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Belcanto Jose Avillez

Jose Avillez es uno de los más importantes cocineros de Portugal, con una cocina elegante, sabrosa, de técnicas cuidadas y composiciones meticulosas.

Empezó tan joven que hasta le dio tiempo a pasar por El Bulli y estar en la primera línea de la renovación de la cocina portuguesa, hace ya 20 años.

Su restaurante, Belcanto, es el más bonito de Lisboa, merced a un imponente espacio abovedado en el que priman el ladrillo desnudo y la luminosidad de grandes ventanales abiertos al Chiado, el barrio más literario y elegantemente culto de Lisboa, en el XIX meca de poetas y artistas; hasta tal punto que su más bello club privado es el Gremio Literario.

Ahí, Jose completa la belleza del entorno con platos preciosistas, que empiezan con una refinada colección de aperitivos: un tierno y crujiente brioche de anchoas y setas, un floral sándwich que es tempura rellena de tartar de gambas y, en un arbolito dorado, un muy marino rollito de algas relleno de moluscos y el prodigio de una esponja que es merengue de manzana sobre piel de pollo crujiente y paté de ave. Extraordinario.

El gazpacho blanco es iberismo puro de muy suave mojama con texturas de tomate -que van de la gelatina al confitado, pasando por el polvo helado-, y los toques delicados de unas almendras que recuerdan al ajoblanco. Tan fresco y rico como barroco.

Los panes siempre han sido muy buenos. Ahora solo sirve dos (pena) excelentes -de maíz y de masa madre-, con grandes mantequillas (de Azores y muy original de cenizas de romero) y buen aceite Cortes de Cima.

Nos preparan suculentamente para un plato que pide buen pan: la potente versión del cocido a la portuguesa, pez limón, envuelto en col fermentada y asada, sobre la que se derrama un caldo espectacular que durante muchas horas extrae el sabor a todo lo demás: las carnes, los embutidos y las verduras, consiguiendo que un plato de pescado parezca de carne.

Nunca ha habido un menú avillesiano sin un gran carabinero del Algarve. Este año se baña en un magnífico curry refrescado con una rica ensalada de hojas de mar. 

Repletos de sabores, dos livianos dumplings mar y montaña, rellenos de gambas y pollo, que cabalgan sobre setas y una aterciopelada salsa de judías blancas con bacon con tropezones de deliciosa anguila ahumada.

En la misma línea de intensidad, un potente rodaballo en una gran salsa que, basándose en la Bulhao Pato, verde, llega al negro total de colágeno y setas. Por si fuera poco sabor, berberechos, búsanos y caviar.

El pato es un gran producto, pero siempre se puede quedar duro para el gusto de uno. A mi que me gusta tiernito y en su punto, este estaba algo rígido, aunque sin más peros porque está madurado y marinado en especias, para después cocinarse en salsa de soja negra y su propia grasa. Zanahorias variadas y su propio jugo completan un gran pato. 

Me gustan los postres dulces convencionales, salvo el cerdito de Belcanto que me fascina en su mezcla porcina de helado de chocolate blanco ahumado con jamón y caramelos de torrezno. Magnífico y precioso.

Se acaba con la versión del pao de lo, un portuguesísimo dulce a caballo entre el bizcocho, en más jugoso y cremoso, y el pudding, más seco en este caso. Lo sirve junto a la mesa y le añade aceite, un aromático helado de hoja de higuera y un buen golpe de trufa. El mejor que he tomado. Ni más ni menos.

Un imprescindible en Portugal.

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Eleven y el brunch

Ya les hablé de Eleven para contar que tiene el menú de almuerzo más barato que conozco, si comparamos calidad, precio, servicio y elegancia. Ahora han puesto un brunch todos los sábados y el precio, 29€, es aún más bajo. Quizá no lo sea tanto para Portugal que aún tiene un PIB per cápita mucho más bajo que España (algo así como un 40% menos), y no digamos que Francia o Reino Unido, pero el caso es que para nosotros es muy asequible. Quizá este abaratamiento se deba a falta de público porque los precios nocturnos del restaurante son más elevados que los de algunos tres estrellas españoles y eso sí que no se entiende. Quizá no se les haya ocurrido que, entre lo inasequible de la normalidad y la baratura de estos menús, se halla el justo medio de ajustar más los precios -verdaderamente caros- de la carta y los menús degustación. 

Ya conocen la belleza del lugar, una caja de cristal en los altos del Parque de Eduardo VII. Nada más sentarnos empezamos a gozar de vistas y colores: el monocromatismo del parque (verde y más verde, claro), el abigarrado caserío y, allá al fondo, los azules plateados del gran río Tejo, que es como aquí se llama. Casi sin dejarnos disfrutarlo, llega a la mesa (todo servido, nada de odiosos selfservice) un plato de buenos panes (cereales, maíz, blanco) y tiernos cruasanes, acompañados de una deliciosa mantequilla y dos mermeladas caseras, la muy portuguesa y vegetal de calabaza y una intensa y densa de fresas. Jarritas de café y leche, agua y zumo de naranja completan la primera oleada servida en la bella vajilla blanca con anillos plateados de Vistalegre diseñada para el restaurante. Lástima que se complete con tazas -y algunos platos- de otra de tosca y anodina porcelana blanca, sin duda comprada para el brunch. 

Sigue la cosa con un delicado muesli, tan cremoso que solo puede estar hecho con crema de leche o yogur griego bien azucarado. Aparecen también en esta fase un salmón muy bien marinado pletórico de eneldo, tres clases de frutas (piña, mango y papaya) finamente cortada y un plato de queso y buenos embutidos y fiambres portugueses (jamón braseado, chorizo, salchichón y jamón). La mesa se cubre de colores. 

Tercer acto: una cazuela de cremosos huevos revueltos (solo pueden estar hechos al baño María) con sabrosas salchichas frescas y unas mini tostas mistas, nombre portugués para el sándwich mixto. Están crujientes y el queso llega derretido a la boca. 

Parecía que todo acababa y llega un plato excelente y generoso que solo por sí vale todo el desalmuerzo. Solo por él merece la pena venir: la ternera con salteado de habas y verduritas. La carne es tierna y jugosa, una de esas de las que tanto se enorgullecen -con razón- los portugueses, seguramente la llamada mirandesa. El sabor es delicado pero intenso y el punto perfecto. Está rosada y llena de jugos. Las habas al dente y para potenciar su crujir se coronan con unos palitos de patata frita. 

Hay que solemnizar con un vino. ¿Una botella? Demasiado a estas alturas. ¿Una copa? Grave error. Por una copa de un vino local nada extraordinario, te clavan nada menos que 12€, casi la mitad del coste del menú. Y es que olvidábamos los precios normales. Claro que nada perdían con poner una de las que ofrecen con el menú del almuerzo del resto de los días, caldos bien escogidos y a 4€. 

Felizmente podemos seguir gozando porque no sabremos nada de esto hasta la hora de la cuenta. Y antes de ella aún llegará un pao de lo, uno de los muchos dulces lusos a base de huevo. Este lleva un leve bizcocho que quita algo de fuerza a las yemas. Traen también unos churros, más bien mezcla de churro y porra para nosotros los madrileños, porque teniendo carácter de churro poseen una cualidad más aérea y menos crujiente. Y, sorpresa, no se mojan en chocolate sino en caramelo. 

La verdad es que todo estaba muy bien y este desalmuerzo tiene más de lo segundo que de lo primero. Es abundante, original, elegante, cómodo y barato. Ya me gustaría a mí desayunar así todos los días e incluso… ¡comer!

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