Buenvivir, Diseño, Gastronomía, Restaurantes

Tres très cool en la ciudad plus chic

20140310-182625.jpg

20140310-182527.jpg

Imágenes de Monsieur Bleu

París es un escenario. Es difícil saber si tan bellos envoltorios esconden la podredumbre o la ruina, pero el exterior es siempre tan bello y equilibrado como los sueños felices. Las fachadas de París, coronadas por mansardas picudas y festoneadas por balcones de retorcidas filigranas, son una visión incomparable; al igual que sus parques públicos, poblados por setos de formas imposibles, sus rejas de lanzas doradas, sus fuentes suntuosas y sus estatuas a cualquier cosa. Tanta elegancia finisecular y un mito cultivado por la literatura y el cine, atraen a multitudes de todo el mundo.
Hay lugares tan bellos como París y tan de moda, que rápidamente desaparecen. Como la rosa, como todo lo bello, pronto se marchitan, pero mientras se abren ante nuestros ojos, bien vale la pena disfrutarlos. Después como decía Wordsworth en Esplendor en la hierba, «la belleza subsiste en el recuerdo».
En este mismo momento, el lugar de moda, el restaurante donde ver y ser visto, es Monsieur Bleu, un imponente recinto en el Palais de Tokyo, centro de arte contemporáneo cuajado de propuestas interesantes. La altura de los techos intimida y la mezcla de mármol, maderas y piedra en forma de colosales bajorrelieves forman un escenario único. Si a eso le añadimos la belleza y elegancia de los clientes, la experiencia no puede ser más interesante, al menos para quién quiera sentirse parte de una película o protagonista del próximo número de primavera de Vogue.
L’Avenue se está manteniendo más que una delicada rosa. Quizá tanto como una margarita silvestre, que brota y brota y parece siempre viva. Está situado en la calle de la moda, en el epicentro del lujo parisino, la Avenue Montaigne, muy cerca de la casa madre de Dior y de todas las grandes marcas que a lo largo de los años acudieron a su reclamo. Si pincha en el enlace y se va a imágenes verá que son muy escasas las fotos del restaurante. Lo que abunda son las de celebrities entrando y saliendo del local entre efluvios de perfume, restos de steak tartare y burbujas de champán, casi todas con un Birkin. Así que si quiere sentirse famoso por un día este es el mejor lugar. Para saber como arreglarse nada como ver las fotos sugeridas…
De la misma cadena que el anterior, la del celebérrimo y «megacool» Hotel Costes, es La Societé, situada como Monsieur Bleu, en otro histórico lugar. Comparte con él, el aroma racionalista y los materiales más nobles, en un alarde de riqueza discreta y lujo austero que sorprenden y encantan. Además, está en pleno barrio de las letras parisino, en la plaza de Saint Germain de Pres, en la que parece que Sartre y su banda de existencialistas pudieran aparecerse en cualquier instante. En cualquiera excepto los domingos, porque quizá morirían para siempre al ver el lugar tomado por las hordas de guapos chic, que las noches de los días laborables pueblan Monsieur Bleu y en las mañanas de los sábados, tras las compras o el paseo (no todos los que pueden comer, pueden comprar. Y viceversa) se enseñorean de L’Avenue.
Se verá que hasta ahora no he mencionado la comida de ninguno de los tres. Pues bien, es verdad. Es lo menos extraordinario de tan bellos lugares pero ¿siempre tiene exquisitos aromas la rosa? ¿O basta con su color y el más suave de los tactos? Aún así, todo es correcto, las pastas, las ensaladas que pueden ser de alcachofas con trufas o de espárragos en temporada, el famoso steak tartare servido con una deliciosas y sencillas patatas fritas o los pescados del día y las carnes a la parrilla. Ah, y en los dos de Costes una famosa tarta de queso en la que la galleta recubre todo y el queso semilíquido se esconde en los interiores.
En resumen, corrección y Gran Belleza, sí como en la película., esa que no hay que perderse y que agita las conciencias dormidas.
Y para terminar con este post de la frivolidad mundana, dos sugerencias, una culta y otra ultrachic: el aperitivo, mejor en el bar del Hotel Mandarin, este en la otra calle del lujo, la Saint Honoré.
La culta el poema de la nostalgia y la esperanza:

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello,
que en mi juventud me deslumbraba;
aunque ya nada pueda devolver
la hora del esplendor en la hierba
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse.
Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.

(William Wordsworth)

L’Avenue

20140310-182753.jpg

Hotel Mandarín París

20140310-182901.jpg

Estándar
Buenvivir, Diseño, Gastronomía, Restaurantes

Horcher: filosofía clásica

20140312-231922.jpg

20140301-210013.jpg

Horcher abrió en Berlín en 1904. El imperio austro húngaro aún gozaba de buena salud y Francisco José I -famoso en la era del espectáculo por ser el displicente marido de la emperatriz Isabel, Sissí para el siglo- estaba hecho un pimpollo. Bueno, más o menos… Aún faltaba un decenio para que la guerra arrasara el reinado del buen gusto de la belle epoque y para que el «finis Austriae», que describió Joseph Roth, cambiara para siempre Europa. Alemania, también imperio, alimentaba sus anhelos expansionistas entre la exuberancia cultural, los cabarés y los platos de caza.
Esas ansias acabaron con la cultura, la música y hasta los platos, fueran o no de caza. Justo en ese momento, en plena guerra europea, posguerra española, abrió la sucursal madrileña. Corría el año de 1.943. Malos tiempos para Europa, pésimos para España.
En un erial de pobreza, violencia y barbarie los lujos de este bellísimo restaurante, que se esconde del Retiro entre vidrios emplomados, debían resultar una paradoja, una obscenidad delirante.
Felizmente llegaron el desarrollo, la paz y sobre todo, la libertad, consagrando a Horcher como el mejor lugar para festejarlas. Celebrarlas sin olvidar el pasado, no vaya a ser que vuelva.
La elegancia del ambiente, sus mullidos terciopelos rojos, el tintineo de los cubiertos de plata, el baile pausado de los camareros, las luces tamizadas por vidrieras y cortinajes durante el día y por el tililar de las velas en el crepúsculo, nos trasladan a un mundo que no era mejor, pero que poseía un gusto mucho mejor.
Aquí se mantiene todo ello, pero también las recetas de la clásica alta cocina centroeuropea y lo más espectacular de sus maneras: la costumbre de terminar -o realizar- los platos a la vista del cliente, con prensas de plata que extraen de las aves desde los jugos hasta su alma, sartenes de cobre que flambean o templan, hornillos dorados que lanzan llamas azules y doradas. Y todo, entre rumores de tenues conversaciones y miradas esquivas o… conspirativas.
En ese piélago de perfecciones no se entiende que las trufas de la ensalada de alcachofas no se laminen en la propia mesa, permitiendo que embriaguen, con su olor a bosque y a elfo, al comedor todo. Muy al contrario, llegan servidas en un ambiente de tristeza y tan tiesas como acartonadas. Tampoco me gustan en exceso los empanados ancient regime pero son los contrastes que realzan la felicidad, como el dolor que sigue al placer o las nubes después de una tarde de sol.
El resto es magnífico y sobre todo la caza, a veces excelsa. La perdiz con lentejas, mi plato favorito, ennoblece a la humilde legumbre al mezclarla con una tierna y deliciosa ave de campo exquisitamente aderezada. Sabores intensos, aromas fuertes, como los de la perdiz a la prensa, casi cocinada a la vista del cliente en un espectáculo único, y prensada en su presencia para aprovechar hasta el último perfume de su carcasa. Excelentes venados, recios patos, consistentes pichones, todo acompañado de dulces compotas de frambuesas y manzanas, purpúreas lombardas y esas patatas suflé que, rellenas de aire, son un invento mágico, sublime y prácticamente perdido. El goulasch, más húngaro que los cíngaros, es fuerte, especiado y revitalizante. Famosa la hamburguesa y ligero el carpaccio de venado con higos, aunque cualquiera sabe dónde están los higos. Mejor no los busque, porque quizá han volado al Mediterráneo.
El pastel de árbol es un gigantesco tronco de bizcocho que parece el de un árbol centenario. Cortado en finas laminas se sirve con una densa nata montada, un excelente helado de vainilla y salsa de chocolate negro, negro como la pena negra.
Las crepes suzette con helado de vainilla son de las que ya no quedan por el mundo y sólo su alcohólico aliento supera al placer de ver su preparación.
Como se puede imaginar, tanto baile, tanta plata, tanto cojín a los pies de las señoras y tan deslumbrante puesta en escena cuesta un ojo de la cara pero ese es el precio del gran lujo, de la excelencia y de esta clase de sueños.

20140312-232040.jpg

20140312-232014.jpg

Estándar
Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes

La dulce decadencia de Zalacaín

20140309-124019.jpg

El restaurante Zalacaín se fundó a principios de los años 70 con el ánimo de convertirse en el más elegante de Madrid. Ciertamente lo consiguió. Ya existían Horcher y otros muchos de la llamada alta cocina clásica (aún estábamos en la prehistoria franquista, sin vislumbre de vanguardia y modernidad) hoy todos desaparecidos; no sólo Jockey, también algunos de nombres tan rimbombantes como Las Lanzas, Breda o Ruperto de Nola. No desearía que Zalacaín siguiese el mismo camino de extinción que aquellos, pero su imparable decadencia le augura un futuro incierto.
Su cocina, adocenada y anodina, es incapaz de captar nuevos clientes y los antiguos también van desapareciendo. Sólo el apacible ambiente y el excelente servicio son el pálido reflejo de su antiguo esplendor. Los mediocres platos sólo son empeorados por la irresistible fealdad de sus cuadros, unas torpes telas de pésimo gusto y nulo valor artístico.
Ni siquiera está claro que siga siendo un restaurante de alta cocina, a no ser que así se consideren unos pringosos callos o una rudimentaria y pueblerina perdiz con garbanzos.
Tuve que devolver una triste ensalada de langostinos, judías verdes, lechuga y escarola porque su exceso de sal era un atentado contra la presión arterial. Y eso por no hablar de la banal mayonesa que utilizan como aliño, un canto a la zafiedad y a las grasas saturadas. La salsa de la menestra se engorda artificialmente, abusan de los fritos centenarios, las patatas suflé empalagan por lo aceitosas y la tabla de quesos no es tal, porque es mucho menos variada y más banal que la del super del barrio: brie, manchego, cabra y roquerort. Nada más, sin posibilidad alguna de elección; y eso, en un antiguo tres estrellas Michelin.
En fin, todo muy triste y de muy cortos vuelos. Todo menos los elevadísimos precios. Esperemos que si no son capaces de volver al perdido y añorado esplendor, sigan dormitando en esta dulce decadencia, porque Madrid necesita también de lujo clásico. Sin embargo, todo parece indicar que han emprendido el camino de la perdición.
¡Descanse en paz!

20140225-213207.jpg

Estándar
Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes

La princesa descalza

20140306-144548.jpg

20140306-144623.jpg

La cocina colombiana es la gran desconocida de América. Quizá sea porque confinada en sus fronteras, no ha sabido adaptarse a la modernidad, como sí han hecho la mexicana y la peruana, las dos reinas indiscutibles. Cierto que no posee la variedad imaginativa y la exuberante riqueza de aquellas, pero sí atesora complejas recetas ancestrales, múltiples acentos regionales y una gran cantidad y calidad de productos: jugosos caracoles de mar que se llaman piacuil, sabrosos tubérculos denominados achín, bulbos apellidados tucupí, picantes y crujientes hormigas culonas y otras muchas rarezas como chiripiangua, achiote, piangua, pipilongo o cronopio.
También hay decenas de variedades de patata y millares de hierbas locales.
Sí la cocina colombiana es como una princesa descalza, Leonor Espinosa es su alquimista.
Al frente de su restaurante Leo cocina y cava ha emprendido una titánica tarea de recuperación, modernización y fusión de las cocinas colombianas, francamente interesante. Sólo actualización soft, porque sabe muy bien que la mayoría de sus clientes son refractarios al cambio, cosa frecuente en todo el mundo. Aquí mismo, en la tierra de la vanguardia culinaria, muchos españoles no quieren salir de los callos, los potajes y las torrijas. Se trata pues de una puesta al día respetuosa con la tradición y que reinventa los platos mezclando ingredientes de varias recetas, sazonándolos con audacia e incorporando inteligentemente nuevos elementos; todo ello con una prudencia que no desconcierta a su público. Más fusión que vanguardia, por tanto.
Su bonito restaurante de altísimos techos y ojos de buey que lo inundan de luz, se halla en una casa popular del centro antiguo de la cuidad, un maremágnum de calles atestadas y abigarradas que evoca la Bogotá de otros tiempos, cuando Colombia no era un país emergido, quizá ni siquiera emergente. En esa Bogotá de los bulliciosos puestos callejeros, los vendedores de flores y frutas multicolores y los circunspectos colegiales vestidos con uniformes oscuros, la Leo, como todos la llaman, es la sacerdotisa de este heroico intento. Mujer autodidacta, vital, de aspecto apasionado como volcán y fuerte como la naturaleza de estas tierras inclementes, nos pasea por todo el país a través de sus sabores, africanos, indígenas, criollos…
La ensalada de lechugas, frutos secos, remolacha y batata a la miel de cidrón estalla en colores y texturas, el cono con crema de jaiba sobre un dulce cilantro cimarrón es una inteligente mezcla de dulces y salados, cremosos y crujientes. Son sabrososimas las carimañolas, una especie de croqueta de yuca, rellenas de conejo ahumado y acompañadas de aji tucupi del Amazonas y suero costeño, dos salsas de un piadoso picante.
El salmón ahumado con cremoso de yacon (tubérculo parecido a la yuca) y brotes de manzana cítrica es una mezcla tan original como vistosa, aunque no menos que la que compone el caracol de mar sobre bolo de mazorca y cremoso de cebolla junca.
El chicharrón de calamar, está algo rígido pero lo compensa una deliciosa salsa de papa criolla y hierbas de azotea (un atadillo del Pacífico Sur).
Las hormigas culonas recubren un muy crudo atún, dotándole de una costra picante y crujiente en la que no se adivina el insecto. Gracias a dios…
Los postres no están a la altura, pero tampoco desmerecen demasiado el conjunto: el bizcocho de cacao santanderino rezuma harina y la crema de arazá (una bella fruta color magenta) que lo recubre se come todos los sabores. El helado de plátano maduro con arequipe, la versión local del dulce de leche, es tan agradable como banal pero todo es divertido, colorido y, para un extranjero, absolutamente exótico.
Pero la cosa no acaba ahí, siempre queda una sorpresa, esta vez en la forma de un café silvestre que nace entre limoncillos y cañas de azúcar y regala un sabor delicioso, entre picante, ácido y especiado. Al parecer el primer café afroamericano de Colombia.
¡Vivir para ver!

20140306-095659.jpg

20140306-095744.jpg

Estándar
Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes, Sin categoría

El marqués de Valflor, rey del cacao

20140227-175233.jpg

20140221-215912.jpg

Hoy, un dos en uno, un bellísimo hotel y un excelente restaurante.

Encontrar grandes hoteles históricos en Portugal, no tiene mucho mérito, está lleno. Hallar un buen restaurante es más difícil. Parecerá sorprendente, porque muchos afirman que la cocina portuguesa es magnífica. Puede ser verdad si se gusta del buen producto o de cocina popular y nada evolucionada en general y más en particular de bacalao, patatas, cebollas y guisos contundentes. Pero si lo que se busca es la estilización de la cocina tradicional, al modo de lo hecho en Francia o España, o simplemente, alta cocina, la cosa se pone muy muy difícil porque Portugal es la tierra del tradicionalismo y la prehistoria gastronómica.
El Pestana Palace es el antiguo palacio del marqués de Valflor, rey del cacao a principios del siglo XX, gracias a sus inconmensurables posesiones africanas. El marqués, hombre hecho a sí mismo y ansioso por «épater le bourgeoisie» se construyó un palacio a la medida de sus fabulosas riquezas abrazándolo con una jardín lleno de árboles, plantas y flores traídas de todo el mundo. Los artesanos portugués e se mezclaron con los que llegaron de Italia, Francia y España. El mejor en lo suyo era llevado para pintar frescos, tallar molduras, emplomar vidrios o pulir mármoles. El resultado, un panegirico al lujo y a la belleza, una belleza demasiado ostentosa a veces, pero tamizada ahora por el paso del tiempo.
Todo el restaurante esta abierto a los jardines desde dos salones, el azul y el rojo, por la mañana cuajados de luz y en las noches iluminados por la tenue y dulce luz de las velas. Grandes vajillas con el escudo del marqués, cuberterías de plata, flores frescas y manteles de hilo conforman un perfecto y romántico ambiente de otro siglo.
La cocina no desmerece el lugar aunque no lo alcance y realiza un notable esfuerzo por modernizar sutilmente las contundentes recetas portuguesas. Tienen un buen foie casero con pan de especias y una deliciosa y portuguesísisma compota de calabaza, un excelente bacalao con grelos y batata, buenas y tiernas carnes mirandesas y las mejores trufas de chocolate negro que se pueden encontrar, tanto que invitan a pedir más cuando llegan con el café. Se puede hacer, porque el amabilísimo servicio de todo el hotel está entrenado para complacer al cliente en sus más mínimos deseos. Como debe ser!
Para enamorados que quieren enamorarse más, para desenamorados que quieren darse una oportunidad, para enamorar y enamorarse o para quién no está enamorado pero querría estarlo.

20140301-205123.jpg

20140301-205214.jpg

Estándar
Buenvivir, Gastronomía

Un lujo a su alcance

20140223-221853.jpg

Puedo entender que Cataluña sea meca de la gastronomía mundial, pero no que las multitudes no se agolpen ante las puertas del barcelonés hotel Omm para poder comer en su restaurante Moo, regentado por los hermanos Roca, el mejor equipo gastronómico de España. Lo que en el Celler son precios a la altura de un tres estrellas Michelin, aquí es pura moderación y el menú de mediodía, un verdadero festín, cuesta 45€; incluye una copa de buen vino, café y agua.
Tienen hasta show cooking y los cocineros acaban los platos a la vista del cliente. El espacio es elegantemente frío y el servicio atento y profesional.
Contaré algo del menú que probé en mi última visita (abajo lo apunto entero para los más atentos) y que incluía la celeberrima tortilla de Joan Roca, esta vez de butifarra blanca y ceps, un alarde de técnica y originalidad. Se trata de una tortilla convencional pero con entrañas liquidas. Una sorpresa y una explosión de sabor y texturas. El civet de jabalí emparenta con los sabores fuertes y rotundos de la cocina ampurdanesa y con la mejor tradición clásica de la francesa. Los aperitivos fueron también excelentes.
Menos acertados la versión de la crema catalana, con exceso de pastas (galleta y bizcocho) y los panes: el de vino y pasas daba algo de miedo, así que no lo probé, el de queso y cebolla tenía demasiada del lacrimógeno bulbo y el de malta resulta algo seco.
Es curioso fallar en lo más pequeño, pero es más que disculpable y se olvida con facilidad. Lo que sorprende por su falta de tacto es la exacción coactiva a la que nos somete la propietaria, incluyendo en la cuenta una donación «voluntaria» para una ONG. Coactiva porque hay que tener muchas agallas para pedir que la retiren. Tantas como caradura para ponerla en el precio. Pero así son las originalidades Tragaluz.

MENÚ:
Aperitivos: bombón de Campari con fresa, grissini de camarón y ajo negro, brioche de cochinita, patata brava y foie con mandarina y boniato.
Gigala con coco, zanahoria y citronela.
Tortilla de butifarra y ceps.
Civet de jabalí.
Crema catalana con helado de sanguina y limón.
Pequeños dulces: gelatina de fresa y gengibre, plátano y trufa de whisky.
Agua Numen, viña Tondonia blanco 2008, Chateau Le Bocq 2004 y café.
Precio 45€, 53€ con la copa de vino tinto adicional.

20140225-225012.jpg

20140218-154606.jpg

Estándar
Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes

Ana non sancta

Hay una sola cosa en la que la cantina Ana la Santa no se parece a un comedor escolar: es mucho más ruidosa. El resto es muy semejante: la rudeza de un servicio que arroja las cosas sobre la mesa, la vulgar acumulación de comida en los platos, la zafiedad del menú y sus dimensiones de hangar.
Resaltan por su desacierto una merluza de espeso rebozado cubierta por una lánguida lechuga, unos calamares fritos, realmente correosos, acompañados de un espeso engrudo y una pan áspero y rugoso que evoca los mendrugos de la postguerra. En la edad de oro de tónicas y gin tonics, no hay que pensar mucho, sólo disponen de la arcaica tónica Schweppes.
Es alarmante la evolución madrileña de la «familia Tragaluz». Desde la inanidad del Tomate, taberna para vanidosos venida a menos, subieron un escalón con el aseado Lucy Bombón, para despeñarse después en este homenaje, sólo para turistas, a la España del ajo y la fritanga, que puede acabar con nuestra reciente reputación de Olimpo gastronómico.
Un lugar para evitar.

20140221-082444.jpg

Estándar
Buenvivir, Diseño, Gastronomía, Restaurantes

Miami vice

20140508-153803.jpg

Érase una vez un restaurante al que los chicos acudían en camiseta y con relojes de al menos 30.000$ y chicas de curvas vertiginosas vestían elegantemente de cintura para arriba; porque por debajo nada llevaban, exceptuando aparatosos Loboutine y alguna insignificante franja de tela sobre los muslos. Al brazo, un Birkin o algo más «low cost» de Prada o LV. Unos llegan en poderosos deportivos, otros atracan barcos en la misma puerta.
Pueden ser magos de las finanzas, modelos o no, gurús de internet o narcotraficantes, pero poco importa. Estamos en Miami y en un templo del exceso, un excelente restaurante bendecido por la moda: Zuma.

20140508-153950.jpg

Siempre está bien pero aconsejo el brunch porque la gigantesca barra incluye especialidades japonesas y todas sus variantes mix: mex, californiana, peruana, etc. Ostras, cangrejo real, empanadillas, rollitos, pastas, sushi, nigiri, sashimi, salmón teriyaki, un delicioso entrecot y alguna cosa más para quien guste menos de lo japo.

20140508-154156.jpg

Todo excelente. Lo occidental está en el vaso: mejores Bellinis que en Venecia, alegres Bloody Mary, champán rosado o Martini de lichis.

20140508-154350.jpg

Se llega al postre sin casi reparar en el plato, tanta es la belleza circundante, pero aparece esa gigantesca torre de hielo, cubierta de tartas, cremas, macarrons, sorbetes y helados, y ya no se sabe donde mirar, si a las esculturas vivientes o a ese desbordante homenaje a la decadencia del Imperio Romano.

20140508-154447.jpg

Y es que Zuma es, como todo en Miami, pura desmesura. Barato (95$ con bebidas la versión «economy class») no es, pero vale la pena porque después se puede pasar un tiempo sin comer, alguno más sin ir al cine y bastante, teniendo los más dulces sueños.

20140508-154635.jpg

20140217-171408.jpg

Estándar
Gastronomía, Restaurantes

No pasar (La Huerta de Tudela)

No puedo hablar de la cocina de La Huerta de Tudela, la apoteosis del mal gusto. Si te colocan en el comedor de arriba es para salir corriendo, pero si pretenden hacerlo -y lo pretendieron- en ese maloliente sótano, que sólo vale para almacén o mazmorra, mejor demandarlos a Sanidad. No los demandé pero salí corriendo.

Estándar
Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes, Sin categoría

laKasa: más bistrós y menos tascas

20140221-203046.jpg

Sobran en Madrid tascas y faltan restaurantes de barrio en los que el refinamiento se alíe al buen precio. Así es LaKasa, un lugar donde beber desde una sidra bretona a un tinto del Duero portugués pasando por numerosos caldos elegidos con originalidad y mimo.
Acompañan a setas en escabeche con aroma a campo, zamburiñas sobre verduritas asadas o sabrosos mejillones con un perfecto punto picante. Excelentes platos de caza, en especial, la torcaz al curry, una combinación perfecta. Los imprescindibles quesos llegan desde un afinador francés que borda el Brillat Savarin y el Comte.
Me ha faltado el solomillo Wellington y me ha sobrado ese negro ambiente que tanto gustaría a Batman. LaKasa no lo merece.

Estándar