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Bugao

Hacia casi un año qie no visitaba Bugao y eso que me gustó desde la primera vez, pero me pasa mucho. Hay demasiados sitios ya y no paran de abrir otros nuevo. También voy a casas particulares y viajo. Así que, por más que quiera, no llego a todo. Felizmente me han invitado a probar lo nuevo para que no pudiera negarme y me ha sorprendido tanto avance y simplificación. El chef Hugo Ruiz es tan joven como experimentado y ha estado es sitios que me encantan como Casa Gerardo, Calima (este solo me encantaba cuando existía) o el Café de Paris de Málaga. De todos ha aprendido y de cada uno se ha desprendido. Tomó Madrid desde la dulce Ceuta y siendo así, sólo podía ser marinero en tierra, que decía Alberti.

Por eso no extraña empezar (él ha decidido el menú) con un trío espectacular: potente tartar de toro con caviar, una crepitante tosta de quisquilas de Motril con una mayonesa de wasabi excelente y un guloso tartar de tarantello con trufa que es una mezcla excelente.

El salpicón clásico se anima aquí con recias y humildes cañaíllas que le aportan gracia y originalidad, a pesar de su textura un poco dura.

La centolla se ofrece tal cual, salvo porque se mejora con una crema de sus interiores con yema y guisantes lágrima, consiguiendo un plato por el que merece la pena volver.

Originales las espardeñas porque se fríen y se envuelven en mayonesa de ajo negro y velo de ibérico, lo cual las enriquece.

Las cocochas al pil pil de ajo negro son completamente diferentes y tienen cuerpo picante y alma aromática.

El carabinero es otro plato por el que venir. Lo borda al ajillo con un memorable huevo frito abuñuelado y la cabeza a la brasa.

Muy rica la corvina de Conil a la mantequilla negra que está llena de nostalgia francesa y guiños al pasado.

Viene bien después, la frescura del yuzu con citronella pero, yo que siempre prefiero lo complejo a lo sencillo, me quedo con el bizcocho de castañas con haba tonka, helado de vainilla y un rescatado (menos mal) y espectacular sabayon de amareto.

Ha sido una de esas veces que no había acabado y ya quería volver, porque me encanta esta fórmula de cocina marinera aparentemente sencilla pero que, sin disfraces, está cuajada de detalles de alta cocina. Además, Hugo no está solo. Tiene a su amable y eficaz hermano a la sala y a los vinos (muy buena carta) y consigue un buen servicio. Además, el lugar es de bonito a llamativo y está siempre muy animado. ¡¡¡Vayan!!!!

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Cebo by Cañitas Mayte

Tenía una cuenta pendiente con Javier Sanz y Juan Sahuquillo, los jóvenes y brillantes chefs de los que todo el mundo habla, porque no había podido ir al campo albaceteño, hogar de sus galardonados Cañitas Mayte y Oba (pronto lo resolveré) y solo había probado los aperitivos que prepararon para la gala de los Chefs Awards, impresionantes debería decir y muy por encima de los que ofrecieron sus mayores, los muy estrellados chefs que allí servían también. Algo así como lo que le pasó a Zorrilla en el entierro de Larra (puedo contarlo porque la LOGSE ha acabado con estas cosas) pero en plan festivo.

Me ha gustado mucho. Cebo es un restaurante diferente, entre el brillo de los dorados y la frialdad del hormigón, en el que me siento a gusto entre espesos manteles de hilo y frágiles y elegantes cristalerías. La cocina es justo así, solo producto y sencillez -según Javi-; clasicismo renovado, mucha técnica, refinado estilo y sabores basados en la tradición pero transformados por mucho conocimiento, según yo. El comienzo es tan rico como desconcertante porque no deja de ser pan con mantequilla y champán, eso sí, pan brioche casero de larga fermentación y mantequilla a la antigua.

Por eso hay que llegar a la mesa para descubrirse ante un homenaje a Joselito, a base de galleta crujiente rellena de steak tartar, su laureada, crujiente y sedosa croqueta de jamón. Con leche, mantequilla y crema de oveja. Además, un revitalizante caldo de costillas a la brasa.

Después, un fresco tomate de su huerta regado con agua de río y ahumado, cubierto de una crema láctea de cabra, además de verdes brotes ácidos, aceite matcha y nata fermentada, da paso a un gran plato de setas de monte, trompetas, angula de monte y níscalos con una espumosa pamnetier de patata y crema de yema. Todo ello envuelto en el delicioso y boscoso sabor del praline de piñones.

Las alcachofas se hacen simplemente con papada iberica, trufa y un caldo del cocido a la menta y los tiernos y crujientes guisantes del Maresme se mezclan con cocochas en salsa verde, que es muselina más que caldo y esos son los toques elegantes y técnicos de los que hablaba.

Se notan también en los soberbios calamares en tinta que se animan, en vez de con cebolla, con un suero de cebollino de toques ácidos.

Y vaya angulas!!!! Las sirven con una salsa de muchas pieles de bacalao y crema huevo. Una súper salsa a la que acompaña más que bien un irresistible canapé de pan brioche con anguila ahumada y caviar, una mezcla infalible.

El pescado, después de muchos buenos vegetales y algún marisco, es un soberbio mero negro de Cantábrico que maduran 7 días (después de intentarlo con 15) para intensificar el sabor y hacer más crujiente la piel. Está muy rico pero casi me gusta más la salsa de espárrago heroico y esparraguines que es un enjundioso gazpachuelo vegetal.

Antes de la carne, el rey, un soberbio carabinero que realzan con un aterciopelado sabayon de manteca de cerdo que está de muerte, aunque no mejor que un fantástico buñuelo líquido de carabinero al ajillo con tartar de carabinero en la cumbre. Todo junto, es como una oda al crustáceo en todas sus formas.

La intensa y tierna vaca se madura70 días, se envuelve en lechuga de mar, y se rueda de algas y plantas haliófilas que le dan toques marinos muy sutiles y diferentes. Por encima una clásica y golosa demi glace.

Aunque digan que es cocina sencilla y de producto, se les escapa, como agua entre los dedos, la creatividad y la técnica y eso llega a su culmen con un no postre (o quizá sí) de caviar que aplican sobre un helado de plátano de textura muy cremosa y no tan fría, porque se hace con ocoo, un artilugio coreano. Junto a él, hojaldre planchado y caramelizado. Suena muy raro pero está buenísimo de sabor y sensaciones y funciona de maravilla. En cualquier momento del menú.

La leche de oveja es más convencional pero no decae: flan líquido (o sea, natillas), almendra garrapiñada, azúcar extraído de la propia leche y escarcha de yogur y vainilla. Muy refrescante y con puntos dulces y ácidos bien equilibrados.

La galleta de cacao 80% de Belice se rellena de ganache y caramelo salado y tiene, como punto disruptivo, helado y crumble de boletus y boletus encurtidos. Rompedor y estupendamente vegetal.

Mucho trabajo en la mesa y mucho mimo en todo pero sobre todo la deliciosa paleta de técnicas y sabores de dos chefs demasiado jóvenes. Demasiado para ser tan buenos….

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