Estar vivo después de casi 150 años y reverdeciendo, como le pasa a Lahrdy, el primer y más antiguo restaurante de Madrid, es todo un alegre acontecimiento. Que se haya expandido al barrio de Salamanca con Lhardy Cafe, desde su castiza Puerta del Sol, es toda una proeza, debida a ese estupendo grupo que es Pescaderías Coruñesas.
El prestigio, la novedad y que, en un barrio tan de postín no haya clásicos elegantes -salvo Ramón Freixa y hace solo año y medio-, hizo que todo se desbordara y se les reventaran las costuras, pasando el primer día de 150 previstos, a 450 comensales.

Por eso, he tardado en ir, para que pasara la fiebre y se asentara el servicio, aunque de este se sigan quejando muchos. No es mi caso pero mis mimos, cada vez más, no son los de todos. Hoy, además de Judith, la jefa de sala, estaban los sunilleres estrella de Desde 1911, com todos sus grandes vinos y las cuidadas ediciones para Lhardy (muchas zonas de tres países). Por tanto nada podía ir mal.
Tiene grandes platos, pero es un café (muy parisino) que huye de la pomposidad. Así que, para empezar, la mejor cecina de la capital (con la de Caja de Huevos) y una estupenda ensalada Waldorf reinventada (con capón, huevas de salmón, polvo de kikos… y ni rastro de nueces), preparada desde un precioso carrito entremesera con el que hacen también la César de pularda o la de tomate y ventresca.


Hay muchas sugerencias del día y hoy ofrecían unos imponentes berberechos con una deliciosa salsa, entre lo dulce del oloroso y lo picante de la guindilla.

Siempre en la carta, no hay que perderse los mejillones Bloody Mary, también picantitos y con el incomparable toque que da el vodka.

La bomba de cocido, que es la pelota hecha buñuelo, se baña en el famoso caldo de cocido de la casa y es un plato completo y contundente.

Aún así, había que probar mucho, nos hemos atrevido con un suculento bogavante en un delicado escabeche de aceitunas; y con el estupendo, muslo de gallo celta, convertido en jarrete de salsa densa de las pegan los labios.


Los quesos son cosa del maestro Abel Valverde, factótum del grupo, y van desde los esplendorosos Brillat Savarin y Palmero, a un suave Comte y un potente y cremoso de Oregón, demasiado salado.

La manzana cítrica cumple muy bien, pero lo que es excepcional es la tortilla Alaska, que siguen empeñados en llamar suflé Lhardy, aunque nada tiene de este. Aquí se puede cambiar el sabor del helado, porque lo que la hace excepcional es esa cobertura de merengue tierno y cremoso y después flambeado.


Quienes quieran la elegancia informal del clasicismo -la de hoy será informal, pero no es elegancia- disfrutarán mucho. Quienes quieran simplemente un buen restaurante clásico, también. Ciertamente, me ha gustado mucho.



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