Horcher abrió en Berlín en 1904. El imperio austro húngaro aún gozaba de buena salud y Francisco José I -famoso en la era del espectáculo por ser el displicente marido de la emperatriz Isabel, Sissí para el siglo- estaba hecho un pimpollo. Bueno, más o menos… Aún faltaba un decenio para que la guerra arrasara el reinado del buen gusto de la belle epoque y para que el «finis Austriae», que describió Joseph Roth, cambiara para siempre Europa. Alemania, también imperio, alimentaba sus anhelos expansionistas entre la exuberancia cultural, los cabarés y los platos de caza.
Esas ansias acabaron con la cultura, la música y hasta los platos, fueran o no de caza. Justo en ese momento, en plena guerra europea, posguerra española, abrió la sucursal madrileña. Corría el año de 1.943. Malos tiempos para Europa, pésimos para España.
En un erial de pobreza, violencia y barbarie los lujos de este bellísimo restaurante, que se esconde del Retiro entre vidrios emplomados, debían resultar una paradoja, una obscenidad delirante.
Felizmente llegaron el desarrollo, la paz y sobre todo, la libertad, consagrando a Horcher como el mejor lugar para festejarlas. Celebrarlas sin olvidar el pasado, no vaya a ser que vuelva.
La elegancia del ambiente, sus mullidos terciopelos rojos, el tintineo de los cubiertos de plata, el baile pausado de los camareros, las luces tamizadas por vidrieras y cortinajes durante el día y por el tililar de las velas en el crepúsculo, nos trasladan a un mundo que no era mejor, pero que poseía un gusto mucho mejor.
Aquí se mantiene todo ello, pero también las recetas de la clásica alta cocina centroeuropea y lo más espectacular de sus maneras: la costumbre de terminar -o realizar- los platos a la vista del cliente, con prensas de plata que extraen de las aves desde los jugos hasta su alma, sartenes de cobre que flambean o templan, hornillos dorados que lanzan llamas azules y doradas. Y todo, entre rumores de tenues conversaciones y miradas esquivas o… conspirativas.
En ese piélago de perfecciones no se entiende que las trufas de la ensalada de alcachofas no se laminen en la propia mesa, permitiendo que embriaguen, con su olor a bosque y a elfo, al comedor todo. Muy al contrario, llegan servidas en un ambiente de tristeza y tan tiesas como acartonadas. Tampoco me gustan en exceso los empanados ancient regime pero son los contrastes que realzan la felicidad, como el dolor que sigue al placer o las nubes después de una tarde de sol.
El resto es magnífico y sobre todo la caza, a veces excelsa. La perdiz con lentejas, mi plato favorito, ennoblece a la humilde legumbre al mezclarla con una tierna y deliciosa ave de campo exquisitamente aderezada. Sabores intensos, aromas fuertes, como los de la perdiz a la prensa, casi cocinada a la vista del cliente en un espectáculo único, y prensada en su presencia para aprovechar hasta el último perfume de su carcasa. Excelentes venados, recios patos, consistentes pichones, todo acompañado de dulces compotas de frambuesas y manzanas, purpúreas lombardas y esas patatas suflé que, rellenas de aire, son un invento mágico, sublime y prácticamente perdido. El goulasch, más húngaro que los cíngaros, es fuerte, especiado y revitalizante. Famosa la hamburguesa y ligero el carpaccio de venado con higos, aunque cualquiera sabe dónde están los higos. Mejor no los busque, porque quizá han volado al Mediterráneo.
El pastel de árbol es un gigantesco tronco de bizcocho que parece el de un árbol centenario. Cortado en finas laminas se sirve con una densa nata montada, un excelente helado de vainilla y salsa de chocolate negro, negro como la pena negra.
Las crepes suzette con helado de vainilla son de las que ya no quedan por el mundo y sólo su alcohólico aliento supera al placer de ver su preparación.
Como se puede imaginar, tanto baile, tanta plata, tanto cojín a los pies de las señoras y tan deslumbrante puesta en escena cuesta un ojo de la cara pero ese es el precio del gran lujo, de la excelencia y de esta clase de sueños.
Archivo de la etiqueta: salir
La princesa descalza
La cocina colombiana es la gran desconocida de América. Quizá sea porque confinada en sus fronteras, no ha sabido adaptarse a la modernidad, como sí han hecho la mexicana y la peruana, las dos reinas indiscutibles. Cierto que no posee la variedad imaginativa y la exuberante riqueza de aquellas, pero sí atesora complejas recetas ancestrales, múltiples acentos regionales y una gran cantidad y calidad de productos: jugosos caracoles de mar que se llaman piacuil, sabrosos tubérculos denominados achín, bulbos apellidados tucupí, picantes y crujientes hormigas culonas y otras muchas rarezas como chiripiangua, achiote, piangua, pipilongo o cronopio.
También hay decenas de variedades de patata y millares de hierbas locales.
Sí la cocina colombiana es como una princesa descalza, Leonor Espinosa es su alquimista.
Al frente de su restaurante Leo cocina y cava ha emprendido una titánica tarea de recuperación, modernización y fusión de las cocinas colombianas, francamente interesante. Sólo actualización soft, porque sabe muy bien que la mayoría de sus clientes son refractarios al cambio, cosa frecuente en todo el mundo. Aquí mismo, en la tierra de la vanguardia culinaria, muchos españoles no quieren salir de los callos, los potajes y las torrijas. Se trata pues de una puesta al día respetuosa con la tradición y que reinventa los platos mezclando ingredientes de varias recetas, sazonándolos con audacia e incorporando inteligentemente nuevos elementos; todo ello con una prudencia que no desconcierta a su público. Más fusión que vanguardia, por tanto.
Su bonito restaurante de altísimos techos y ojos de buey que lo inundan de luz, se halla en una casa popular del centro antiguo de la cuidad, un maremágnum de calles atestadas y abigarradas que evoca la Bogotá de otros tiempos, cuando Colombia no era un país emergido, quizá ni siquiera emergente. En esa Bogotá de los bulliciosos puestos callejeros, los vendedores de flores y frutas multicolores y los circunspectos colegiales vestidos con uniformes oscuros, la Leo, como todos la llaman, es la sacerdotisa de este heroico intento. Mujer autodidacta, vital, de aspecto apasionado como volcán y fuerte como la naturaleza de estas tierras inclementes, nos pasea por todo el país a través de sus sabores, africanos, indígenas, criollos…
La ensalada de lechugas, frutos secos, remolacha y batata a la miel de cidrón estalla en colores y texturas, el cono con crema de jaiba sobre un dulce cilantro cimarrón es una inteligente mezcla de dulces y salados, cremosos y crujientes. Son sabrososimas las carimañolas, una especie de croqueta de yuca, rellenas de conejo ahumado y acompañadas de aji tucupi del Amazonas y suero costeño, dos salsas de un piadoso picante.
El salmón ahumado con cremoso de yacon (tubérculo parecido a la yuca) y brotes de manzana cítrica es una mezcla tan original como vistosa, aunque no menos que la que compone el caracol de mar sobre bolo de mazorca y cremoso de cebolla junca.
El chicharrón de calamar, está algo rígido pero lo compensa una deliciosa salsa de papa criolla y hierbas de azotea (un atadillo del Pacífico Sur).
Las hormigas culonas recubren un muy crudo atún, dotándole de una costra picante y crujiente en la que no se adivina el insecto. Gracias a dios…
Los postres no están a la altura, pero tampoco desmerecen demasiado el conjunto: el bizcocho de cacao santanderino rezuma harina y la crema de arazá (una bella fruta color magenta) que lo recubre se come todos los sabores. El helado de plátano maduro con arequipe, la versión local del dulce de leche, es tan agradable como banal pero todo es divertido, colorido y, para un extranjero, absolutamente exótico.
Pero la cosa no acaba ahí, siempre queda una sorpresa, esta vez en la forma de un café silvestre que nace entre limoncillos y cañas de azúcar y regala un sabor delicioso, entre picante, ácido y especiado. Al parecer el primer café afroamericano de Colombia.
¡Vivir para ver!
Miami vice
Érase una vez un restaurante al que los chicos acudían en camiseta y con relojes de al menos 30.000$ y chicas de curvas vertiginosas vestían elegantemente de cintura para arriba; porque por debajo nada llevaban, exceptuando aparatosos Loboutine y alguna insignificante franja de tela sobre los muslos. Al brazo, un Birkin o algo más «low cost» de Prada o LV. Unos llegan en poderosos deportivos, otros atracan barcos en la misma puerta.
Pueden ser magos de las finanzas, modelos o no, gurús de internet o narcotraficantes, pero poco importa. Estamos en Miami y en un templo del exceso, un excelente restaurante bendecido por la moda: Zuma.
Siempre está bien pero aconsejo el brunch porque la gigantesca barra incluye especialidades japonesas y todas sus variantes mix: mex, californiana, peruana, etc. Ostras, cangrejo real, empanadillas, rollitos, pastas, sushi, nigiri, sashimi, salmón teriyaki, un delicioso entrecot y alguna cosa más para quien guste menos de lo japo.
Todo excelente. Lo occidental está en el vaso: mejores Bellinis que en Venecia, alegres Bloody Mary, champán rosado o Martini de lichis.
Se llega al postre sin casi reparar en el plato, tanta es la belleza circundante, pero aparece esa gigantesca torre de hielo, cubierta de tartas, cremas, macarrons, sorbetes y helados, y ya no se sabe donde mirar, si a las esculturas vivientes o a ese desbordante homenaje a la decadencia del Imperio Romano.
Y es que Zuma es, como todo en Miami, pura desmesura. Barato (95$ con bebidas la versión «economy class») no es, pero vale la pena porque después se puede pasar un tiempo sin comer, alguno más sin ir al cine y bastante, teniendo los más dulces sueños.














