Buenvivir, Diseño, Gastronomía, Restaurantes

Kabuki Raw

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Decir que Kabuki es unos de los mejores restaurantes japoneses de España, no es novedad ni descubrimiento alguno. Afirmar que Finca Cortesin es el mejor y más elegante hotel de campo y playa de nuestro país, tampoco. Por eso, la alianza entre ambos era una apuesta fuerte porque, desde que Ricardo Sanz comenzara en su mítico restaurante de Presidente Carmona en Madrid, varias han sido las filiales (la del Wellington, Tenerife, Valencia y ahora la T4) y no todas de la misma calidad. Mantener tantos y tan distantes restaurantes no es fácil, por mucho que todos participen de los mismos principios y partan casi de la misma carta. Por ello, será bueno decir desde el principio que la apuesta es ganadora y que el restaurante -y el hotel- bien merece el desplazamiento desde Marbella, Estepona, Cádiz o donde sea.
La decoración es suntuosa, de palacio rural con leves toques de antigüedades japonesas, algo así como los recuerdos de algún abuelo viajero. O descubridor de otros mares.
Los platos son excelentes desde los aperitivos (un refrescante sorbete de lima y algo de mango acompañando a unos espárragos dulces). Llama la atención la variedad de tartares de atún. Mi preferido es el picante, un plato chispeante en el que las especias, los picantes, maceran el pescado.

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Kabuki tiene en realidad dos cartas en una: la de platos tradicionales, ejecutados con una ortodoxia impecable, y la de fusión de los japonés con la cocina mediterránea. Reconozco que, por su osadía, originalidad y fuerza, esta es mi preferida.
De ella son ya clásicos sus nigiri de huevos fritos de codorniz con pâté de trufa blanca, los de hamburguesa con tomate y cebolla caramelizada y el de pez mantequilla con trufa blanca. Los tres un hallazgo y mucho más sabrosos que los tradicionales. Tres miniaturas que parecen tapas perfectas en un momento en que todo el mundo parece dedicarse a ellas.

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El futomaki de cangrejo es levemente tradicional y adiciona el poco conocido (en España) y excelente cangrejo de cáscara blanda, el famoso soft shell crab tan apreciado en Japón y Estados Unidos. La tempura de verduras es variada y está perfecta de punto. El atún teriyaki es una delicia cocinada, de las que más destacan en esta cocina tan proclive a los crudos perfectos. La famosa salsa japonesa, sutilmente dulce, da al atún un sabor delicado y diferente y un aspecto reluciente.

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El lomo de buey es más español que japonés, pero es bueno no andarse con nacionalismos y ser cosmopolita. En todo en la vida. Sólo así se aprovecha y aprecia lo mejor de todo el mundo.
En Madrid, Ricardo Sanz, quizá pensando que los postres no son su fuerte, se los encargó al gran Oriol Balaguer, un mago del chocolate. Aquí no son lo mejor, pero tienen buena presencia y rematan con discreción unos platos que ya se han convertido en un clásico nacional, por su maestría técnica, por su conocimiento de la tradición y por su altísima exigencia con los productos. Sólo conociéndolas, se pueden romper las normas.

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Un peruano en Bogotá

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Es difícil decir si la cocina peruana es la mejor de América porque la mexicana le hace gran competencia. Ambas son las únicas que podemos llamar cocinas, porque sólo en estos países hubo verdadera clase media y esta es -como en Francia o como en España, con Cataluña y el País Vasco- la que da forma y sentido a las grandes cocinas nacionales. Digamos ,al menos, que la cocina peruana, como la mexicana, es una de las más ricas, creativas y variadas del mundo.
Rafael, en Bogotá, es un buen exponente de la misma y además de ello, una buena opción dentro de la escasa variedad bogotana. Colombia en general y esta ciudad esta ciudad particularmente, están creciendo mucho y haciéndose cada vez más refinados pero con la excepción del restaurante de Leonor Espinosa, pocos son los lugares donde comer bien en la capital colombiana.
En Rafael, la buena comida se adereza con gente guapa, un espacio llamativo por sus altos techos y sus paredes de hormigón y una buena carta de vinos. Muy buenas las causas y los ceviches y excelente el cochinillo confitado.

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Upper East Side

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En Nueva York, todo lo que tiene más de una semana, no es lo último y lo que pasa de un mes, ya no está de moda. Por eso, hablaré de dos restaurantes que no son lo último ni lo más de moda. Son pura y simplemente, lo más. Lo que pasa es que el primero también puede considerarse nuevamente último porque acaba de cambiarse a unas cuantas manzanas del anterior. Ahora todo el mundo lo añora, así que mejor para conocerlo…

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Hablo de Le Bilboquet , un bistró informal, de precio razonable, muy neoyorquino y lleno de gente guapa. Puro Upper East Side. Siempre animado, brilla todas las noches y en el brunch dominical, aunque ellos también inventaron el del sábado. Los no muy guapos o no muy bien vestidos antes lo tenían más difícil porque en el antiguo local sólo había una docena de mesas. Ahora tampoco es tan fácil, pero así es el reino de lo snob…

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El restaurante del hotel Four Seasons es lo mismo pero en más elegante y mucho más caro. Hay más refinamiento y también más formalidad. Las comidas de los días laborables parecen inspiradas El lobo de Wall Street. El brunch es tan elegante como abundante. Un clásico para los domingos cool de Manhattan.

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Miami vice

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Érase una vez un restaurante al que los chicos acudían en camiseta y con relojes de al menos 30.000$ y chicas de curvas vertiginosas vestían elegantemente de cintura para arriba; porque por debajo nada llevaban, exceptuando aparatosos Loboutine y alguna insignificante franja de tela sobre los muslos. Al brazo, un Birkin o algo más «low cost» de Prada o LV. Unos llegan en poderosos deportivos, otros atracan barcos en la misma puerta.
Pueden ser magos de las finanzas, modelos o no, gurús de internet o narcotraficantes, pero poco importa. Estamos en Miami y en un templo del exceso, un excelente restaurante bendecido por la moda: Zuma.

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Siempre está bien pero aconsejo el brunch porque la gigantesca barra incluye especialidades japonesas y todas sus variantes mix: mex, californiana, peruana, etc. Ostras, cangrejo real, empanadillas, rollitos, pastas, sushi, nigiri, sashimi, salmón teriyaki, un delicioso entrecot y alguna cosa más para quien guste menos de lo japo.

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Todo excelente. Lo occidental está en el vaso: mejores Bellinis que en Venecia, alegres Bloody Mary, champán rosado o Martini de lichis.

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Se llega al postre sin casi reparar en el plato, tanta es la belleza circundante, pero aparece esa gigantesca torre de hielo, cubierta de tartas, cremas, macarrons, sorbetes y helados, y ya no se sabe donde mirar, si a las esculturas vivientes o a ese desbordante homenaje a la decadencia del Imperio Romano.

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Y es que Zuma es, como todo en Miami, pura desmesura. Barato (95$ con bebidas la versión «economy class») no es, pero vale la pena porque después se puede pasar un tiempo sin comer, alguno más sin ir al cine y bastante, teniendo los más dulces sueños.

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