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Girafe

Ya les conté el año pasado, hablando de La Societé, que era una pena que en Madrid careciéramos de esos restaurantes bellos y maravillosamente decorados donde acude la gente más cool de todo el mundo. Y lo hacía lamentando que sus sustitutivos españoles sean o cafeterías 3.0 -grupo Larrumba– o mecas del nuevorriquismo tropical –grupo Sandro. Pues bien, un año después nada ha cambiado. Ni en Madrid ni en Paris. Aquí siguen igual y allá hasta aumentan el palmarés con Girafedel mismo grupo que el monumental y catedralicio Monsieur Bleu y el museístico (edificó Louvre) y laberíntico Loulou.

Girafe está en el Trocadero, en un brazo de su monumental grandeza que abraza la Torre Eiffel, y es vecino del teatro Chaillot, así que imaginen el entorno. De hecho sus vistas a la torre más famosa del mundo (y lo siento por la de Pisa) cortan el aliento. En verano todas las mesas de su terraza tienen esa visión alucinatoria y mágica, pero en invierno, solo dos, así que inténtenlo. No será más difícil que conseguir una mesa cualquiera.

Una vez más, el espacio y sus pobladores son lo mejor del restaurante. Se entra por un estrecho corredor para toparse de modo impresionante con una gigantesca, pesada y bellísima barra de mármol blanquinegro en la que se puede comer contemplando bellas vistas: la exposición marisquera en la cercanía y el comedor más en lontananza. Los techos son tan altos como diminutas y pegadas las mesas (bienvenido, esto es Paris), las maderas claras, las voces susurrantes, las caras bellas y los sofás mullidos y corridos. En el centro como en los años 20, una enorme palmera sobresale por encima de un sofá cuadrado. Realmente bonito.

La comida es mucho más normal, pero de gran calidad. Al menos no se complican la vida. Buenos productos poco elaborados, a veces simplemente crudos o en ceviche. Los mariscos son realmente irresistibles, curiosamente no al peso, sino por raciones, y nada caros para nuestros precios. Se pueden pedir varias opciones sugeridas o elaborarlas al gusto como hicimos nosotros: ostras, cigalas y patas de cangrejo (así llaman a las del buey de mar. Por cierto ¿que hacen con el resto que está tan bueno?). Todo fresco -aunque demasiado frío-, delicioso y servido con limón, mahonesa y salsa de mantequilla.

El bogavante es pequeñito pero muy sabroso y está en su punto justo de cocción. De carnes tan blancas como tersas, crujientes y un punto resistentes.

De las carnes probamos un solomillo tierno, suave y de penetrante sabor que ofrecen con salsa de pimienta o bearnesa. Elegida esta no estaba mal, aunque resultaba algo pastosa. Lo que no entendí del todo fue que el solomillo se ocultara bajo toneladas de perejil y otras hierbas. Sin embargo, las ardientes, crujientes y doradas patatas fritas, una verdadera torre, estaban colosales.

De postre, pastel de chocolate. Para qué arriesgar. En caso de duda y en Francia, opten por el chocolate. Son los reyes mundiales. Lo veneran y lo bordan. La crema, densa y amarga, descansaba sobre una buena base de galleta y se adornaba con unas muy buenas avellanas garrapiñadas.

Girafe no es el culmen de la gastronomía -mas aún estando en Paris– pero sí de la elegancia informal, de las vistas sublimes y de la decoración exquisita y sencilla. Por todas estas razones, me parece imprescindible.

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Polvos dorados

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Watching people: dícese del lugar donde los más atolondrados van a mirar y a ser admirados (o donde borrachos exquisitos conjuran las tristezas del atardecer).
Sin embargo, la pregunta es, ¿se puede comer bien en estos modernos palacios de la banalidad? Quizá sí en París (Monsieur Bleu), Miami (Zuma) o Los Angeles (Spago), sin duda en Londres (Dinner), pero no en España. Y eso, a pesar de la excelsa contribución que hizo a la historia de la gastronomía universal nuestro wtaching people cañí por excelencia, Casa Lucio: aquellos huevos rotos con patatas fritas que aún hoy le dan fuste y fama para estupor de los adrianistas o sea, los fieles devotos de Sant Ferrán Adriá.
El más reciente de estos “no lugares”, cumple todas estas reglas y se llama Otto. Nadie sabe por qué, ya que está en Madrid, no es propiedad de italianos, aunque tenga burrata y su cocina es, dicen ellos, de “corte mediterráneo”, suponiendo que el foie lo sea. La carta es un batiburrillo de soserías intrascendentes que van desde una tabla de chacinas corrientes a las alcachofas salteadas, pasando por grandes pedazos de las carnes más insípidas y peor cocinadas o por una crema de queso a la que, tampoco nadie sabe por qué, llaman tarta.
Un jueves cualquiera andan por allí Vicky Martín Berrocal, María Zurita, Marina Castaño, Boris Izaguirre, Javier Hidalgo, Rosauro Baro, le propietaire, numerosas señoras bien, tan mayores como desubicadas y chicos en camiseta, acompañados de rubias oxigenadas y plastificadas, que si no fueran del barrio de Salamanca serían de Mujeres, Hombres y Viceversa, ese programa que ennoblece la belleza del músculo, el tatuaje y la silicona mientras guerrea con las neuronas. Al único que se echa de menos es a Thomas Hardy, aquel autor visionario que ya en 1873, doscientos años antes que McLuhan, dijo: “hoy día hay tanta gente que se hace un nombre, que me parece más distinguido permanecer en la sombra”.
Deben acudir a Otto?
No, si les gusta comer y los decorados con alma.
Sí, si adoran a los pijos castizos y a los famosos por causas desconocidas.

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Tres très cool en la ciudad plus chic

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Imágenes de Monsieur Bleu

París es un escenario. Es difícil saber si tan bellos envoltorios esconden la podredumbre o la ruina, pero el exterior es siempre tan bello y equilibrado como los sueños felices. Las fachadas de París, coronadas por mansardas picudas y festoneadas por balcones de retorcidas filigranas, son una visión incomparable; al igual que sus parques públicos, poblados por setos de formas imposibles, sus rejas de lanzas doradas, sus fuentes suntuosas y sus estatuas a cualquier cosa. Tanta elegancia finisecular y un mito cultivado por la literatura y el cine, atraen a multitudes de todo el mundo.
Hay lugares tan bellos como París y tan de moda, que rápidamente desaparecen. Como la rosa, como todo lo bello, pronto se marchitan, pero mientras se abren ante nuestros ojos, bien vale la pena disfrutarlos. Después como decía Wordsworth en Esplendor en la hierba, “la belleza subsiste en el recuerdo”.
En este mismo momento, el lugar de moda, el restaurante donde ver y ser visto, es Monsieur Bleu, un imponente recinto en el Palais de Tokyo, centro de arte contemporáneo cuajado de propuestas interesantes. La altura de los techos intimida y la mezcla de mármol, maderas y piedra en forma de colosales bajorrelieves forman un escenario único. Si a eso le añadimos la belleza y elegancia de los clientes, la experiencia no puede ser más interesante, al menos para quién quiera sentirse parte de una película o protagonista del próximo número de primavera de Vogue.
L’Avenue se está manteniendo más que una delicada rosa. Quizá tanto como una margarita silvestre, que brota y brota y parece siempre viva. Está situado en la calle de la moda, en el epicentro del lujo parisino, la Avenue Montaigne, muy cerca de la casa madre de Dior y de todas las grandes marcas que a lo largo de los años acudieron a su reclamo. Si pincha en el enlace y se va a imágenes verá que son muy escasas las fotos del restaurante. Lo que abunda son las de celebrities entrando y saliendo del local entre efluvios de perfume, restos de steak tartare y burbujas de champán, casi todas con un Birkin. Así que si quiere sentirse famoso por un día este es el mejor lugar. Para saber como arreglarse nada como ver las fotos sugeridas…
De la misma cadena que el anterior, la del celebérrimo y “megacool” Hotel Costes, es La Societé, situada como Monsieur Bleu, en otro histórico lugar. Comparte con él, el aroma racionalista y los materiales más nobles, en un alarde de riqueza discreta y lujo austero que sorprenden y encantan. Además, está en pleno barrio de las letras parisino, en la plaza de Saint Germain de Pres, en la que parece que Sartre y su banda de existencialistas pudieran aparecerse en cualquier instante. En cualquiera excepto los domingos, porque quizá morirían para siempre al ver el lugar tomado por las hordas de guapos chic, que las noches de los días laborables pueblan Monsieur Bleu y en las mañanas de los sábados, tras las compras o el paseo (no todos los que pueden comer, pueden comprar. Y viceversa) se enseñorean de L’Avenue.
Se verá que hasta ahora no he mencionado la comida de ninguno de los tres. Pues bien, es verdad. Es lo menos extraordinario de tan bellos lugares pero ¿siempre tiene exquisitos aromas la rosa? ¿O basta con su color y el más suave de los tactos? Aún así, todo es correcto, las pastas, las ensaladas que pueden ser de alcachofas con trufas o de espárragos en temporada, el famoso steak tartare servido con una deliciosas y sencillas patatas fritas o los pescados del día y las carnes a la parrilla. Ah, y en los dos de Costes una famosa tarta de queso en la que la galleta recubre todo y el queso semilíquido se esconde en los interiores.
En resumen, corrección y Gran Belleza, sí como en la película., esa que no hay que perderse y que agita las conciencias dormidas.
Y para terminar con este post de la frivolidad mundana, dos sugerencias, una culta y otra ultrachic: el aperitivo, mejor en el bar del Hotel Mandarin, este en la otra calle del lujo, la Saint Honoré.
La culta el poema de la nostalgia y la esperanza:

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello,
que en mi juventud me deslumbraba;
aunque ya nada pueda devolver
la hora del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse.
Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.

(William Wordsworth)

L’Avenue

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Hotel Mandarín París

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