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Disfrutar

Disfrutar está más allá de la excelencia. Hay restaurantes buenos, restaurantes magníficos, otros inigualables y algunos absolutamente memorables.

Disfrutar es todo eso porque no mira a nadie, pero abre nuevos caminos. Es diversión, es audacia, es riesgo, es técnica propia teñida de ambición artística y, sobre todo, es una experiencia que va mucho más allá de la comida y que, envolviendo a todos los sentidos, se instala en la mente y en el recuerdo, seguramente para siempre.

Junta lo más autóctono con ese mundo global que comenzó España y, nada más sentarnos, aparece un porrón —todo un exotismo para extranjeros y ya, para muchos que no lo son— que tiene tres compartimentos con ginebra, vermú y soda, pero solo una salida donde todo se junta como el mejor cóctel removido, que no agitado.

Vine por primera vez al poco de abrir y lo he hecho bastante, así que este menú está muy pensado para mí. Es tan grande que creo haber repetido clásicos, probado lo actual y hasta experimentado lo futuro.

Lo primero ha sido un cóctel sólido, su gran lengua de gato helada de mojito pasión, un nuboso merengue/sorbete de gran sutileza y más que refrescante.

De un bocado tan al gusto de todos se van al radicalismo total de un plato lleno de pequeñas hierbas que acompañan de una crema de zanahoria y un agua de tierra que sabe a desván. Para mí, que menos NO es más, rozando lo absurdo.

Menos mal que se redimen con uno de los platos más bellos y asombrosos de mi vida: una paleta de «pinturas vegetales», una sucesión de pegotes de cremas de verduras que se mezclan con una espátula, en un ejercicio pictórico entre Pollock y Richter. Basta que sobre un sabor, que falle un color o que flojee una textura para que todo se venga abajo. Un prodigio de buen gusto no al alcance de cualquiera.

Hacen un delicioso vodka de trufa que es perfecto para acompañar un plato de delicadas almendras tiernas con la potencia de un miso de trufa en espuma de burrata y el dulzor de un punto de mandarina sobre aceite de vainilla. Sabores únicos en perfecto equilibrio.

El pancino es el clásico del que repetirías una y otra vez porque el bollo frito y crujiente es solo una tierna corteza que esconde una etérea crema agria con caviar.

Es la antítesis, por semilíquido, de las frágiles esponjas de mantequilla ahumada con caviar, todo sobre una tostada que parece de cristal.

El coral de amaranto con caviar, ostra y emulsión de codium es otra suerte de juego artístico, esta vez en la línea de los artistas que juegan con nuestra percepción, como Erlich o Kapoor, porque, con un juego de espejos, el delicioso bocado no está donde parece. Es una poética manera de explicar cómo la simple impresión mental afecta al placer gustativo.

Tampoco son lo que parecen unos magníficos bucatini vongole, porque están hechos de deliciosa gelatina colocada sobre un finísimo alambre. El sabor es el de la receta más clásica y la impresión visual, con esos hilos transparentes, magnífica.

El gajo de tomate parece un bocado de merengue que contiene la crema helada del fruto, de sabor muy intenso, pero, en realidad, ese crujir seco se debe a la liofilización perfecta que consiguen.

Los tomates 2026 son una delicia de pasificados, liofilizados, granizados, licuados, etc. Muchas texturas para un sabor único de pura esencia de muchos tomates.

El salpicón de bogavante, es una bella complejidad: al lomo más natural unen su esencia, una especie de arena que es el crustáceo liofilizado, sopa de merluza y un delicioso helado de salpicón.

Un amargor intenso de endivia curada en ajo negro se suaviza con una piel de burratay miso de lo mismo y el dulzor ácido de la fruta de la pasión. Casi un negroni vegetal. Cocinar ostras en escabeche de pollo es metamorfosearlas brillantemente, en un gran guiso cárnico de setas, epazote y un toque fresco de piña confitada.

Y, en el calamar con guisantes, ni uno es calamar (harina de konjac gelificada y rebozada) ni los otros, guisantes (esferificaciones), pero da igual porque capturan el alma de ambos y la receta es mucho más intensa y provocadora. El sabor a mar está en la tinta y en el engaño a nuestro paladar.

En la mejor tradición Bulli, cacahuetes tiernos y cacahuetes guisados, estos al curry con leche de coco, como si fueran una legumbre. Además, uno tostado y otro tierno, bañados en su leche. Nada que ver con lo que conocemos, ni en sabor ni en textura.

Los raviolis de remolacha rellenos de anguila son una gran mezcla, pero además, una sutilísima sensación porque la «pasta» es apenas una delgada lámina de almidón de arroz y remolacha.

Tampoco es lo que parece, salvo esta, que es ahumada, la trucha con jamón, porque de este se hace un intenso flan de tuétano y jamón, que se potencia con un rico consomé de lo mismo.

Es la primera vez que me gusta un tendón —siempre tan innecesario—, pero está tan bien cocinado que parece un rollito de gelatina con intenso sabor a carne y setas (oreja de Judas). Tomar cada bocado con un poco de kumquat es una sensación magnífica de untuosidad mezclada con acidez. Por eso, se echa de menos un poco más de kumquat.

La tiernísima castañuela, de salsa densa e intensa, se contrasta también con ácidos de encurtidos y sabores variados: piparra, pimiento de Padrón, aceituna, fruta de la pasión y hasta anchoa.

Los postres son tan abundantes y variados como todo lo demás, empezando por una gran bandeja de anillos de chocolate, que recuerdan el compromiso del restaurante con sus comensales, y siguen con un homenaje a los artesanos de la lana de oveja, yendo de una algodonosa lana dulce a toda una declinación de la leche de oveja: polvo helado de mantequilla, queso árabe, helado, crema agria y yogur.

El granizado de jengibre y limón combina tanto con las fresas como con una vaina de vainilla, solo que esta no es sino una judía verde ennegrecida y con aceite de vainilla. Juego y genialidad de principio a fin.

Mucho más tradicional, pero frito con perfección absoluta y consiguiendo una masa delgada y delicada, es el buñuelo de viento relleno de chocolate y acompañado de coco, una roca y una crujiente trufa. Probablemente el mejor buñuelo de chocolate que haya comido nunca.

Para jugar con el marron glacé, no se hace de castañas, sino de nueces pecanas o avellanas e incluso macadamia, al igual que el suflado de limón negro con ron es deshidratado y liofilizado y por tanto, absolutamente diferente.

El servicio es una danza perfecta que se acompasa con la de una cocina de precisión relojera que vemos en todo momento. Además, el sumiller escucha, sabe y aconseja magistral y sencillamente.

No hay nada que no roce la perfección o sea simplemente perfecto. Si se añora El Bulli, este es el sitio; si no se conoció, hay que venir; y, si nada de eso importa, pero se quiere vivir algo único, es imprescindible.

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Henrique Sa Pessoa

Henrique Sá Pessoa es uno de los más importantes chefs portugueses y uno de los más famosos, por sus programas de TV. Además, es de los más internacionales. Y a todo esto suma una importante faceta de empresario con muy diferentes estilos de restaurantes, siendo Alma la joya de la corona.

Hasta ahora, porque Alma cerró y se transformó —con nuevo emplazamiento— en Henrique Sá Pessoa, acertada decisión porque el nombre es marca en su caso. Era de los pocos dos estrellas de Portugal (aún más meritorio, sabiéndose que no hay ninguno de tres) y no cabe duda de que las revalidará, porque ha cambiado todo para que nada cambie. Simplemente, lo ha mejorado.

Ir de noche es como descender al fondo de un mar muy azul y muy añil, iluminado tenuemente por unos cuantos batiscafos dorados. Hasta hay un pez que lo preside todo y que, al modo de la ballena de Tobías, se ha comido la historia del chef para luego regurgitarla en forma de descriptivas escamas. Porque en ellas la cuenta simbólicamente.

La cocina es portuguesa de pura cepa, pasada por la vanguardia más razonable y por la idea histórica y real del Portugal global.

Por eso empieza con aperitivos delicados como frango piri-piri, el delicioso pollo picante hecho sólida crema; palitos de pimiento, rebozados en ceniza comestible (de calamar), con crema de lo mismo, y una bella y crujiente tartaleta de remolacha con piñones, queso fresco y cacao.

Tres que son del picante al dulce, para pasar a otro trío, llamado Alma de Portugal: punzante sardina en escabeche, açorda (un algo tosco guiso de puré de miga de pan remojada con cilantro) mejorada y convertida en un excelente chawamusi de bacalao y cataplana de pulpo, cuya salsa es una sabrosa esencia.

Una merienda, con tetera, scones y todo, parece llegar a la mesa. Es una declinación de buey de mar en marino consomé con lemongrass y en bollo crujiente de semillas de sésamo relleno de su carne y coronado de caviar. Son los sabores de Asia en versión espectacular.

El gazpacho verde es una fresquísima mezcla de lirio curado con pepino y manzana y tomate verde en pequeños tropezones, bolitas hidrogenadas (heladas), aromática agua de tomate.

Grandes panes puestos como un plato más (con aceite portugués y una de las mejores mantequillas ahumadas que he probado) anteceden a unos estupendos y tiernos tallarines de calamar que se mezclan con un estupendo caldo con un poco de chorizo y tomate. Aparte, el tentáculo muy bien frito con mahonesa de tinta.

Súper elegante es la tarta de zanahoria con bulgur de frutos secos y emulsión de alcaparras y albaricoque, además de tres estupendos purés de zanahoria: con cardamomo, curry y canela. Todo muy vegano, así que, para los que quieran aún más sabor, una salsa especiada de queso y cominos.

Si la tarta era bonita, el bacalao con col y ajo negro es espectacular y riquísimo, porque, además, el pescado oculta un gran arroz de perejil y callos de bacalao.

La presa ibérica es perfecta de sabor y punto, pero sobre todo es arriesgada por ser un mar y montaña extremo. La salsa es Bulhão Pato (la de las famosas almejas portuguesas) y la guarnición, percebes, navajas, almejas y gambas. Sorprendente, sí; buenísimo, también.

Refrescan con manzana y apio entre paredes crujientes de merengue de alga kombu. A pesar del sabor exagerado de las algas, no preponderaban. Todo lo contrario que en el riesgo hecho postre: variadas texturas de algas que se comían el resto, hasta los cítricos y los arándanos que eran su complemento. Peligros de las algas…

Es un magnífico menú de mucha altura y ni los vinos ni el excelente y abundante personal se quedan atrás. Uno de esos lugares redondos que huelen a excelencia.

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Yeni Lokanta

Beyoğlu, bajas Kumbaracı Yokuşu y el azulejo turquesa te frena antes que el camarero. En Yeni Lokanta, Civan Er no cocina para la foto, cocina para que la felicidad del momento y para la dulzura del recuerdo. 

La sopa de yogur de Antakya llega caliente y densa, con esa acidez que sorprende sin pedir permiso. Flotan dos manti de ternera, la pasta frita cruje y se entrega enseguida en lo lácteo, mientras el aceite de menta y el biber salçası lo tiñen todo de rojo. No te acurruca, te despierta. 

Después aparece el verde y se desparrama: hummus sedoso en la base, alcachofas que saben a cuando empieza el año, habas y guisantes que todavía crujen, aceite de hierbas com aroma a mercado recién abierto. Aquí el meze no acompaña, protagoniza. 

La ensalada de manzana verde entra para limpiar, con lechuga y pepino frescos y crocantes, almendra que tropieza y melaza de granada que adorna con esa mezcla de dulce y ácido que te deja la boca lista para lo siguiente. 

Y eso es remolacha confitada hasta que pierde la bravura, kaymak por encima como si fuera una corona, avellanas tostadas y cerezas que estallan sin avisar. Si alguna vez dijiste que no te gusta la remolacha, este plato te hace cambiar de bando sin sermones. 

El queso de cabra a la plancha, con la piel dorada y el centro trémulo, se apoya en unas acelgas que saben a hierro y a humo, mientras lascas de pastırma cruzan el plato con ese salado antiguo que te recuerda que Anatolia también es invierno. 

La tempura de hoja de parra y langostino pesa lo que un suspiro y desaparece igual de rápido, con un yogur de jengibre debajo que llega con el picor justo cuando ya creías haberlo saboreado todo. 

Yeni Lokanta no versiona, recuerda. Civan Er le quita el polvo al recetario sin romperle los huesos: mucho color, más verdura, menos grasa, la técnica exacta para que todo suene a hoy. Sales y el azulejo sigue ahí, pero Estambul ya no es una postal. Está en la cuchara, en el crujido, en el recuerdo gustativo de la ciudad.

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Aquiara

José María Borràs es un gran cocinero. Empiezo así porque no me gusta la forzosa coletilla de «siendo tan joven», pero lo cierto es que eso hace que su talento precoz sorprenda aún más. Aún ha de pulir mezclas y técnicas y desprenderse de demasiadas influencias, pero lo bueno es que ya está trabajando en los matices cuando la mayoría simplemente está aprendiendo.

Ha sido una espléndida comida en Aquiara, probando su menú 2026, llamado «Mano a mano», que le catapulta a su primera estrella. En el desierto gastronómico menorquín, renueva las recetas más tradicionales, refinándolas, enriqueciéndolas y mejorándolas. No se aparta de la tierra para hacerse universal.

Un recetario personal, bello, bien pensado y que mejora, con sentido y buen gusto, las elaboraciones tradicionales de las que parte. Su otra mitad, Megan Hernández, dirige la sala con maestría y encanto y perfecciona una experiencia única en la isla.

Todo empieza en una blanca barra, con el aperitivo «popular» menorquín: vermú (aquí con deliciosa espuma de cereza y ralladura de limón negro), con el equilibrio de la carne y la grasa del carn i xua; camot de lengua (más suave gracias a esta); untuosa sobrasada; una intensa y fina picaña, y un canónico pâté en croûte, pero nada de cerdo, sino de vaca vermella, mucho más autóctona. Una buena idea que no disminuye el sabor.

Lo primero que aparece en la mesa es menorquinismo en estado puro: la deliciosa sopa isleña llamada oliaigua, que aquí es una simple y muy sabrosa agua de tomates fermentados con serviola curada y aceite de hoja de higuera. Las otras verduras se convierten en una caña (sorprendentemente llamada cannoli, en italiano y en plural; quizá porque peca de dulce), rellena de una rica berenjena y un dulce tomate.

A la manera de Massimo Bottura con el parmesano, está haciendo sus edades del queso de Mahón, empezando por el cuajo en texturas mezclado con caviar, por lo que solo sabe a este, y siguiendo con una brillante secuencia de cuatro grandes bocados: tierno con anchoa marinada en vinagre de Jerez; semicurado, hecho espuma con un gran consomé de setas; curado, en un rico bocadillo con preciosa forma de vaca (y que en el menú llama, sin saberse por qué, «mimético»), y añejo, con pasta choux, convertido en italiano merced a una buena cantidad de pesto y albahaca.

Hay platos que van surgiendo y se sirven fuera del menú. Hoy era un bonito y elegante melón de la huerta de José María con foie, tofe de melón y helado de estragón y perifollo. Una buena idea, pero algo pasada de dulce.

Dan a los panes (de albaricoque, integral, focaccia y blanco) la importancia que merecen y los presentan como un plato más. Además de las artísticas mantequillas de tomate asado, ceniza y, simplemente, leche, sales y aceites de la isla, sirven una espléndida mahonesa hecha a mano al borde de la mesa. Muy vistoso y lleno de coherencia con el discurso menorquín.

El «producto del día» es una exhibición de espumas, cremas y salsas en torno al puerro y a unas delicadas gambas en estupendo punto, combinando bien ahumados de verdura, dulzores marinos y colores intensos.

Da un poco de miedo, por el enunciado, la fideuá de salicornia con ortiguillas, pero los sabores se equilibran acertadamente para rebajar la intensidad de ambas cosas, con una espumosa crema de Jerez y un fondo de flan de huevo y salicornia. La fritura de la ortiga, estupenda, y todo, intensamente delicioso.

Me ha encantado el muy al dente cappelletti de caracol de mar con caldereta de caracol y cangrejo, espuma de mar y un poco de huacatay. Y casi no me lo como, porque llega envuelto en unas algas que quedan muy bonitas, pero cuyo «aroma» a cieno se carga el delicado perfume del plato. Consejo: saquen el cuenco y devuelvan las algas. Servidumbres del esteticismo.

El mero, por el contrario, es bello, sin riesgos y muy barroco: salsa macha, sauvignon de Palo Cortado menorquín (sic), kale crujiente, frágil tartaleta de brandada de mero y, para rebañar, un esponjoso brioche relleno de chutney de cebolla.

La galaltina (eso dice la carta), y no galantina, de cuello de gallo rellena de gambas y foie es un plato tradicional (salvo por el foie, imagino), delicioso y genial, de esos mar y montaña que tanto me gustan. Está poco crujiente, pero la intensa salsa, mezclada con el relleno, compensa cualquier resquemor.

El carré de cordero, perfectamente rosado, destaca también por la salsa y por el dulzor de las uvas (turcas, dicen) en chutney.

Me ha encantado, por sabor, presentación y texturas, la «pomada pie», versión de la bebida isleña de ginebra con limón mezclada con los ingredientes del lemon pie, helado de limón y polvo de merengue seco.

Pero casi mejor el binomio de pera (sí, binomio de una sola cosa…), que junta esas suculentas peras, en almíbar y en su jugo, con un gran toque de queso y unas gotas de miel, bajo un bonito panal de galleta crujiente.

Todo está muy medido y tiene aires de gran restaurante internacional. Los vinos son tan excelentes que los racionan, pero están servidos con maestría y elegancia. Y el servicio es esmerado, aunque tutea a todo el mundo. Son pequeños errores que hay que pulir (como los que vienen de ese famoso «relato» por el que los chefs quieren —o queremos— convertirse en literatos que no son), pero, al fin y al cabo, gotas en un mar de excelencia que merece elogios y galardones. Muy Michelini.

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Es Fumeral

No me gusta nada que llamen chiringuito a Es Fumeral. Un chiringuito es, según el DLE, un quiosco o puesto de bebidas, generalmente al aire libre, donde aveces también se sirve comida, pero para mucha gente es cualquier sitio que esté en la playa. 

Pues bien, Es Fumeral es un excelente restaurante sobre el mar, un lugar de alto nivel, con vistas increíbles, buen menaje y servilletas, servicio abundante y profesional, un sumiller excepcional -que dejó Alchemist por él- y hasta un estupendo aparcacoches (sí en la playa). 

Frente al otro grande de Ibiza, Jondal, la loca Ibiza del desfase en estado puro y el exceso fascinante, este es el lujo tranquilo de los veraneantes de siempre y de los alérgicos a la exuberancia.

Todo está cuidadísimo y los detalles son tan sutiles que no todos los verán, porque Alberto Pacheco no quiere imponerse al producto, sino realzarlo con toques sutiles y escondidos: un picante, un marinado, un aliño, una salsa suave, etc. 

Mimos como poner atún a un matrimonio, que ya es trío, o una pizca de picante y puntitas de piparra a la ensaladilla cremosa o hacer la raya en salpicón (la mejor que he probado).

Las ostras tienen una excitante salsa picante que parece Bloody Mary sin alcohol -la misma de su gran ceviche que tiene mucho de tiradito a la mexicana-, las delicadas gambas blancas de Huelva, una pizca de chile habanero y las finas láminas de atún, puntos de tonnato y alcaparras fritas.

Y después de esos crudos, algunos de los mejores fritos de España, crujientes y dorados como trigo estival: tiernas esoardeñas y blanquísima merluza marinada con limón con deliciosa mahonesa, bogavante abuñuelado con salsa rosa o pequeños mejillones tigre muy crocantes y un poco picantes. 

Me han gustado mucho las almejas a la putanesca, una salsa magnífica no solo para pasta. Quizá, eso sí, usaría almejas un poco peores porque quedan algo desvaídas. 

Es un gran plato nuevo como la tortilla vaga (abierta) con bacalao y piparra, -una versión espléndida de las de las sidrerías vascas super jugosas y cremosa- y la berenjena milanesa, asada, empanada, frita y cubierta de salsa huancaina y parmesano rallado. Llena de sabor, va de lo crujiente a lo cremoso.

El tonkatsu de atún es suculento y delicioso. Lo acompaña esa especie de Ketchup que japonés que está delicioso. La fideuá de mero tiene un fideo medio que, con más mordida, queda mucho mejor. Me encanta el mero pero aquí solo importan esos fideos embebidos de jugo de mar. 

Diría yo que el arroz con leche de Pacheco es el mejor y además uno de los grandes postres españoles. Parece mezclado con nata, es súper cremoso y apenas tiene azúcar porque el dulzor lo deja para las muchas frutas y los puntos de dulce de leche que lo coronan. También me encanta el elegante aprovechamiento ibicenco de la ensaimada, porque la convierten en un goloso pudding que rezuma caramelo. 

Ya lo sabe todo el mundo y por eso hasta triplican mesa sin que sea molesto. Vuelva o vayan por primera vez. No lo olvidarán. 

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