Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Lifestyle, Restaurantes

Yeni Lokanta

Beyoğlu, bajas Kumbaracı Yokuşu y el azulejo turquesa te frena antes que el camarero. En Yeni Lokanta, Civan Er no cocina para la foto, cocina para que la felicidad del momento y para la dulzura del recuerdo. 

La sopa de yogur de Antakya llega caliente y densa, con esa acidez que sorprende sin pedir permiso. Flotan dos manti de ternera, la pasta frita cruje y se entrega enseguida en lo lácteo, mientras el aceite de menta y el biber salçası lo tiñen todo de rojo. No te acurruca, te despierta. 

Después aparece el verde y se desparrama: hummus sedoso en la base, alcachofas que saben a cuando empieza el año, habas y guisantes que todavía crujen, aceite de hierbas com aroma a mercado recién abierto. Aquí el meze no acompaña, protagoniza. 

La ensalada de manzana verde entra para limpiar, con lechuga y pepino frescos y crocantes, almendra que tropieza y melaza de granada que adorna con esa mezcla de dulce y ácido que te deja la boca lista para lo siguiente. 

Y eso es remolacha confitada hasta que pierde la bravura, kaymak por encima como si fuera una corona, avellanas tostadas y cerezas que estallan sin avisar. Si alguna vez dijiste que no te gusta la remolacha, este plato te hace cambiar de bando sin sermones. 

El queso de cabra a la plancha, con la piel dorada y el centro trémulo, se apoya en unas acelgas que saben a hierro y a humo, mientras lascas de pastırma cruzan el plato con ese salado antiguo que te recuerda que Anatolia también es invierno. 

La tempura de hoja de parra y langostino pesa lo que un suspiro y desaparece igual de rápido, con un yogur de jengibre debajo que llega con el picor justo cuando ya creías haberlo saboreado todo. 

Yeni Lokanta no versiona, recuerda. Civan Er le quita el polvo al recetario sin romperle los huesos: mucho color, más verdura, menos grasa, la técnica exacta para que todo suene a hoy. Sales y el azulejo sigue ahí, pero Estambul ya no es una postal. Está en la cuchara, en el crujido, en el recuerdo gustativo de la ciudad.

Estándar
Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Lifestyle, Restaurantes

Saddle

Estupendo almuerzo en Saddle, uno de los restaurantes más elegantes de Madrid y, entre los clásicos, uno de los más sobresalientes. En cada visita noto un mejoría y en esta, hay que resaltar el cuidadoso y eficaz trabajo del chef Adolfo Santos, que borda platos de la alta cocina de siempre y crea otros nuevos, impregnados de refinamiento y clasicismo. También me gusta el servicio perfecto que no cae en el amaneramiento y evita el anterior y exagerado baile de carritos.

La carta de vinos es impresionante en calidad y cantidad, pero vale la pena probar los estupendos cócteles, esta vez un aromático e intenso Negroni acompañado de unas ricas patatas suflé.

Tras los estupendos aperitivos llega una entrada de la casa, envolvente y emocionante porque nos devuelve al mítico Jockey (alguna vez el mejor de Madrid) que estaba aquí mismo: las patatas San Clemencio, una aterciopelada y opulenta mezcla de tuétano, trufa y foie.

Las setas de temporada, variadas y elegidas con gusto, están simplemente salteadas, pero se animan con un rico carpaccio de jabalí y una cremosa y suave blanqueta de castañas.

No siempre tienen -pero suele estar en el guiso que ofrecen cada día- las lentejas con setas y foie, pero hay que comprobarlo porque son imprescindibles. Es una delicia disfrutar de un plato sencillo que aquí se convierte en puro lujo lujurioso, gracias a ese foie que las engrandece.

Estábamos ya sumamente complacidos con todo el menú pedido, cuando el chef nos ha enviado una sorpresa en forma de calamares de potera con guisantes del Maresme, espuma de perifollo y aceite de menta, un plato delicado (de vegetales, aromas y muselina) y contundente (el calamar en perfecto punto) a la vez. Y todo eso, cuando ya bastaría con el tesoro verde de los diminutos guisantes.

La lubina con salsa de champagne es muy elegante y clásica y me encanta ese añadido de berberechos con el toque tan súper aromático, como desusado (en España), del hinojo. Y hay también unos aromas de estragón en la salsa que lo envuelven todo delicadamente.

La molleja queda crujiente por fuera y tierna por dentro y se baña con una salsa jardinera clásica, e importante, por la que navegan unas hortalizas crocantes que saben a gloria.

Los quesos están tan bien elegidos como los vinos y el único problema es cuál elegir, porque es la segunda mesa más importante que conozco (tras la de Desde 1911). Pero creo que no lo hemos hecho mal: Brillat Savarin con trufa, Mont d’Or, Comte de 36 meses y Bart’s blue.

Y un final, sencillamente insuperable en forma de esponjoso, doradito, huidizo, volátil y tembloroso suflé al Grand Marnier. Que , además, lleva un helado de vainilla que vale por sí mismo. Detrás de un gran suflé siempre hay un gran helado…

Cada día va mejorando y ya era muy bueno. Por eso, y por todo lo que les he contado, es firme candidato a ser el mejor en su estilo. Si les gusta la elegancia clásica y el servicio de sala de alta escuela, este será su lugar. Y si no… también.

Estándar