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La Mesa del Chef (Ramón Freixa)

La excelencia de Ramón Freixa empieza a superar sus propios límites. No solo, no se ha conformado con abrir el restaurante más excitante de los últimos tiempos, un auténtico dos en uno (Tradición y Atelier), sino que no para de tener ideas nuevas.

Ahora aprovecha el espacio exquisito de Ramón Freixa Atelier, que solo abre por las noches, para refinar aun más su cocina de Ramón Freixa Tradición en los almuerzos de martes a sábado. Es la mesa del chef, que supone una elevación del nivel de la deliciosa y elegante cocina clásica del tradicional, en un espacio más íntimo y apto para el disfrute. 

Es a la carta, pero como el menú degustación es una gran idea -por mucho que los cansados de la vida y los aguafiestas y agoreros predigan su fin, cuando en todas partes está más de moda que nunca y se toma con naturalidad- Ramón ha elegido todo con un comienzo brillante en esa gilda premium que ya no lo es sino que la convierte en salpicón en brocheta (percebe, gamba y bogavante azul) con suero cítrico. 

Un steak tartare perfectamente aliñado y de carne exquisita, envuelto un una cecina deliciosa, no pueda fallar. Menos aún con una tostada de brioche y el contraste marino del caviar.

También con pocos y preciosos ingredientes se compone una viera entreverada de trufa negra y un gran consomé de jamón que aporta matices cárnicos y campestres.

Ser la versión premium del elegante Tradicional obliga en todo y no solo hay angulas sino que huyen de la banalidad con una suculenta y falsa carbonara (lleva nata).

La cigala es tan buena que hasta cruda lo estaría, pero mejor con la gran cocina de una soberbia beurre blanc de caviar que Ramon hace más golosa porque usa mantequilla noisette.

Los huevos fritos con patatas -y para mayor untuosidad, una parmentier deliciosa- y trufa blanca y negra es un plato conceptual y provocativo, además de gran idea. Se revuelven con trufa negra, mientras que la trufa blanca es un juego olfativo magnífico, porque la copa se va oliendo mientras se come y así se mezcla todo en nuestra cabeza, al mismo tiempo que se contempla su evolución, desde el dulzor de la coliflor al punzante del ajo.

Los delicados y dulces guisantes lágrima se llenan de fuerza con butifarra, callos de bacalao y una salsa oscura de gran sabor.

Si en Tradición el hojaldre (Wellington en su nombre comercial) es de lubina, aquí se atreve con el bogavante, mucho más difícil y ambos, crustáceo y hojaldre, tienen un punto perfecto, gracias a la frescura de una verde cobertura de acelgas y espinacas. La cabeza es un tartar de patas y pinzas y la imponente salsa (otra más) de cabezas y carcasas del bogavante

Como todo es majestuoso, acaba con un histórico faisán (aquí es codorniz) a la Santa Alianza, un mítico plato de Careme/Talleyrand para llegar a la paz pasando por el estómago, cuando la cocina era, a principios del XIX, lenguaje de concordia, exceso y representación del poder. Setas, trufas, foie, Oporto o Madeira, cremas y, según el chef, mucho tiempo. Según yo, elegancia, pericia y mucha cultura gastronómica. (¿Cuántos chefs “vanguardistas” sin base, lo están descubriendo en este post?).

Hemos tomado dos postres magníficos, especialmente el panettone Suzette, así llamado por sus aromas de alcohol y naranja. El bollo magnífico, que ya lo querría yo todos los días para desayunar, se enriquece con un buen ron flameado, crema inglesa y naranja confitada. Tiene una aire al babá que tanto me gusta pero está aún mejor.

El flan, no tiene más misterio que hacerlo muy muy bien y eso lo consigue Ramón con una versión muy cremosa y en la que el sabor a huevo comparte protagonismo con el de la crema. Si además le pone una buena trufa negra, en un gran momento ja, el humilde postre se torna para ciego. 

Es un sitio que gustará forzosamente a todo el mundo, porque mezcla cocina clásica de muchos lugares con pequeñas audacias de cocina moderna y unos productos incomparables .

La bodega es magnífica, pero lo mejor es esta cocina ideada por Ramón y a cargo de su joven y magnífico segundo  @marietesanru, de creada supervisado por él que está en todo. Es aparentemente sencillo, pero se trata de la simplicidad más brillante y juguetona. Así es el: sencillo, brillante y juguetón. 

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Ramón Freixa (la última cena)

La mala noticia es que Ramón Freixa cierra, la buena, que abrirá entrado el verano, un proyecto aún más ambicioso, en el que seguirá trayendo luz mediterránea a esta especie de mar seco que es Madrid

Él creó una suerte de ínsula Barataria del Mare Nostrum en la capital y, como él, se hizo mestiza y cosmopolita, porque Ramón es barcelonés universal y su sensibilidad le impide desdeñar cualquier buena influencia. 

Esta última noche de su restaurante en el Hotel Único era una más para los clientes, la mayoría extrajeros, pero no para el chef y su equipo. Ni para mí. Para ellos, porque cerraban una brillantísima etapa de refinamiento y éxitos y para mí, porque aquí he vivido algunos de los momentos gastronómicos, amistosos y amorosos más importantes de mi vida. Menos mal que sé que lo bueno está por llegar y, en la duda, la alegría. 

Los comienzos ramonianos son siempre de gran brillantez, porque sus aperitivos son alta cocina en muestrario, un despliegue de colores, sabores y técnicas que suponen un reto a sí mismo. Desde el cucurucho de camarones, envuelto en transparente obulato, que se come todo, hasta el cupcake de yema curada con anchoas, de intenso sabor a mar, pasando por una dulce Pavlova, que estalla en la boca con lichi martini y coco, suavemente picantes. 

Además, el bombón de sopa de cebolla y tomillo sobre crujiente de pan y el potente barquillo de pimientos del piquillo relleno de brandada de bacalao.  Muchos sabores y técnicas unidos tan solo por la creatividad y la potencia.

Sigue una entrada majestuosa en la que combina la opulencia de un excelente caviar con la humildad del dulce boniato, eso sí, convertido en un delicado cruasán. Ambos se combinan con sedosas pieles de leche. Pero no están solos y llegan con una tortilla de txangurro que viajó a Asia (y de allí se trajo los sabores orientales) y aire de vermú. Explota al morderla e inunda en paladar.

El pan siempre ha sido protagonista en este lugar y al principio lo amasaba y enviaba el padre del chef. Ahora siguen con esas recetas de recio rústico, hojaldrado de mantequilla, sabroso de curry o crocante de palito con aceitunas. Además una gran mantequilla de  Isigny y otro de los grandes aceites de Castillo de Canena hecho a medida del cocinero. 

Llama la pureza a las cigalas a la pimienta, cubiertas de tupinambo y salsa de almendra, y no extraña, dado lo níveo del plato, en el que las delicias de la cigala se suavizan con la sutileza del fruto y el tubérculo que, por cierto, Ramón introdujo en Madrid, desde una Francia que, aunque la usa mucho, solo la descubrió en la Segunda Guerra Mundial cuando el hambre hizo que dejara de ser tan solo alimento de ovejas.  

Me encanta la seta de castaño del Montseny que es carnosa, enorme y crujiente. Asada y lacada, con jugos de mar y tierra, es mucho más que bosque. Es casi todo. 

Las ostras son un puñetazo en mi paladar. Solo las como cuando las transforman los grandes cocineros. La de Ramón mejora con aguacate, suero de cebolleta y aceite de galanga. Está tan buena que acallaría a los insensibles del “producto, producto”.  

Es un intervalo sin carne, porque el canelón de atún nos devuelve a la carnal seta. Y es que lo hace con civet y salsa de tuétano, dos chutes de sabor cárnico, que parece de hechos para el atún, ese pez que parece de tierra. 

Envolver en oro a la angula, la Golden Girl de la gastronomía española, es una idea maravillosa, pero hacerlo con panceta de cerdo y una falsa carbonara (porque tiene nata) roza la genialidad. 

Si Ramón fuera pintor sería Dalí y si escritor, su tocayo Gomez de la Serna (basta ver los enunciados de los platos) y eso es un rape en hábito negro, mezclado con bogavante, fregola (el cuscús sardo) y liliáceas

Hace también una de las mejores liebres a la Royal que he probado nunca y por eso se atreve a descomponerla en una especie de damero exquisito que esconde en trufa negra. Además , un brioche de paloma y un pincho tan bien especiado que es Marruecos puro. 

Acabar con chocolate es obligatorio, porque lo borda. Maneja todos los porcentajes de cacao (del 35 al 85%) y es capaz de mezclarlo, magistralmente con aceite, maíz y cacahuete, curry, ahumado y pimienta, café de Kenia o praline salado de macadamias, según la evocación de cada continente.

He sido el último cliente en salir del restaurante y eso después de una cena memorable, mezcla de morriña (por las bellezas del pasado) y alegría (por los goces del presente). Pero la nostalgia es fácil de vencer. Al menos siempre que se piense que ¡lo mejor está por venir!

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