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Larrumba, Vips 3.0

  

No me va a ser fácil escribir este post porque soy gran admirador del espíritu empresarial y además, no tengo nada en contra de que la gente gane dinero. No debo ser un buen español, porque incluso me alegro por ello. El problema es que detesto las fórmulas fáciles de «dar a la gente lo que quiere» -con todo lo difícil que es esto-, porque esa frase siempre presupone que el público se conforma indefectiblemente con lo más fácil y carente de calidad.  

Yo prefiero una obra literaria –James Salter, Jorge Luis Borges, Hollingshurt – que un producto editorial -todos los presentadores de Tele 5 que, como renacentistas que son, además escriben novelas-, la tienda pequeña y cuidada que Carrefour, un músico que un Dj o un cocinero que un director de alimentos y bebidas. No me molestan las cafeterías pero prefiero los restaurantes. Cuando en los 70, VIPS abrió su impresionante local de Ortega y Gasset cambió ese mundo de la cafetería. Con su aspecto de nave espacial, todo acero reluciente y grandes paredes rojas y negras, a los niños nos deslumbraba por su modernidad. También por su cosmopolitismo, porque sus dueños mexicanos introdujeron platos infrecuentes entre nosotros.  

 

Ha habido que esperar casi cincuenta años para que se renovara el mundo del fast food de cafetería. Cinco decenios y varios dígitos de aumento en el PIB, porque la neocafetería es un lugar hermoso y lleno de lujo, pensado para gente adinerada a la que le gusta verse entre sí y picar cualquier cosa. El grupo Larrumba así lo ha hecho. Ya sé que son más que una cafetería corriente, puesto que no dan cafés prioritariamente, pero coincide con ellas en las servilletas y manteles de papel y en una carta llena de pastas, hamburguesas, pizzas, aperitivos y platos rápidos fáciles de comer. También en un servicio impotente ante la multitud y entrenado para la rapidez de doblar mesas, así como en el bullicio y en las dimensiones.  

 

También sé que prometí no ir más a reinos del papel (servilletas, manteles y hasta la base de algunos platos) y de la moda , pero no podía seguir ajeno -por ustedes- al éxito inexplicable -para mí- del grupo Larrumba, una empresa genial de unos cuantos jóvenes cosmopolitas, sin experiencia alguna en este mundo y que ha dado con la tecla del éxito, por lo que no paran de abrir ¿restaurantes? Nunca fui -ni iré- a los anteriores, pero todos están abarrotados dia y noche. Por eso, reservar en el último, Perrachica, es como hacerlo en uno de los tres estrellas más codiciados. ¡Y no exagero!  El local es gigantesco, luminoso y elegante. Uno de los restaurantes más bonitos de Madrid. No olvidemos que se aplica la fórmula Zara, basada en la cantidad y los bajos costes, lo que implica bellas tiendas, facilidad y renovación constante.  

 

Podría parecer la cantina de una universidad pero un inteligente juego de espacios y alturas hace que perdamos la sensación de vastedad. Y eso que tiene capacidad para 400 comensales. Como doblan mesas pueden dar más de 800 comidas. Recuerdo que la media de un gran restaurante son 40 cubiertos por servicio, o sea veinte veces menos. Se trata pues de un gran fenómeno empresarial ligado a la sociedad de masas, pero bastante ajeno a la gastronomía. 

El ambiente un domingo a medio día es de It Girls acompañadas de sus madres y abuelas, modernos de provincias ávidos de capital, fieles devotos de lo último, lectores de revistas de banalidades que dedican pequeños comentarios a lo más In y gentes pertenecientes a un mismo tiempo a uno, a varios o a todos esos grupos: It ávido de novedad lector de banalidades y turista en Madrid. Nada especial, pero pensar que día y noche va a estar poblado de mujeres como las de Sex in the City u hombres como los de la película Wall Street sería pedir un imposible. No hay tantos y menos en Madrid.  

 

De la comida poco que decir, que nada más sentarnos nos reciben -como en Nueva York– con agua del grifo y aceitunas -esto no es como allí, es más de aquí- 

 

que mezclan la sequedad de las berenjenas rebozadas con la aridez del humus, aunque este está bueno. 

 

También que las gyoshas están tostaditas y son agradables o que 

 

los dados de entrecotte con guacamole y pico de gallo se sirven con o sin tortillas. Yo los pedí así y los trajeron en forma de tacos. Están correctos especialmente si se  ama el picante porque la cantidad de chile es más apta para paladares mexicanos inmunes a los picantes. Yo lo apruebo. El español corriente me temo que no tanto.  

 

Él kebab de cordero tiene un lecho de papel y se sirve con patatas fritas con su cáscara.  

 

Llegados a este punto ya me había llamado la atención el toque VIPS (muchos de los empleados proceden del grupo), las influencias norteamericanas y la concepción infantil de los platos, pero esta llega a límites estratosferiscos en postres que mezclan tarta de galleta con Lakasitos (¿hago algún comentario…?), tarta de queso con galletas Oreo y todo con enormes cantidades de azúcar. Solo adecuados para californianos con obesidad mórbida.  

  

 

Este almuerzo, para dos personas, con un vino de poco más de 20€ cuesta 90€ aproximadamente, así que los precios sí que no son de cafetería. La preciosa decoración tampoco. Seguramente el público nocturno y semanero, será también otro pero lo que permanecerá será el concepto y la comida. Pero vayan, sabiendo dónde van. Hay lugares mucho peores. Y además… feos. 

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Breve manual de cocina mexicana

Que la cocina mexicana es una de las grandes del mundo es una afirmación innecesaria. Que México es uno de los países más exuberantes por sus paisajes, sus culturas, su variedad, su música, su cocina y hasta su historia, también. Por eso, era tan raro que no abundaran los restaurantes mexicanos de calidad fuera de aquel país. Quizá será porque las versiones corrientes y baratas de su cocina –como las de la italiana o la china- son fáciles y tentadoras.

Esto ocurría en Madrid, aún más que en otros lugares, lo que era realmente chocante teniendo en cuenta nuestras grandes olas de amor mutuo, a veces de odio también, pero eso es normal en pasiones de tan radicales amantes y si no, recuerden los dichos de la más mexicana de las mexicanas, Paquita la del Barrio.

 Hace muchos años hubo un intento de cocina mexicana mínimamente refinada emprendido por Entre Suspiro y Suspiro, pero la verdad es que nunca pasó de eso, un intento, y por ello hasta la llegada del magnífico Punto Mx, hubimos de seguir padeciendo la comida de las cadenas tex mex o ciertos remedos de algunas cafeterías y hamburgueserías.

Quizá el efecto Punto Mx haya animado otras aperturas que, inteligentemente, no pretenden alcanzar tan inasequibles alturas, sino llenar esa enorme franja que se abre entre el restaurante de alta cocina y todas las otras opciones low cost basadas en el descuido y la poca calidad (Sí Señor) o de descuido y apreciable calidad (Taquería Mi Ciudad o Taquería del Alamillo). Así que al intento reciente de la cadena La Lupita, bastante aceptable, se une ahora, Tepic.

Se trata de locales sencillos pero de decoración cuidada -y no tan mexicana que los asemeje a una película de María Félix- en los que se sirven platos bien elaborados, a veces hasta de cierta ambición y muy pensados para españoles, este pueblo que parece una damisela melindrosa cuando se trata de enfrentarse al picante.

 Tepìc se halla en lo más dorado de la milla de oro y sin embargo sus precios son muy asequibles, mucho, tanto que el menú degustación que ahora les describiré, cuesta tan solo 25€ siendo variado y abundante. Renunciando a él se puede comer por mucho menos. La decoración es acertada y acogedora y con detalles de lujo (mesas amplias y muy separadas e iluminación suave) junto a otros no tanto (servilletas de papel).

 El menú comienza con unas botanas que es como cualquier mexicano llama a los aperitivos, ahora tapas… Entre ellas, hay una buena tostada (tortillas crujientes) de guacamole y otra excelente de tinga (carne deshebrada) de ternera, sabrosísima en su salsa roja y su acompañamiento de lechuga y crema agria. La flauta de chicharrón relleno de jamón y piña -que nosotros sustituimos por la de huitlacoche-, es un rollo de queso tostado, demasiado tostado para mi gusto, que contiene chicharrón, fiambre que en México es igual que en España. La que no me gustó nada fue la tostada de pulpo, una simple ensaladilla preparada con este molusco y una enorme cantidad de mayonesa, lo que da un resultado sumamente empalagoso y poco mexicano.

 Tampoco me parecieron muy mexicanos los tacos de chipirones, pero los encontré tan deliciosos que fueron el punto más alto de la comida. Se acompañan de una salsa de chile chipotle deliciosa, si bien en mi opinión poco adecuada al suave sabor del chipirón. Por lo demás, se trata de colocar sobre una tortilla de maíz (eso es el taco, una tortilla con algo encima) unos deliciosos chipironcitos encebollados tal y cual se hacen aquí.

 Lo que no hacemos es usar el trompo para nada, mientras que los mexicanos veneran un plato hecho con él, los tacos al pastor. Primero adoban excelentemente la carne –que puede ser ternera y cerdo o solo cerdo- con achiote, especias y chiles rojos para después cocinarla en ese gran espeto en que los turcos elaboran el doner kebab. Se sirve en pequeños pedazos que se colocan sobre la tortilla y se coronan con piña, cebolla, cilantro y salsa roja (elaborada con tomate y varios tipos de chile de árbol). Después se cierra y ¡ya está! Muy buenos y no tan frecuentes porque en España hasta hace poco, casi nadie tenía trompo.

      

 El guacamole del principio estaba muy bueno, así que fuera del menú (debo aclarar que los tacos son a escoger al igual que los postres, pero como íbamos más de uno, probamos todo) pedimos otro. Tiene la gracia de que además de servirlos con totopos (nachos para las víctimas del tex mex), los acompañan de cortezas de cerdo, chicharrones en México (no confundir con los de la flauta), lo que les da un toque fuerte y denso (no soporto las cortezas tal cual, con toda su grasa) que alegra el frescor vegetal de un guacamole no memorable pero sí correcto.

 Los postres no son una maravilla pero se pueden comer. La comida mexicana nunca ha sido llamada por estos lares de la repostería. Todos recordamos platos mexicanos universales pero temo que ningún postre. Los buñuelos son tortas fritas de harina y huevo acompañadas de helado. No se parecen en nada a nuestros buñuelos pero son idénticos a las hojuelas. Están buenos y la presentación es tan sencilla como excelente.

 Todo lo contrario que las crepes de chocolate oaxaqueño, de buen sabor, poca mexicanidad (¿influencia del pobre Maximiliano y su corte imperial?) y un aspecto muy feo que encantará a los niños, esos grandes devoradores de toda clase de crepes, porque aún están privados de buen gusto.

 ¿Estará Tepic entre los mejores del año? Seguro que no, pero sí entre los más recomendables para una almuerzo mexicano sabroso y sencillo, para hacer más llevadera las cuestas de enero, febrero, etc, o para comer con amigos en cierta informalidad y para además, poder gastar lo que aquí ahorremos en saldos y caprichitos.

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Estrella de México

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Que la cocina mexicana es una de las más ricas y variadas del mundo es algo más que sabido. La eclosión en el país de una excelente cocina burguesa, que tomó de lo español y de lo indígena aprovechando una enorme variedad de productos, permitió la creación de una gastronomía totalmente original y única. Alguien dijo que sólo en aquellos países en los que una fuerte burguesía se dedicó a cocinar, se consiguió crear una comida propia de verdadera altura, porque las clases altas estaban demasiado seducidas por la cocina francesa y las bajas, bastante tenían con sobrevivir y conseguir el alimento de cada día.

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Por esta excelencia, porque en Madrid nunca ha habido un gran restaurante mexicano – a pesar de los esfuerzos de Entre Suspiro y Suspiro– y por la moderación de los precios (esto ya es cosa del pasado), el éxito de PuntoMx fue inmediato. Ese fervor del público, que continúa, se ha visto respaldado con una estrella Michelin muy merecida, otorgada en el último reparto.

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Procedente de los fogones de una gran casa particular, el chef Roberto Ruiz, ha enriquecido su cocina con quesos y carnes españolas, pero sin dejar de ser absolutamente mexicano. El local es sencillo y sobrio, con apenas unos toques de barroquismo mexicano que sirven para contextualizar su cocina, pero que no la ahogan con colores chillones y estridencias innecesarias. La sopa de tortilla es excelente y con un leve punto picante que a nadie debe inquietar.

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El guacamole es un imprescindible de esta casa y se prepara ante el cliente, que puede solicitar más de sus acompañamientos y condimentos (cilantro, chile, cebolla, sal y limón), por lo que es imposible que no esté a su gusto. Por eso, y por la bondad de todos sus componentes. El punto de picante en que lo sirven es suave y moderado.

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Todo lo contrario que las enchiladas de carnitas de pato con salsa de pipián verde, un hermoso plato de color brillante, al que el sabor del pipián da un toque potente que combina perfectamente con la rotundidad del pato. Los sensibles al picante deberían abstenerse.

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Los tacos de chorizo verde, queso San Simón y salsa molcajeteada (hecha en molcajete, el mortero de piedra volcánica que usan los mexicanos para machacar) de chiles toreados, tienen un delicioso sabor a chorizo convencional pero, en este caso, a uno desconocido para nosotros porque es verde, gracias al uso en su condimentación de diferentes chiles. El acompañamiento del excelente queso gallego elegido es todo un acierto y es tan delicioso como la salsa del molcajete.

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Lo mismo sucede con los tacos de buey gallego con salsa norteña. Aquí predomina el sabor de una carne sobresaliente, madurada durante noventa días y cuya intensidad aguanta perfectamente la salsa que los enriquece.

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No es fácil encontrar, ni siquiera en México, el tuétano asado, al menos uno tan excelente como este. También se come en España, pero aquí le faltan las tortillas o algún aditamento que le reste grasa -ya lo comentamos al hablar de La Tasquita de Enfrente– por lo que resulta demasiado empalagoso. Por eso aquí, la mezcla con la tortilla y la ensalada de hierbas lo aligera y mejora notablemente, convirtiéndolo en un plato sobresaliente.

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Para acabar hay algunos postres, pocos, pero es que ese es el punto más flaco de esta cocina llena de sabores y matices, pero de pocos dulces notables. La cajeta (dulce de leche) en tres texturas es agradable, pero sólo apta para los muy golosos porque es tremendamente empalagosa y ello a pesar de estar suavizada por polvo de pistacho, obleas crujientes y una crepe.

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Así acaba una excelente cena en un lugar imprescindible, el único mexicano con estrella de Europa, un maravilloso embajador de su cocina, con servicio abundante y profesional y multitud de detalles que justifican un elevadísimo precio.

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