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Té en palacio

Hace muchos años conocí el hotel Alvear Palace de Buenos Aires y el hechizo de su fascinación fue inmediato. Conservaba todo el encanto y extravagancia de la Belle Époque. Techos altísimos, dorados cegadores, mármoles opulentos, maderas preciosas y espejos por todas partes. 


Sin embargo, ninguna de estas bellezas muertas podía rivalizar con sus pobladores, elegantes damas con perrito que, tocadas de grandes sombreros y acompañadas por botones vestidos de rojo, porteadores de sus compras, miraban displicentes al mundo real y eso que creían que este era el mundo real. Los caballeros de chaqueta azul marino, botones dorados y plateadas cabelleras eran como apolillados escoltas de las bellas. Muchos de ellos tenían apartamento privado en el propio hotel y otros lo habitaban durante largas temporadas. El mundo les petenecía y las calles circundantes eran un reducto parisino de cafés, librerías, paseos umbríos y las tiendas más caras del mundo. Hoy todo eso continúa, a excepción de la mayoría de las damas, muertas hace ya tiempo, y de las tiendas, expulsadas por el peronismo. 


La llamada Orangerie es una suerte de invernadero, escondido entre los brillos y espacio perfecto para un té de otros tiempos. 


Entre una gran variedad de ellos, escogí el Vainilla Tíbet, una deliciosa mezcla con toques de cacao. El té completo contiene una enorme profusión de bocados, servidos en porcelanas francesas, acompañados de platas variadas y distribuidos con enorne refinamiento. 


Comenzando de arriba abajo, un hermoso plato ofrece un bagel de salmón, un pequeño bocadillo de champiñones y un vasito de queso con cebolla confitada. Los sandwiches son blancos (de pollo y tomate) y negros (de pepino y atún, más sabroso que el que ponen los ingleses porque ¿que hay más absurdo que meter rodajas de pepino entre dos panes?) y los dulces, un delicado rollito de manzana y pasas, un aceptable financier de chocolate y una deliciosa bavaroise de chocolate negro sobre bizcocho de té verde. 



Los dorados scones llegan calientes y escoltados por buenas mermeladas caseras: de arándanos, naranjas amargas y crema de limón. 

Si alguien pensaba que este festín -llamado incorrectamente té- ya se había acabado, está muy equivocado. El excelente servicio, que sirve con impolutos guantes blancos, avanza ahora portando un carro de dulces al que ni el menos goloso podría resistirse. 


Pasteles de tres chocolates, de frutas exóticas, milhojas, cremas, mousses, frutos rojos. Para mi fue fácil. La mezcla de chocolate y castañas se me hace irresistible. Este lleva además una perfecta base de caramelo crujiente. Durante mucho tiempo pensé que los croissants  del Alvear eran los mejores del mundo. Ahora creo que tiene mucha otra repostería irrepetible. 


Los argentinos -quizá debería decir los bonaerenses- siempre han sido gente culta y cosmopolita, capaz de absorber lo mejor de los muchos pueblos europeos que aquí se radicaron -aún hay casi ochocientos mil italianos y más de cuatrocientos mil españoles-, así que si fueron capaces de reinventar la pizza a su manera y de recrear el estilo francés en su arquitectura, por qué no iban a poder mejorar los mejores tés. 


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