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La Mar

Cada vez que voy a La Mar, me alegro enormemente del éxito de Gastón Acurio, porque bien lo merecía en esta ciudad a la que tanto quiere. Y no solo es porque Gastón sea el mejor y más mítico chef de Hispanoamérica, sino también porque es un gran empresario, creador de restaurantes famosos en todo el mundo.

Como en toda cevichería que se aprecie, el ambiente de la mar es bullicioso y alegre, y cuenta con una decoración sencilla y colorista, que acompaña muy bien. Todo está muy pensado y cuidado, desde las bonitas vajillas, hasta una carta de vinos, excelente y un servicio esmerado.

Es imprescindible comenzar por el delicioso pisco sour, aunque después recomiendo dejarse llevar por las buenas recomendaciones del sumiller. Lo hemos hecho, y lo mismo con las que nos ha ofrecido el chef 

Y gracias a eso, hemos empezado con un nuevo y delicioso bocado: los patacones (plátano verde aplastado y frito) con tarta de atún, una mezcla excelente, cuya base es mejor que cualquier pan.

Lo que hay que pedir siempre es uno de los estupendos ceviches. Hoy, como casi siempre, nos hemos decidido por el criollo, una estupenda combinación de medregal con una punzante leche de tigre, con ají amarillo, tortitas de maíz, choclo (el maíz tierno, recién formado, antes de secarse) y boniato.

La causa, un plato clásico de la cocina peruana hecho a base de patata amarilla prensada y sazonada con limón, ají y aceite, que se sirve en frío y en capas, rellena de distintos ingredientes- siempre está muy buena, pero si se enriquece con una buenísima pata de cangrejo de Alaska, el resultado es espectacular.

El chef, se ha atrevido con un arroz mar y montaña, buena carne y mejor marisco, que combina la tradición de ambos países con un toque picante de ají y un fuerte sabor cítrico. Hecho a la llauna es una gran idea, pero resultará mucho mejor cuando el punto del arroz -que ahora parece más el de un risotto– se ajuste a los gustos españoles.

Hay postres muy ricos y muy dulces en la cocina peruana, todos con nombres tan bellos como picarones o suspiros limeños, pero en La Mar me encanta el pastel de tres leches, con un fuerte sabor a coco.

Es un sitio que puede gustar a cualquiera,, que abre muchas horas para comer, picar o tomar un cóctel y que, con todo lo dicho y sus precios razonables, valen mucho la pena. 

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La Mar Madrid

Gastón Acurio es un titán de la cocina mundial y uno de los cocineros que más admiro, ejemplo claro de que nada es por casualidad. Formado en Madrid y París (Cordon Bleu) revolucionó la cocina peruana, fundando en mítico Astrid y Gastón -durante años el mejor restaurante del continente- y no solo la enseñó al mundo, sino que, gracias a él antes que nadie, todas las miradas se volvieron a los fogones hispanoamericanos. Él solito, empezó el boom culinario latinoamericano. 

Entre sus muchas marcas, La Mar, presente en todo el mundo, es una cevichería popular en las formas y de altos vuelos en su esencia, porque ningún detalle se descuida, desde un buen servicio comandado por muchos elegantes jefes de sala, a un magnífico y muy conocido sumiller (con cientos de vinos), pasando por una bella decoración. 

La carta es enorme y todo apetece pero no pedir cebiche (con B, en peruano), sería un crimen.  El criollo es de suave bonito, aromática y picante (poco) salsa de ají amarillo y crujientes tortas de choclo (maíz). 

Combina muy bien con otra dulce obligación, un tiradito, este el sureño, con estupendos chips de plátano, pedacitos de aguacate mantecoso, esa gloria nacional y picosita del rocoto (otro ají que, por cierto, es chile o guindilla según la zona) peruano y una quinua frita espléndida en sus toques ahumados. 

La causa limeña es casi más típica y recuerda algo a nuestra ensaladilla rusa, más en esta presentación rectangular. Deliciosa papa con pollo, huevo, aguacate y un poco de mahonesa

Sin embargo, no había probado los mejillones sudados. Me han encantado porque se bañan una una salsa de ají amarillo muy muy cremosa. 

Los pescados pueden ser sudados (con salsa de ají), con salsa Nikkei o a la brasa y como este parece el más barroco, ha sido el elegido: era rodaballo a la meuniere peruana que es también salsa de ocopa, patatas empanadas y un buen toque de hoja de plátano

Buenos postres también, en especial un tres leches con merengues (italiano cremoso y crujiente francés) y helado de manjar (dulce de leche) que es casero, como todos los demás. Igual que el de lúcuma que da frescura a una estupenda mousse de chocolate negro peruano, amarga y profunda, coronada con crujiente quinoa caramelizada

Supongo que ya queda claro mi amor por esta cocina, porque en ese gran continente lleno de arte y color, hay dos grandes gastronomías que trascienden lo local para hacerse universales: la mexicana y la peruana. Pero, para mí, es aún más grande esta porque la personalidad de la mexicana es más íntima y local, mientras que la peruana está trufada de japonesa (nikkei), china (chifa) e hispano europea, sin olvidar las milenarias tradiciones precolombinas. O sea, todo un mundo condensado en peruanismo puro. 

Y ese mundo lo organizó, modernizó y lo enseñó al mundo Gastón, cuando los nuevas cocinas de la región aún empezaban a despuntar. Que buena cosa tenerlo tan cerca.

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