Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Lifestyle, Restaurantes

El toque mágico 

Entré en Pierre Gagnaire pensando que lo hacía en el restaurante más caro del mundo. Con platos a 185€, postres a 50 y menú degustación a 310, parecerá imposible gastar menos de 400 largos por persona. Por eso, ultilicé mi argucia para poder comer en los mejores restaurantes de París, el menu déjeuner, una fórmula que debemos agradecer a la escasa afición (o posibilidad) de los franceses a comer fuera entre semana. Por su precio, pensaba que quizá sería escaso o tacaño pero vista la cantidad y calidad y que vale 90€, ya me parece que optar por esa opción, en este lugar, es casi un regalo.

Si comparamos hoy los restaurantes franceses con los más vanguardistas, especialmente los españoles, ellos serían al historicismo lo que nosotros al dadaísmo. Dominan la técnica, practican una fría elegancia y aman la cocina, pero no hay sorpresas ni evolución. Sin embargo, ese clasicismo hace que nos superen a todos en ritual y refinamiento. España se ha convertido en el rey de la informalidad, un país donde todo el mundo se besa, se tutea y se toca sin conocerse siquiera. Prueben a usar esas familiaridades en el extranjero y verán. No es simpatía, es falta de respeto y no es hábito democrático, sino todo lo contrario. En España los adalides de este compañerismo siempre fueron los falangistas. Esa informalidad, la simpatía obligada, se traslada, cómo no, a los mejores restaurantes de España y eso nos impide gozar de esa amable frialdad de los franceses. Me dirán que es una ventaja y puede que sea verdad, pero a mí no me gusta.

El restaurante de Gagnaire es clásico parisino. Paredes forradas con páginas de libros, semioscuridad, silencio y algunas mesas que parecen lamparillas porque se iluminan desde dentro.

Nosotros tuvimos el privilegio (¿me reconocerán ya hasta en Francia como bloguero de culto?) de comer en la mesa de la cocina, pequeña, recoleta, suficientemente alejada y en el paso de los visitantes, con lo que parecíamos unas deidades colocadas en una hornacina y ante las que había que inclinarse. Esta era nuestra vista:

En Pierre Gagnaire, apenas nos sentamos en la mesa, esta se cubre de un verdadero festival de aperitivos, mantequilla al limón (un sinsentido) y clásica (una maravilla), palitos de colores, una miniensalada de gambas grises y muchas otras exquisiteces

entre las que destacan un bello crujiente que soporta un damero de rábano y grosella y esconde una deliciosa tapenade,

Panecillos y palitos de queso, zanahorias deshidratas en aceite, envoltorios de obulato con macadamia recubierta de pimentón y una maravillosa bola de atún cubierta de tinta de calamar y rellena con las restallantes semillas de la mostaza en grano.

Llegan después tres deliciosos panes, de castaña, brioche y tradicional 

y rápidamente la mesa se cubre de entradas: una delicada ensalada Felicia que mezcla sin ningún embarazo la suavidad de los brotes de soja con la fuerza de la chistorra, primera concesión a los productos españoles

que se prolonga en un delicioso mejillón cubierto de tartar de algas y acompañado de un impresionante polvo de coliflor.

Las alcachofas se envuelven en Beaujolais, se esconden con hojas de capuchina y se mezclan magistralmente con unas rilletes de ganso.

Una insípida perca se rellena sabiamente de huevas de trucha y está colocada sobre una deliciosa lámina de apio y puré de ortiga. Es un plato bello y que mezcla maravillosamente tierra y agua, pero la que atraviesa los campos en forma de río, la más cercana y generalmente, más apacible.

Para acabar una brandada de bacalao mucho mejor que la habitual por contener más pescado y menos crema, hacerse con un delicioso toque ahumado y rematarse con hinojo marino y rábano negro.

Hay que decir ya y antes de pasar al gran cocido de la cocina francesa, que la principal virtud de Gagnaire, además de la elegancia, es su asombrosa capacidad para que cada ingrediente se note en el plato, que ninguno tape a otro y todos sean reconocibles. Algo que parece fácil pero que nunca lo ha sido, especialmente porque las especias y las salsas estaban concebidas para disimular la falta de frescura. Por eso es maravilloso este Pot au Feu, el gran cocido galo. Aquí las tiernísismas verduras se cocinan al dente y aligeran la carne de buey y de ternera que conforman este plato que se completa con una densa, intensa y maravillosa salsa perfumada con queso Beaufort.

Los otros acompañamientos se colocan en pequeños platillos, como antes hacía -y espero que cuando la receta lo pida, lo vuelva a hacer- Ramón Freixa. Aquí son un buen flan de chucrut, mucho más suave y delicado que el repollo fermentado así a secas y una rodaja de salchicha de Morteau con unas diminutas y aterciopeladas lentejas verdes y toques de cebolla muy crujiente.

Si hasta ahora, todo era pantagruélico, lo que nos esperaba en los postres era inimaginable. Primero una multitud de mignardises que aquí no se ponen al final: mazapán, gominola de rosas, chocolate con crema de caramelo, merengues

En un platillo, una deliciosa mezcla de ron, frambuesa, melocotón, almendra y yuzu con unas pepitas de granada. Un plato bellamente rosado y cuajado de aromas diversos.

Una teja de almendra se armoniza y mezcla con crujientes y cremas de almendra y avellana. Los frutos secos están tostados y un penetrante aroma a regaliz envuelve un postre que emociona.

Después, otros dos: un maravilloso babá con el toque exótico del caqui y creo yo que algo de clavo aunque me aseguraron que no. El helado de castaña que remata el postre era bueno en sí mismo y un gran compañero para el babá.

Para acabar un gran chocolate que es un clásico de los bombones -y las tabletas-, aquí deconstruido. Crujiente de chocolate, pastel de tres chocolates, salsa de chocolate negro y pasas embebidas en alcohol. Una mezcla segura y fantásticamente ejecutada.

Es verdad que Pierre Gagnaire es uno de los grandes del mundo y que sin embargo, arriesga poco.  Es verdad también que muchas cosas ya están algo trilladas pero no lo es menos que la maestría siempre embelesa, sea clásica o avant garde, y que eatamos ante Pierre Gagnaire, uno de los reyes mundiales de la cocina. Así que Salve Gagnaire!!!!

Estándar
Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Lifestyle, Restaurantes

El mundo es Cádiz

Afirma El Mundo que las calles aledañas de Menéndez Pelayo -una famosa vía que corre paralela al Retiro y perfilan enormes y negras verjas, rematadas por doradas puntas de lanza y por hermosas copas de frondosos y centenarios árboles-, constituyen la milla de oro de la gastronomía madrileña. Naturalmente no es cierto, al menos si de calidad y de cocina de altos vuelos hablamos, aunque otro gallo canta si a lo que se refieren es a cantidad y variedad, porque en unos cuantos cientos de metros, la concentración de restaurantes es asombrosa, si bien todos coinciden en vocación popular y desenfadada, abarcando de las tabernas de toda la vida a las neotascas. Muchos son, bastantes de calidad y todos del mismo estilo, poblando un barrio encantador por su bullicio, su espiritu vividor y un paisanaje lleno de niños y parejas jóvenes. Eso sin contar la belleza de unas calles que se asoman al crujiente verdor y al hálito romántico de uno de los más bellos parques del mundo.

Y en una de las calles más conocidas y evocadoras calles del barrio, la de Ibiza, se ha instalado Kulto, restaurante del que  ya se escribía bastante incluso antes de su reciente apertura y es que sus creadores, Laura López y José Fuentes, habían adquirido fama con sus locales de Zahara de los Atunes. A falta de una calle gaditana, al menos una con un nombre, Ibiza, que sabe a mar, a luz y a largos atardeceres sobre la fresca arena. La decoración es sencilla, con algo de marítima y, aunque pretendidamente informal, muy elaborada. Como todos los del barrio da prioridad a una enorme barra en la planta baja.

 El comedor se sitúa en una suerte de altillo y tiene tan pocas mesas que los comensales no llegan a cuarenta.

 Como ya es habitual, no hay manteles y si una enorme profusión de materiales y colores. El resultado es como de una bohemia y hippy chic casa de playa de las que abundan en Zahara, residencias de ricos de buen gusto pero que aún se creen bohemios y siempre se soñarán jóvenes. Casas todas inspiradas en el majestuoso desorden de Isla Negra, el templo progre y poético del inconmensurable Pablo Neruda. 

 La cocina de Kulto  es la de la Cádiz más cosmopolita y teñida de historia, la de los comerciantes romanos y fenicios, la del los pobladores árabes, la de los navegantes americanos y la de los banqueros y armadores de todas partes de Europa, la del mestizaje en suma. Y todo eso está presente en platos complejos y de gran originalidad. Por eso a quién sorprende empezar por un humus con pipas de calabaza tostadas, sabores mediterráneos que mezclan dorados aceites, humildes garbanzos y pimentones escarlata.

 Los tacos de atún son tiernos dados de atún rojo bañados en una deliciosa marinada picante y que se acompañan de bolitas de guacamole, salmorreta, cebollitas encurtidas y maíz frito, una mezcla suculenta y fresca de diferentes texturas.

 El salpicón picante de centolla, erizo y mejillón de roca es la pura carne del marisco estupendamente aliñada y acompañada de mejillones y algunos toques herbáceos. Servido con pequeñas tostadas recién hechas es un verdadero lujo.

 El empedrat moruno de bacalao recrea la gran ensalada andaluza a base de  lascas de bacalao y naranja enriqueciéndola con verdinas y un llamado pesto moruno plagado de hierbas y especias que van mucho más allá de la albahaca. 

 Las alcachofas fritas, carabinero y huevo escalfado es un plato tan complejo que no está del todo bien conseguido por falta de armonía. En realidad son dos platos en uno: deliciosas alcachofas confitadas y fritas que se mojan en el huevo y por otro lado, tartar de carabinero, crujiente de patas y cabezas y una buena y densa salsa salsa de los corales del crustáceo. Todo bueno, pero con muchos ingredientes que se ignoran y hasta parece que se miran con desprecio.

 Esa sensación de unión de opuestos no desaparece con la liebre guisada en “mole civet” otros dos platos que solo coinciden en el ingrediente principal. Por un lado, un tataki con huitlacoche y por otro, un espectacular mole que no despreciaría ningún oaxaqueño. También consta en el plato un llamado Spaetzle de espinacas que ignoro lo que es por lo que lo he buscado y se lo ofrezco con solo presionar sobre el nombre. Así como en el caso de las alcachofas buscaría la armonía, aquí convertiría este plato en dos, especialmente porque el mole es tan bueno que sabe a poco y sobre todo, porque… menos es más!!!

 La clorofila helada es un fresquísimo sorbete de hierbabuena de maravilloso y refulgente color que limpia, pero también embelesa, el paladar.

 EL café turco es un buen postre a base, como su nombre indica, de café y cardamomo en siete texturas (helado, crijiente, crema, sabayón, galleta, ralladura y gelatina) perfecto para amantes del café en forma de postre. A mi, desgraciadamente, solo me gusta en taza, así que amablemente, me ofrecieron chocolate.

 Se llama el plato chocolate, frambuesa y pistacho y es una agradable tarta cremosa de chocolate Valhrona, helado de frambuesa, frambuesa liofilizada y pistachos, bastante bueno pero con demasiadas mezclas que esconden el chocolate. Nuevamente, el exceso de barroquismo los traiciona.

 Aún le falta mucho para asentarse, pero esta cocina tiene buena madera y mucho futuro. El servicio es eficaz y atento pero el ritmo lento porque qué pueden hacer dos camareros para servir a casi 40 personas; ni aunque fueran Los Cuatro Fantásticos. Tampoco acompaña el mucho ruido y un enorme afán por el deslumbramiento que, a veces, los lleva al exceso de ingredientes. Sin embargo, lo repito, se trata de una cocina original llena de buena voluntad, cosmopolita, atrevida y plena de posibilidades que parecerán deslumbrantes cuando se pulan las aristas de la sobreabundancia.

 

Estándar
Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Lifestyle, Restaurantes

Asignatura pendiente 

  Málaga ha experimentado una asombrosa transformación en muy pocos años. De ciudad invisible a loable intento de Silicon Valley español, de puerto de marineros insaciables y busconas empolvadas, a referencia imprescindible del arte del siglo XX. Su invisibilidad era tal que, según el alcalde visionario que todo lo ha conseguido, muchos extranjeros pensaban que Málaga era el nombre de un aeropuerto, el mismo al que llegaban ansiosos de sol y playa. El sol es el de siempre, aunque más dorado que antes y en los finales del otoño, más tibio que nunca. Las playas también son las mismas, pero parecen como si acabaran de ser puestas y están más concurridas que nunca. La que es nueva es la Málaga destino artístico y cultural, lugar de peregrinaje de turistas sofisticados y adinerados movidos por el arte.  

 Sin embargo, una cosa le falta para que todo sea redondo y es la gastronomía de alto nivel. Salvo el tímido intento de José Carlos, la ciudad está pidiendo a gritos un restaurante a la altura del Pompidou y un nivel medio muy superior al actual. Seguro que lo van a conseguir porque se ve esmero y cuidado en cada nuevo local y un mayor refinamiento en los antiguos, pero aún pesa mucho el pasado. 

Por tantas cosas buenas, hube de acompañar a Málaga a algunos americanos para que vieran, desde la inmensidad de Texas o la opulencia de California, cómo una pequeña ciudad, antaño periférica, se puede convertir en capital de la creatividad y la innovación. ¿Y qué se les puede dar de comer en esa primera inmersión? Pues probablemente lo que esperan, pescaíto frito y paella; así que… ¿por qué no? Yo mismo lo como a veces, pocas eso sí… 

 El antiguo Antonio Martín, a la orilla del mar y el restaurante más clásico y famoso de la ciudad, favorito de toreros y predilecto de artistas, parecía el lugar adecuado y, de sus nuevos espacios, escogí el más popular, llamado El Merendero 

 Mi elección deslumbró a todos porque, en un delicioso día de primavera en noviembre, la vista de mar y palmeras solo podía emebelesarles. El sitio tiene incluso una enorme gracia de merendero aggiornado. Yo empecé por mi cuenta con una pipirrana de huevas un poco demasiado fuerte.  

 Para el resto, tampoco empezó mal la cosa a base de buenas frituras de puntillitas y calamares y lo mismo pensé de los boquerones. El pescado era muy fresco, la fritura crujiente y correcta y el acompañamiento de la ensalada de pimientos impecable.  Por eso, no me preocupó demasiado un cazón en adobo excesivamente avinagrado, tanto que arruinaba por completo el sabor del pescado. 

   El arroz podía seguir el camino de lo bien frito o de lo mal adobado y desgraciadamente así fue. Ver en una paella enormes trozos de corvina es inquietante hasta para un americano alevin en arroces. Que además fuera de un rojo intenso y sanguíneo ayudaba poco. El sabor no desmentía el aspecto. Arroz algo pasado, ingredientes incomprensibles y exceso de pimentón. Lamentablemente no pude decir lo que se esperaba, algo así como “¡¡¡ahora sabrán lo que es una paella y no lo que comen por ahí!!!” Preferí no comentar, a ver si la olvidaban pronto.  

 El tocino de cielo del postre (¿alguien da más tipismo?; a mí a castizo no me gana nadie…) volvió a mejorar el conjunto. Estaba agradable y justo de azúcar.  

 La comida no fue un desastre y las vistas, bañadas por la brisa marina que se colaba por el ventanal, compensaban de casi todo, pero temo mucho que la gastronomía malagueña no está aún a la altura de tantos encantos como ofrece la Málaga de siempre y, ahora, la del futuro, una ciudad a la que hay poner con urgencia a cocinar. ¡Así será primera en todo!   

   

Estándar
Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Hoteles, Lifestyle, Restaurantes

De cocina y amistad

Pienso, como Bacon, que “la amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias”. Por eso y por dar gran importancia al acto de comer, intento no asistir a comidas de trabajo -porque en ellas ni se come ni se trabaja- ni compartirlo con gente desagradable, así que solo los amigos tienen cabida. De ahí que no sepa muy bien cuánto le deben a la compañía las críticas más elogiosas que figuran en este blog. 

Sirva esto para aclarar que en mi última visita a Kabuki Wellington estuve acompañado por una mujer fascinante, muy buena amiga y una de las pocas grandes empresarias de este país en el que los Consejos de Administración parecen aún un club inglés en cuya puerta colgara el cartel de “solo hombres”. Quizá el placer que me produjo este almuerzo se deba en gran parte a ella, si bien de todos es conocida la mano maestra de Ricardo Sanz a la hora de crear esa fascinante cocina kabuki que mezcla lo mejor de lo japonés con múltiples y heterodoxos atrevimientos mediterráneos. 

Confieso que sigo prefiriendo el recoleto y discreto local de Presidente Carmona, donde todo empezó, pero eso no me impide reconocer la majestuosidad de este restaurante, una nave umbría, elegante y de silencio catedralicio, un marco elegantísimo por el que pulula un servicio perfecto en su invisibilidad, tanta que parece flotar más que pisar el suelo. 

La comida empieza con agradables y refrescantes aperitivos frutales

 que preparan para las primeras delicias, un maravilloso usuzukuri (uno de los diferentes cortes del sashimi) de pargo a la bilbaína, unas excelentes y suaves lonchas de pescado cortadas con gran pericia y aliñadas como el besugo del mismo nombre, lo que no resta sabor al pescado sino que le confiere una gracia mucho mayor. 

 
El usuzukuri de San Pedro con migas de tempura y adobo es una verdadera sorpresa, porque esconde, bajo las crujientes migas de harina de tempura (el rebozado japonés aprendido de los portugueses), un chispeante y colorido aceite de pimentón, una guarnición crocante y algo picante que alegra a un delicioso pescado que, sin ella, estaría mucho más triste. 

 Para que veamos ortodoxia y maestría al más puro estilo, se puede pedir cualquier sashimi tradicional. A mi me encanta el de salmón, un pescado tan graso y untuoso que como mejor resulta es crudo, ahumado o marinado.  

 El tataki de atún rojo está en un punto perfecto, semicrudo o semicocinado, como se prefiera, y el acompañamiento de nabo rallado con sichimi (7 especias japonesas), salsa ponzu y ensalada de verdes resulta aromático, suave y desengrasante. 

 
El atún con huevos rotos es una verdadera delicia, un plato de fusión extraordinario en el que la jugosidad y carnosidad del atún engrandecen enormemente la falsa humildad de unos huevos perfectamente ensamblados con en pescado. Es esta una de esas invenciones tan grandes como simples, una de aquellas que nos hacen preguntarnos cómo no se nos habían ocurrido antes. 

 Ya había hablado en Kabuki Raw de los magníficos nigiris made in Kabuki, todos excelentes, novedosos y mucho más interesantes que los originales, sean de hamburguesa de Kobe, de pez mantequilla con trufa blanca o de huevo de codorniz frito. Asi que nada que añadir a lo escrito porque todos se mantienen ricos y eternamente jóvenes, incluso cuando se renuevan con el de atún flambeado con azúcar moskovado, un gratificante juego de sabores.  

 
Las mayores “transgresiones” están en los postres, cosa que entiendo perfectamente porque la repostería occidental es excelente por lo que siempre es bueno hacerle un hueco, especialmente si se trata de las magníficas texturas de chocolate de Oriol Balaguer, un postre de sabor intenso que remata dulcemente tanta delicadeza nipona. Siempre quedará, para los más puristas, la delicia del helado de té verde junto a alguna que otra sorpresa oriental. 

Confieso, quizá de aquí mi entusiasmo por la fusión, que siendo un gran apasionado por la cocina japonesa, estas mezclas con las de otras latitudes -como la Nikkei, que combina con la peruana- me resultan mucho más estimulantes que la pura ortodoxia, al menos fuera de Japón. Y entre esas irreverencias occidentales, ninguna es tan buena en Madrid, como las del bastante estrellado (Michelin) y muy soleado (Repsol) Kabuki, un imprescindible. 

Kabuki Wellington 
Velázquez, 6, Madrid
Tfno. +34 915 777 877
Estándar
Buenvivir, Cocina, Diseño, Food, Gastronomía, Restaurantes

Belleza marchita

2015/01/img_4216.jpg

Hace poco más de diez años, Nicolas Baverez publicó un famoso libro sobre la decadencia francesa, La France qui tombe. Cuando visito el que siempre ha sido su corazón, París, sigo maravillado por sus bellezas, por ese aura de impúdico escenario de grandezas del pasado donde todo se exhibe y en el que hasta un río adopta aires majestuosos.

Lo mismo me sucede cuando entro en cualquier restaurante. En casi todos hay refinamiento y el nivel medio es superior al de cualquier ciudad. Entonces, ¿por qué la cocina francesa ya no es la reina, por qué ya no dicta modas y tan poco ha aportado desde la nouvelle cuisine? Sin duda, por lo mismo que la influencia del país está en franco restroceso, por la falta de entusiasmo de una sociedad ensimismada a causa de su perfección, sumamente autocomplaciente y poco dispuesta al riesgo y al esfuerzo, anestesiada en suma, por su propia belleza, por la añoranza del pasado y por la incertidumbre ante el futuro. Alcanzar la perfección paraliza los sentidos, priva de pasión y aleja del triunfo pero, como en toda belleza marchita, refulgen aún los brillos de otrora e incluso en la decadencia, aturde con sus encantos.

El restaurante Astrance tiene tres estrellas Michelin, está entre los 50 mejores del mundo y cuenta con muchos otros honores. Todos merecidos. En él reina la maestría, todo es impecable y nada desentona. Una simple sopa de pan tostado, para empezar un menú, sorprende por su sencillez y buen sabor. La mezcla de crujientes y cremas de la manzana y las setas con nueces que le siguen, es técnicamente perfecta y los sabores que esconden tan intactos, como deliciosos.

2015/01/img_0912.jpg

Las vieiras con ostra, médula de buey y kombu -en gelatina y crema con manteca- es una manera diferente, aunque no original, de cocinar los pescados. Todos los sabores se preservan y el buey le da un toque cárnico que hasta hace no tantos años se pensaba inadecuado para el pescado. El rollito de cilantro y hierbas que lo acompaña refresca el final y está sabiamente ejecutado. Es un acierto porque el epílogo del plato deja demasiadas sensaciones grasas.

2015/01/img_0913.jpg

2015/01/img_0914.jpg

También levemente arriesgado es el bacalao caramelizado con coliflor en cuscús y gelatina de mandarina, una mezcla excelente y sutil, un plato lleno de aromas y colores que se completan con una leve crema de queso. A estas alturas ya sabemos que la técnica brota a raudales en la perfección de cada receta pero también que a todas les falta intensidad y riesgo.

2015/01/img_0915.jpg

La pasta fresca con trufa, cómo no con lo antedicho, es simplemente perfecta y no escatima ese hongo que es un verdadero oro negro que se esconde en los páramos.

2015/01/img_0916.jpg

Si cada paso de este menú está concebido como una obra musical, la llegada de la carne supone un claro crescendo. El punto del pato, una excelente, jugosa y tierna ave, es perfecto y el jugo que la enriquece desborda aromas a campo y a caza, sin gota de grasa y con una trabazón impecable. Lo endulza una oblea de pera y col con toques de salvia frita que se eleva sobre la banalidad de los frutos rojos, sempiterna guarnición de patos y caza. Al lado, se coloca un pequeño pote con un hojaldrito del hígado y un pedacito de pierna, que nada añaden.

2015/01/img_0917.jpg

El prepostre es de soberbio sabor y el único verdaderamente arriesgado: citronela, gengibre y… pimentón picante. Perfecto.

2015/01/img_0919.jpg

El postre alcanza también una enorme altura. Se nota en Francia que el estudio -y el amor- de la repostería sigue siendo prioritario. Sus cocineros bordan los dulces que siempre aumentan enormemente el nivel de las comidas, cosa que pocas veces pasa en España. Quizá es este el mejor plato de todos, fresco, original y complejo de ejecución y concepción: rollo crujiente de ron, lichis, mango y fruta de la pasión, acompañado por una bola de coco helada con corazón de toffee. Muchas texturas y muchas preparaciones: cremas, bizcocho, helado, galleta, espumas… y todo ejecutado para que resulte armonioso y aparentemente sencillo.

2015/01/img_0920.jpg

2015/01/img_0922.jpg

2015/01/img_0921.jpg

Después de este allegro finale, poco aporta una platito de frutas que solamente evoca épocas en las que las frutas frescas, y más si eran exóticas, sólo estaban al alcance de las mesas regias. Ni siquiera un buen ponche de jazmín, y menos los consabidos financiers, pueden ya mejorar el anterior postre.

2015/01/img_0923.jpg

2015/01/img_4264.jpg

El servicio es realmente bueno, amable y políglota, el precio no es desmesurado, la decoración resulta aseada -aunque poco adecuada para tanto lujo-, el pan es correcto y todo brilla a gran altura. Sin embargo, ¿por qué me gusta, y hasta entusiasma, pero no me apasiona la fría perfección de Astrance?. Pues sin duda, porque le falta la fuerza y la pasión, que aunque siempre conllevan desmesura y error, nada hay más humano que errar y apasionarse, ni mayor belleza que la que brota del caldo de la vida.

2015/01/img_0924.jpg

2015/01/img_0925.jpg

Estándar