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Belleza marchita

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Hace poco más de diez años, Nicolas Baverez publicó un famoso libro sobre la decadencia francesa, La France qui tombe. Cuando visito el que siempre ha sido su corazón, París, sigo maravillado por sus bellezas, por ese aura de impúdico escenario de grandezas del pasado donde todo se exhibe y en el que hasta un río adopta aires majestuosos.

Lo mismo me sucede cuando entro en cualquier restaurante. En casi todos hay refinamiento y el nivel medio es superior al de cualquier ciudad. Entonces, ¿por qué la cocina francesa ya no es la reina, por qué ya no dicta modas y tan poco ha aportado desde la nouvelle cuisine? Sin duda, por lo mismo que la influencia del país está en franco restroceso, por la falta de entusiasmo de una sociedad ensimismada a causa de su perfección, sumamente autocomplaciente y poco dispuesta al riesgo y al esfuerzo, anestesiada en suma, por su propia belleza, por la añoranza del pasado y por la incertidumbre ante el futuro. Alcanzar la perfección paraliza los sentidos, priva de pasión y aleja del triunfo pero, como en toda belleza marchita, refulgen aún los brillos de otrora e incluso en la decadencia, aturde con sus encantos.

El restaurante Astrance tiene tres estrellas Michelin, está entre los 50 mejores del mundo y cuenta con muchos otros honores. Todos merecidos. En él reina la maestría, todo es impecable y nada desentona. Una simple sopa de pan tostado, para empezar un menú, sorprende por su sencillez y buen sabor. La mezcla de crujientes y cremas de la manzana y las setas con nueces que le siguen, es técnicamente perfecta y los sabores que esconden tan intactos, como deliciosos.

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Las vieiras con ostra, médula de buey y kombu -en gelatina y crema con manteca- es una manera diferente, aunque no original, de cocinar los pescados. Todos los sabores se preservan y el buey le da un toque cárnico que hasta hace no tantos años se pensaba inadecuado para el pescado. El rollito de cilantro y hierbas que lo acompaña refresca el final y está sabiamente ejecutado. Es un acierto porque el epílogo del plato deja demasiadas sensaciones grasas.

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También levemente arriesgado es el bacalao caramelizado con coliflor en cuscús y gelatina de mandarina, una mezcla excelente y sutil, un plato lleno de aromas y colores que se completan con una leve crema de queso. A estas alturas ya sabemos que la técnica brota a raudales en la perfección de cada receta pero también que a todas les falta intensidad y riesgo.

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La pasta fresca con trufa, cómo no con lo antedicho, es simplemente perfecta y no escatima ese hongo que es un verdadero oro negro que se esconde en los páramos.

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Si cada paso de este menú está concebido como una obra musical, la llegada de la carne supone un claro crescendo. El punto del pato, una excelente, jugosa y tierna ave, es perfecto y el jugo que la enriquece desborda aromas a campo y a caza, sin gota de grasa y con una trabazón impecable. Lo endulza una oblea de pera y col con toques de salvia frita que se eleva sobre la banalidad de los frutos rojos, sempiterna guarnición de patos y caza. Al lado, se coloca un pequeño pote con un hojaldrito del hígado y un pedacito de pierna, que nada añaden.

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El prepostre es de soberbio sabor y el único verdaderamente arriesgado: citronela, gengibre y… pimentón picante. Perfecto.

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El postre alcanza también una enorme altura. Se nota en Francia que el estudio -y el amor- de la repostería sigue siendo prioritario. Sus cocineros bordan los dulces que siempre aumentan enormemente el nivel de las comidas, cosa que pocas veces pasa en España. Quizá es este el mejor plato de todos, fresco, original y complejo de ejecución y concepción: rollo crujiente de ron, lichis, mango y fruta de la pasión, acompañado por una bola de coco helada con corazón de toffee. Muchas texturas y muchas preparaciones: cremas, bizcocho, helado, galleta, espumas… y todo ejecutado para que resulte armonioso y aparentemente sencillo.

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Después de este allegro finale, poco aporta una platito de frutas que solamente evoca épocas en las que las frutas frescas, y más si eran exóticas, sólo estaban al alcance de las mesas regias. Ni siquiera un buen ponche de jazmín, y menos los consabidos financiers, pueden ya mejorar el anterior postre.

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El servicio es realmente bueno, amable y políglota, el precio no es desmesurado, la decoración resulta aseada -aunque poco adecuada para tanto lujo-, el pan es correcto y todo brilla a gran altura. Sin embargo, ¿por qué me gusta, y hasta entusiasma, pero no me apasiona la fría perfección de Astrance?. Pues sin duda, porque le falta la fuerza y la pasión, que aunque siempre conllevan desmesura y error, nada hay más humano que errar y apasionarse, ni mayor belleza que la que brota del caldo de la vida.

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La bella tuerta

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La fórmula del grupo Tragaluz sería a la gastronomía lo que la llamada «airplane literature for smart people» a las letras, o sea, comida fácil que no haga pensar mucho, elaborada con productos apreciables y no totalmente carente de buen gusto, circunstancia a la que contribuyen decisivamente espacios bien pensados y sabiamente decorados. La apuesta por una clientela guapa y de alto nivel es otro de sus éxitos, si bien el más relevante de todos es el haber impuesto su estilo a la mayoría de los restaurantes que se abren en la actualidad y cuya característica más notable es que tienen todos la misma carta.

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A pesar de mis recelos con los logros de Tragaluz, no todos sus restaurantes se deben despreciar si lo que se busca es una comida sencilla y un entorno refinado. Yo mismo no desdeño, por ejemplo, Luzi Bombón el precioso –cuando le reparen los techos de moqueta- restaurante madrileño, donde me encantan las patas de cangrejo real, no tan fáciles de encontrar, y una buena variedad de cócteles. Los apreciadores también destacan sus ostras.

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El jamón es bastante bueno y las alcachofas fritas –un clásico de la casa y de la cocina catalana- son agradables.

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Como el producto es bueno y su cocina carece de alma, lo mejor es decantarse por preparaciones sencillas como el pulpo a la brasa o el chuletón, aunque los arroces con butifarra, calamares o verduras resultan sabrosos y están en su punto.

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También hay buenos –y baratos- quesos, todos ellos españoles y bien escogidos. Son una buena opción para el postre (un postre sin quesos es como una doncella hermosa pero tuerta, que decía Brillat Savarin…) al igual que los helados.

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Como se ve, todo es de calidad y sin problemas, olvidable pero agradable porque, no nos engañemos, comerse bien, bien, en este grupo, sólo en el Moo barcelonés, el que encargaron a los geniales Roca y donde se disfruta con resplandores –sólo destellos de un estrella lejana- de su magistral cocina, para muchos ¡la mejor del mundo!

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Mediterráneo norte

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Los holandeses siempre han tenido mala reputación gastronómica, siendo tildados por muchos de comedores de patatas y pan. También de mantequilla se podría añadir. Por eso, quién les iba a decir que acabarían cambiando la manteca por el aceite, las patatas por las hierbas aromáticas, el pan por las frutas y su cocina por la mediterránea. Aunque lo apoyo completamente, cosas de las ventajas competitivas, este hecho me ha sorprendido en una reciente visita a Holanda. Las costumbres, al menos en lo que a restaurantes se refiere, se vuelven sureñas, ya sean francesas, españolas o italianas. En todas las mesas encontré aceite italiano o español, abundancia de vinos de los mismos lugares y al menos en tres, pescados a la sal o jamón. Los comedores de patatas de Van Gogh serían ahora degustadores de fruta fresca y pan con acite; los bodegones barrocos se poblarían de vinos y hasta de algunos fritos.

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Tampoco el pan está en su mejor momento, como hace años en el sur, y sorprende la inexistente oferta de los restaurantes donde sólo se sirve una variedad. Cierto que normalmente son muy buenos, pero sin posibilidad alguna de elección. Ni siquiera en los de dos estrellas.

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Uno de los mas insignes representantes de esta nueva tendencia es Bridges, una estrella Michelin y un tono desenfadadamente elegante y disimuladamente refinado.

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Los primeros snacks se sirven en un molcajete de piedra volcánica y consisten en vegetales fritos, unos originales y deliciosos rabanitos con ostra, esponjas de marisco y judías de Groningen, las llamadas Grunneger Mollebonen. Y no digo más…

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Continúan con anchoas cubiertas de tomate y fritas, una receta que nos parece de lo más corriente, pero que en Amsterdam deben ser todo un exotismo, como para nosotros la tempura hace un millón de años.

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El tartar de ternera y ostra es excelentemente fresco y original porque se aligera con pepino en dos maneras: en infusión y con una base de minúsculos pedacitos bajo el pescado. Variadas flores alegran y dan sabor al conjunto.

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Los filetes de salmonete gris ahumado, se acompañan de un suave horseradish aderezado con eneldo y crujientes semillas de cebada. Una mezcla acertada y crocante, llena de sabor y aromas a mar y a tierra.

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Más pesada es la langosta en dos preparaciones, seguramente por el abuso de la mantequilla en las salsas. La primera es la cola de una deliciosa y bien escogida langosta, europea especifican en la carta, elaborada con una salsa de mantequilla de mariscos y abundante estragón, ensalada de hierbas de mar -que no marinas- aliñadas con vinagre y unas excelentes habas tiernas.

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La segunda forma consiste en las patas troceadas del crustáceo aderezadas con foie, naranja y espuma de mantequilla y pescado de roca. Hay que decir que el matrimonio de la langosta con el foie está muy bien avenido, si bien la espuma ganaría sin mantequilla, pero algo hay que dejar a esta tradición coquinaria holandesa y a los recuerdos del pasado.

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Hay varios postres audaces que mezclan quesos, centeno, mostaza de ruibarbo o escaramujo, pero el que resulta realmente interesante es el polvo de queso de cabra con helado de centeno y verdolaga.

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Para rematar, palitos fritos que recuerdan a los churros -y más cuando se mojan en un denso y negrísimo chocolate- y trufas rellenas de mandarina. Lo de los churros es otra nueva originalidad -para Amsterdam, claro- que debe sorprender y deleitar a los holandeses con sabores rabiosamente exóticos.

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Hay que decir que las presentaciones son en general brillantes y las mezclas arriesgadas pero resultonas, lo mismo que proponer en toda la carta un vino para cada plato servido por copas y cuidadosamente escogido sea de Maastricht, del Loira, de Sudáfrica o del Douro portugués. Los precios tampoco son elevados y el ambiente como todo en esta ciudad, descontraído, blando y suavemente cosmopolita. Una buena opción para ver el mar sin mirar el río.

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Senderos líquidos

En Holanda el cielo parece tocarse con las manos de tan bajo que está y de tan paralelo a la tierra, porque aquí la planicie se funde en el horizonte. Los campos se separan por caminos de agua y las flores abundan tanto como unas majestuosas y felices vacas de ojos implorantes.

Amsterdam es también majestuosa en su centenario empaque y accesible al mismo tiempo por su aire de desenfado hippysmo. La rigidez, la frialdad y la sequedad se tornan hoy la meca de lo cozy y lo cool, porque el diseño nórdico y el estilo hugonote están de moda. Aquí la tiranía de los vehículos se sustituye por la dictadura de unos ciclistas de avasalladora agresividad. Las calles alternan con los caminos líquidos de los canales y todo parece inspirado en las inmaculadas gorgueras de Franz Hals.

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Almorzar al borde de un canal predispone al disfrute y si el cocinero –Richard Van Oostenbrugge– es un superdotado de la estética los placeres se multiplican. Estamos en Bord’eau, restaurante del hotel de L’Europe y dos estrellas Michelin, así que comer por 38€ es un regalo. Y es posible si se opta por el menú de mediodía que ellos llaman de tres platos, pero que son muchos más. Comencemos.

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Todo el servicio de mesa, así como los aperitivos son deslumbrantes. Los calamares con Pernord tienen un original punto de crujiente dulzor que enriquece su simplicidad y los hace sumamente originales. Se sirven en una base demasiado grande que sorprende por lo alta pero es que, oh sorpresa, se trata de la tapa de una caja que, una vez abierta, esconde un tesoro:

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Una auténtica concha cuyo contenido es una deliciosa crema de ostras -y lo digo yo, que las aborrezco- decorada con pequeñas perlas de vino.

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Los chupa chups de pollo con su consomé gelée nos devuelve a la exquisitez de un ave que, si otrora fue un lujo de día de fiesta, es hoy un alimento de consumo masivo por lo que su cotidianidad nos hace olvidar que con ella, casi como con cualquier cosa, se pueden hacer platos de alta cocina como esos consomés en gelatina, verdaderamente codiciados en las grandes mesas del pasado.

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Las bolas de remolacha con wasabi y flores son un plato de una belleza y un colorido totalmente subyugantes. Da pena deshacerlo, pero al probarlo sabemos que vale la pena, porque el fuerte sabor de la remolacha combina perfectamente con el wasabi y otros aromas de mostaza.

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En este festín aún queda un último aperitivo, la patata rellena de carne con calamar, caviar y consomé, otra bella composición estética, pero también una buena manera de mezclar carne y pescado, sabores fuertes y suaves, sin que ninguno pierda su personalidad y consiguiendo que todos se fundan con maestría.

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Ese bocado, prepara además perfectamente para el primer plato del menú que insiste en la misma idea de conjugar los -aparentemente- contrarios: vieira con tuétano, consomé de rabo toro y sambai. Un resultado perfecto y un aspecto elegante y atrayente.

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Con el pollo a la Royale con limón salado y nabitos, ni siquiera Ramón Freixa o Joan Roca, magos de la estética y la cocina consiguen hacer gran cosa más que rendir homenaje a este gran plato de la culinaria más tradicional y opulenta. Su carácter y su relleno impiden, lo mismo que su intensísima y deliciosa salsa, grandes alardes decorativos. El color de la royale lo,determina todo. Aquí la preparan con pollo y es gran idea porque la más genuina, de liebre, no gusta a mucha gente por la potencia excesiva de sus sabores, circunstancia que el pollo matiza con su levedad. Lo mismo que el sabor del limón que limpia y refresca el paladar.

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Incluir un postre refrescante y de color chillón tras los castaños de la royale y la densidad de sus sabores, es el acierto de la manzana verde con nuez y caramelo. Sin embargo, no es eso lo que cautiva, que también, sino la perfección técnica del plato y la arrebatadora belleza de su sencillez. Un trampantojo sublime en el que la transparente cáscara es caramelo y el corazón sorbete de manzana verde y minúsculos granitos de chocolate. Un gran plato que vale toda una comida, uno de los más bellos que haya visto. Menos mal que pienso todo lo contrario que aquellos adalides del decadentismo que afirmaban que todo lo bello deja de serlo cuando se convierte en útil porque en verdad para mí, lo bello si útil, dos veces bello. Y… viceversa…

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Y menos mal, porque aún queda la última sorpresa, un bello bosque otoñal, que recuerda al de Diego Guerrero, un sembrado de hongos, turba, maderas y avellanas de chocolate en el que este se mezcla con algo de trufa y setas auténticas para obtener así el gusto de lo que se ve, para que el plato y el paladar se llenen de aromas de bosque y para que todo sepa a otoño. Para que todo sea hermoso y perfecto.

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Y hablando de gran belleza, hay que pedir mesa junto al ventanal para así poder demorarse viendo el fluir de las aguas, la electricidad de las bandadas de ciclistas, el bogar de las bateas y el lento discurrir del día. Y de la vida…

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