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Eleven y el brunch

Ya les hablé de Eleven para contar que tiene el menú de almuerzo más barato que conozco, si comparamos calidad, precio, servicio y elegancia. Ahora han puesto un brunch todos los sábados y el precio, 29€, es aún más bajo. Quizá no lo sea tanto para Portugal que aún tiene un PIB per cápita mucho más bajo que España (algo así como un 40% menos), y no digamos que Francia o Reino Unido, pero el caso es que para nosotros es muy asequible. Quizá este abaratamiento se deba a falta de público porque los precios nocturnos del restaurante son más elevados que los de algunos tres estrellas españoles y eso sí que no se entiende. Quizá no se les haya ocurrido que, entre lo inasequible de la normalidad y la baratura de estos menús, se halla el justo medio de ajustar más los precios -verdaderamente caros- de la carta y los menús degustación. 

Ya conocen la belleza del lugar, una caja de cristal en los altos del Parque de Eduardo VII. Nada más sentarnos empezamos a gozar de vistas y colores: el monocromatismo del parque (verde y más verde, claro), el abigarrado caserío y, allá al fondo, los azules plateados del gran río Tejo, que es como aquí se llama. Casi sin dejarnos disfrutarlo, llega a la mesa (todo servido, nada de odiosos selfservice) un plato de buenos panes (cereales, maíz, blanco) y tiernos cruasanes, acompañados de una deliciosa mantequilla y dos mermeladas caseras, la muy portuguesa y vegetal de calabaza y una intensa y densa de fresas. Jarritas de café y leche, agua y zumo de naranja completan la primera oleada servida en la bella vajilla blanca con anillos plateados de Vistalegre diseñada para el restaurante. Lástima que se complete con tazas -y algunos platos- de otra de tosca y anodina porcelana blanca, sin duda comprada para el brunch. 

Sigue la cosa con un delicado muesli, tan cremoso que solo puede estar hecho con crema de leche o yogur griego bien azucarado. Aparecen también en esta fase un salmón muy bien marinado pletórico de eneldo, tres clases de frutas (piña, mango y papaya) finamente cortada y un plato de queso y buenos embutidos y fiambres portugueses (jamón braseado, chorizo, salchichón y jamón). La mesa se cubre de colores. 

Tercer acto: una cazuela de cremosos huevos revueltos (solo pueden estar hechos al baño María) con sabrosas salchichas frescas y unas mini tostas mistas, nombre portugués para el sándwich mixto. Están crujientes y el queso llega derretido a la boca. 

Parecía que todo acababa y llega un plato excelente y generoso que solo por sí vale todo el desalmuerzo. Solo por él merece la pena venir: la ternera con salteado de habas y verduritas. La carne es tierna y jugosa, una de esas de las que tanto se enorgullecen -con razón- los portugueses, seguramente la llamada mirandesa. El sabor es delicado pero intenso y el punto perfecto. Está rosada y llena de jugos. Las habas al dente y para potenciar su crujir se coronan con unos palitos de patata frita

Hay que solemnizar con un vino. ¿Una botella? Demasiado a estas alturas. ¿Una copa? Grave error. Por una copa de un vino local nada extraordinario, te clavan nada menos que 12€, casi la mitad del coste del menú. Y es que olvidábamos los precios normales. Claro que nada perdían con poner una de las que ofrecen con el menú del almuerzo del resto de los días, caldos bien escogidos y a 4€. 

Felizmente podemos seguir gozando porque no sabremos nada de esto hasta la hora de la cuenta. Y antes de ella aún llegará un pao de lo, uno de los muchos dulces lusos a base de huevo. Este lleva un leve bizcocho que quita algo de fuerza a las yemas. Traen también unos churros, más bien mezcla de churro y porra para nosotros los madrileños, porque teniendo carácter de churro poseen una cualidad más aérea y menos crujiente. Y, sorpresa, no se mojan en chocolate sino en caramelo

La verdad es que todo estaba muy bien y este desalmuerzo tiene más de lo segundo que de lo primero. Es abundante, original, elegante, cómodo y barato. Ya me gustaría a mí desayunar así todos los días e incluso… ¡comer!

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Cangrejo y hamburguesas en el barrio del diseño 

Érase una vez, en los felices (¿?) 20, un barrio llamado Buena Vista y una ciudad conocida por Miami. Lejos del mar y del epicentro del decó, este barrio nunca fue mucho más que un conjunto de almacenes y estructuras fabriles. La proximidad de Little Haití tampoco beneficiaba mucho, así que siguió el destino de los barrios vulnerables en las ciudades mutantes, esas que solo existen en Estados Unidos y Asia, lugares alérgicos al conservacionismo. Tras años de lenta decadencia, un promotor visionario (traducción europea: un especulador sin escrúpulos) se hizo con gran parte del suelo y, a base de astucia y buenos incentivos, logró atraer a los más vanguardistas, primero galerías de arte y talleres de artistas que también precisaban de cafés y restaurantes y,  más tarde, a esos nuevos mecenas del arte internacional que son las grandes firmas de moda. En apenas 15 años, el lugar se ha convertido en meca de la belleza y el buen gusto. Las más imaginativas tiendas de Hermés, Dior o Bulgari se dan cita en estas pocas calles plagadas de galpones, ahora reconvertidos en pequeñas obras de arte. 

Casi desde el principio, escondido en un sombreado callejón cubierto de vegetación, se estableció allí un clásico restaurante americano llamado Michael’s Genuine (ignoro si hay otro no genuino); un lugar de aspecto nada cool y perfecto contrapunto a tanto lujo posh (o pijo, si lo prefieren), algo así como colocar Casa Paco entre Chanel y Tiffany. Sin embargo, la gente que puebla el local luce un estudiado desenfado que combina las sudaderas de diseño con relojes que más que de oro parecen de purpurina, y con unos bolsos que no se conforman con ser de marcas inasequibles y no lo hacen porque quieren ser, y lo son, de las más codiciadas ediciones limitadas. Mucho wasp (white, anglo-saxon and protestant) y poco latino, algo insólito en esta ciudad que es la más latinoamericana de América. Ni siquiera tienen aspecto de vivir en el litoral, sino más bien en el Upper East Side de Nueva York y/o veranear en Cape Cod. De hecho, todo nos recordó (en más feo) al mítico Le Bilboquet cuando aún era pequeño y coqueto  y no una meca para turistas de la Quinta Avenida

La comida es casera norteamericana y el local bullicioso y amigable, aunque la mejor opción es la umbrosa terraza. Platos tradicionales y otros que lo han sido con el tiempo como la pizza o las pastas varias. Y, cómo no, ostras; y también una de los grandes joyas de la Florida, ese sabroso, carnoso, fresco y suculento cangrejo que es sin duda uno de mis mariscos favoritos y de él, nada como sus grandes patas. Tanto me gustan que muchas veces traiciono a un arrogante centollo con un modesto buey de mar, modesto pero de mejores piernas. Las patas de Michael están impecables. Las acompaña una salsa de mostaza y otra del muy oriental sambal verde. A los americanos les gustan pero, a mi juicio, no les hace ninguna falta. 

Los mejillones marinados son pequeños y muy sabrosos. La cremosa salsa tiene algo de kimchi y bastante cilantro. Se sirven bajo una horrible rebanada de pan con mantequilla pero qué le vamos a hacer, estamos en Estados Unidos

El falafel (como ven esta cocina es tan multicultural como el país) es un enorme plato que mezcla esas peculiares y especiadas albóndigas con un buen humus, una deliciosa berenjena marinada, tahini (semillas de sésamo molidas) y hasta pan de pita. El toque de unas enormes rodajas de tomate amarillo, tremendamente sabroso, refresca todo el gigantesco y saludable plato. 

Sin embargo, nada como la hamburguesa. No sé si decir que es la mejor que he comido porque eso es muy arriesgado y el recuerdo es traicionero, pero sin duda estaba entre las dos o tres mejores. Envuelta en un delicado, esponjoso y dorado pan de brioche cuidadosamente tostado, la carne tiene un sabor potente y es jugosa y rosada. El punto perfecto y unas patatas fritas con su piel completan el clásico. Caben varias opciones de queso pero me decidí por el azul que, a pesar de su fortaleza, no anula el potente sabor de una buena carne roja. 

Los postres tienen toda la contundencia y abundancia que aún se estila en este país. La tarta de piñones y romero se sirve con media pera al vino y crema fresca. Es una buena combinación de varias cosas que no tienen mucho que ver pero todas están buenas. 

Es de una delicadeza extrema si la comparamos con el famoso chocolate fudge cake, un clásico que mezcla grandes cantidades de chocolate caliente, helado de vainilla, galleta en la base y crema de caramelo, un festín para los muy golosos no apto para cuaquier persona sensata. 

Los precios son más que moderados en esta ciudad de excesos y abre a todas horas y todos los días. Además es perfecto como contrapunto a la forzada perfección que lo rodea, así que deleitarse con sueños de consumo casi imposible y compensarlos con la realidad de una buena comida en un lugar hippychic es una opción más que buena que, por supuesto, les recomiendo. 

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La lotería es el talento

  Conocí El Mentidero de la Villa, hace muchos años pero nunca estuvo entre mis favoritos. Ni cuando era un buen bistró ni mucho menos cuando trató de convertirse en un restaurante de lujo, trasladándose a la más señorial de las calles madrileñas, la de Almagro. Allí se asientan elegantes palacetes, viviendas con cristales emplomados y terrazas con barandillas de hierro colado, castaños centenarios y bebés con cara de notario, acompañados por sus niñeras. Todo muy de otra época y nada de estridencias o mal gusto. 

El mayor éxito que tuvo ese nuevo local fue que en él cayó el Gordo de la lotería de Navidad cuando allí oficiaba un chef de origen cubano, llamado José Raimundo Ynglada, el mismo que ahora realiza el sueño de tener el restaurante que siempre quiso. Aprovechó su ocasión porque el mítico y maravilloso Club 31 había cerrado para siempre y su secuela, El 31, había fracasado, así que el opulento lugar estaba disponible. En Arahy, que así se llaman restaurante y esposa, apenas ha variado su elegante interior de capitonés beis, maderas nobles, sillas de terciopelo y espejos que atrapan las miradas y congelan las sonrisas. Algo lo ha abierto, poco ha añadido y sobre todo, ha mantenido el espíritu clásico y burgués del lugar. 

Muchos platos de buena plancha, recetas clásicas y sencillas y alguna concesión al amor conyugal y a las modas en forma de ceviches, tiraditos, tatakis y tartares. Ofrece para empezar unas simples y buenas aceitunas  

 mientras él mismo, vestido de cocinero antiguo, orondo y campechano, redondo y satisfecho, hace las recomendaciones y toma las comandas. Al parecer los atunes son irrenunciables pero yo no me resisto nunca a unas sardinas ahumadas. Estas son carnosas, grandes y con un buen aliño.  

 

Las alcachofas, otro de los platos de moda, están cocidas y después , como ellos dicen, marcadas a la plancha. Grandes, sabrosas y abiertas como una flor justo antes de empezar a marchitar.  

 

El tiradito de pez mantequilla es suave, fresco, bien ejecutado y con toques tanto cítricos como picantes, los que le aporta un buen ají, la joya de los aderezos peruanos.  

 

Llega por fin el famoso atún picante, el plato más demandado de la carta y que realmente es muy bueno. Dados jugosos de atún rojo embebidos en el nasal picante del wasabi y que me recordaron el gran tartar de atún picante de Kabuki.  

 

Los segundos me parecieron más banales a pesar de su corrección. Quizá los acompañamientos los empañan por su apabullante vulgaridad: puré de patatas asentando una correcta merluza, patatas fritas -a pesar de estar buenas-, simplonas ensaladas o una montaña de pimientos fritos que sepultan una buena chuleta de buey.  

    
 

Los postres también de ayer y ¿de siempre? y entre ellos una tarta fina de manzana de buen y crujiente hojaldre acompañada de helado un de vainilla untuoso y aromático.

 

Además, una espuma de mango con crema de maracuyá, que parece rememorar el gran postre de mis recuerdos de Príncipe de Viana.  

 

Nada hay nuevo nuevo en Arahy, salvo el nombre, nada demasiado excitante, pero sí mucha animación en sus mesas de público elegantemente burgués, buena comida, cócteles variados, ambiente elegante y servicio correcto. Quizá un excelente lugar para descansar de la modernidad, la complicación, el orientalismo y las modas.  

 

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Filosofía ática

Sacha Hormaechea es, con Abraham García y Pedro Larrumbe, el único cocinero veterano de Madrid totalmente indiscutido por sus compañeros de profesión, sean vanguardistas, modernos, postmodernos o simplemente tradicionales. A pesar de madrileño, su restaurante parece brotar de Saint Germain o Montparnasse de tan afrancesado como resulta. Fue el primer bistró de Madrid y así sigue en su elegante sencillez de brillantes azulones, enormes cristaleras que lo inundan de luz, tiestos que le dan frescura y una gran pared festoneada de cuadros de diversa fortuna, que le aportan el toque ilustrado y culto, señas distintivas de este hombre apacible que igual habla de las verdaderas zamburiñas que de la cocina de Quevedo o Cervantes. Justamente lo que se espera de un cocinero chapado a la antigua, pero que se ha adaptado espléndidamente a los tiempos.

 El lugar, llamado Sacha, no es tan bello como se suele ahora, pero la pátina del tiempo le da un encanto melifluo en el que se intuyen conversaciones reposadas y sobremesas interminables El gran producto con elaboraciones justas es su secreto, así que la carta fija es muy breve, por lo que aconsejo dejarse guiar por las recomendaciones del día. Nosotros fuimos aún más allá y le dejamos elaborar todo el menú, eso sí, inspirado por los gustos de cada comensal y por una lista de imprescindibles.

 El aperitivo nos llevó directamente al Mediterráneo de la Eneida y a los pequeños placeres estoicos de Séneca o Zenón, porque no concibo alimento más austero, clásico y mediterráneo que esas salazones que llenan el paladar de salitre y mar azul como después de un chapuzón veraniego. Sobre una lata, graciosa presentación, huevas de mújol y filetes de medregal, un pescado que nadie comía hasta que empezamos a llamarlo pez limón y ello gracias a los japoneses que sí se lo comen y además con fruición. Las almendras fritas que lo deben acompañar justificaban de por sí el plato por su explosión crujiente, su tono brillante de zapatito de charol y sus diamantinos granitos de sal. Se filosofaba con queso y aceitunas, pero con almendras se podría incluso, adivinar el pasado.

 Los mejillones en escabeche eran de una calidad superior, medianos, finos y suculentos y, como en cualquier taberna gallega, acompañados de una buenas, quebradizas y finísimas, patatas fritas.

 Sacha además de servir algunos platos, ilustra sobre ellos y yo se lo agradezco sinceramente, porque los cocineros siempre saben mucho más de lo que creen. Su descripción de las zamburiñas precedió a su delicioso y delicado sabor marino, roto tan solo con un leve toque de ajo. El negro nacarado de sus valvas marcan la diferencia porque a más oscuridad, más autenticidad.

 Después de tanto mar, un sobrio plato con dos suaves torreznos ocultaba unos cardos sedosos que contrastaban bien con la naturaleza grasa de la carne. Si bien no me emocionaron, resultan muy agradables.

 Lo mismo me pasó con la merluza frita, unos dorados y aterciopelados bocaditos acompañados de una buena mahonesa casera, aunque nunca dejo de asombrarme por esta manía tan generalizada de cubrir la perfección de la merluza con rebozos que la ocultan como un traje de astronauta a la Venus de Milo. Algo se adivina debajo pero mejor, cuanto más desnuda.

 No llegué a mi famoso síndrome de Stendhal con las patatas con níscalos, pero casi. Debió ser más bien un síndrome Almodóvar, que viene a ser a Stendhal lo que La Mancha a la Toscana. La cuidadosa elección de la patata, que se pone entera, despachurrada (a murro que dirían los portugueses) y con cáscara, el sabor acre de unos níscalos fuera de temporada pero siempre deliciosos y la salsa densa e intensa, componen un plato popular perfecto, de una tradición pasada por las manos de un gran cocinero.

 También es muy buena la tortilla con trufas que se cocina abierta y sin vuelta, por eso se llama tortilla vaga. El buen sabor del aceite, las finas láminas de patata, los rubios huevos de corral poco hechos y la lluvia negra de las trufas componen un plato al mismo tiempo pueblerino y principesco, porque tal resulta de mezclar lo más sencillo con lo más opulento.

 Había que tomar algo de carne y la elección no pudo ser mejor por su carácter cervantino y ligero, salpicón de vaca, ese que el Quijote, según reza desde la primera página, cenaba casi cada día (“salpicón las más noches”). Se trata de un escabeche delicioso y tibio que cubre finísimas láminas de carne, estas del tiempo. El contraste de temperaturas y los fuertes sabores del ajo y el vinagre hacen de esta receta histórica un bocado que debería ser mucho más revisitado.
 La tarta dispersa –o desorientada o deshecha- tiene el mérito de la presentación a lo DiverXo, un bonito “lienzo” en blancos y rojos que se pinta con nata, puré de frambuesa y pedacitos de tarta de almendra, una prueba de que la forma muchas veces es mejor que el fondo y si eso pasa tanto en literatura o pintura, por qué no habría de ocurrir en cocina.

 Sacha ha pervivido impasible a las modas durante más de cuarenta años y eso por algo será. Es un lugar para grandes comedores, sean del estilo que sean, y también para buenos conversadores porque todo en esta casa invita a gozar de tres de los placeres más excelsos, dulces e inofensivos: la amistad, la comida y la conversación.

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Viva la clase media 

Ya les he contado lo que dicen los peruanos: que Perú es un barrio de Miraflores, el lugar donde habita de la élite limeña. Del mismo modo, se me ocurre decir que, al menos hasta la llegada de la democracia, España era un barrio del de Salamanca. Allí, en sus calles estrechas y coquetas, atravesadas difícilmente por el sol, se concentra una enorme cantidad de empresarios, políticos, artistas y líderes de opinión, lo que ahora llamaríamos influencers… Entre sus plátanos de indias y bajo los empinados aleros que acarician las tapias del Retiro, el parque más bello de Europa,  las élites han crecido, vivido, amado, conspirado y desaparecido. Tan solo cruzando una calle, entraban en el palacete de Castellana 3, la presidencia del gobierno.

El barrio es hoy lugar de tiendas y paseos. Lo recorren morosamente sus habitantes, pero también ansiosos compradores y todo el resto del mundo, los que ávidamente quieren ver cómo vive la otra mitad. Sin embargo, nunca han estado aquí los restaurantes de lujo, Horcher, Zalacaín y antes Jockey, ni siquiera los grandes hoteles Ritz y Palace, vestigios del perdido esplendor de la belle époque. Daba la sensación que el barrio era para vivir de puertas adentro y que el exhibicionismo del lujo se ejercía extramuros.

 Por eso faltaba un lugar como Higinio’s, al principio restaurante de moda y ahora casa elegante, pero discreta. Sombreado por los jardines de la embajada de Italia, es todo ventanales y su enorme capitoné de terciopelo marrón rodea un comedor alegrado por sillas de color naranja y en el que destaca un bello suelo hidráulico que recuerda tiempos pasados.

  
Como el propio barrio, mucho menos opulento que Los Jerónimos o Chamberí, el restaurante no es tan lujoso como los mencionados pero su carta es, como en ellos, un canto a la cocina burguesa de antaño, aquella que rendía pleitesía a las perdices, el ciervo, el solomillo Wellington, los huevos en cocotte o los esponjosos y aéreos suflés. También a la plata y a los manteles de hilo como los que aquí se usan.

 De casi todo eso hay Higinio’s y también abundantes verduras entre las que destacan las habas baby -desaconsejadas esta vez por el eficiente y muy profesional servicio- y unas alcachofas a la plancha agradables, aunque a veces algo grasas.

 Los huevos con salmón ahumado es uno de los platos más populares de la carta y resultan sumamente agradables gracias a una salsa holandesa buen ejecutada.

 En general me gustan más las carnes que los pescados de este restaurante y entre ellas, repito una y otra vez una tierna perdiz con densa salsa española, tan bien tramada como suavemente achocolatada.

 El steak tartare es otra de mis opciones favoritas. No está cortado a mano pero sí se prepara de forma canónica y a la vista del cliente. Para que nadie se queje, lo acompañan de las dos guarniciones tradicionales, patatas y pan tostado.

 Todo es correcto aunque nada apasionante. Por eso, lo mejor de la carta es un excelente suflé, un postre tan maravilloso como olvidado. Este es al Grand Marnier. Llega perfecto a la mesa, dorado, esponjoso, bellísimo, y allí se rocía con el licor hecho fuego. Así se carameliza el azúcar pasando del rubio dorado al moreno brillante. Solo por él deben venir a Higinio’s.

   El resto de los postres es tradicional, ¿banal…? pero para todos los gustos y los platos más caros del menú están en torno a los 20€. La carta de vinos es variada y con excelentes precios. También tienen buena coctelería y amor por el detalle. Ya lo he dicho antes, quizá no hay nada que me apasione, pero no todo en la vida ha de ser consumirse en las llamas de la pasión. A veces, se necesita tranquilidad, dulce calma, amable sosiego y para eso… está Higinio’s.

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Estética para trogloditas

  Este no es lugar para vegetarianos, aunque tenga muchas verduras, tampoco para almas sensibles, aunque esté junto al mar y ni siquiera, para comedores normales. Es solamente para carnívoros y especialmente para aquellos del tipo Picapiedra. Les hablo de una de las casas más famosas de los Estados Unidos, donde hasta se han rodado películas como American Psycho, lo que me parece normal, o El diablo se viste de Prada, lo que, según se mire, podría ser hasta una incongruencia. O no tanto, porque en Estados Unidos se sigue concibiendo la comida como en los peores tiempos de la peste y las hambrunas, como si cada refección fuese a ser la última. Productos básicos y reconocibles, recetas tradicionales y sobre todo, cantidades gigantescas. 

 El fuerte de esta casa, fundada en el Nueva York de los setenta y favorita de los famosos de todo el mundo, son las carnes y no se sirve ninguna que pese menos de 400gr, o sea todo lo contrario de lo que cualquier médico –y cualquier persona sensata- recomendaría, pero da igual, esto es Estados Unidos y aquí nada es pequeño, ni las personas, ni los accidentes geográficos, ni siquiera las tormentas, que más bien son tifones y huracanes.

Ahora hay de estos Smith&Wollensky (nunca hubo ni un Smith ni un Wollensky, sino dos apellidos elegidos al azar en dos incursiones en la guía telefónica de NYC) por todo el país y, en una visita reciente, visité el más sorprendente, el de Miami, sorprendente porque estas comidas contundentes poco se adecúan a los climas tropicales pero, ya les digo, estamos en los EE.UU. y aquí todo es distinto.

Afortunadamente, mantienen sus colores blanquiverdes y las maderas y el cuero de la casa madre, pero aprovechan la localización, lo mismo para abrirse a un brazo de mar con bellas vistas de la ciudad y de su isla más chic, Fisher Island,  

 
  que para servir un delicioso cangrejo de los mares locales, fresquísimo, enorme y del que –gran acierto- sólo se ofrecen las patas. Lo sirven con medio limón y una deliciosa mayonesa de mostaza. Después uno de los detalles de antigua elegancia de la casa (otro es el excelente pan de brioche): tras ensuciarnos los dedos, el camarero exprime limón natural (nada de pañuelitos o lavamanos) sobre ellos y cambia las servilletas. 

 Pedir una entrada, y hay muchas, ya es una heroicidad porque las raciones son gigantescas y las carnes de la prehistoria. El T Bone está algo demasiado hecho porque aquí “al punto” significa otra cosa, ya que a los americanos todo les gusta mucho más hecho a a nosotros, hasta el punto de considerar nuestro “poco hecho”, directamente crudo. La carne está muy bien madurada y es tierna y muy sabrosa. 

 Lo mismo sucede con el “pequeño” entrecotte de sólo 400gr. También son excelentes todas las guarniciones, en especial las patatas fritas

 
 Hay otras carnes muy del gusto americano, como el solomillo -excelente– que ven más abajo, o quizá no, porque aparece entre nubes de gorgonzola y estrellas de bacon. A ellos les encanta pero a mi me parece que lo mismo podría ser carne que pollo, tan fuerte es la salsa, aunque ese es problema mío porque me encantan las carnes a la parrilla y lo menos disfrazadas posible. 

 Los postres son como para una fiesta de cumpleaños de trogloditas. Como en todo gran restaurante americano que se precie tienen Creme brulée y, quizá por ser francesa, tiene dimensiones más humanas aunque de humanidad obesa, eso sí.  

 La tarta de chocolate a la que ellos mismos apodan gigantic, es buena en su muy tradicional combinación de bizcocho y chocolate y una porción alimenta a muchas personas. Al parecer, una vez se la comió una señora sin ayuda y pasó varios días con la cara completamente verde. 

 La de coco es más llevadera, algo más pequeña y sobre todo más ligera. También vale para unos ocho, si son normales.  

 De hecho, la de chocolate fue compartida entre cinco y quedó así…  

   
Una pena, pero es que para comer aquí hay que ser americano o estar loco. No hay nada sorprendente ni refinado, solo buenos productos y enormes cantidades. Los precios son altos y en el caso de los vinos, carísimos, pero ese es pecado habitual en todo el país. Sin embargo, es un lugar obligado para todo carnívoro que se precie y, mucho mejor, si el carnívoro no ha desayunado e incluso, cenado…

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