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La Palme d’Or

Volver a La Palme d’Or más de diez años después tiene algo de ejercicio de memoria… y de rotunda novedad.

Entonces lo conocí bajo otra batuta, otra escenografía, otro tempo. Hoy, con el súper famoso Jean Imbert, todo gira hacia una cocina que no solo se sirve, se cuenta. Y se saborea como el Mediterráneo, porque se hermana, con la italiana y la española, en platos sabrosos, meridionales y llenos de mar y sol. 

El comedor ha cambiado. Más cinematográfico, más como un elegante barco, plagado de maderas brillantes y refulgentes cromados que miran al mar. Hay menos solemnidad clásica y más intención de escena.

Los aperitivos comienzan con una palma crujiente que sabe a romero y una limpia y aromática agua de tomate con una esferificación, muy intensa, de aceituna negra.

Siguen con una rueda crocante de garbanzos con crema de estragón, tartaletas de cebolla y pimientos con anchoas y una deliciosa y tierna focaccia

El salmonete curado en sal, tiene una piel crujiente, un punto preciso y ese contrapunto cítrico que equilibra sin tapar. La crema de hierbas y los toques de apio y mostaza de un helado, completan un plato lleno de sabor. 

La ventresca de atún tiene buena materia prima y una textura notable; se mezcla con judías blancas “al dente” y un buen dashi de miso. El curry negro aporta un matiz diferente sin desvirtuar.

La langosta es tremendamente clásica y elegante. A la brasa, se flambea ante nosotros con coñac y se acompaña de un ligero jugo de carne. En una cazuela sellada, raviolis, fresco hinojo, coliflor blanca y morada, tomate ahumado y salicornia.

Las mollejas son las mejores en mucho tiempo. Muy tiernas y jugosas por dentro y asombrosamente crujientes por fuera en un delicioso contraste. Bañadas con jugo de carne y anchoas y enriquecidas con una berenjena ácida y picante, es un plato perfecto. 

Un prepostre de cítricos con una base de sus pieles confitadas, nos prepara para un soberbio pastel crujiente con vainilla tostada y arroz con leche y avellanas, una prueba más de que la repostería francesa esta a años luz de las demás.

Hay oficio, hay producto, hay discurso. Pero sobre todo hay una voluntad clara: emocionar desde la renovación del recuerdo  más que desde la ruptura.

Quizá ahí esté todo: menos revolución, más memoria puesta en escena.

Y uno sale preguntándose si ha cenado… o si ha asistido a una película bien rodada.

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Saddle

Ir a Saddle es siempre una fiesta: de la elegancia, del lujo y del amor a los detalles. También de la gastronomía entendida como cultura, porque inspiración artística hay en la estética de sus platos, en el ballet de un servicio elegante y eficaz, en la sabiduría de las recetas clásicas y en un gran amor por la artesanía, que se encuentra tanto en mantelerías y menaje, como en trabajo minucioso de los pequeños productores que escogen, especialmente el de los maestros queseros.

Es, sin duda alguna, el mejor restaurante clásico de Madrid y probablemente de España. Pero, frente a la mayoría de estos, su carta es muy cambiante, aunque tan sutilmente que a quien le gusta lo mismo, siempre les parece la que desean, mientras que a los amigos de la novedad siempre nos parece distinta. 

Eso ha pasado ya con un aperitivo de buñuelo de suave brandada de bacalao, que explota en la boca, o una reparadora (llovía, hacía frío) sopa de cebolla con espuma de setas y huevo escalfado. 

Nos han dado a probar una cosa nueva, entre la sopa ilustrada y el entremés de marisco: crujiente hojaldre de bogavante y gazpachuelo de espárragos, un elegante caldo untuoso con más del vegetal que de la naturaleza grasa del plato malagueño.

Los diminutos guisantes lágrima, apenas cocinados, se engalanan con una suave veluté de ajo tostado y un delicioso chipirón a la brasa con las patitas guisadas

Las suculentas alcachofas a la brasa se envuelven en un aterciopelado sabayón de caldo de ave y “aliñan” con dados de papada. Para refrescar, otros de remolacha encurtida que a mí me resultan un contraste en exceso violento. 

El mero es suave y lujoso -por la calidad del pescado-, y muy poderoso por una gran salsa de pescado que se refuerza con las espinas tostadas. Una endivia confitada es un gran acompañamiento. 

Las lentejas con foie y setas fueron plato del día pero, su calidad, armonía y un sabor lleno de reminiscencias, las hicieron tan necesarias que ya son uno de los platos estrella. 

El carro de quesos es cada vez mejor y lo mejoran constantemente con hallazgos sorprendentes. Algunos llevan trufa. A otros se la rallan, pero todo con sentido y sensibilidad. Dado que lo de Desde 1911, es una quesería, este es el mejor de todos. 

Hay dos postres esenciales: babá y suflé. El primero tiene algunos rivales, pero el segundo, regado con un gran Cuaraçao, es único e imprescindible. 

Antes fui más crítico. Ahora no hay nada que no me guste. 

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Tupío

Siento mucha admiración por esos cocineros que, después de recorrer mundo aprendiendo, vuelven al pueblo o se instalan en él, llevando su buena cocina a sitios recónditos. 

Consiguen así  la generalización de la excelencia y la democratización del refinamiento, en lugares con solo cocina popular. 

Es el caso de Guti Moreno quien, después de pasar por Lera y Lu, se ha instalado en Tupío, al lado de Miajadas y en un antiguo bar de carretera. Allí cultiva el amor a la caza del primero y la elegancia de las salsas y los fondos del segundo. 

Sin olvidar su tradición, como hace empezando con pan y mantequilla ahumada (de sus propia quesería) y un aperitivo de migas con pimientos y huevo de codorniz, crujiente croqueta de sopa de tomate con albahaca y hierbabuena, y un gran consomé de perdiz al oloroso. 

Afrancesa Extremadura con una rica terrina de liebre con pistachos y trufa y una audaz mayonesa de piparras (en vez de encurtidos) o unas trompetas con una gran salsa de foie, profunda y cremosa. 

De la huerta es un brócoli en varias preparaciones y con pichón, rematado por una gran crema de la verdura a la brasa

Deliciosas unas suaves mollejitas de cerdo que se quedan algo diluidas por la rotundidad dulce y ácida de una gran beurre banc de caviar. 

La contundente sopa de cebolla es un sorrentino relleno de cebolla confitada, una potente salsa del caldo reducido y una tostada de queso local. 

El humilde (antes) bacalao tiene una muy buena salsa grenoblesa de oreja, además de alcaparras fritas y el toque disruptivo de la fresa ácida

Las pochas con jabalí y su costilla con piparras, es un guiso perfecto en el que se nota la lentitud. 

Lo mismo le pasa al tierno gamo marinado en soja y mostaza, enriquecido con una demiglas de la marinada y endulzado con una crema de calabaza. 

Para acabar, una gran codorniz estofada, rellena de verduritas y foie

Para llegar a la suculenta pera confitada en vino con crema de trufa, pasamos por unos buenos quesos locales y un gran sorbete de naranja con aceite y regañas, versión elegante de la merienda cacereña. 

Es un gran contraste con ese elegante, clásico y lujoso final, cumbre de la alta escuela que son las crepes Suzette. 

Ni el chef ni el sumiller estaban por cosas de los padres de hoy, pero el equipo es tan bueno que todo ha discurrido a la perfección. Vale la pena el viaje (más aún antes de la estrella).

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