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Henrique Sa Pessoa

Henrique Sá Pessoa reúne la triple condición de ser uno de los mejores cocineros de Portugal, uno de los más internacionales y también de los más populares, ya que cuenta con varios restaurantes fuera del país, propuestas de tapas y, sobre todo, con legiones de seguidores de sus recetas televisivas.

Es elegante y contenido, y practica una cocina personal que rehúye las transformaciones radicales, prefiriendo el autoperfeccionamiento.

Sin embargo, el abandono de su antiguo restaurante, Alma, con dos estrellas Michelin, sí le ha obligado a un traslado revolucionario, ya que ha pasado del elegante, decimonónico y muy turístico Chiado, el barrio más literario de Lisboa, a un conjunto residencial llamado Pátio Bagatela, una idea que quiso ser el Melrose Place lisboeta y que no pasa de ser una corrala high-tech con abundancia de restaurantes y locales corrientes. Tiene la ventaja, eso sí, de ofrecer un entorno tranquilo y francamente bonito.

En su línea de no asumir grandes riesgos, se ha apuntado a esa neoelegancia de hoy en día que consiste en decorar todo de un mismo color. Al menos este no es blanco, sino un más cálido azul marino. Ahora el restaurante se llama Henrique Sá Pessoa, mantiene las estrellas y la gran idea de varios menús degustación, además de una atractiva carta. Y esa ha sido nuestra opción.

Los aperitivos son comunes a todas las fórmulas: desde un suculento canapé abizcochado de pollo con mayonesa noisette de limón hasta una crujiente tartaleta de remolacha con queso de cabra, piñones y cacao, pasando por sus clásicos pimientos en tempura de tinta con crema de pimientos, un gran bocado de intenso sabor.

Los panes, de trigo y maíz blanco, son excepcionales y se acompañan de una magnífica mantequilla ahumada y de uno de los grandes aceites portugueses, este de Ribatejo y procedente de una cosecha especial para el chef.

El foie es magnífico y se realza con texturas dulces y saladas de puré de wasabi, pistachos, café y cacao.

El bogavante azul parte de la misma idea de gran producto acompañado de sabores que lo realzan, como la pannacotta de maíz, el puerro crujiente, las almendras y una delicada espuma de bisque de bogavante.

Está muy rico el pulpo, aunque sin la brillantez de los platos anteriores. Se combina con salsa de caldeirada (el gran guiso de pescado portugués), dulce batata, acidez de limón y un pimiento gelificado demasiado dominante.

Los segundos siguen esta línea elegante y discreta, empezando por un clásico de la casa: la Calçada de Bacalhau, un estupendo bacalao à Brás llamado así porque imita el pavimento de cantos blancos y negros de las calles portuguesas. Lo consigue mediante un meticuloso y sabroso carpaccio de pulpo decorado con tinta. Hoy no estaba especialmente bonito, pero luce enormemente cuando el pulpo es más grande y está más blanco. Rico, riquísimo.

El rodaballo se anima con berenjena y una estupenda salsa inspirada en el pica-pau, un gran plato de carne de las tabernas portuguesas que destaca por una intensa salsa de ajo, vino blanco, mostaza y, a veces, incluso salsa Worcestershire.

Hay cochinillo y, aunque es una gran receta, no me puedo resistir al magnífico solomillo de vaca Barrosa con coliflor, alcachofas y un profundo jugo de tuétano.

Nada como mar y cítricos para iniciar los postres, con sabores frescos de yuzu y algas caramelizadas. Además, aparecen toques de jengibre y un crujiente de miel.

El chocolate del chef me encanta, no solo por los sutiles aromas de miso, sino también por los de caramelo salado.

Es un recetario tan elegante y sobrio como un chef que parece un caballero portugués del alto Renacimiento pintado por El Greco. Sofisticación tranquila y sin sobresaltos, servicio exquisito y sabores depurados en combinaciones a veces complejas. Uno de los imprescindibles de Lisboa.

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Piedras poéticas 

En el Chiado hasta las mismas piedras son piedras poéticas. El más literario de los barrios de Lisboa rezuma poesía.  Prosa también. Allí el amarillo pálido, el rosa pastel o el azul celeste que colorean las fachadas de toda la ciudad se tornan también blanco marfileño y gris perla. Dos rotundas y lóbregas iglesias cierran la plaza que preside el gran vate portugués Luís de Camões y ambas abren paso a la plazoleta en la que  Pessoa muestra su soledad perpleja. No es para menos porque la estatua del más refinado y huidizo de los poetas ha sido colocada en medio de la terraza de un café para que los turistas lo profanen cada día con sus cámaras impías. 

Todo es tan culto que los más renombrados escritores, los que poblaron este barrio en el XIX, crearon un club que no era taurino, ni militar, ni de amantes de aeroplanos o velocípedos sino de la literatura y he ahí el Gremio Literario, el club más lírico que imaginarse pueda. 

Apenas dos calles más arriba, en la de Anchieta, se ha instalado con su Alma, uno de los más famosos chefs de Portugal, Henrique Sa Pessoa, estrella de la TV y creador de proyectos más comerciales. Ahora lo vuelve a intentar (ya hubo un Alma) con un restaurante refinado que ocupa un hermosísimo local que recuerda los almacenes de las casas burguesas de hace un siglo. 

Manteniendo los suelos de piedra rústica, los imponentes arcos y la rugosidad de las paredes, se ha decorado con sencillez y con tan solo un puñado de adornos: espejos que lo agrandan, un gran botellero que lo llena de chispas y pizcas de luz y dos grandes tapices blancos y rojos, como única nota de color. El aire semiindustrial se completa con mesas desnudas y una pequeña cocina abierta que se divisa desde algunas. 

Los aperitivos comienzan con un crujiente de tapioca con mayonesa de ostras y un gazpacho clarificado con gel de aceite de poleo. La rústica presentación recuerda las de Central, el gran restaurante peruano del momento. Ambos bocados realzan los sabores extrayendo su esencia, el primero con esa intensa mayonesa de ostras y el segundo convirtiendo el gazpacho en infusión. 

La almeja con puré de cilantro y crocante de pan es toda una sorpresa por ser una esfera. Envuelta en una leve gelatina que le da forma, mantiene todo su sabor y la mezcla con el muy aromático cilantro recuerda la gran receta portuguesa, las ameijoas a bulhao pato. 

También original y de gran intensidad es el pimiento rojo en tempura de verduras (sobre todo apio) y salsa de pimientos y vinagre ahumado. Los palitos de pimiento, que parecen quemados y utilizan el carbón vegetal para conseguir ese efecto, aumentan su sabor con la deliciosa salsa consiguiendo además un bello contraste de color. Recuerdan mucho una gran obra de Quique Dacosta. 

Empieza la comida con la mantequilla de sal ahumada, un buen aceite de Évora y tres tipos de pan: de Mafra, un clásico portugués, de maíz y patata dulce al que esta no añade nada y más bien empeora la clásica y excelente broa de milho y de algarroba, otra originalidad francamente olvidable. 

Y basta de críticas, porque las zanahorias asadas es un gran plato verde que combina estas con otros vegetales, también baby pero esta vez glaseadas. El bulgur de frutos secos es abundante en pistachos y pasas sultana. Otros toques de puré de espinacas y aceite de cominos dan complejidad a un plato en apariencia simple. Además es una bonita composición por lo que es incomprensible que una rodaja de queso de cabra se coloque de cualquier manera quebrando la armonía del conjunto de un modo francamente vulgar.

El escalope de foie gras tiene un enunciado que lo hace parecerse a un desayuno: granola, manzana y almendras pero tiene mucho más que eso y todo combina bien con el excelente hígado del pato, concretamente una espuma de café y una crema de pistachos que además de embellecerlo lo redondean. 

Sin embargo, la gran sorpresa de este almuerzo llega con la calçada de bacalhau que no es otra cosa que una elegante y excelente reinterpretación del bacalhau a brás (o dorado como generalmente lo llamamos en España) que mejora el original. Sobre la base tradicional se coloca una yema que se esconde bajo un velo de carpaccio de bacalao envuelto en aceituna negra y de ahí el nombre, porque esa estética lámina blanquinegra lo asemeja a los suelos de esta ciudad, la bella y ondulante calzada portuguesa a la que cada nueva pisada bruñe como un espejo. La mezcla de todo eso hace que el plato sea mucho más sabroso y envolvente que la receta original, sin traicionar ninguno de sus sabores. 

El cochinillo confitado está también asado a baja temperatura y la piel dorada y crujiente de modo perfecto. Se acompaña de los deliciosos jugos del asado perfectamente clarificados y desgrasados, un aromático puré de batata y romero, un toque de mantequilla de jengibre y algo de naranja, elementos todos que contribuyen a contrarrestar la inevitable dosis de grasa del cerdo. 

Los postres son también muy buenos. Las texturas de mango se enriquecen con fruta de la pasión y coco y para rematar el conjunto y dar un toque crocante a las ternuras de helados y pastelitos se usa el sésamo negro quemado en forma de crujiente. 

La bomba de chocolate esta llena de sorpresas. La cobertura de negro cacao contiene varias texturas de chocolate y un corazón delicioso de caramelo salado y derretido, una combinación arriesgada y elegante. Los suaves contrastes con la avellana apuestan, eso sí, por lo seguro. 

Aún faltan tres delicias que llegan con el café, el profiterol de regaliz, la trufa y sobre todo, un bombón de pastel de nata recubierto de migas de galleta que estalla en la boca esparciendo su interior líquido y que es puro pastel de nata concentrado y deconstruido. 

No diría yo que Alma es un restaurante de vanguardia, ni siquiera contemporáneo, pero sí que es decididamente moderno para los usos portugueses. Su elegancia revela también un enorme amor por la gran cocina de siempre. Por eso no le arrebatará el cetro a Avillez pero mostrará que se puede hacer una cocina personal y diferente, al menos hasta que aquel no deje de inspirarse tanto en la de otros (solo en presencia de mi abogado diré cómo le llaman los chefs que se sienten copiados). Hay que mejorar algo el pretencioso servicio, que se cree por encima del cliente hasta el punto de discutir con arrogancia la frialdad del vino o la presencia de algún ingrediente -para después reconocer su error-, e ir arriesgando poco a poco pero, haga lo que haga, Alma ya es un muy notable restaurante y una bocanada de aire fresco en el desértico panorama portugués. 

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