesidad de japonizarlo/orientalizarlo todo.

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Nomenclatura y semántica

Javier Aranda, con menos de treinta años, ya tiene una estrella Michelin y un espléndido restaurante del que ya les hablé, La Cabra. No aparece en fiestas de moda, ni en televisión y no hace de modelo para marca alguna pero es un gran cocinero. Todo lo contrario de algunos -y sobre todo de uno- que, apareciendo en todas partes, poco hacen y han hecho en materia culinaria. Su éxito se basa en la constancia, el esfuerzo, la discreción y el talento. Por tanto, se trata de una rara avis de la cocina moderna, algo así como nuestro Thomas Pynchon particular, ese gran escritor que juega al escondite y de quien nadie sabe nada, pero que es uno de los grandes narradores contemporáneos

En ese trabajo cuidadoso, se ocupa hasta de amasar su propio pan, ofrecer desayunos hasta hace poco y mantener una versión más sencilla de su cocina a la entrada de su restaurante, en la llamada de tapería, un nombre casi tan feo como La Cabra, lo que parece indicar que el chef no tiene dotes para elegir nombres, pero claro está, no se puede tener todo.

Tampoco quiero engañarles. Esto no es un bar de tapas, se trata de un bonito comedor con ventanas a la calle y grandes mesas de madera maciza con un enorme pie de acero corten. Como en el restaurante más formal -que en breve se instalará más al norte dejando todo el espacio a la Tapería, prima el cuidado de los detalles, el excelente servicio y una cocina muy elaborada de gran belleza estética. La base son los sabores fuertes de la culinaria manchega enriquecidos con ingredientes y técnicas del mundo entero.  Para demostrarlo empiezo contándoles un plato esencial, el hummus, que en este caso es de fabes lo que le confiere mayor suavidad y una originalidad notable.

 Las alcachofas con butifarra son un bocado excelente basado tan solo en una buena y sencilla mezcla y en la enorme calidad de ambos productos, sin olvidar el contraste entre el crujir de la flor y la cremosidad del embutido. 

 Mucho más arriesgadas son las navajas al pesto manchego, siendo este mucho más que la salsa italiana porque se enriquece la albahaca con menta y perejil. Sobre el molusco una especiada y deliciosa salsa de tomate seco. Una gran combinación de verdes y rojos y de marisco con verdura.

 El (nem) airbag de perdiz es una perfecta empanadilla de caza que, bajo su corteza crujiente y dorada, esconde un picadillo de perdiz de sabor tan intenso y aromático como el de las mejores recetas castellanas. La exótica cobertura aligera su potencia y le da un simpático toque oriental que completa el curry, la emulsión de albahaca thailandesa y el yuzu.

 Las cigalas flambeadas sobre crujiente de tapioca y emulsión de Comté son una gran receta porque, sin restar un ápice de sabor al opulento crustáceo, la base crepitante lo ensalza sin ninguna duda. El plato es tan pictórico que resulta tan bonito el antes como el después del papel encerado que le sirve de lienzo. Los toques levisimos de queso y tomate de árbol redondean la profusión de buenos sabores.

  
El changurro es tan intenso y marino como exige la preparación más respetuosa, pero la base de noodles lo transforma completamente e incluso lo hace más atractivo para quien encuentra esta receta demasiado intensa y especialmente en este caso porque se refuerza con reducción de cigalas y chispeantes toques picantes de salsa satay de chiles y algo de coco.

  El tarantelo de atún es un corte provienente de la parte alta del solomillo y está tan bien confitado y cocinado que se corta solo con acercar el tenedor y se disuelve en la boca entre toques dulces.

 Parecía difícil experimentar nuevas sorpresas pero la pilota de canetón es un plato asombroso y de gran fuerza que nos devuelve a la explosión de la perdiz pero pasando ahora la carne por la exuberancia de Perú. Reposa sobre una deliciosa base de quinoa roja crujiente y posee toques de manzana. La pequeña mazorca de maíz es un regalo goloso y la untuosidad de la salsa, plagada de especias y aromas, una auténtica maravilla.

 La torrija todo lo que tiene de grande lo tiene de tierna y jugosa. Se acompaña de un muy buen helado de caramelo y está entre las mejores de Madrid. 

  Para acabar, el chocolate 2.0 está perfecto y recrea una preparación algo vista de cremas, tierras, helados y esponjas, aquí animada por pequeños toques de frutas ácidas (fruta de la pasión y flor de salvia de piña).

 Recordemos: esta opulenta carta es la versión “sencilla” de la gran cocina de La Cabra. Es evidente que quien puede lo más puede lo menos, pero es admirable ver la creatividad de Javier Aranda y el enorme esfuerzo de mantener estos dos menús de tan alto nivel. Claro que él está a lo que está y el tesón, el esfuerzo y la perseverancia siempre suelen dar resultado.

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Akrame

 Había comido en Alain Ducasse y cené en Akrame. Era como elegir entre la razón y la pasión, entre la clásica perfección y la innovación atrevida. Cierto que me encanta ver a la Paulina Bonaparte de Canova, la perfección, pero prefiero ese mundo de Anselm Kiefer –que también contemplé en el Pompidou– que empezó siendo de guerra y muerte para acabar lleno de luz y flores de colores.

Cierto que comparar a Akrame Benallal con Kiefer es aún muy prematuro pero ambos comparten, frente a la fría perfección del maestro Ducasse, una pasión desbordante, enormes ansias investigadoras y una indudable voluntad por conmover al espectador; comensal en este caso y por lo tanto, actor más que espectador, por mucho que sea cierto que solo la mirada de este culmina la obra artística.

 Como si solo ella importara, el local de Akrame es de una austeridad sorprendente. Quizá ánimo eremita, quizá falta de presupuesto, quizá ambos. El local es pequeño y en él caben poco más de 20 comensales. Moverse en la cocina es una heroicidad y seguramente por eso está abierta a la sala, para que llegue el aire a los ocho cocineros. Como todo ornamento, fotografías de bellas tatuadas, muy tatuadas en verdad.

   No hay manteles y el cuchillo no se cambia en ninguno de los dos menús degustación de 110 y 130€. Para la primera vez les recomiendo el más largo, el que esta noche comenzaba con una ostra que yo no comí.

 En su lugar, me ofrecieron un falso risotto de quinua y parmesano verdaderamente crujiente y lleno de sabores vegetales y texturas cremosas y crepitantes.

 Antes habíamos disfrutado de aperitivos arriesgados, uno llamado Oreo y que es un excelente bocadito de parmesano envuelto en galleta de sardinas de intenso sabor a ambas cosas,

  una deliciosa patata negra coronada con un pedacito de carne ahumada,

 y unas banales pero sabrosas tartaletas de aguacate y lima.

 La empanadilla de setas y trufa es todo sabor a bosque y tiene el alma partida entre una gyosha y una quesadilla. Se sumerge en un intenso caldo de setas con trufa rallada, absolutamente redondo.

 Las vieiras con espuma de avellana esconden bajo un bello aspecto la sorpresa de un toque de plátano, o bien macho o bien deshidratado, así que no arruguen la nariz porque no estaba tan dulce y le va perfectamente.

 Todos nos recordaban orgullosos la visita de Dabiz Muñoz y quizá en homenaje a él pensaron esta langosta intensa, frita y con aromas a carne, que recuerda mucho algunas de las preparaciones del mejor DiverXo.

 El lenguado Stendhal es un excelente logro de sabor y un delicioso guiño a la gran obra del escritor, Rojo y Negro. Los colores los ponen la remolacha y la tinta del calamar que, además de servir para teñir el lenguado complementan perfectamente su sabor.

 Entre las opciones de carne escogí -muy acertadamente- las mollejas de ternera y acerté porque es un plato asombroso. Primero llega una esfera de tupinambo con sombrero o sea, un quebradizo crujiente que se deshace en la boca. Después colocan la tiernísima carne de la molleja. El tupinambo le da un el contrapunto vegetal y delicioso de este tubérculo que hasta no hace tanto solo alimentaba a las ovejas. Aunque con consistencia de patata sabe mucho a alcachofa, el intenso sabor de este me lleva a pensar en una cocción o marinado en caldo de alcachofa. Delicioso.

   Antes del postre el sorbete de Aperol/Spritz, es un refrescante golpe de sabor basado en el gran aperitivo veneciano a base de agua de seltz, vino y Aperol.

 El paladar queda fresco para el queso Abbaye de Citeaux que se carameliza con soplete y se acompaña con toques de pera y comino. 

 Otro delicioso sorbete de whisky y fruta de la pasión que nos ponen en la mano precede al primer postre.

 Este es aún más original hasta en el nombre: Polo negro de hielo. Junta sabiamente un negro y denso caramelo en la base con eneldo, crema y hoja de mostaza, cremosos, crujientes, helados y crocantes.

 El segundo es un pequeño y osado festival de sabores porque mezcla trufa y carbón comestible de bambú en la primera preparación y flor de azahar y algo de pimiento en la segunda.

  Aún quedan dos bocados deliciosos para acompañar el café, las galletas de chocolate y los discos de regaliz. Ocultan unas pequeñas tabletas de chocolate que nos animan a llevarnos, cosa que por supuesto hago. Y agradezco.

 Es fácil deducir que la cocina de Akrame denota pasión y fuerza y que, buscando la originalidad, pelea por la renovación y estas cosas, que se dan por supuestas en la cocina española, en la gala son hoy una rareza porque la mayoría de los cocineros franceses, embriagados por su pasado y narcotizados por su gran historia, se han dormido en los laureles, de la perfección sí, pero de una letal y difunta perfección.

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Viva la clase media 

Ya les he contado lo que dicen los peruanos: que Perú es un barrio de Miraflores, el lugar donde habita de la élite limeña. Del mismo modo, se me ocurre decir que, al menos hasta la llegada de la democracia, España era un barrio del de Salamanca. Allí, en sus calles estrechas y coquetas, atravesadas difícilmente por el sol, se concentra una enorme cantidad de empresarios, políticos, artistas y líderes de opinión, lo que ahora llamaríamos influencers… Entre sus plátanos de indias y bajo los empinados aleros que acarician las tapias del Retiro, el parque más bello de Europa,  las élites han crecido, vivido, amado, conspirado y desaparecido. Tan solo cruzando una calle, entraban en el palacete de Castellana 3, la presidencia del gobierno.

El barrio es hoy lugar de tiendas y paseos. Lo recorren morosamente sus habitantes, pero también ansiosos compradores y todo el resto del mundo, los que ávidamente quieren ver cómo vive la otra mitad. Sin embargo, nunca han estado aquí los restaurantes de lujo, Horcher, Zalacaín y antes Jockey, ni siquiera los grandes hoteles Ritz y Palace, vestigios del perdido esplendor de la belle époque. Daba la sensación que el barrio era para vivir de puertas adentro y que el exhibicionismo del lujo se ejercía extramuros.

 Por eso faltaba un lugar como Higinio’s, al principio restaurante de moda y ahora casa elegante, pero discreta. Sombreado por los jardines de la embajada de Italia, es todo ventanales y su enorme capitoné de terciopelo marrón rodea un comedor alegrado por sillas de color naranja y en el que destaca un bello suelo hidráulico que recuerda tiempos pasados.

  
Como el propio barrio, mucho menos opulento que Los Jerónimos o Chamberí, el restaurante no es tan lujoso como los mencionados pero su carta es, como en ellos, un canto a la cocina burguesa de antaño, aquella que rendía pleitesía a las perdices, el ciervo, el solomillo Wellington, los huevos en cocotte o los esponjosos y aéreos suflés. También a la plata y a los manteles de hilo como los que aquí se usan.

 De casi todo eso hay Higinio’s y también abundantes verduras entre las que destacan las habas baby -desaconsejadas esta vez por el eficiente y muy profesional servicio- y unas alcachofas a la plancha agradables, aunque a veces algo grasas.

 Los huevos con salmón ahumado es uno de los platos más populares de la carta y resultan sumamente agradables gracias a una salsa holandesa buen ejecutada.

 En general me gustan más las carnes que los pescados de este restaurante y entre ellas, repito una y otra vez una tierna perdiz con densa salsa española, tan bien tramada como suavemente achocolatada.

 El steak tartare es otra de mis opciones favoritas. No está cortado a mano pero sí se prepara de forma canónica y a la vista del cliente. Para que nadie se queje, lo acompañan de las dos guarniciones tradicionales, patatas y pan tostado.

 Todo es correcto aunque nada apasionante. Por eso, lo mejor de la carta es un excelente suflé, un postre tan maravilloso como olvidado. Este es al Grand Marnier. Llega perfecto a la mesa, dorado, esponjoso, bellísimo, y allí se rocía con el licor hecho fuego. Así se carameliza el azúcar pasando del rubio dorado al moreno brillante. Solo por él deben venir a Higinio’s.

   El resto de los postres es tradicional, ¿banal…? pero para todos los gustos y los platos más caros del menú están en torno a los 20€. La carta de vinos es variada y con excelentes precios. También tienen buena coctelería y amor por el detalle. Ya lo he dicho antes, quizá no hay nada que me apasione, pero no todo en la vida ha de ser consumirse en las llamas de la pasión. A veces, se necesita tranquilidad, dulce calma, amable sosiego y para eso… está Higinio’s.

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La mirada ingenua 

 En España llevar corbata es hoy una actitud inconformista y alternativa, en arte el figurativismo parece provocación y en Francia el retorno a la sencillez una prueba de modernidad. Alain Ducasse, el pope de la cocina francesa, predica lo esencial de los sabores, la sencillez de las preparaciones y la preservación de los aromas. Perecería como si después del viaje a la modernidad, hubiera que olvidarlo todo para volver a las esencias y eso es lo que practica en todo su imperio porque ni se puede hablar de su restaurante ni seguramente de su cocina ya que, llevando al extremo la práctica del taller artístico, él guía e idea y los discípulos ejecutan.

 Uno de los más aventajados es Jocelyn Herland y tan lejos ha llegado que su restaurante, situado en el opulento y famoso Hotel Le Meurice, es el único del imperio en París que posee tres estrellas. El salón donde oficia es una orgía de espejos, molduras doradas, suelos de mosaico y enormes pilastras de mármol de una sola pieza, un entorno sacado directamente del II Imperio y que ni el mismísimo Philippe Starck, que lo ha “revisitado”, se ha atrevido a alterar.

  Los espejos multiplican sonrisas y miradas. Las mesas son enormes, se agradece la gran distancia entre ellas y cuanto surge sobre los límpidos manteles blancos es de un refinamiento máximo, lo que traducido a números significa precios imposibles, con la mayoría de los platos superando los 100€ y menús en torno a los 400.


 Como podrán imaginar, al menos hasta que este blog sea rentable, hube de aprovechar esa magnífica costumbre francesa del menu déjeuner, nada barato -120€ con tres platos y postre- pero posible. Empezamos con una deliciosa ostra suavemente infusionada y envuelta en un perfecto crujiente que matizaba su esencia babosa. Les recuerdo que odio las ostras, pero basta disfrazar su agresivo sabor y su blanda textura para convertirme en ostrero. Esta, además, venía escondida entre conchas y promesas de perlas.

  
Las verduras de la estación se cuecen al vapor de hierbas en una bella vaporera japonesa y se esconden entre rocas de sal rosa del Himalaya. Untadas en ellas cobran vida salada y bañadas en la emulsión de hierbas que las acompañan resultan perfectas.

   Sigue el menú de la sencillez con más verduras, mezcladas ahora con algo de fruta en una sabia reinvención del panaché. Unas son cocidas, otras salteadas y otras acariciadas por la plancha. Hay algo de confitado y leves toques crudos. Contrastan con una manzana enana, toques de hinojo y algo de aguacate mezclando en un mismo plato colorido, falsa sencillez y muchos aromas.

 La lubina al hinojo no es tampoco la de siempre. La carne del pescado está perfecta, sellada y jugosa, y la piel, seguramente cocinada aparte, tiene una consistencia delicadamente crujiente. El hinojo no ofusca el sabor del pescado como es tradición, sino que se sirve a modo de refrescante e intensísima ensalada. Es un gran acierto este amor francés por el hinojo, tan sabio como incomprensible el desinterés español.

 En ese momento, llega el plato que para los franceses es seguramente el rey, el postre. Para remarcarlo se produce un pequeño cambio de vestido y aparece una finísima servilleta de hilo bordada con frutas.

 Amablemente cambiaron uno de los postres por el celebérrimo suflé de chocolate de Ducasse. Obviamente es perfecto, algo crepitante en el fondo y con un chocolate único, pero yo no pude resistir al

 Vacherin de cítricos, otro festival de texturas (blando, crujiente, al dente, cremoso…), temperaturas y sabores, amargo, ácido y dulce.

   El acompañamiento de los cafés es asombroso. Las delicadas tejas de frutos secos son translúcidas de puro leves y se deshacen al tocarlas.

 La caja de bombones contiene auténticas maravillas elaboradas cuidadosamente con los mejores chocolates del mundo

 y el carrito de frutas (piña, pomelo y mango) y sorbetes (mango, pomelo y pera) es una verdadera delicia.

 Hay una enorme voluntad en esta cocina de volver a un pasado que en realidad nunca existió -porque la cocina francesa es todo menos sencilla- y otra más de disimular todo lo sabido, porque todos los platos atesoran técnicas refinadas y aprendizaje centenario, pero hay que reconocerle la enorme humildad y sabiduría de no querer asombrar, de esconder la maestría y de intentar mirar la gastronomía con la ingenuidad de un aprendiz cuando en realidad ya se ha visto y aprendido todo.

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