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Oda al tomate

Ya le dediqué una oda a la alcachofa, como Neruda y, como Neruda también, le dedicaré una oda al tomate, al menos al tomate según Freixa, esa esfera que, según el gran poeta chileno, es «astro de tierra, estrella repetida y fecunda» y, según yo, uno de los grandes hallazgos de un gran descubrimiento, el de América, que además nos trajo todo un mundo de olores y sabores: chocolate, mangos, papayas, piñas, ajíes amarillos y rojos, chile guajillo y habanero y, cómo no, esas maravillosos suspiros púrpura que son los tomates. 

Xīctomatl para los aztecas, manzanas de oro (pomo d’oro) para los italianos y manzanas de amor para los franceses (pomme d’amour), muy pronto se convirtieron en alimento cotidiano en todas partes de Europa. Y es normal porque los tomates saben a primavera, se visten de colores arrebatadores y ensalzan cualquier acompañamiento, humildemente pero sin perder un ápice de su personalidad. 

Alguien tan refinado como Ramón Freixa participa del culto al tomate y cada año le dedica un excelso plato que es un anuncio del verano. Recetas aparentemente sencillas pero siempre complejas, refrescantes, vistosas, a veces muy bellas y que, siendo sumamente respetuosas con el fruto, lo someten a muy diferentes expresiones

Ya se ha hablado mucho en este blog de la cocina de Freixa, pero menos de sus originales modos, porque compartiendo con la modernidad la multitud de platillos y preparaciones de los menús degustación, mantiene la estructura de siempre: primero, segundo y postre. La diferencia está en que aquí se separan las antiguas guarniciones convirtiéndolas en platos independientes que por sí solos podrían convertirse en protagonistas, y ello se verá cuando les hable de su otro rey del verano, el salmonete, y de la fideuá que lo engalana. 

Los aperitivos siguen siendo soberbios, arrebatadores los cucuruchos de camarones que se come todo (envoltorio comestible a base de obulato) 

 y excelente el salmón ahumado al momento, tanto que llega entre volutas de humo vegetal que embriagan con sus aromas a madera. El toque de pera le otorga dulzor y frescura. 

El pancake de lentejas con pastel de cabracho se sirve sobre un lecho de  lentejas germinadas y es un guiño original a la nouvelle cuisine española que hizo del pastel de cabracho un clásico imperecedero que pronto desapareció para siempre… Recuperarlo y renovarlo es una gran idea.

Hay más cosas –pan tumaca con salchichón, piedras de queso manchego, esturión con huevas vegetales, etc- y todas deliciosas, pero  nada como esos tomates que son el leit motiv de este post y que llegan en cuatro pasos: una ensalada que combina diferentes tipos y variadas texturas y además las mezcla con algo de melón, chips de jamón y unos excelentes tallarines de lo mismo construidos con gelatina, una mezcla que pone todo el verano en un plato! 

  

Nadie podrá decir que no es una composición hermosa pero no es más que preparación mental para una auténtica belleza, la del pescado azul escabechado en directo con su raspa, que combina una excelente caballa marinada con un crujiente y un tomate perfecto que es un gran engaño, porque es una esferificacion que, al estallar en la boca, la llena con todos los jugos del producto.  

 El tomate en dos estados: asado en barricas de Bourbon y líquido con pimienta de Java, es un clásico de los tomates de Freixa que ya se come hasta en el Palacio Real, aunque ahora florece orgulloso y embriaga con sabores ahumados, a madera y a vinagres añejos.

 Pero no es todo, aún falta una deliciosa gyosha de gambas sobre un crujiente de tinta que esconde un muy refrescante tartar de tomate que aligera el resto y recuerda tantos y tantos almuerzos veraniegos al borde del mar a base de marisco y ensalada. Como siempre en Freixa, aparece la memoria popular mediterránea, pero idealizada por el buen gusto.  

 Si los tomates, aunque americanos, son base de la dieta mediterránea, los salmonetes son uno de sus pescados fetiche. Más bellos que las sirenas en su cola de plata y corales escarlata, son la aristocracia de nuestros peces. Los de Freixa, grandes y suculentos, reposan sobre una espectacular crema de algas, la primera que me gusta verdaderamente, ya que la tendencia es poner algas crudas en la boca por lo que su sabor es fuerte y en general, demasiado tosco. Estas se enriquecen y suavizan con otros ingredientes, como judías y almendras tiernas, que las domestican y refinan notablemente. 

 Los acompañamientos son verdaderos platos independientes, grandes platos, como una perfecta fideuá con torreznos, de gran punto y perfecto sabor. 

 El tiradito de melocotón con su hueso comestible le da un punto dulce y refrescante al pescado y el hueso es otro delicado trampantojo que, en esa audaz ruptura de las normas tan de la cocina actual, bien valdría como postre. 

 Los finales de Freixa siempre son intensos porque es un gran repostero. El profirerol de rosa y pepino encurtido es una vuelta de tuerca a un postre que se ha banalizado hasta el extremo y que, como en el caso del cabracho, aquí se recupera y se reinterpreta. Es igual pero es diferente, en frase que parece una de las paradojas de Pessoa

 La cuajada de chocolate blanco y ruibarbo es otro dulce con personalidad propia y vocación arquitectónica, una de las cimas estéticas de la carta. Basta con ver la fotografía para saber lo que digo. 

 Ramón Freixa es tan hijo del Mediterráneo como Neptuno, pero solo cuando ha empezado a vivir en el exilio del mar ha desarrollado, en la imaginación y la añoranza, una colosal cocina marina, salobre, estival y de inspiración popular que nos lleva a las costas catalanas en un viaje del paladar, la vista y el pensamiento. No hay más paraísos que los perdidos –Proust– y para Freixa la pérdida de ese edén de mares, playas y luz dorada se ha convertido en un acicate para convertir a Madrid en puro mar. 

Ramón Freixa                                   Calle Claudio Coello 67                 Tfno. 917 81 82 62

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Oda a la alcachofa

En su Oda a la Alcachofa, el maestro Neruda no habla de Cynara, la bella muchacha que enamoró a Zeus. Enamorar al dios no era difícil porque padecía de enfermedad amatoria y por eso perseguía ninfas, musas, diosas, sirenas, náyades y hasta simples mortales, transformándose ora en cisne (para Leda), ora en toro (para Europa), ora en lluvia de oro (para Dánae). Pero no sólo; también lo hizo en otro hombre –Anfitrión- y en algunas cosas más que se pueden descubrir en Las Metamorfosis de Ovidio. Enamorarle, como queda dicho, no era difícil pero sí huirle (de ahí las metamorfosis) y mucho más, abandonarle. La pobre Cynara así lo hizo y la venganza del dios a ella la arruinó, pero a los humanos nos enriqueció con el regalo de la alcachofa, porque en eso la convirtió. 

De la alcachofa es bello hasta el nombre y mucho más si en andaluz se dice: alcaucil.

Después de esto no me hará falta decir que yo también me enamoré de Cynara (su nombre científico), de la comestible, claro, que a la otra no llegué a conocerla. Rebosante de cualidades nutritivas y medicinales, bella e hipocalórica, combina bien con todo (foie, marisco, bechamel, rebozados, etc), pero como todas las bellas, es sin afeites como mejor resulta, levemente cocida, cuidadosamente salteada o frita en un dorado y ardiente aceite. 

Tan simple como una alcachofa es La Manduca de Azagra, el templo madrileño de las verduras y el mejor lugar para comerla. Madrileño porque aquí esta, pero navarro en la realidad, porque es una embajada de aquellas tierras ubérrimas, una de las grandes huertas de España y del mundo. Su culto a la hortaliza hace que hasta en los floreros reluzcan.

 

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A partir de ese comienzo floral, todo se agranda porque no hay lugar donde las verduras sean más hermosas y sabrosas que en este, donde menos se manipulen y más se respeten, desde un sabrosisimo y purpúreo tomate, como ya no hay

 

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hasta esos pequeñísimos y deliciosos corazones de alcachofa de los que se come todo, tal es la delicadeza de sus hojas. Alcachofas excelsas, tan sólo hervidas o simplemente fritas, porque otra cosa las disfrazaría como a una bella dama embadurnada de pinturas.

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También son excelentes los cardos, las borrajas, los espárragos, los pimientos de cristal y los hongos, ya sean salteados o en revuelto. La menestra es sobresaliente y cualquier verdura es perfecta, no sólo por su tratamiento sino, sobre todo, por su calidad, ya que cada una se elige primorosamente en su propia huerta por los propietarios, Juan Miguel Sola y su mujer Anabel, una pareja hospitalaria y cariñosa que recibe como si el restaurante fuera una acogedora y espaciosa casona navarra.

 

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No digo yo que las carnes (vilagodio y solomillo, jugosos y tiernos) y los pescados (suculento el cogote de merluza, intenso y recio el besugo a la espalda) no sean excelentes. Todo es fresco, delicioso y está muy bien cocinado. Lo mismo ocurre con los postres (crocante, tierna y líquida la torrija). Pero siendo todo bueno, lo que hace grande a este restaurante y una meca para herbívoros son esas joyas verdes que bien valieron la metamorfosis de la muchacha, una más como Cynara y absolutamente unica como Alcachofa.

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