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Le Bistroman Atelier

Tenia pendiente desde hace tiempo una visita a Le Bistroman Atelier porque tenia muchas referencias y todas excelentes. Así que ahora que las he confirmado todas, lamento no haber ido mucho antes porque realmente vale la pena.

Situado en una de las recoletas callejuelas que se desparraman frente al Palacio Real de Madrid, el sitio es realmente encantador, una mezcla muy bien equilibrada de sencillez y buen gusto.

La comida es excelente y clásicamente francesa. ¡¡¡Por fin!!!!! Porque no es normal encontrar con más facilidad dashi, kimchi, ramen, mole o chupe que sopa de cebolla o bouef bourguignon. Menos mal que aquí lo compensan y muy bien.

Los escargots son realmente buenos y sabrosos gracias a su salsita “persillade”, que también se llama perejilada y se hace a base de perejil, ajo, hierbas y aceite y vinagre. Siempre resulta fresca y sabrosa.

Si la perejilada estaba muy buena, no se queda atrás tampoco la densa cremosidad y la suavidad aterciopelada de la holandesa de foie que envuelve los tiernos puerros que, sin embargo, deberían estar algo más templados, porque llegaron algo fríos y eso les hace perder mucha gracia.

La sopa de cebolla está buenísima y levanta a un muerto. Ardorosa, intensa y con la fuerza del queso gratinado y un caldo recio y poderoso. Ni más ni menos que como debe ser y ni más ni menos que como NO ocurre en demasiadas ocasiones.

Los segundos están a la altura de los entrantes, resaltando entre ellos el onglet con una salsa bordelesa aromática y potente de vino tinto, especias y caldo de carne.

El magret de pato tiene también un punto perfecto y un ortodoxo acompañamiento de frutos rojos que nunca falla. Y por si fuera poco, unas patatas fritas memorables que les recomiendo que no se pierdan porque no las sirven de oficio sino como un extra que se encuentra entre las guarniciones. Ya sé que me paso con eso de las patatas fritas pero hay tan pocas buenas…

Y, para acabar, y como no podía ser menos en un francés, (casi) lo mejor está en los postres y entre ellos, un perfecto suflé a la vainilla en el que introducen delicadamente el helado. Es muy bien este suflé: vaporoso, muy espumoso, etéreo y no demasiado dulce. Como nubes en la boca.

Y cómo resistirse a ese otro gran clásico que es el tatin de manzana que sirven en su versión más potente y con tres grandes compañías ricas por sí solas: crema, salsa de caramelo y helado.

El servicio es muy correcto y buenos los vinos, lo que acaba de conformar un estupendo y discreto lugar que es justo el que todos querríamos tener a la vuelta de casa.

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