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La Tienda (de los horrores)

La Virginia es una extravagante y bella urbanización de Marbella que, a unos pocos cientos de metros del mar, parece un pueblo andaluz del interior. Se trata de un parque temático del andalucismo carmelita – carmelita de Bizet, no de Santa Teresa– plagado de callejuelas estrechas y empedradas, fuentes rumorosas, ventanas enrejadas y paredes encaladas cubiertas de geranios y buganvillas. Al fondo de una callejuela empinada hasta se yergue una pintoresca iglesita. Un pueblo en el mar, pero que ignora la playa e incluso se esconde de ella. O sea, extravagancia -no exenta de belleza- de manual.

Paseando por tan singular pueblo nos topamos con un pequeño restaurante, muy incongruente allí porque es francés y con aires de bistró. Muy bonito y acogedor y con una carta llena de especialidades francesas en entorno tan andaluz. Claro que fueron los franceses los que sentaron los estereotipos del andalucismo cañí…

Nunca lo hago -carecer de referencias previas e improvisar- pero en mi incesante búsqueda de lugares nuevos para ustedes, decidimos entrar a cenar. Sofás corridos rojos, paredas repletas de pequeños cuadros, bonita vajilla y muchos detalles encantadores. Además, un chef argentino cuya esposa nos informa que él es Cordon Bleu y ella parisina de pura cepa, aunque las malas lenguas marbellíes afirman que es parisina de Europa del Este. Por tanto, todo encantador, como ya digo. Salvo la comida…

La sopa de cebolla (con el pan con queso gratinado aparte) es de una flojedad impresionante, ya que el caldo es insípido y sin fuerza. Le falta consistencia cárnica, fundamento, que diría Arguiñano.  La ternera está dura y correcto y sabroso, aunque algo seco, el confit de canard -que recomiendan como la gran especialidad-, pero lo peor es el engrudo al que llaman puré de patatas. Ese mismo que ahora está de moda nuevamente y que dominan Juanlu, Ramón Freixa, Javier Aranda y tantos otros. Si Robuchon levantara la cabeza…

Todo ha tardado mucho, muchísimo, aunque esta noche solo hay diez comensales, pero la palma se la lleva el suflé. Pedido desde el principio de la cena, tarda más de cuarenta minutos y, claro, se ha pasado de cocción y carece de la ligereza y la esponjosidad requeridas. Con todo, lo mejor de la cena, porque lo más surrealista es la postcena.

La probable parisina, con muy poca intuición, porque ya debería haber notado las caras y los platos inacabados, pregunta qué tal todo. Suavemente le damos nuestra opinión, cosa que no le gusta nada a juzgar por su mohín. Para destensar, le damos recuerdos de un amigo a quien conoce y al que no hemos mencionado antes por ser demasiado famoso e influyente. Finge no saber de quién se trata. Pero se hace la magia y al día siguiente parece que lo recuerda porque sabemos de un whatsapp “defensivo” (y ofensivo) en el que nos pone de snobs para arriba e inventa una cena en la que nosotros no estuvimos.

Su marido sin embargo, pide disculpas a mi acompañante. Pero no acaba ahí la cosa, porque ella en el primer mensaje se ensañaba sobre todo con él. Debió de averiguar después que también era conocido e influyente, así que, ni corta ni perezosa, le escribió por Facebook, esta vez poniéndome verde mi…

Jamás me había pasado algo así. Casi me da miedo y sufro además por el equilibrio mental de la bella mujer. Por eso, les recomiendo encarecidamente que no vayan; también porque todo es torpe, grosero y nada profesional. Si me desoyen y lo hacen, acudan con un psicólogo. O con un abogado. Aunque sea de oficio…

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El héroe discreto

Paco Ron es un silencioso héroe de la cocina. Su historia de hombre hecho a sí mismo demuestra que lo importante es ser fiel a los propios principios y al trabajo callado y constante, pero prueba también la falsedad del coaching y de esos mensajes televisivos que afirman que tus límites están en el cielo, que basta con proponérselo y sandeces semejantes. A veces, en la vida, la iniciativa, el esfuerzo y el tesón no se recompensan con la gloria, pero sí con el respeto por uno mismo y con el prestigio ante los demás.

Paco Ron es, ya queda dicho, un hombre hecho a si mismo, asturiano de vocación y multirregional de formación porque trabajó en variadas cocinas españolas, desde la de los Roca hasta la de un armenio o un humilde italiano. Con todos esos conocimientos volvió a la aldea de su padre, Viavélez, 70 habitantes, y allí montó su restaurente. A pesar de estar escondido entre valles inaccesibles y de la pequeñez del lugar, su calidad atraía a gastrónomos de todas partes y hasta consiguió la proeza, al menos en España, de, en estas condiciones, ser galardonado con una estrella Michelin, en 1.998. Pero lo que era admiración los fines de semana se convertía en incomprensión el resto de los días, porque Paco practicaba una cocina de cierta audacia y sus parroquianos estaban atados de por vida al chuletón y a la merluza a la sidra.

Así que, emprendedor y luchador como es, tan silenciosamente como siempre, creó en 2005 en Madrid el, cómo no, restaurante Viavélez, un lugar escondido, elegantemente sencillo y lleno de pequeños refinamientos. Ahí sigue luchando con la crisis y la incomprensión, ahora de los madrileños, que no pueden resistirse a su cocina asturiana más tradicional. Poco a poco ha ido dejando los platos más arriesgados optando por la tradición, pero el cliente manda y tiempo habrá de resucitarlos. Paco es un luchador y tarde o temprano, unirá al elogio de la crítica y al respeto de sus compañeros, los de un público más avanzado.

Mientras tanto, prepara la mejor cocina asturiana de Madrid, por mucho que los laureles se los lleven locales tan banales y de escasa calidad como El Paraguas, ese comedor colegial de cocina industrial y despersonalizada que provoca desmayos gustativos en la burguesía madrileña menos sofisticada gastronómicamente. La barra del piso de arriba cuenta con excelentes conservas, un gran jamón, un excelente pulpo en vinagreta y, sobre todo, con un excelso salpicón de bogavante que no siempre hay, sólo cuando encuentra crustáceos que lo merezcan.

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También en el restaurante se pueden degustar estos platos, como las croquetas con las que comienza el menú asturiano que sirve los domingos, un banquete solo al alcance de un Obélix o… de un asturiano. Y si creen que exagero, ¡vean! Primero las mencionadas y deliciosas croquetas de jamón, como deben estar, churruscantes y doradas por fuera y cremosas y suaves por dentro.

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A continuación llega un emberzao, guiso típico del oriente asturiano a base de berza, morcilla, cebollas y torta de maíz. Aunque no se note por muchos, aquí se moderniza al deconstruirlo disimuladamente, lo que le quita contundencia y fortaleza, algo que se agradece.

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La fabada de Viavélez es, como decía, más que excelente y se logra, como todo el mundo sabe y pocos consiguen, a base de fabes perfectas, las mejores carnes y embutidos y una cocción lenta y amorosa. Pero no sólo, cuidando de nuestro estómago y, sobre todo, de nuestro buen gusto, la desgrasan suficientemente para que no sea una bomba calórica y un monumento a las grasas saturadas.

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Como plato fuerte (¿fuerte? ¿De verdad?) se puede elegir entre arroz con pitu o cachopo. El pitu, menos conocido fuera de Asturias, es una deliciosa gallina del Principado que aquí da densidad y aromas fuertes y embriagadores a un caldo en el que se cuece un arroz de potentisimo y delicioso sabor.

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El cachopo se hace en más lugares (San Jacobo, flamenquín, Cordón Bleu, etc) pero solo en Asturias se le rinde culto. Parece que los entendidos recorren grandes distancias para descubrir el mejor. Yo no soy experto en cachopo, imposible, pero este me parece realizado con una carne tierna y finísima, un muy buen relleno de jamón y queso y un empanado, como el de las croquetas, ¿se acuerdan?, dorado y crocante. Los que se desplazan, deberían desplazarse…

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Para acabar, para quien pueda, y recomiendo que puedan, un arroz con leche como solo se hace en Asturias y como muy pocos lo hacen allí. El grano se nota -hay quien lo destroza convirtiéndolo en crema- pero se deshace, la leche está untuosa y cremosa y el leve toque de azúcar, dorado y crujiente. Si le preguntan el truco al artífice, no le dará importancia porque nadie hay más humilde con sus logros. Hablará apenas de la mejor leche, la amorosa y demorada cocción, la bendición final de la mantequilla o el regalo cristalizado del azúcar, pero solo él lo conseguirá así.

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Habrán comprobado que me gusta esta cocina, aunque soy tan poco dado a la popular, y que admiro al presonaje. Es así. Tanto que le he robado a Vargas Llosa el título de su último y olvidable libro y lo hago porque, como él, creo que en esta sociedad del falso éxito y de la efímera fama -que no reputación-, estamos muy necesitados de ensalzar a los héroes que todos los días, silenciosa y humildemente, ponen en marcha su negocio, son fieles a su ilusión, trabajan denodadamente en su pasión y, para no dejar de respetarse a sí mismos, se levantan y pugnan una y otra vez. Así que, larga vida a los grandes héroes.

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