Food

Desde 1911

Desde 1911 es una idea perfecta y clásica: construir, desde la experiencia anterior del grupo Pescaderías Coruñesas, un bonito restaurante de lujo moderno (o sea, desnudo, rústico y sin manteles), con un servicio esmerado a la antigua usanza y una cocina elegante y contenida basada en los mejores pescados y mariscos, esos que solo puede conseguir una de las potencias pescaderas más importantes de España. Y extender esa excelencia a una orgía de quesos, a muy buenos vinos (aunque hoy, sin Sergio, parecía que no había sumiller) y a un cúmulo de detalles que gusten a todos.

Tres menús que siempre incluyen pescado, postres y quesos y solo varían en la cantidad de entradas. Mientras las elegimos de un carro que es un bodegón holandés, el mejor salmón ahumado que he probado, con un corte magistral, y un crujiente (de shiso en tempura) tartar de wagyu con gambusín.

Cortesía de la casa, el delicioso brioche con caviar y una elegante beurre blanc, hoy demasiado caliente.

La causa de bogavante (cocido al momento y con un punto impecable) es mucho más densa que la ensaladilla, por lo que hacen muy bien mezclándola con salsa de ají amarillo y estallantes huevas.

Me gusta que cada vez haya más riesgo y lo demuestran en dos preparaciones de pez limón: en tiradito con toques de ponzu y en un magnífico y bonito cebiche de sandía con bolitas heladas de cereza.

Un real carabinero no necesita más. Tampoco un calamar de potera, pero mejora mucho con una salsa envolvente de su tinta, la ligereza de otra de acelgas y judías verdes y el crujiente de unas pequeñas flores de calabacín.

Perfecta la fritura inversa del estupendo salmonete y un cierto exceso de adornos: salsa de calabaza y espinas y otra de jugo de pato.

Impresionante el arroz mantecado con colágeno de merluza y aceite de perejil que se engalana con unos deliciosos berberechos de Cambados y unas suaves gambas blancas.

El pescado del día era un impresionante y jugoso mero que se mejora con una salsa preparada en la sala (aunque nadie lo ve, porque prefieren los gueridones a los carritos tradicionales) y que es un pilpil de los restos con vino blanco.

Hablar de los quesos es hacerlo de una cumbre de calidad y cantidad, una selección apabullante de todo el mundo en la que lo único difícil es elegir.

Los postres siguen mejorando con unas pasteleras técnicas y elegantes. Mis imprescindibles son el baba —aunque le añadiría ron y acabado en la mesa— y un magnífico suflé que depende su sabor del día. Esta vez, de intenso maracuyá. Muy intenso para suflé, pero eso es solo gustos.

Queda una entremesera de plata llena de dulces. Y quedará el recuerdo. De un sitio inmejorable en su género.

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JNCQUOI Table

Siendo tan gran cocinero, el nombre de Filipe Carvalho se ha asociado automáticamente al de Martín Berasategui, con quien estuvo en Lasarte hasta las tres estrellas, para después abrir Fifty Seconds en Lisboa. Hasta que aquel lo dejó.

Como chef ejecutivo del famoso grupo JNCQUOI, que ha mejorado enormemente, tampoco se podía lucir mucho. Hasta ahora, porque ya ha podido abrir su proyecto más personal y sofisticado en los bajos de JNCQUOI Fish.

Se llama Table y es un gran templo del pescado, que es tratado con elegancia, técnicas abundantes, cierta modernidad y un barroquismo de colores y sabores abrumador.

Después de un aperitivo en el bello bar, que es como un laberinto de cristal, merced al juego de espejos y luces, nos internan, a través de muchas puertas, en un sancta sanctorum, para solo 12 personas, en torno a una cómoda barra en la que trajinan él y sus ayudantes.

Ya desde los aperitivos, embelesa con elegancia colorista y muchos sabores. Una estupenda tartaleta de arroz con aguacate, centollo, buey de mar y huevas compite en fragilidad con una «pizza» de burrata, piñones, anchoas y parmesano y otra de plancton con cremoso tartar de hamachi y puerro frito.

Y aún faltan los calientes: una gamba con su tartar, mayonesa de kimchi y ponzu y una colosal yema de huevo rebozada en mantequilla noisette con caviar. Toda una exhibición de elegancia y complicación en pequeños bocados que llegan al corazón (como se dice del dim sum).

Pero también hay profundidad en lo simple: una bocanada de mar con percebes y caviar bañados en el caldo templado de la cocción.

Inunda la boca el espumoso tartar de atún y manzana con helado de regaliz y espuma de jalapeño.

Un extraordinario crujiente brioche (hecho en espiral hasta un corazón tierno) acompaña a una gran mantequilla con caviar y a todo un repertorio de coliflor (caldo, crema, emulsión y cuscús) que envuelve una dulce vieira, aún más por la mantequilla noisette.

Siguen más grandes mezclas: gambas blancas con foie y tortellini de berenjena ahumada y un gran consomé de lemon grass y jengibre. Y para abrir los sentidos, una tosta de pimienta de Espelette con todos los ingredientes del caldo.

El salmonete, con sus espinas crujientes, es puro solomillo Rossini de Botura, deslumbrante colorido de texturas de tomate, suave curry de hierbas y potente salsa de las espinas, el hígado y vinagre de Jerez.

Como concesión a los que no perdonan la carne, un fastuoso rollo de cordero lechal con sus diminutas y exquisitas mollejas. Lo refresca con kéfir, vinagre balsámico de Módena, un gran pesto de ajo negro y verduritas. Para que quede claro que también es señor de las carnes.

El postre de limón es un bello trampantojo lleno de sabor a cítricos y yerbabuena, potenciados por la ralladura de la lima y el crujiente del chocolate blanco.

Muy sobrio si se compara con la explosión de cremas de café y almendra, sorbete de clementina y polvo helado de almendras.

Tres magníficos bocados acaban con la exhibición: tarta de queso, choux de manzanilla y magnum de frambuesa y yogur.

Sirven los cocineros, pero con el apoyo de dos eficaces camareros a los que casi ni se siente. Es una magnífica y divertida cena en la que brillan los muchos saberes y la elegancia de Filipe, más que bien secundado por un sensible y refinado sumiller, Filipe Wang, que maneja con el mismo talento un Palo Cortado que un sake, un champán sin burbujas o un espléndido Madeira.

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Caelis

Me ha gustado mucho Caelis, de Romain Fornell, aunque con algunos peros. También es cierto que me he conformado con el menú de almuerzo , en una versión aumentada (80€ con varias copas de dos vinos) que que comienza con tres excelentes aperitivos: desde los explosivos bombones de vermú y naranja hasta el magnífico bocadillo de Comté, frágil en la corteza y potente en sabor, pasando por un estupendo crujiente de tapioca con tartar de atún y una soberbia mayonesa de plancton.

Resulta muy fresco y colorido el gazpacho de aguacate con rabanito, tomatitos asados y el toque marino de la caballa en escabeche.

Una delicada flor de calabacín se rellena de un huevo mollet que se integra perfectamente con una rica salsa beurre blanc, que impregna además las setas de cardo y los espárragos.

El salmón me resultó algo empalagoso, aunque encuentra equilibrio en una sabrosa samfaina y en el estallido salino de las huevas de salmón. Se completa con un crujiente de salmón muy rico.

El plato de carne es excelente en su concepción, aunque tropieza con un problema puramente personal: nunca me ha convencido el onglet como corte. Todo lo demás es magnífico gracias a una gran salsa vigneronne, un aterciopelado puré Robuchon y un estupendo pithivier de espinacas, que ganaría mucho servido templado.

Los quesos son tan ricos como ridículas sus porciones. Como postre, un magnífico juego de sabores —hierba luisa, almendra, coco, piña y miel— que transita de lo fresco a lo excesivamente denso.

Aún mejores son las mignardises y, muy en especial, una espléndida pieza de pasta choux con café y crema de chocolate.

Todo está cuidado y pensado. Nada sería igual sin un servicio magnífico y generoso, ni sin un sumiller elegante, atento y muy acertado en sus recomendaciones.

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Belcanto Jose Avillez

Jose Avillez es uno de los más importantes cocineros de Portugal, con una cocina elegante, sabrosa, de técnicas cuidadas y composiciones meticulosas.

Empezó tan joven que hasta le dio tiempo a pasar por El Bulli y estar en la primera línea de la renovación de la cocina portuguesa, hace ya 20 años.

Su restaurante, Belcanto, es el más bonito de Lisboa, merced a un imponente espacio abovedado en el que priman el ladrillo desnudo y la luminosidad de grandes ventanales abiertos al Chiado, el barrio más literario y elegantemente culto de Lisboa, en el XIX meca de poetas y artistas; hasta tal punto que su más bello club privado es el Gremio Literario.

Ahí, Jose completa la belleza del entorno con platos preciosistas, que empiezan con una refinada colección de aperitivos: un tierno y crujiente brioche de anchoas y setas, un floral sándwich que es tempura rellena de tartar de gambas y, en un arbolito dorado, un muy marino rollito de algas relleno de moluscos y el prodigio de una esponja que es merengue de manzana sobre piel de pollo crujiente y paté de ave. Extraordinario.

El gazpacho blanco es iberismo puro de muy suave mojama con texturas de tomate -que van de la gelatina al confitado, pasando por el polvo helado-, y los toques delicados de unas almendras que recuerdan al ajoblanco. Tan fresco y rico como barroco.

Los panes siempre han sido muy buenos. Ahora solo sirve dos (pena) excelentes -de maíz y de masa madre-, con grandes mantequillas (de Azores y muy original de cenizas de romero) y buen aceite Cortes de Cima.

Nos preparan suculentamente para un plato que pide buen pan: la potente versión del cocido a la portuguesa, pez limón, envuelto en col fermentada y asada, sobre la que se derrama un caldo espectacular que durante muchas horas extrae el sabor a todo lo demás: las carnes, los embutidos y las verduras, consiguiendo que un plato de pescado parezca de carne.

Nunca ha habido un menú avillesiano sin un gran carabinero del Algarve. Este año se baña en un magnífico curry refrescado con una rica ensalada de hojas de mar. 

Repletos de sabores, dos livianos dumplings mar y montaña, rellenos de gambas y pollo, que cabalgan sobre setas y una aterciopelada salsa de judías blancas con bacon con tropezones de deliciosa anguila ahumada.

En la misma línea de intensidad, un potente rodaballo en una gran salsa que, basándose en la Bulhao Pato, verde, llega al negro total de colágeno y setas. Por si fuera poco sabor, berberechos, búsanos y caviar.

El pato es un gran producto, pero siempre se puede quedar duro para el gusto de uno. A mi que me gusta tiernito y en su punto, este estaba algo rígido, aunque sin más peros porque está madurado y marinado en especias, para después cocinarse en salsa de soja negra y su propia grasa. Zanahorias variadas y su propio jugo completan un gran pato. 

Me gustan los postres dulces convencionales, salvo el cerdito de Belcanto que me fascina en su mezcla porcina de helado de chocolate blanco ahumado con jamón y caramelos de torrezno. Magnífico y precioso.

Se acaba con la versión del pao de lo, un portuguesísimo dulce a caballo entre el bizcocho, en más jugoso y cremoso, y el pudding, más seco en este caso. Lo sirve junto a la mesa y le añade aceite, un aromático helado de hoja de higuera y un buen golpe de trufa. El mejor que he tomado. Ni más ni menos.

Un imprescindible en Portugal.

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