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Harry Cipriani 5th Av.

A veces no sabemos si nuestros recuerdos de las ciudades son parte de la realidad o del arte, si las imágenes de nuestra cabeza son las que vimos allí o las que guardamos del cine y la fotografía o incluso, y esto es peor, si las imágenes de la realidad no están filtradas por aquellas. A mi eso me pasa frecuentemente con ciudades harto fotografiadas como Paris o Venecia, pero con ninguna tanto como Nueva York, en la que permanentemente me siento habitar en una película.

Correr por el parque -un pasatiempo altamente estético y además, gratuito- es como estar en un plató y sus penetrantes olores en primavera, su verde feracidad y la belleza de sus rincones no hacen más que embotar la mente y dificultar una lúcida distinción. No hay que decir que es uno de los lugares que más me gusta de la ciudad y ese amor se contagia a todos los restaurantes aledaños, sea el de Bergdorf and Goodman con sus maravillosas vistas o fuera el tristemente cerrado Café des Artistes. Pero de todos, ninguno como el Harry Cipriani, copia casi exacta de la casa madre de Venecia, el celebérrimo Harrys Bar.

Pero no se confundan por favor, me refiero al del hotel SherryNetherland, justo frente al parque y al lado del elegante y estilizado Hotel The Pierre, nada de sucedáneos más turísticos como el del Soho o la Estación Central. Esa es casi la única razón de estas líneas, llevarles por el buen camino, porque la diferencia va del puro Upper East Side al mundo del turismo masivo y desharrapado.

Si quieren sentirse parte de tan mítico lugar este es el sitio en el que yo vi una vez a Tom Wolf todo vestido de blanco y otra a Al Fayed padre, que no se sentó a su mesa hasta que todos los platos estaban servidos (ignoro donde estuvo escondido hasta entonces). Sin embargo, más interesante que los famosos es su público habitual compuesto por elegantes damas del barrio, con o sin compras, ejecutivos acelerados de camisa blanca y corbata lisa y acreedores a un buen infarto o ancianos multicolores con un estilo tan perdido como envidiable. Todos parecen seguros de sí mismos y la mayoría conocerse.

Es uno de esos sitios donde la comida no es lo más importante, un italiano sencillo donde, eso sí, los Bellini son más rosados y saben mejor. Hay algunas sopas de las que resalto la crema de tomate que sabe a eso, cosa rara hoy en día, y que tan solo se perfuma con algo de orégano.

Entre las pastas me gustan desde las más suaves a las de salsas mas fuertes y cárnicas, como la bolognese o la de ragú de ternera pero, ya les digo, nada inolvidable.

Muchos postres, bastantes italianos, y hasta alguna tarta muy al gusto americano como las de chocolate o manzana.

Harry Cipriani de la Quinta es ya un clásico neoyorquino y el sitio perfecto para ver y ser visto, para una comida rápida -o no-  sin complicaciones entre tienda y tienda o entre museo y museo, que muchos y muy buenos hay por ahí, nada menos que la Frick, el Metropolitan y el Guggenheim en la misma calle y los tres a pocas manzanas. Claro que el MOMA y el parque también están al lado. ¿Alguien da más?

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