Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes

Estrellas moribundas

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No hay nada que me sorprenda o que me entusiasme en el Club Allard. Tampoco nada que me disguste en exceso. Y ahí radica el problema, porque eso es la mediocridad. Un gran restaurante debe emocionar, sorprender, deleitar y en muchas ocasiones, irritar o incluso provocar la perplejidad o la incomprensión del cliente. Eso era precisamente El Bulli (bendito San Ferrán Adriá), sorpresa, juego, placer y enojo para algunos.
Siento decir eso, y lo que vendrá después, porque el trabajo que está realizando María Marte tras la salida de Diego Guerrero, el creador, es encomiable. Sin embargo, hoy por hoy, el Club Allard es un lugar gris y tristón. Ubicado en unos de los mas bellos edificios de Madrid, un pastel cuajado de molduras y lacerías, hechas de crema y nata, la decoración es anodina y la luz penetra en las salas tamizada y mortecina. Los platos son oscuros y tristemente presentados. Sólo la flor hibiscus es un estallido de color y gracia.

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El txangurro de cáscara blanda tiene el acierto de usar ese tipo de cangrejo tan infrecuente en nuestras tierras. Un crustáceo que es un juego en si mismo porque, estando en periodo de mutación, su cáscara es blanda y deliciosamente comestible. En esta versión, como de sidrería euskalduna, el sabor carece de sutileza y la presentación es tan original como poco elegante, una caja de lonja de la que salen vaharadas de humo.

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La trufa de caza con foie y setas es impecable en sus sabores: tierna, aromática, delicada y al mismo tiempo, portadora de la fuerza del foie pero nuevamente la presentación es confusa, terrosa, acartonada y… con humo.

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Del ravioli de guisantes con papada ibérica hay que destacar su deliciosa sutileza y la maravilla verde de los tres (en serio, sólo tres) guisantes lágrima, ese caviar verde, casi inexistente que lo acompaña.
La sopa de cerezas con caviar de arenque casi ofende por su banalidad, porque recuerda a los cientos de sopas, cremas y gazpachos de cerezas que inundan desde hace años, cócteles de boda, banquetes de fin de curso y, supongo, hasta restaurantes de carretera.

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El huevo con pan y panceta sobre crema ligera de patata fue la gran creación de este restaurante. Sigue siendo un logro de sabor y originalidad, una manera moderna de reinventar los huevos fritos con patatas y chorizo, una receta creativa y llena de fuerza. Una pena que ahora les salgan tan salados.

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El ciervo con boniato y castañas es un gran plato en el que se abusa del dulzor del tubérculo consiguiendo así que tenga un inmerecido protagonismo. Excelente sin embargo, el punto de la carne.

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Sólo la flor de hibiscus con pisco sour deslumbró mi mirada. Como se puede ver en la fotografía superior, es una composición colorista y de buen gusto, una mezcla fresca y relajante, perfecta tras los sabores primigenios de un plato de caza.
Con la roca de chocolate, plato triste y oscuro donde los haya, pasa como con las cerezas. Esta más vista que una puesta de sol en el ibicenco Café del Mar y no digamos ya, acompañarlo de un helado de haba tonka

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La pizarra de mignardises acaba de rematar tanta oscuridad. Al final todo es negro, todo es mediocre y algo polvoriento. Les pasa a las estrellas, que se convierten en polvo muerto, pero desde que mueren hasta que desaparecen de nuestra mirada pueden pasar siglos. Quizá tengan suerte y ocurra los mismo con las de Michelin…

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Kabuki Raw

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Decir que Kabuki es unos de los mejores restaurantes japoneses de España, no es novedad ni descubrimiento alguno. Afirmar que Finca Cortesin es el mejor y más elegante hotel de campo y playa de nuestro país, tampoco. Por eso, la alianza entre ambos era una apuesta fuerte porque, desde que Ricardo Sanz comenzara en su mítico restaurante de Presidente Carmona en Madrid, varias han sido las filiales (la del Wellington, Tenerife, Valencia y ahora la T4) y no todas de la misma calidad. Mantener tantos y tan distantes restaurantes no es fácil, por mucho que todos participen de los mismos principios y partan casi de la misma carta. Por ello, será bueno decir desde el principio que la apuesta es ganadora y que el restaurante -y el hotel- bien merece el desplazamiento desde Marbella, Estepona, Cádiz o donde sea.
La decoración es suntuosa, de palacio rural con leves toques de antigüedades japonesas, algo así como los recuerdos de algún abuelo viajero. O descubridor de otros mares.
Los platos son excelentes desde los aperitivos (un refrescante sorbete de lima y algo de mango acompañando a unos espárragos dulces). Llama la atención la variedad de tartares de atún. Mi preferido es el picante, un plato chispeante en el que las especias, los picantes, maceran el pescado.

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Kabuki tiene en realidad dos cartas en una: la de platos tradicionales, ejecutados con una ortodoxia impecable, y la de fusión de los japonés con la cocina mediterránea. Reconozco que, por su osadía, originalidad y fuerza, esta es mi preferida.
De ella son ya clásicos sus nigiri de huevos fritos de codorniz con pâté de trufa blanca, los de hamburguesa con tomate y cebolla caramelizada y el de pez mantequilla con trufa blanca. Los tres un hallazgo y mucho más sabrosos que los tradicionales. Tres miniaturas que parecen tapas perfectas en un momento en que todo el mundo parece dedicarse a ellas.

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El futomaki de cangrejo es levemente tradicional y adiciona el poco conocido (en España) y excelente cangrejo de cáscara blanda, el famoso soft shell crab tan apreciado en Japón y Estados Unidos. La tempura de verduras es variada y está perfecta de punto. El atún teriyaki es una delicia cocinada, de las que más destacan en esta cocina tan proclive a los crudos perfectos. La famosa salsa japonesa, sutilmente dulce, da al atún un sabor delicado y diferente y un aspecto reluciente.

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El lomo de buey es más español que japonés, pero es bueno no andarse con nacionalismos y ser cosmopolita. En todo en la vida. Sólo así se aprovecha y aprecia lo mejor de todo el mundo.
En Madrid, Ricardo Sanz, quizá pensando que los postres no son su fuerte, se los encargó al gran Oriol Balaguer, un mago del chocolate. Aquí no son lo mejor, pero tienen buena presencia y rematan con discreción unos platos que ya se han convertido en un clásico nacional, por su maestría técnica, por su conocimiento de la tradición y por su altísima exigencia con los productos. Sólo conociéndolas, se pueden romper las normas.

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El maravilloso mundo de los quesos

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Confieso mi adicción a los quesos. Me encantan. Será porque soy un gran amante de lo natural, de lo milenario y, sobre todo, de lo que la mano del hombre puede hacer con algo tan simple como un poco de leche. Ese genio creativo es lo que siempre me deslumbra en los grandes logros de la humanidad, sean culinarios, científicos, prácticos o artísticos. En el queso, ese ingenio se nota aún más porque lleva depurándose cerca de diez mil años, toda vez que es uno de los alimentos elaborados por el hombre más antiguo y más presente en todas las culturas.
Me encanta que se afinen con champán, con Armagnac o con Borgoña, que se recubran de juncos, de paja o de las más jugosas hojas, que se aromaticen con especias, con hierbas o con trufas y que se elaboren en todas partes. Por algo los griegos los consideraban un regalo de los dioses.
Poncelet Cheese Bar es el paraíso de los queseros, del queso a secas, porque el resto, salvo la teatral y espectacular decoración, es más bien olvidable.

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La carta ofrece 149 tipos de queso, de nueve países, que se pueden combinar en tablas de varios tamaños. En esto de los quesos hay casi tantos gustos como comedores. A mi me entusiasman el Comté bien madurado, la torta de Casar, el Brillat Savarin (trufado o sin trufar, tanto me da), el Stilton, el Tomme de Savoie, el Idiazábal, el Munster, el Reblochon, el Pecorino con trufas…
La mayoría de los que aquí se ofrecen son deliciosos y bien escogidos, como los vinos que, aunque escasos, tienen variedad y calidad. Además se pueden pedir por copas muchos de ellos.
Y ya está dicho todo porque la cocina es corriente, el pan francamente malo y el servicio lento y más propio de una discoteca. No es un lugar de moda, pero lo parece. En el peor sentido de la palabra moda…

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Un peruano en Bogotá

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Es difícil decir si la cocina peruana es la mejor de América porque la mexicana le hace gran competencia. Ambas son las únicas que podemos llamar cocinas, porque sólo en estos países hubo verdadera clase media y esta es -como en Francia o como en España, con Cataluña y el País Vasco- la que da forma y sentido a las grandes cocinas nacionales. Digamos ,al menos, que la cocina peruana, como la mexicana, es una de las más ricas, creativas y variadas del mundo.
Rafael, en Bogotá, es un buen exponente de la misma y además de ello, una buena opción dentro de la escasa variedad bogotana. Colombia en general y esta ciudad esta ciudad particularmente, están creciendo mucho y haciéndose cada vez más refinados pero con la excepción del restaurante de Leonor Espinosa, pocos son los lugares donde comer bien en la capital colombiana.
En Rafael, la buena comida se adereza con gente guapa, un espacio llamativo por sus altos techos y sus paredes de hormigón y una buena carta de vinos. Muy buenas las causas y los ceviches y excelente el cochinillo confitado.

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Mercato Ballaró, un italiano sencillo

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Sicilia está en un lugar estratégico del Mediterráneo. Para lo bueno y para lo malo. Lo mejor es su condición de cruce de caminos, de crisol de culturas ribereñas. Eso se aprecia a la perfección en su cocina, rica en pescados, escasa de carnes y enriquecida con aderezos comunes a todos nuestros países que, como todo el mundo sabe, son africanos, europeos y mixtos: frutos secos (piñones, pistachos, y almendras), hierbas como salvia, albahaca, menta, laurel y una originalidad de la isla, la famosa y suave sal de Trapani, una localidad del extremo occidental, reputada por sus antiguas salinas. También de Trapiani es el famoso cuscús, prueba palpable de este sincretismo afroeuropeo, tan de moda ahora y tan en boga durante varias decenas de siglos. A veces, hasta en forma de guerra.
Como en Madrid ya vamos teniendo de todo, la idea de tener un italiano que cultiva esta deliciosa comida no puede ser más feliz y se hace real en Mercato Ballarò, un restaurante que comparte nombre con el mercado más antiguo y afamado de Palermo. El local es sencillo y luminoso, más elegante sin duda que la mayoría de las trattorias que nos deslumbran en Italia. Por la comida, jamás por la decoración. Ese ambiente de simplicidad se redime con ciertas notas de refinamiento, que abarcan desde los cócteles a los inmaculados manteles blancos, pasando por el uso de las trufas y por la risa cantarina de Rosa, su alma mater con permiso del cocinero, Angelo Marino.
Son excelentes los carciofini fritti, crujientes y untuosos, el pulpo stufato picante e speziato con pane all’aglio e harissa, que junta picantes y especias sobre la recia carne del molusco y los calamaretti riepieni alla Liparesa, portadores de un relleno plagado de mar y tierra. La caponata (pisto de berenjenas con piñones) con burrata, es una delicia convertida en versión de gala de la habitual, todo gracias a la cremosidad de ese maravilloso queso de corazón semilíquido. Los linguine alla carbonara con aspargi verdi, guanciale di Nebrodi (papada de cerdo negro) e crema di tartufo nero son la mejor versión de la carbonara que he comido en Madrid, por encima incluso de los de Don Giovanni.

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Tan buenos como desconocidos son los parpadelle con salsa del cortile (corral), uovo di quaglia (codorniz) e piacintinu di Enna (un gran queso).
De los platos fuertes (¿eran suaves los anteriores?) el cuscús di pesce a la trapanesse está tan ricamente especiado que los aromas llegan por delante del plato. La orecchia d’elefante no es lo más siciliano que uno pueda echarse al coleto, pero la carne es tan tierna y la cantidad tan generosa que más vale dejarse de absurdos regionalismos y ser cosmopolita.
Grandes postres pero ninguno como un tiramisú que llena la boca de untuosidad y más que de sabores, de dulces nostalgias.

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El de Mercato poco tiene que ver con esas pastas industriales que suelen poner en tantos lugares. Su textura cremosa, su exterior brillante y el protagonismo del Mascarpone lo hacen único e imprescindible. No podía faltar el postre típico, el cannolo, un canutillo relleno de crema de ricotta que parece el cuerno de la abundancia en versión dulce. También es excelente la tarta al fromaggio con pomodoro dolce que es quasiperfecta, no sólo cuando le ponen el tomate dulce, sino también cuando los menos arriesgados optan por los frutos del bosque. Se cubra de una u otra cosa, se acaba soñando con las dulces noches junto al mar de Palermo o con los bellos campos de Taormina donde el aire se traspasa de polvo de estrellas.

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Tres très cool en la ciudad plus chic

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Imágenes de Monsieur Bleu

París es un escenario. Es difícil saber si tan bellos envoltorios esconden la podredumbre o la ruina, pero el exterior es siempre tan bello y equilibrado como los sueños felices. Las fachadas de París, coronadas por mansardas picudas y festoneadas por balcones de retorcidas filigranas, son una visión incomparable; al igual que sus parques públicos, poblados por setos de formas imposibles, sus rejas de lanzas doradas, sus fuentes suntuosas y sus estatuas a cualquier cosa. Tanta elegancia finisecular y un mito cultivado por la literatura y el cine, atraen a multitudes de todo el mundo.
Hay lugares tan bellos como París y tan de moda, que rápidamente desaparecen. Como la rosa, como todo lo bello, pronto se marchitan, pero mientras se abren ante nuestros ojos, bien vale la pena disfrutarlos. Después como decía Wordsworth en Esplendor en la hierba, «la belleza subsiste en el recuerdo».
En este mismo momento, el lugar de moda, el restaurante donde ver y ser visto, es Monsieur Bleu, un imponente recinto en el Palais de Tokyo, centro de arte contemporáneo cuajado de propuestas interesantes. La altura de los techos intimida y la mezcla de mármol, maderas y piedra en forma de colosales bajorrelieves forman un escenario único. Si a eso le añadimos la belleza y elegancia de los clientes, la experiencia no puede ser más interesante, al menos para quién quiera sentirse parte de una película o protagonista del próximo número de primavera de Vogue.
L’Avenue se está manteniendo más que una delicada rosa. Quizá tanto como una margarita silvestre, que brota y brota y parece siempre viva. Está situado en la calle de la moda, en el epicentro del lujo parisino, la Avenue Montaigne, muy cerca de la casa madre de Dior y de todas las grandes marcas que a lo largo de los años acudieron a su reclamo. Si pincha en el enlace y se va a imágenes verá que son muy escasas las fotos del restaurante. Lo que abunda son las de celebrities entrando y saliendo del local entre efluvios de perfume, restos de steak tartare y burbujas de champán, casi todas con un Birkin. Así que si quiere sentirse famoso por un día este es el mejor lugar. Para saber como arreglarse nada como ver las fotos sugeridas…
De la misma cadena que el anterior, la del celebérrimo y «megacool» Hotel Costes, es La Societé, situada como Monsieur Bleu, en otro histórico lugar. Comparte con él, el aroma racionalista y los materiales más nobles, en un alarde de riqueza discreta y lujo austero que sorprenden y encantan. Además, está en pleno barrio de las letras parisino, en la plaza de Saint Germain de Pres, en la que parece que Sartre y su banda de existencialistas pudieran aparecerse en cualquier instante. En cualquiera excepto los domingos, porque quizá morirían para siempre al ver el lugar tomado por las hordas de guapos chic, que las noches de los días laborables pueblan Monsieur Bleu y en las mañanas de los sábados, tras las compras o el paseo (no todos los que pueden comer, pueden comprar. Y viceversa) se enseñorean de L’Avenue.
Se verá que hasta ahora no he mencionado la comida de ninguno de los tres. Pues bien, es verdad. Es lo menos extraordinario de tan bellos lugares pero ¿siempre tiene exquisitos aromas la rosa? ¿O basta con su color y el más suave de los tactos? Aún así, todo es correcto, las pastas, las ensaladas que pueden ser de alcachofas con trufas o de espárragos en temporada, el famoso steak tartare servido con una deliciosas y sencillas patatas fritas o los pescados del día y las carnes a la parrilla. Ah, y en los dos de Costes una famosa tarta de queso en la que la galleta recubre todo y el queso semilíquido se esconde en los interiores.
En resumen, corrección y Gran Belleza, sí como en la película., esa que no hay que perderse y que agita las conciencias dormidas.
Y para terminar con este post de la frivolidad mundana, dos sugerencias, una culta y otra ultrachic: el aperitivo, mejor en el bar del Hotel Mandarin, este en la otra calle del lujo, la Saint Honoré.
La culta el poema de la nostalgia y la esperanza:

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello,
que en mi juventud me deslumbraba;
aunque ya nada pueda devolver
la hora del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse.
Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.

(William Wordsworth)

L’Avenue

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Hotel Mandarín París

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