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Deessa

Deessa es luz y color y, con Azurmendi,  el restaurante más luminoso que conozco. Lo de la luz le viene del más espectacular salón del hotel Ritz de Madrid, de su decoración bicromática en bancos y dorados y de las enormes cristaleras que se abren sobre un bello jardín romántico. El color de la brillante y magnífica mediterránea de Quique Dacosta, uno de los cocineros más estetas y un mago del color.

En una barra a la entrada, nos reciben con un caldo sabroso, -tratado como guiso-, impregnado con polvo de pimiento y las  migas de “mama Mary”, un minibocadillo de crema de migas y caramelo de pimiento que recuerda también el dulzor de las uvas. Pura esencia Dacosta: de lo popular a lo sofisticado, sin perder sabor. Ganándolo.

En eso se parece a la gilda de berberechos, que sirven en una esfera sorpresa. En la base los berberechos con una salsa de tomatillo verde, que refuerza la piparra y otros ácidos, y arriba, una enorme y deliciosa patata suflé sobre espuma de patata y berberecho. Todo junto es el clásico aperitivo pero con más sabor, menos textura y un elegante encanto.

La crème brûlée de cebollas asadas (y ajos), trufa confitada, papada tostada de cerdo ibérico y setas, es uno de mis platos favoritos por lo armonioso de sus sabores y el buen contraste del dulzor de la cebolla, muy bien integrada en una crema densa y muy rica. 

La sopa fría de remolacha y eneldo, kefir helado con aceite de eneldo y salmón marinado, es otro plato completo y sumamente bonito, tan lleno de sabores frescos como bellos colores.

Es una gran idea servir los mejores caviares (albino, oscietra y un N25, mezcla de varios) con huevas de pescados frescos curados en atmósfera salina. Y se juntan porque el chef da la misma importancia a la opulencia del caviar que a ese salado milenario y popular, símbolo del Mediterráneo. Son de botarga y maruca, una sólida y firme, la otra cremosa, perfectas después de un túnel de sal que nunca las toca. Se acompañan de queso fresco de oveja con aromas a higuera y huevas de trucha que refrescan por ser las más suaves. 

Otra preciosidad es el curry verde Mediterráneo de langostinos de Vinaroz a la llama. Es además, un plato de muchos matices con una fresca espuma y compuesto por varias capas con toques de aguacate y maíz

El pan con pliegues de aceite es toda una ceremonia de explicación y cortado. Blanco y crujiente, se elabora como una coca alicantina con gran cantidad de aceite (variedad Farga) de olivos milenarios. 

Se sirve con un soberbio salmonete de roca a la llama con su grasa, azafrán y emulsión de queso Galmesano de 12 meses, que se envuelve en un caldo profundo e intenso, del que emerge una hoja de kale con puntos de queso que parece gracioso abanico. 

No puede faltar en estos menús un típico arroz reinterpretado, en este caso uno muy sabroso de la Albufera con carne de cerdo y pimientos rojos asados al horno de leña, que se convierten en una suerte de sedosa piel que se obtiene de la crema gelificada, esferificada, secada y tostada con soplete. Una delicia intensa y un prodigio de técnica.

Se acaba lo salado con una crujiente y tierna molleja de lechal marinada en leche, cocinada con mantequilla y cubierta de un sutil velo de leche. El risotto de piñones y la trufa laminada son dos acompañantes delicados y aromáticos.

La llegada de flores raras es una explosión de primavera. Muchos colores, variadas flores y sabores tropicales de cremoso de mango, texturas de lichi y saúco

La gianduja real es un gran postre italiano de cacao y avellanas que Quique mejora con los toques amargos, picantes y ahumados de jengibre, bourbon y café.

Se acaba con pastel de queso vasco hecho bombón con chocolate blanco y frambuesa, una nube de pan dulce y espuma de avellanas con brandy, una repostería en miniatura absolutamente brillante. 

A toda esa belleza se une la de un servicio que parece un sinuoso ballet y unos vinos a la altura de tal lugar. Por eso, es un tres estrellas canónico. Aunque aún tenga dos… 

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Skina

Marcos Granda es un caso raro en la gastronomía. No es un gran director de sala -que lo es-, ni un cocinero, que para nada lo es, sino que es un creador. Quizá de lugares o incluso de sueños, pero seguro que de restaurantes, todos tocados por la elegancia, la belleza y siempre las estrellas.

Su talento creador resalta hasta tal punto que es conocido por encima de sus chefs. Skina es su restaurante estrella, el mejor de toda Málaga y uno de los grandes de Andalucía. Consiguió serlo en un minúsculo local pero ahora brilla en una bonita casa en plena Milla de Oro de Marbella

Ya tiene más de un año y bien asentado, ha depurado elegantemente su cocina, manteniendo la magia estética y un estilo tan refinado como mesurado. 

Los primeros aperitivos se toman en el camino a la sala, en una ondulada bodega: una deliciosa galleta de merengue con paté de setas y trufa y un reparador e intenso caldo de setas con aceite de hierbas. 

Después vamos a la cocina y allí, mimados por otros dos cocineros y un camarero, una esfera crujiente de leche de oveja con tomate deshidratado y jamón, tartaleta de tinta rellena de apio bola y un gran tartar de carabineros con huevas de trucha y un original mollete de tartar de bogavante y papada ibérica con toques de bergamota y flores silvestres

En la mesa sigue la excelente exhibición de aperitivos con un espléndido sándwich dulce de calabaza con queso de cabra y cabello de ángel, un bocado más humilde que los anteriores pero, quizá por eso, aún más brillantemente resultó. Porque, spoiler, así será todo: depurado y aparentemente sencillo pero muy técnico, meditado y elaborado.  

El gazpacho de invierno es una sorprendente, deliciosa y bella mezcla de rosa helada de zanahorias aliñadas con chicharrones crocantes. 

Me encanta también el cuidado de panes, aceites  (acebuche y manzanillo), sales y mantequillas con una exquisita de remolacha. Y ya es raro que me guste cuando no soy fan de mantequillas de sabores. 

El tartar de atún con caviar sería uno más de los buenos, pero una hermosa base de pepino japonés en texturas (sensacional la gelatina) con puré de apionabo, lo elevan extraordinariamente.

Las quisquillas también parecen sencillas. “Solo” llevan sus huevas, un transparente bisque en gelatina y espuma y un gran caldo tai de las cabezas, con aromas de jengibre, canela y citronella. Y como todo se aprovecha, las que llegan rotas rellenan, hechas crema con vegetales, un jugoso pan chino

No me gusta el gazpachuelo pero si estos refinados caldos de agua de patata y sepionets y mahonesa (muy leve) hechos uno en la mesa. Empapan a los propios calamares rellenos, acompañados de patatas (en puré y ñoquis) y guisantes lagrima, en un plato popular hecho pura elegancia. 

Nuevamente la salsa del carabinero es tan sabrosa y profunda que casi hace olvidar este. Y es por eso que siempre preferiré al cocina al producto desnudo. Unos simples calçots en dos preparaciones, completan un gran plato. 

Un estupendo virrey se fríe a la inversa, consiguiendo unas escamas erizadas y muy crujientes. Se llama entre dos mares por tener lo mejor del Cantábrico (virrey y navajas al vacío) y del Mediterráneo (algas y vegetales). Más aún que los anteriores, está lleno de diminutos detalles en torno a una rica y delicada beurre blanc, hecha con las hojas más tiernas del ajo

Asan durante doce horas el lomo del ciervo y así adquiere un punto ideal. Mientras lo trinchan, una combinación muy buena: puré de chirivías con sus asaduras. La carne, con setas y remolacha mini, se baña con otra gran salsa, esta de los huesos y el tuétano con endrinas. Y para aprovecharla, un esponjoso brioche de cebolla caramelizada

Un gran plato acompañado de un excepcional y aterciopelado Vega Sicilia Único del 2015. Si fuera mío, lo guardaría un poco más, pero eso no le quita su excepcionalidad.

Con limones fermentados en salmuera hacen un punzante helado que se suaviza con ensalada de apio e hinojo y un sirope de manzana verde. 

Mucho más una falsa magdalena de caquis con sorbete de mango, sumac y una gran crema de jocoque, una especie de kéfir mexicano mucho mejor.  Para mojar un buen bizcocho aireado de lima. Menos me ha gustado el tepache (bebida fermentada mexicana. Aquí de mango y caqui). Será porque estábamos bebiendo Chateau d’Yquem 2015 (risas). 

 

Del postre de chocolate me ha gustado lo más puro cacao, una bola rellena de plátano tostado con una salsa muy fuerte y fluida. También tiene gel de mango, mousse de pomelo y una tierna bola de choco y vanilla. Muy pensado pero los adictos queremos más chocolate

Las dos estrellas se van quedando cortas a fuerza de detalles, sutileza, concreción, belleza y el gran servicio marca Marcos Granda(e).

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Food

Tetsu

No hay nada más sobrevalorado que la cocina japonesa que se practica en España. Salvo el minimalismo, decorar en blanco, el “producto” o… la supuesta superioridad cultural de la izquierda. 

Por eso, disfruto mucho más en los japos contaminados por los extranjerismos que en la pureza de los niguiris. Es como comer doce croquetas o muchas causas

Que en Tetsu cojan todo lo japonés (técnicas, ingredientes, estilo) para hacer cocina “tetsusiana” es un alivio gratificante. 

Si Picasso no era africano cuando se emborrachaba de arte fan o Chabrier español cuando componía España, ellos tampoco tienen que ser japoneses en esa cocina en la que demuestran mucho más talento que años (son casi adolescentes). 

En una estupenda barra teppanyaki monacal (refractaria al espectáculo), los tres chefs ofrecen un espectáculo elegante que comienza con una vieira a la mantequilla tostada sobre dos estupendas salsas de ajo negro y maíz dulce. 

Esa maestría en las salsas continúa en una atractiva beurre blanc de dashi que acompaña a unas soberbias almejas gallegas abiertas en la plancha. Tan buena que me ha sobrado un poco el rico aceite de hinojo que sobresale demasiado. 

El chawamusi con erizos y varias texturas de pera japonesa es excelente, a pesar de quedar aparentemente cortado con los dulces líquidos frutales que combinan con los dulzores del erizo

El loto marinado en soja y cocinado con mantequilla, se envuelve en una espumosa salsa de mantequilla y cebada que se anima con caviar. De lo solo a lo untuoso y marino. 

Las últimas angulas de monte están muy crujientes y no pierden su rico sabor, aunque los piñones, el moscatel, la soja y la mostaza japonesa las llenan de matices. 

Unos guisantes de tamaño medio, muy delicados, se saltean con grasa de vaca y se salsean con un pil pil de lo mismo. Para rematar nuez de ginkgo, un delicioso fruto con sabor a flores amargas. 

Un estupendo sumiller nos sirve moscatel para acompañar al hamachi marinado en vinagre de arroz y chardonnay. Es perfecto para la picante y cítrica salsa kosho, que combinan con kiwi

Me ha encantado la polenta brasileña cocinada en caldo de pollo y yerbabuena, teórica base de unas alitas rellenas de gambas y huevas picantes, pero verdadera protagonista. 

La lubina se cura en koji y se hace solo por el lado de la piel dejándola súper crujiente. Se sirve con puré de garbanzos y caldo de cocido. Pero el homenaje sigue en plato aparte con la lubina cruda, con agua de tomate con cominos y unos puntos de chorizo Joselito. Maravilloso. 

El enorme mero tiene una emulsión de su colágeno con sake y salsa de algas y wasabi encurtido. El maravilloso mundo de las salsas de Tetsu

Será un gran plato el del bogavante con arroz inflado pero, al hacerlo tan poco, estaba bastante frío por dentro. Lo que ya estaba extraordinario era el pimiento del piquillo (de toda la vida) relleno del crustáceo y “frito” a la plancha. Salsa de las cabezas y crema de pimientos en un guiño muy occidental. 

La brocheta de waygu A4 es tan espectacular que no necesita más que un poco de crema de ajo asado y algo de punzante de yuzu kosho

Los postres, en línea japonesa, lo más flojo. Y en línea española, también. Un helado de tofu (por qué no prohibirlo?) con tomate, ciruela y un gran licor japonés de solo 9º. Para acabar, helado de setas con caviar que más me hubiera gustado en las entradas. La eterna asignatura pendiente de la gastronomía española. Con perdón del gran Jordi Roca

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Francescana de Massimo Bottura

Massimo Bottura es la madurez intelectual de la revolución gastronómica, uno de los pocos supervivientes, con restaurante abierto, del big ban de los 90. Y en plena creatividad en la Osteria Francescana y reinventando sus clásicos en este Francescana de au delicioso e impresionante hotel Casa María Luigia, una verdadera oda a la naturaleza, el arte y la belleza.

No sopreprende porque Bottura convirtió la vanguardia culinaria en un lenguaje cultural capaz de dialogar con la memoria, el arte y la identidad nacional sin renunciar a la innovación, convirtiendo la tradición en objeto conceptual.

Es el último autor total de la alta cocina: su mirada personal, guiada por el pensamiento, la deconstrucción y una libertad creativa cercana al arte, bastaba para transformar toda una tradición culinaria, antes de que la cocina desplazara ese impulso hacia la sostenibilidad, lo autóctono y el discurso social y comenzara a evolucionar como una conversación global.

Transgrede partiendo de la italiana, una de las cocinas más tradicionales del mundo y se adentra en un juego con el arte más conceptual y una verdadera poética del sabor, que llega hasta los grandes nombres de sus platos icónicos. 

Con todos los respetos para Blumethal o Gagnaire, es el único de sus coetáneos que se puede comparar con Adria. Y la eelación creativa entre ambos, se despliega como un diálogo silencioso entre contrastes: como Picasso y Braque o Mozart y Haydn, dos voces que no se imitan sino que se potencian, donde la audacia radical de uno encuentra en la medida, la cultura y la memoria del otro ,el marco capaz de transformar la libertad absoluta en un lenguaje universal, pleno de sentido y emoción.

Todo comienza a las 19.30 en punto y todos compartimos mesas, seis de seis cada una,  perpendiculares en dos líneas a la cocina en la que se desarrolla lo que llama “el teatro del sabor”. 

Empieza con el panettone con salchicha, llevando este símbolo absoluto de la dulcería la italiana a lo salado, demostrando que la cocina vive cuando se atreve a cambiar de contexto, revelando nuevas memorias y significados sin dejar de ser reconocible. Todo un manifiesto

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Descubrió la gran cocina con las ostras, el cordero y la sidra, en una visita juvenil al Mont Saint Michel, nombre del plato (2000) en el que mezcla un tartar de cordero pre salé, emulsión de ostra de Normandía y granizado de sidra. Toda su memoria en una concha de ostra.

El rodaballo porchetta es una otra brillante reinterpretación del asado de cerdo, que sustituye por pescado, aplicándole las mismas hierbas, aromas y técnica para trasladar la tierra al mar, demostrando que la identidad de un plato no reside en el ingrediente, sino en su memoria cultural. Las salsas de siempre se hacen jugo de pescado y emulsión de hierbas. La corteza crocante en espelta crujiente.

De Gragnano (famosa por los espaguetis) a Bangkok, no es una fusión sino universalización de lo local: cinco tipos de tomate (fermentado, confitado, puré/agua, concentrado) y agua de mozarella, enriquecidos con salsa de leche de coco, lemongrass, jengibre y muchos matices. Un plato que junta las mejores tradiciones “pasteras” de oriente y occidente.

Las cinco edades del parmesano (1993) es uno de sus más famosos clásicos, ejemplo de renovación y reistencia hasta que se hizo famoso. Una forma de ennoblecer un gran queso, dando a cada maduración un estilo: 24 meses en crema, 30 en  semi suflé, 36 en espuma, 40 en crujiente y 50 en aire. Formas, texturas y temperaturas, en un compendio que sigue asombrando.

La parte croccante della lasagna (1995) es otra hazaña conceptual que parte del bocado más valioso e intenso de una lasaña —la corteza crujiente dorada con queso y salsa— y lo transforma en plato completo, haciéndola chip crujiente, carne esparcida, y una ligera bechamel que es más aireada crema. Un homenaje a la memoria que ha inspirado desde lo que queda del asado en los canelones de David Muñoz, al socarrat enrrollable de Dacosta.

La interpretación del solomillo Rossini (2012) lo deja fragmentado, desplazado y descompuesto, como si hubiera pasado por un filtro pop‑art o psicodélico. Carne perfecta envuelta en cenizas de hierbas y pimienta y muchas salsas: foie en crema con setas, salsa de anguila y tinta para emular el caviar, huevas de trucha, salsa de vegetales, Madeira… 

El crocanttino (1998) no es un helado, aunque parece un “magnum”. Es un crocante de foie gras con un mágico corazón de Aceto Balsámico, frutos secos caramelizados y con un toque de flor de sal.

Ni Warhol ni Cattelan, solo banana y Chateau d’Yquem, (2023), es típico del estilo narrativo del chef y del nombrar sus platos con juegos de palabras o alusiones culturales para hacer visibles ideas sensoriales y emocionales antes incluso de probar.  Comparación con la ironía del arte sacralizando un objeto, llevando un simple plátano a la alta cocina, hacerlo trampantojo (arte en el arte) y rellenarlo con el vino de los emperadores.

Oops! Se me cayó la tarta de limón (2010) es uno de los iconos absolutos de Massimo Bottura y quizá el ejemplo más puro de su filosofía culinaria: convertir el error en creación artística. Bottura lo relaciona con el arte contemporáneo —especialmente con gestos como el del artista Ai Weiwei dejando caer un jarrón antiguo—: no destruir el pasado, sino liberarlo del museo para hacerlo contemporáneo.  

Arte y narración, cocina y filosofía, vanguardia y tradición, pensamiento y compendio (de presente, pasado y futuro. El mundo en una cena.

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Nerua

A Picasso, según sus palabras, le “llevó toda una vida aprender a pintar como un niño” y algo parecido les pasó, en sus procesos de depuración estética, al último Bach, a Carver y no digamos a Van der Rohe, cuya manoseada frase al respecto no voy a repetir. 

Desde que lo conocí (haca bastante más de 20 años) lo mismo ha hecho Josean Alija para llegar a su cocina esencial y esencialista y a unos platos llenos de pureza y alérgicos a las alharacas, aunque nunca exentos de belleza ascética. 

Es casi el mismo recorrido que lo ha llevado desde la ruidosa antigua cafetería del Guggenheim a esta espacio monacal de Nerua, en el que el blanco solo se rompe por el colorido de las vistas, la crudeza metálica de la araña de Luoise Bourgeois y el color caña de unos imponentes sillones de listones. Todo el color está en los platos y en su propia brillantez.

Comienza despacio con un homenaje al poteo (tapeo) vasco y le bastaba un grillo (lechuga, patata y cebolla en pincho), un torrezno de bacalao que convierte en perfección, una profundísima crema de alubias de Guernica con espuma de berza y un buñuelo -esponjoso y crujiente mantou-, con sus sacramentos, una espléndida morcilla de puerros.

La versión aristocrática del grillo es una esnsalada de patata y cebolla roja en la que la lechuga es una esferificación que inunda todo de frescura al romperse. Con poco y en diferentes formatos hace un gran plato, con nada algo muy bonito.

El changurro no es tan bonito pero sí mucho más lujoso. El guiso está perfecto, pero mucho más porque se mezcla con sus propios corales y erizo. Hacer lo bueno aún mejor. 

Me han leído el pensamiento porque echaba de menos el espléndido pan rústico de muy larga fermentaciónde Josean, una joya templada, tierna y crujiente. 

Perfecto para la densa salsa de coco que cubre unas espinacas guisadas con berros y caviar, un conjunto de sabores en audaz equilibro porque un gramo más de caviar o de coco arruinarían el estupendo y sorprendente plato. 

El tocino de mar, todo rojiblanco, es un delicioso gallo sobre un espumoso y suave pilpil que se remata con erizos en combinación irresistible. 

Bígaro en vasco, karrakela, es más bonito y cosa tan humilde, se transforma en bocado delicado con un simple, profundo y fresco jugo de vainas. Simplicidad convertida en grandeza. 

Hay más maravillosas mezclas de verdes con mariscos y las tiernas borrajas con poderoso pilpil de anchoas enriquecen (y no la revés) a unos estupendos berberechos

Elevar así los vegetales es una labor magistral y lo mismo pasa con un pastel de brócoli, de estupenda textura de cuajada, que iguala a unas dulces y suaves quisquillas. Además, un gran dashi con un toque de clavo

De la comida callejera que tanto gusta a nuestros chefs, una esponjosa y cremosa tortilla de ostras, rematada con un bello crujiente de arroz y algas. 

Las pochas con almejas llevan al máximo el esencialismo. Solo el sabor de las almejas, pero sin ellas, está por todas partes y el protagonismo es de la excepcional alubia, aterciopelada y mantecosa. 

La alcachofa glaseada en tinta preside un plato con chipirón a la plancha y frito, nada menos que en aceite de café. Impresionante.

El mejillón tigre se empapa en una salsa alegre y picante, sofisticación de la de los bares, a base de ketchup, tomate de lata y tabasco

El pan sopaco se usa para sopas y aquí enriquece a una de chipirón, llena de sabor y texturas.

El mejor bacalao ajoarriero que he tomado, se hace solo con la cabeza, una salsa canónica y una leve espuma que se disuelve nada más paladearla. 

Final con un plato difícil: lenguas de cordero. Nunca las había comido y no están muy buenas. Saben mucho a cordero, la textura es muy compacta y resultan algo duras. El gran lacado y una estupenda crema de garbanzos no las superan. 

El estupendo postre mezcla las texturas y temperaturas de un cremoso pastel de chocolate con el crujiente de un macarron de frambuesa y la suavidad de un helado de cerveza negra. 

Y la gran creación repostrera bilbaína, el bollo de mantequilla. Aquí en exquisita versión helada. 

Josean es uno de los grandes y a su excelencia se une una notable originalidad, cosa más que destacable. Llevarlo todo a la esencia es muy difícil, pero entusiasma cuando se hace maestría. 

La desnudez del espacio ayuda, como la calidez y profesionalidad del servicio, entre el que hay que destacar un gran sumiller, que deleita con muchos vinos vascos, nuevos o renovados.

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