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Sandoval en el hotel Orfila

No sé si debería contarles esto porque cada vez hay más gente que me hace caso. Esto empezó para contentar a los amigos pero ya somos muchos y hay lugares que deberían permanecer en un secreto egoísmo. El Hotel Orfila es bastante secreto en realidad. Escondido en una muy recóndita y sombreada calle de Madrid, tan corta como elegante -fíjense que el comercio principal es el de las galerías de arte, solo hubo dos eso sí, no caben más-, cuenta tan solo con 32 habitaciones por lo que mucha mucha gente no lo conoce y creo que es mejor. En estos tiempos en que todo es masivo, los pequeños lugares deberían permanecer inmaculados.

Pero como soy bueno y generoso con mis lectores les voy a contar todo del brunch de este hotel que comenzó su historia como residencia de una aristocrática y culta familia, tanto que en su jardín no organizaba picnics sino representaciones teatrales. Allá por los últimos años del 1.800, la España de la reina regente y el pequeño y póstumo Principe Alfonso.

En ese mismo jardincillo -y en el barroco y coqueto comedor- se sirve el brunch que firma el gran Mario Sandoval (dos estrellas Michelin, por ahora…). En esta primavera que ya apunta verano es ideal tomarlo al fresco, bajo blancas sombrillas y copas de árboles y amenizado por trinos de pajarillos. Tal cual, de verdad, en el centro de Madrid.

No se esperen un brunch al uso español, o sea un gran buffet donde hay desde paellas hasta guisotes. Aquí todo tiene sentido para conformar o un almuerzo ligero o un desayuno contundente, que eso y no otra cosa es el brunch, desayuno tardío de fin de semana o almuerzo tempranero.

Aqui todo tiene sentido. Un plato fuerte a elegir y una gran mesa (en realidad varias) llena de dulces, buenos embutidos españoles, mortadela trufada, ensaladas, salmón ahumado, un plato de pasta, zumos y champán Taittinger porque podemos acompañar la comida con la dorada, opulenta y burbujeante bebida, lo que resulta estimulante por este precio, 54€.

Además de lo dicho se incluye gazpacho y salmorejo. A este no me puedo resistir cuando lo veo. Es espeso, sabroso, con un excelente tomate, pero con un poco de vinagre de más para mi gusto. Imagino que para el de muchos extranjeros que visitan el brunch también. Claro que podía ser un exceso solo de hoy.

Las tres ensaladas que se ofrecen son tan lujosas como deliciosas y las une el empleo de la escarola, detalle que me ha encantado porque hoy en día resulta desusado y la escarola es una hortaliza excelente y punzante. Una lleva grandes langostinos y maíz, otra foie y cebolla morada caramelizada, la ultima bogavante y pulpo. Con ellas tomamos unos muy buenos y canónicos huevos Benedict, imprescindibles en todo brunch que se precie. Cambié la tostada que acompañaba por uno de los muy buenos panes frescos que se ofrecen.

Como plato fuerte (también hay hamburguesa, variados huevos, arroz con setas, etc), el steak tartare es de los mejores de Madrid. Cortado a cuchillo, con una carne sobresaliente y un aliño perfecto, se completa con los crujientes granitos de la mostaza a la antigua. Y si alguien quiere más emoción, unos puntitos de mayonesa de wasabi para mojar. Excelente. Pero como tantas veces hay un pero, las patatas fritas son perfectas de forma y de un bello dorado pero no están bien fritas sino todo lo contrario. No es trascendental con un plato tan bueno pero sí una pena.

Los tacos no tienen pero. El añadido español de un buen rabo de toro confitado les dan una gracia especial. El resto es ortodoxo, desde unas buenas tortillas hechas al momento hasta un espléndido guacamole muy cremoso y ligero.

Entre los postres, tres destacados: tarta de limón, suave y de esponjoso merengue, Sacher, con su equilibrada mezcla de albaricoque y chocolate negro, y de queso, ligera y con mucha galleta, justo como me gusta.

El servicio es impecable, mantelerías y vajillas como corresponde a un hotel de lujo y la sabia mano de Mario Sandoval, que se nota por todas partes, hacen de este el mejor y más elegante brunch de Madrid.

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Desayunos en París y tés en Londres

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Decir París lujoso es un pleonasmo, lo mismo que subir arriba o entrar dentro. París es así, una ciudad cubierta de oro, coronada de jaspes, empedrada de mármoles, pura opulencia. Quizá no haya nada debajo de su belleza, probablemente sea la clásica bella sin alma, pero poco importa porque la belleza complace extraordinariamente y más si no es para toda la vida. Por eso, es perfecta para la velocidad del turista, en un mundo en el que nada hay más efímero que el viaje moderno: es martes, luego estamos en Berlín.
Cuando yo era joven, aún más pobre, pero igualmente admirador de la belleza, y estudiaba en Londres, me alimentaba de tés. Era mi único acceso al lujo. Un almuerzo sencillo -un hot dog en un reluciente carrito de Hyde Park, pongo por caso- y un suntuoso té en el Hyde Park Hotel (hoy Mandarin) o en el Savoy, incluso en el Ritz, venía a costar como dos comidas completas en un pub y el placer que provocaba era incomparable. Algo así como noble por un día.

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Decir París lujoso es un pleonasmo, lo mismo que subir arriba o entrar dentro. París es así, una ciudad cubierta de oro, coronada de jaspes, empedrada de mármoles, pura opulencia. Quizá no haya nada debajo de su belleza, probablemente sea la clásica bella sin alma, pero poco importa porque la belleza complace extraordinariamente y más si no es para toda la vida. Por eso, es perfecta para la velocidad del turista porque nada hay más efímero que el viaje moderno: es martes, luego estamos en Berlín.
Cuando yo era joven y aún más pobre pero igualmente admirador de la belleza y estudiaba en Londres, me alimentaba de tés. Era mi único acceso a lujo. Un almuerzo sencillo -un hot dog en un reluciente carrito de Hyde Park, pongo por caso- y un suntuoso té en el Hyde Park Hotel (hoy Mandarin) o en el Savoy, incluso en el Ritz, venía a costar como dos comidas completas en un pub y el placer que provocaba era incomparable. Algo así como “noble por un día”.

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Lo mismo vale para la otra ciudad del dispendio. Por eso, si estás en París y no quieres desayunar de cualquier manera (por ejemplo, en el caro y lujoso Westin París donde las servilletas son de papel, los platos sucios se acumulan en las mesas y el decorado es nocturnamente siniestro) no hay que devanarse los sesos. Vivir un auténtico lujo sin gastarse una fortuna es posible en los exquisitos y populares Angelina y Ladurée. Así como en Londres recomendaba el té -que otra cosa mejor que un té ingles? Hay alguna otra cosa en la gastronomía inglesa que no sea roastbeef o te completo?- en París sugiero el desayuno y mejor temprano. La razón es que el resto del día las colas son tan serpenteantes y vulgares como las del Louvre.
Ladurée parece un perfecto decorado parisino y la cursilería de sus verdes no debe desanimarnos porque el interior es marrón y tan oscuro como una día de galo invierno.

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Angelina esta bajo los arcos de la Rue Rivoli, a caballo entre jardines y Palacios, medio escondido por el tráfico y el trasiego de los visitantes que cámara en ristre asolan cuanto pisan.

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En ambos, los dulces son deliciosos y el chocolate a la taza excepcional.
Los escaparates no parecen reales sino,sacados de Hansel y Gretel o de Charlie y la fábrica de dhocolate o de acula quiero cuento infantil en el que la gula golosa tenga un papel primordial. Lo bueno es que aquí tos es real y que el croissant o la dame blanche están tan buenos como,parece. También los macarrons de Ladurée son los más famosos de París. No los mejores, pero la caja es tan conocida como la de Cartier y a veces soñar es más importante que comer…

Salón de Angelina
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Lo mismo vale para la!otra ciudad del dispendio. Por eso, si estás en París y no quieres desayunar de cualquier manera (por ejemplo, en el caro y lujoso Westin París donde las servilletas son de papel, los platos sucios se acumulan en las mesas y el decorado es nocturnamente siniestro) no hay que devanarse los sesos. Vivir un auténtico lujo sin gastarse una fortuna es posible en los exquisitos y populares Angelina y Ladurée. Así como en Londres recomendaba el té -que otra cosa mejor que un té ingles? Hay alguna otra cosa en la gastronomía inglesa que no sea roastbeef o te completo?- en París sugiero el desayuno y mejor temprano. La razón es que el resto del día las colas son tan serpenteantes y vulgares como las del Louvre.
Ladurée parece un perfecto decorado parisino y la cursilería de sus verdes no debe desanimarnos porque el interior es marrón y tan oscuro como una día de galo invierno.

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Angelina esta bajo los arcos de la Rue Rivoli, a caballo entre jardines y Palacios, medio escondido por el tráfico y el trasiego de los visitantes que cámara en ristre asolan cuanto pisan.

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En ambos, los dulces son deliciosos y el chocolate a la taza excepcional.
Los escaparates no parecen reales sino,sacados de Hansel y Gretel o de Charlie y la fábrica de dhocolate o de acula quiero cuento infantil en el que la gula golosa tenga un papel primordial. Lo bueno es que aquí tos es real y que el croissant o la dame blanche están tan buenos como,parece. También los macarrons de Ladurée son los más famosos de París. No los mejores, pero la caja es tan conocida como la de Cartier y a veces soñar es más importante que comer…

Salón de Angelina
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