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Dos en uno: El Landó y El Qüenco de Pepa

La pregunta que anima este post es: ¿por qué no me gustan absolutamente nada los restaurantes que fascinan a mis amigos y a toda la burguesía madrileña? Voy a intentar contestarlo pero, eso sí, aclaro que no me refiero a los de Sandro porque en esos ni los fans se atreven a decir que se come bien. Ahí lo que prima es el chafardeo.

Resulta que soy un producto típico de la clase media, media baja según las alturas desde las que se mire. Durante toda mi infancia y juventud se comió muy bien en mi casa, -un fruto clásico de la sociedad heteropatriarcal que dirían los neoprogres- en la que cocinaban madre y abuelas y, si acaso, alguna tata. Ya saben de qué se trata, cocidos reconfortantes, aromáticos estofados, asados color oro viejo, crujientes fritos, dulces de cazuela, sartén y horno, toda clase de arroces coloridos, legumbres vestidas de embutidos, las siempre humeantes sopas, gazpacho en verano, caracoles en primavera, cordero en invierno y así todo un universo de cocina secular, popular y, en la fiesta, hasta la más burguesa de opulentos pavos y pulardas rellenas o incluso angulas saltando en la cazuela.

No había nada exótico, ni lejano, ninguna extravagancia. Por eso, las salidas semanales a almorzar (siempre almuerzo, siempre en domingo) eran toda una fiesta en la que descubrir otros mundos, cercanos eso sí: la cocina vasca o la gallega que eran las más representadas en Madrid, a veces la levantina y la navarra, en ocasiones el exotismo de lo francés, alemán o italiano, pero nunca lo japonés o chino, que casi ni existían en aquella España analógica. Así que imaginen todo lo que me faltaba por probar.

Heredé de aquella época la convicción de que las croquetas o el arroz con leche se comían en casa (de mamá preferentemente) y que no valía la pena salir para eso. Además seguí comiendo bien en la mía, así que ¿para qué salir y pagar mucho más, para comer lo mismo? Como ven, todo muy clase media. Algo incomprensible para esas gentes del Ibex 35 y de la aristocracia que, por comer elegantemente en sus casas, malamente en el internado (suizo o inglés, por supuesto) y ahora, nunca comer en sus casas, suspiran por unas lentejitas, unos callos o unos huevos fritos con patatas. Y yo, mientras tanto, huyendo de la España del puchero y el mondadientes. De ahí nuestro desencuentro, que tampoco lamento ni critico, porque igual que la vanguardia y la dificultad nunca serán para la mayoría -por muy refinada que esta se crea- la cocina contemporánea tampoco.

Tengo para mi que los dos restaurantes preferidos en este ramo son de los que les voy a hablar: El Landó para llevar turistas (yo prefiero mostrarles la España 3.0 y no la de la Transición, pero va en gustos) y El Qüenco de Pepa si es con amigos o por negocios. Empecemos.

El Landó surgió como sucursal -algo menos castiza- del celebérrimo Casa Lucio y desde el primer momento fue meta de famosos internacionales de todo tipo, quizá por gozar de mejor accesibilidad y mayor privacidad que Lucio, quizá por las bellas vistas del atrio de la Catedral de la Almudena, más hermosa cuanto más lejana.

De la decoración nada que decir, mesón castellano en el que se desprecian las artes decorativas incluidas la cerámica y la cristalería. Lo mejor: los estupendos productos que sirven. Aquí no engañan a nadie. Materia prima de la mejor calidad y preparaciones sencillas, como por ejemplo unos pimientos de Padrón muy bien fritos o unas tiernísimas y delicadas mollejas salteadas.

No faltan los famosos huevos rotos con patatas fritas copiados hasta la saciedad y que resultan jugosos, algo crujientes y con sabor a huevos de infancia.

Y como aquí hay nivel, tampoco carecen de angulas, muy buenas y perfectamente hechas aunque, como bien saben, para hacerlas bien lo mejor es casi “no hacerlas”.

Hay muchos y buenos pescados a la plancha y al horno -ya saben, Madrid como mayor y mejor puerto pesquero de España- y alguno más elaborado, como una impecable merluza en salsa verde, estupenda la salsa que parece extracto de perejil, impresionante la merluza y excelentes gambas y almejas.

Las carnes son las clásicas, servidas en plato refractario que cumple dos grandes funciones: acabar de hacer la carne -o recocerla- e impregnar nuestras ropas de un indeleble y perenne aroma a cocina antigua adoradora de fritos. La carne tierna, muy suave y, lo vuelvo a decir, de enorme calidad.

Famoso el arroz con leche. Puede ser con canela o azúcar quemado. Elegido este, me recuerda a arroces suculentos y antiguos, salvo que no tiene sentido que esté tan frío, máxime cuando el crujiente de azúcar está recién hecho. El contraste de temperaturas -el frío de frigorífico, mayormente- no tiene sentido.

Y paso al Qüenco de Pepa. Antes que me echen en cara la pérdida de mi famoso lirismo, he de decir que cómo voy a hacer poesía del pimiento, el ajo o los platos refractarios. Nada más.

Pepa es una gran mujer, amable, discreta, trabajadora y fuerte. Todas esas virtudes le han hecho muy popular en Madrid (y no solo). El restaurante es una casa de comidas ilustrada en la que destacan las paredes desnudas y la ausencia de decoración, cosa muchas veces de agradecer. Ha conseguido que en él se reúna todo el Ibex 35, artistas, comunicadores y jet set en general. También va el resto. Su cocina se basa en materias primas que a veces rozan lo sublime y, cómo dice su eslogan, en la dedicación, la sencillez y la sensibilidad.

El salchichón del aperitivo es excepcional y también las variadas setas, mejor cuanto menos las tocan. Esta vez fueron rebozuelos a los que algunos insisten en llamar en francés, chantarelas.

Bastante correctas no dejaban adivinar el plato estrella de esta comida y de muchas. Unos de los mejores platos de guisantes posibles. Pequeños y poco hechos, resultaban tremendamente crujientes y llenos de aroma y sabor. Su fascinante verde también predisponía al placer. El huevo escalfado tenía la densidad justa de yema para envolverlos sin enguachinarlos y unas láminas de deliciosa trufa negra los elevaba a las nubes sin robarles sabor. Ni más ni menos. Perfectos en su simplicidad y belleza.

La parpatana de atún –como muchos otros platos de la casa- parece para toda la mesa o… para los Picapiedra. No cabe entera en la foto y se acompaña de un buen huevo frito con patatas paja. El huevo y las patatas me encantaron, pero la parpatana es demasiado grasa, fuerte y basta para ponerla tal cual. Mejor limpiarla y guisarla pero, bueno, era sencilla y de calidad.

Probé el bacalao a la andaluza que, ese sí, pedía más simplicidad y menos dulce

y volví a elevarme con la tarta de queso, tan cremosa, mórbida y delicada. Sabe bastante a queso pero es perfecta para los no muy adeptos gracias a su buen equilibrio de sabor y por su textura que apenas se funde sin llegar a esas cremosidades que la hacen parecer queso derretido. Una gran tarta de queso.

El requesón con miel y nata es un batido muy dulce de ambas cosas. El resultado es una crema, más nata que requesón. Perfecto para muy golosos, tanto como la gran miel que lo coronaba.

Llegados a este punto ya está todo explicado. Supongo que me entenderán y que ya sabrán por qué no me pierdo por estos lugares pero, también les diré, que entiendo a los que lo hacen y que ustedes mismos lo hagan. Son como los museos de artes populares, modos dignos y sinceros de mantener la tradición y son frecuentados por adictos al pasado y regentados por gentes admirables que nadan a contracorriente.

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Mi Top 10 de los peores de 2014 (todos caros para lo que valen)

Furnas de Guincho: la muerte de la cortesía portuguesa. En una maravillosa terraza sobre las rocas, era unos de los mejores de la costa de Guincho, junto a Cascais. El exceso de éxito y la abundancia de turistas, ha vuelto a sus empleados toscos, despectivos y poco respetuosos con el cliente, convirtiendo la comida en pitanza industrial.

Ana la Santa: otro producto sin calidad de la fórmula Tragaluz y adláteres. Pensado para turistas ingenuos, desconocedores de nuestra cocina, parecería un comedor de colegio o una cantina militar, si no fuera por las bellas vistas y esa cuidada decoración a la que este grupo es tan dado. Mucho más, desgraciadamente, que a la cocina, donde con cualquier cosita creen salir del paso.

La huerta de Tudela: el cliente es lo último que importa. Dicen que las verduras son buenas, pero los llenos les sobrepasan olvidando la calidad, sobre todo en el servicio. Una casa de comidas en el peor sentido de la palabra.

Otto: un no lugar, lo que se puede llamar glamour para tontitos. Pensado como local de moda y bar de copas, se quiere dignificar con un restaurante, pero resulta ramplón y nada interesante. Mejor para el chafardeo que para la comida.

Cavalli Ibiza: atraco a las tres (o a cualquier hora). El mítico Cavalli Club de  Milán, construido en un antiguo depósito de agua es más divertido y espectacular que delicado gastronómicamente, pero al menos cuidan la comida. En el de Ibiza, se come sorprendentemente mal, la construcción es descuidada y el servicio no profesional. Sin embargo, los precios no saben de eso y se paga como en un tres estrellas Michelin.

Ten con Ten: la España de la burguesía más cañí, cuarentones vestidos de caza y cazadoras (muchas de importación) vestidas de lo que son. Hasta hay que pelear para llegar a la propia mesa, porque el éxito entre ese grupo, al que se añaden turistas despistados y aspirantes a jugadores de fútbol de segunda división, hace que siempre esté abarrotado; así que, como lo que menos importa es la comida, aquí se sirve otra cosa.

El Paraguas: padre amoroso de Ten con Ten y origen de toda esta exitosa fórmula, su hijo es tan malo que algunos, sus fieles adeptos, consideran a este de alta cocina. No lo es. A la fealdad de la decoración se unen ciertos best sellers del tipismo hispanoasturiano. Si usted es más de Proust no vaya, pero si lo que le gusta es Tom Clancy, no lo dude.

El Qüenco de Pepa está especializado en guisotes para pijos de estómago recio. Otra tahona en el peor sentido. Su tosquedad en la cocina y la estética, recuerdan a aquellos lugares que mortificaban a los viajeros decimonónicos. Sin embargo, el ambiente es de los más chic de Madrid, una ciudad, la mía, en la que a la burguesía lo que le gusta de verdad son los callos, los riñones y el cocido.

Zalacaínel ocaso de un mito. De restaurante de altos vuelos ha pasado a ser degradado por los especialistas en una especie de humillación pública que merece, pero que apena porque es un restaurante esencial e histórico al que hay que ayudar a levantarse, una cumbre del buen gusto y de la alta cocina, que ahora, lamentablemente, es más bien mediocre.

Café de Oriente: llegados al final, podemos agrupar casi todos los anteriores locales entre los banales y feos, que gustan a los madrileños, (Qüenco. Paraguas, etc) y los de maravillosos emplazamientos sólo aptos para turistas (Ana la SantaFurnas de Guincho Teatro Real, no mencionado por haber cerrado), lugar que corresponde  a este restaurante que ha caído en la banalidad total, pensando que las vistas y el desconocimiento de los extranjeros lo permiten todo. Platos mal presentados y la carta más anodina que se pueda imaginar. Da pena suponer que los vecinos de mesa estén pensando que esa, es la cocina española…

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