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Henrique Sa Pessoa

Henrique Sá Pessoa es uno de los más importantes chefs portugueses y uno de los más famosos, por sus programas de TV. Además, es de los más internacionales. Y a todo esto suma una importante faceta de empresario con muy diferentes estilos de restaurantes, siendo Alma la joya de la corona.

Hasta ahora, porque Alma cerró y se transformó —con nuevo emplazamiento— en Henrique Sá Pessoa, acertada decisión porque el nombre es marca en su caso. Era de los pocos dos estrellas de Portugal (aún más meritorio, sabiéndose que no hay ninguno de tres) y no cabe duda de que las revalidará, porque ha cambiado todo para que nada cambie. Simplemente, lo ha mejorado.

Ir de noche es como descender al fondo de un mar muy azul y muy añil, iluminado tenuemente por unos cuantos batiscafos dorados. Hasta hay un pez que lo preside todo y que, al modo de la ballena de Tobías, se ha comido la historia del chef para luego regurgitarla en forma de descriptivas escamas. Porque en ellas la cuenta simbólicamente.

La cocina es portuguesa de pura cepa, pasada por la vanguardia más razonable y por la idea histórica y real del Portugal global.

Por eso empieza con aperitivos delicados como frango piri-piri, el delicioso pollo picante hecho sólida crema; palitos de pimiento, rebozados en ceniza comestible (de calamar), con crema de lo mismo, y una bella y crujiente tartaleta de remolacha con piñones, queso fresco y cacao.

Tres que son del picante al dulce, para pasar a otro trío, llamado Alma de Portugal: punzante sardina en escabeche, açorda (un algo tosco guiso de puré de miga de pan remojada con cilantro) mejorada y convertida en un excelente chawamusi de bacalao y cataplana de pulpo, cuya salsa es una sabrosa esencia.

Una merienda, con tetera, scones y todo, parece llegar a la mesa. Es una declinación de buey de mar en marino consomé con lemongrass y en bollo crujiente de semillas de sésamo relleno de su carne y coronado de caviar. Son los sabores de Asia en versión espectacular.

El gazpacho verde es una fresquísima mezcla de lirio curado con pepino y manzana y tomate verde en pequeños tropezones, bolitas hidrogenadas (heladas), aromática agua de tomate.

Grandes panes puestos como un plato más (con aceite portugués y una de las mejores mantequillas ahumadas que he probado) anteceden a unos estupendos y tiernos tallarines de calamar que se mezclan con un estupendo caldo con un poco de chorizo y tomate. Aparte, el tentáculo muy bien frito con mahonesa de tinta.

Súper elegante es la tarta de zanahoria con bulgur de frutos secos y emulsión de alcaparras y albaricoque, además de tres estupendos purés de zanahoria: con cardamomo, curry y canela. Todo muy vegano, así que, para los que quieran aún más sabor, una salsa especiada de queso y cominos.

Si la tarta era bonita, el bacalao con col y ajo negro es espectacular y riquísimo, porque, además, el pescado oculta un gran arroz de perejil y callos de bacalao.

La presa ibérica es perfecta de sabor y punto, pero sobre todo es arriesgada por ser un mar y montaña extremo. La salsa es Bulhão Pato (la de las famosas almejas portuguesas) y la guarnición, percebes, navajas, almejas y gambas. Sorprendente, sí; buenísimo, también.

Refrescan con manzana y apio entre paredes crujientes de merengue de alga kombu. A pesar del sabor exagerado de las algas, no preponderaban. Todo lo contrario que en el riesgo hecho postre: variadas texturas de algas que se comían el resto, hasta los cítricos y los arándanos que eran su complemento. Peligros de las algas…

Es un magnífico menú de mucha altura y ni los vinos ni el excelente y abundante personal se quedan atrás. Uno de esos lugares redondos que huelen a excelencia.

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Piedras poéticas 

En el Chiado hasta las mismas piedras son piedras poéticas. El más literario de los barrios de Lisboa rezuma poesía.  Prosa también. Allí el amarillo pálido, el rosa pastel o el azul celeste que colorean las fachadas de toda la ciudad se tornan también blanco marfileño y gris perla. Dos rotundas y lóbregas iglesias cierran la plaza que preside el gran vate portugués Luís de Camões y ambas abren paso a la plazoleta en la que  Pessoa muestra su soledad perpleja. No es para menos porque la estatua del más refinado y huidizo de los poetas ha sido colocada en medio de la terraza de un café para que los turistas lo profanen cada día con sus cámaras impías. 

Todo es tan culto que los más renombrados escritores, los que poblaron este barrio en el XIX, crearon un club que no era taurino, ni militar, ni de amantes de aeroplanos o velocípedos sino de la literatura y he ahí el Gremio Literario, el club más lírico que imaginarse pueda. 

Apenas dos calles más arriba, en la de Anchieta, se ha instalado con su Alma, uno de los más famosos chefs de Portugal, Henrique Sa Pessoa, estrella de la TV y creador de proyectos más comerciales. Ahora lo vuelve a intentar (ya hubo un Alma) con un restaurante refinado que ocupa un hermosísimo local que recuerda los almacenes de las casas burguesas de hace un siglo. 

Manteniendo los suelos de piedra rústica, los imponentes arcos y la rugosidad de las paredes, se ha decorado con sencillez y con tan solo un puñado de adornos: espejos que lo agrandan, un gran botellero que lo llena de chispas y pizcas de luz y dos grandes tapices blancos y rojos, como única nota de color. El aire semiindustrial se completa con mesas desnudas y una pequeña cocina abierta que se divisa desde algunas. 

Los aperitivos comienzan con un crujiente de tapioca con mayonesa de ostras y un gazpacho clarificado con gel de aceite de poleo. La rústica presentación recuerda las de Central, el gran restaurante peruano del momento. Ambos bocados realzan los sabores extrayendo su esencia, el primero con esa intensa mayonesa de ostras y el segundo convirtiendo el gazpacho en infusión. 

La almeja con puré de cilantro y crocante de pan es toda una sorpresa por ser una esfera. Envuelta en una leve gelatina que le da forma, mantiene todo su sabor y la mezcla con el muy aromático cilantro recuerda la gran receta portuguesa, las ameijoas a bulhao pato. 

También original y de gran intensidad es el pimiento rojo en tempura de verduras (sobre todo apio) y salsa de pimientos y vinagre ahumado. Los palitos de pimiento, que parecen quemados y utilizan el carbón vegetal para conseguir ese efecto, aumentan su sabor con la deliciosa salsa consiguiendo además un bello contraste de color. Recuerdan mucho una gran obra de Quique Dacosta. 

Empieza la comida con la mantequilla de sal ahumada, un buen aceite de Évora y tres tipos de pan: de Mafra, un clásico portugués, de maíz y patata dulce al que esta no añade nada y más bien empeora la clásica y excelente broa de milho y de algarroba, otra originalidad francamente olvidable. 

Y basta de críticas, porque las zanahorias asadas es un gran plato verde que combina estas con otros vegetales, también baby pero esta vez glaseadas. El bulgur de frutos secos es abundante en pistachos y pasas sultana. Otros toques de puré de espinacas y aceite de cominos dan complejidad a un plato en apariencia simple. Además es una bonita composición por lo que es incomprensible que una rodaja de queso de cabra se coloque de cualquier manera quebrando la armonía del conjunto de un modo francamente vulgar.

El escalope de foie gras tiene un enunciado que lo hace parecerse a un desayuno: granola, manzana y almendras pero tiene mucho más que eso y todo combina bien con el excelente hígado del pato, concretamente una espuma de café y una crema de pistachos que además de embellecerlo lo redondean. 

Sin embargo, la gran sorpresa de este almuerzo llega con la calçada de bacalhau que no es otra cosa que una elegante y excelente reinterpretación del bacalhau a brás (o dorado como generalmente lo llamamos en España) que mejora el original. Sobre la base tradicional se coloca una yema que se esconde bajo un velo de carpaccio de bacalao envuelto en aceituna negra y de ahí el nombre, porque esa estética lámina blanquinegra lo asemeja a los suelos de esta ciudad, la bella y ondulante calzada portuguesa a la que cada nueva pisada bruñe como un espejo. La mezcla de todo eso hace que el plato sea mucho más sabroso y envolvente que la receta original, sin traicionar ninguno de sus sabores. 

El cochinillo confitado está también asado a baja temperatura y la piel dorada y crujiente de modo perfecto. Se acompaña de los deliciosos jugos del asado perfectamente clarificados y desgrasados, un aromático puré de batata y romero, un toque de mantequilla de jengibre y algo de naranja, elementos todos que contribuyen a contrarrestar la inevitable dosis de grasa del cerdo. 

Los postres son también muy buenos. Las texturas de mango se enriquecen con fruta de la pasión y coco y para rematar el conjunto y dar un toque crocante a las ternuras de helados y pastelitos se usa el sésamo negro quemado en forma de crujiente. 

La bomba de chocolate esta llena de sorpresas. La cobertura de negro cacao contiene varias texturas de chocolate y un corazón delicioso de caramelo salado y derretido, una combinación arriesgada y elegante. Los suaves contrastes con la avellana apuestan, eso sí, por lo seguro. 

Aún faltan tres delicias que llegan con el café, el profiterol de regaliz, la trufa y sobre todo, un bombón de pastel de nata recubierto de migas de galleta que estalla en la boca esparciendo su interior líquido y que es puro pastel de nata concentrado y deconstruido. 

No diría yo que Alma es un restaurante de vanguardia, ni siquiera contemporáneo, pero sí que es decididamente moderno para los usos portugueses. Su elegancia revela también un enorme amor por la gran cocina de siempre. Por eso no le arrebatará el cetro a Avillez pero mostrará que se puede hacer una cocina personal y diferente, al menos hasta que aquel no deje de inspirarse tanto en la de otros (solo en presencia de mi abogado diré cómo le llaman los chefs que se sienten copiados). Hay que mejorar algo el pretencioso servicio, que se cree por encima del cliente hasta el punto de discutir con arrogancia la frialdad del vino o la presencia de algún ingrediente -para después reconocer su error-, e ir arriesgando poco a poco pero, haga lo que haga, Alma ya es un muy notable restaurante y una bocanada de aire fresco en el desértico panorama portugués. 

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