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Ramsés

Ya he hablado aquí muchas veces de Ramsés. No es porque me encante ni porque vaya mucho sino porque cambian de cocinero con extraordinaria frecuencia y estos siempre están entre los mejores. En el pasado, me gustaron mucho la asesoría de Ricard Camarena y la elegancia de Yeyo Morales, hoy con una estrella Michelin y felizmente establecido en Cebo. Ahora ha desembarcado en Ramsés la segunda marca de Arzak.

El restaurante sigue siendo una espectacular obra de Philippe Stark aunque ya se ha quedado vieja. Fue concebido como un local de lujo a la sombra de la bella Puerta de Alcalá y con muchos espacios diferentes: bistró, discoteca, oyster bar y bar de copas y hasta lugares secretos que se abrían solo previa reserva y a precios exorbitantes. Hoy es poco más que una enorme terraza con hermosas vistas a la plaza y siempre plagada de turistas.

En su esfuerzo por mantener al día lo que siempre fue concebido como lugar de moda, los precios ahora son más que contenidos (el plato más caro de la carta es de 27€) y los chicos de Arzak han hecho lo que han podido, aunque ya les digo que no sé cómo los grandes de la cocina se prestan a estas cosas por un puñado de dólares.

El menú degustación de hoy costaba 45€ e incluía, entre los aperitivos, unos boquerones con fresas que suavizaban con la fruta lo agreste de unos boquerones en vinagre. Parece raro pero estaba muy bueno.

El taco de carrillera es un agradable bocado en el que un crujiente taco de maíz se rellena con ese buen guiso y se remata con un poquitín de guacamole. Como el anterior aperitivo, nada memorable pero agradable.

El entrante se llama huevo y huevas y consiste en un delicioso huevo que parece escalfado y después levemente frito -lo que le da gracia y tono dorado-, animado por una buena e intensa salsa de cebolla y ternera y unos taquitos de patata violeta. Para rematar, una puntita de caviar que da presencia al plato pero que sabe a poco mezclado con el huevo y la sabrosa salsa.

El llamado solomillo de la merluza es en realidad unas buenas y carnosas kokotxas en emulsión de Aove, que el camarero anuncia al pilpil. Basta ver la ligereza de la salsa, que se parece más a la verde, para saber que no es así. En cualquier caso, es suave y acompaña muy bien al delicado sabor de las kokotxas.

El rabón es un sabroso rabo de toro deshuesado, un poco duro y con alguna ternilla olvidada, un gracioso y único chip de yuca, una deliciosa endivia glaseada y una enjundiosa salsa de Oporto.

Para acabar, un postre de bello nombre, las avellanas de San Ignacio, un dulce abundante y con variados productos, escondidos por una buena crujiente teja: frutos rojos (arándanos, frambuesas, grosellas, fresas), helado y crema de avellanas, además de unos pedacitos de una tarta vasca que me ha recordado al sobao. Bueno pero, como el resto, bastante convencional.

Y esa convencionalidad, esa falta de apasionamiento (por mi parte), hace que no sepa qué decirles. He comido bastante bien pero nada me ha sorprendido o encantado. Nada me ha parecido mal tampoco. Así que podríamos decir que estamos en un lugar que ni fu ni fa. Arzak no debería apadrinarlo, desde luego, pero si les apetece, tampoco se arrepentirán porque el lugar es espectacular, las vistas magníficas, el servicio correcto y la relación calidad precio, excelente.

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La mirada ingenua 

 En España llevar corbata es hoy una actitud inconformista y alternativa, en arte el figurativismo parece provocación y en Francia el retorno a la sencillez una prueba de modernidad. Alain Ducasse, el pope de la cocina francesa, predica lo esencial de los sabores, la sencillez de las preparaciones y la preservación de los aromas. Perecería como si después del viaje a la modernidad, hubiera que olvidarlo todo para volver a las esencias y eso es lo que practica en todo su imperio porque ni se puede hablar de su restaurante ni seguramente de su cocina ya que, llevando al extremo la práctica del taller artístico, él guía e idea y los discípulos ejecutan.

 Uno de los más aventajados es Jocelyn Herland y tan lejos ha llegado que su restaurante, situado en el opulento y famoso Hotel Le Meurice, es el único del imperio en París que posee tres estrellas. El salón donde oficia es una orgía de espejos, molduras doradas, suelos de mosaico y enormes pilastras de mármol de una sola pieza, un entorno sacado directamente del II Imperio y que ni el mismísimo Philippe Starck, que lo ha “revisitado”, se ha atrevido a alterar.

  Los espejos multiplican sonrisas y miradas. Las mesas son enormes, se agradece la gran distancia entre ellas y cuanto surge sobre los límpidos manteles blancos es de un refinamiento máximo, lo que traducido a números significa precios imposibles, con la mayoría de los platos superando los 100€ y menús en torno a los 400.


 Como podrán imaginar, al menos hasta que este blog sea rentable, hube de aprovechar esa magnífica costumbre francesa del menu déjeuner, nada barato -120€ con tres platos y postre- pero posible. Empezamos con una deliciosa ostra suavemente infusionada y envuelta en un perfecto crujiente que matizaba su esencia babosa. Les recuerdo que odio las ostras, pero basta disfrazar su agresivo sabor y su blanda textura para convertirme en ostrero. Esta, además, venía escondida entre conchas y promesas de perlas.

  
Las verduras de la estación se cuecen al vapor de hierbas en una bella vaporera japonesa y se esconden entre rocas de sal rosa del Himalaya. Untadas en ellas cobran vida salada y bañadas en la emulsión de hierbas que las acompañan resultan perfectas.

   Sigue el menú de la sencillez con más verduras, mezcladas ahora con algo de fruta en una sabia reinvención del panaché. Unas son cocidas, otras salteadas y otras acariciadas por la plancha. Hay algo de confitado y leves toques crudos. Contrastan con una manzana enana, toques de hinojo y algo de aguacate mezclando en un mismo plato colorido, falsa sencillez y muchos aromas.

 La lubina al hinojo no es tampoco la de siempre. La carne del pescado está perfecta, sellada y jugosa, y la piel, seguramente cocinada aparte, tiene una consistencia delicadamente crujiente. El hinojo no ofusca el sabor del pescado como es tradición, sino que se sirve a modo de refrescante e intensísima ensalada. Es un gran acierto este amor francés por el hinojo, tan sabio como incomprensible el desinterés español.

 En ese momento, llega el plato que para los franceses es seguramente el rey, el postre. Para remarcarlo se produce un pequeño cambio de vestido y aparece una finísima servilleta de hilo bordada con frutas.

 Amablemente cambiaron uno de los postres por el celebérrimo suflé de chocolate de Ducasse. Obviamente es perfecto, algo crepitante en el fondo y con un chocolate único, pero yo no pude resistir al

 Vacherin de cítricos, otro festival de texturas (blando, crujiente, al dente, cremoso…), temperaturas y sabores, amargo, ácido y dulce.

   El acompañamiento de los cafés es asombroso. Las delicadas tejas de frutos secos son translúcidas de puro leves y se deshacen al tocarlas.

 La caja de bombones contiene auténticas maravillas elaboradas cuidadosamente con los mejores chocolates del mundo

 y el carrito de frutas (piña, pomelo y mango) y sorbetes (mango, pomelo y pera) es una verdadera delicia.

 Hay una enorme voluntad en esta cocina de volver a un pasado que en realidad nunca existió -porque la cocina francesa es todo menos sencilla- y otra más de disimular todo lo sabido, porque todos los platos atesoran técnicas refinadas y aprendizaje centenario, pero hay que reconocerle la enorme humildad y sabiduría de no querer asombrar, de esconder la maestría y de intentar mirar la gastronomía con la ingenuidad de un aprendiz cuando en realidad ya se ha visto y aprendido todo.

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Oro falso, cocina real

Si les digo que hoy voy a hablarles de Suria, es muy probable que nadie sepa a qué me estoy refiriendo. Si les digo Ramsés, pocos habrá que no me entiendan. Pues bien, ambas frases son ciertas porque ahora el restaurante principal de este complejo, esa mezcla criselefantina (oro y marfil) de Philippe Starck, que más parece un delirio de un Versace muy fumado, se llama así.

Lo conocí en esta nueva versión hace más de un año, pero me resistía a escribir de él por miedo a que el nuevo chef saliera tan corriendo como los anteriores y es que no hace tanto, estaba aún contándoles las novedades introducidas por el gran Ricard Camarena, en un post llamado Ramsés en el templo del glamrock. Afortunadamente parece que el muy bien formado (Abac, El Bulli, Miramar, etc) Aurelio Morales ha venido para quedarse, porque ya lleva bastante más de un año al frente de los fogones. Su destino anterior, el excelente Miramar de Paco Pérez, se aprecia en la maestría con los arroces y los mariscos, así como con toda clase de pescados. Sin embargo, también se luce en las carnes y mucho más en los postres.

 Del espacio poco más hay que añadir, salvo que sigue pensado para magnates rusos y nuevos ricos de Woody Allen, gracias a su ostentosa decoración zarista –menos mal que sabemos que Starck es un maestro de la ironía decorativa- y a una enorme profusión de vinos y champanes de más de mil euros y una buena oferta de ostras y caviar, por lo que se ve lo que más les gusta a los magnates.

He probado, en temporada, excelentes alcachofas y setas, que he repetido ahora, pero antes me sirvieron un buen crujiente de piel de pollo con vieira y aguacate.  

 
Para empezar, probé las chantarellas (rebozuelos para los menos cursis) con gambas rojas de Denia, una mezcla suntuosa y perfecta en la que las cabezas se habían convertido en crujiente, los lomos en suculentos bocados de punto perfecto y las sutiles setas en el contrapunto idóneo al sabor marino.  

 El tartar de ventresca de atún tiene un punto perfecto y se alegra con leves toques de algas, felizmente leves, una crepitante ensalada negra japonesa y una espuma cítrica que, como todo el mundo sabe desde aquellos tiempos de los calamares fritos o la merluza a romana, le queda muy bien al pescado, el limón quiero decir.

 El canelón de carabinero es una entrada, pero resulta tan completo e intenso que bien se puede tomar como plato principal. Al canelón, de fina pasta y relleno de marisco, se le añade el cuerpo del crustáceo y se baña, en la propia mesa, con los jugos de la cabeza, tan buenos como difíciles de disfrutar. Eexcepto para los amantes del chupetón.

 El arroz de bogavante, boletus y pollo es una perfecta muestra de mar y montaña que debemos al genio ampurdanés, un pueblo que ya practicaba la fusión y las mezclas arriesgadas, como el conejo con caracoles o langosta, cuando cocina y modernidad no podían ir en la misma frase.

La tabla de quesos es excelente y plagada de denominaciones nada habituales:  Cantal, Moncerillo, Montagnolo, Picarcho, Taleggio. Además se sirve con unos de deliciosos dados de pan tostado, blanco y de frutas. Por cierto, todos los panes son excelentes y cuentan con uno de cereales que está entre los mejores que he probado.  

 La tarta de zanahoria, más que deconstruida está destruida, porque se sirve desmigajada, pero la inteligente mezcla con helados y flores hace de ella un postre diferente pero que, sin embargo, respeta la esencia.

 No obstante, me gustaron más los buñuelos de chocolate que, aunque se llaman así, son mucho más que eso, bolas sedosas de chocolate negro, tierra de chocolate, semifrío y helado de lo mismo, un postre delicioso, que juega con la tradición y que embelesa al más chocolatero, yo.

 Sé que lo de Ramsés les puede dar algo de pereza, porque el ambiente es más ostentoso que elegante y porque ya lo hemos conocido en diferentes fases de decadencia; aún más porque les encanta a los de Mujeres, Hombres y Viceversa o porque agot tanto dorado mezclado con animal print, pero deberían enfrentar sus miedos y dar una oportunidad a la buena mano marina y madrileñomediterránea de Aurelio Morales porque, sin duda, me lo agradecerán. Además, pueden tomarlo con humor y llevar a los amigos más impresionables.

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