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A Barra

No tengo que decir que A Barra es uno de mis restaurantes favoritos de Madrid y aún sube en el ranking si nos referimos a los de carta y corte clásico. Por cosas de la pandemia (han sido de los más reticentes en abrir) y los cambios de cocina y sala que ha sufrido el restaurante, hacía bastante que no lo visitaba, así que llegué con muchas ganas que no fueron defraudadas.

En la sala se sigue notando la maestría del anterior director, Jorge Dávila, y Alfonso Martin Delgado la comanda con elegancia y enorme profesionalidad. Valerio Carrera, uno de nuestros mejores sumilleres, sigue desplegando talento y ofreciendo vinos asombrosos, especialmente en lo que a generosos se refiere.

Y la cocina, en un gran momento. Para empezar una royal de txangurro con aire de apio nabo que tiene la textura de una crema densa llena de sabor a centollo, a la que la verdura aligera, y un rallado de alga nori que aporta más sabores marinos.

Otro aperitivo original es el choux semilíquido de bacalao al pil pil con crema de piquillos y piel de bacalao frita. La pasta choux, habitualmente dulce, aquí es salada y el relleno es delicioso en su textura semilíquida, si bien la fuerza de los piquillos le roba mucho sabor al bacalao.

Con todo, la más brillante de estas pequeñas entradas me ha parecido la corteza de ternera rellena de ternera al curry, yogur y lima. El juego de texturas es muy estimulante y la corteza de ternera es más suave y original que la de cerdo. El curry está estupendo y el yogur y la lima lo refrescan, además de remitirnos a sabores orientales.

Como primer entrante, sopa de pescado pero no una cualquiera. En el plato, unas deliciosas quisquillas semicrudas acompañadas de bizcocho de algas, de ese que se hace en el microondas y adquiere una naturaleza mucho más esponjosa. Después todo se rocía con un intensísimo caldo de pescado y marisco, absolutamente perfecto y lleno de sabor. Una exquisitez en la que todo está escondido porque solo se ven dos ingredientes.

Huevo de Mos es otro gran plato. La yema está cocinada a baja temperatura y se acompaña de una carbonara hecha con tallarines de caldo Joselito y anguila. Para intensificar el sabor, daditos de anguila ahumada y puerro braseado. Sabor intenso y componentes aterciopelados. Además, el huevo con la anguila, no falla.

Aún más suntuoso es el bogavante azul. Se cubre de lardo, lo que le aporta mucho más sabor y su grasa, jugosidad a la carne del crustáceo. Después, todo se envuelve en un aire de las cabezas y una clásica y muy francesa salsa vino de blanco. En el fondo, una sorpresa: los corales de las cabezas. Una receta que sabe a gran y lujosa cocina clásica francesa.

Solo la glotonería lo justificaba pero tenía que probar el arroz de caza y setas, casi obligatorio en esta época del año. El arroz, con un acabado que reíste al diente sin estar duro y lleno de aromas y sabores, es de una intensidad difícil de encontrar gracias a sus muchos ingredientes, entre los que sobresalen la carnes de caza (torcaz, pichón, liebre, conejo…), las setas y hasta algo de chufa, hierbas aromáticas y pimienta. Para levantar a un muerto (gastrónomo, claro).

Como el pato, de presentación y preparación impresionantes. Al frente del comensal, se trinchan las pechugas para poner el resto en una bellísima y antigua prensa de plata de la que se extraen los jugos con los que se acaba la salsa con que se rocía la carne. En el plato, un paté hecho con el cuello a baja temperatura y desmigado y unos puntos de puré de manzana. Aparte, otro hecho con picadillo de setas y los interiores. Una delicia de principio a fin porque se empieza a gozar solo con la impecable y desusada preparación a nuestra vera. Carne tierna y en su punto, guarniciones que son cada una un plato excelente y no un simple acompañamiento.

Era muy difícil acabar pero cómo resistirse a un final dulce. Y valió la pena porque la milhojas de vainilla es delicada y sutil. Lo mejor es su hojaldre crujiente y con un suave sabor a mantequilla pero no le desmerecen los punzantes sabores a lima. Otro clásico que han bordado.

A Barra está en plena forma. Desaparecido Zalacain, es la mejor opción de comida clásica y moderna a la vez porque, manteniendo la elegancia de la sala y las esencias de sienpre, no renuncia a espumas, aires, salsas ligeras y otros logros, cuando el plato así lo pide. Lejos de la pomposidad y los innecesarios excesos de Saddle y más liviano que Horcher, posee el perfecto equilibrio para gustar a los más tradicionales sin decepcionar a los que buscan algo nuevo.

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A Barra

Hace más de un año que no les hablo de A Barra y es raro, porque en este tiempo habré ido decenas de veces y puesto centenares de fotos en Instagram (¿me siguen en IG? Pues, háganlo). Para mi se ha convertido, en apenas año y medio, en un imprescindible de Madrid y en uno de mis diez mejores restaurantes de la capital, quizá siete. Una apuesta segura donde puedo ir con cualquiera sin riesgo a las malas caras. Que son más modernitos, como yo, pues encuentran unas bellas presentaciones y una sabia modernización de los clásicos, no en vano su lema es “no hay vanguardia sin tradición”. Que son unos clasicorros, pues tampoco pasa nada, porque se quedan embelesados por su carísima pero sobria decoración, con un servicio perfecto -comandado por uno de los mejores directores de sala de España, Jorge Dávila-, una bodega asombrosa de Valerio Carrera y unos platos que pareciendo diferentes nos llevan a la gran cocina de siempre, sea burguesa o aristocrática.

Además no hay que padecer la tiranía del menú degustación, porque tiene carta y medias raciones, se come al gusto y los tiempos pueden ser cortos. Por lo tanto, no sé por qué no es aún el nuevo Zalacaín, quizá por la inercia de los clientes de aquel o por su más bella y clásica decoración, pero eso era antes porque ahora se ha convertido en Zalacaín Las Vegas, por lo que su mejor -y único- sustituto es sin duda A Barra.

Mi último almuerzo, obra de ese gran cocinero que es Juan Antonio Medina, pareció un banquete de Pantagruel pero en más fino, porque primó la calidad, aunque la cantidad también era digna de un Vatel. Comenzó con un falso capuccino, que realmente lo parecía, solo que el café era un potente caldo de caza y la espuma de crema se mezclaba con una exquisita ralladura de trufa que se iba quedando en los labios. Una delicia.

Después, unas recias y potentes yemas de erizo con unas quisquillas frescas y carnosas envueltas en unas suaves algas sobre las que se derrama un intenso caldo de pescado que levanta a un muerto, componiendo todo junto una excelente sopa de pescados y mariscos.

Cómo hacer de un plato sencillo y humilde una creación opulenta se llama aquí cardo, trufa, almendra y caldo de penicilium (hongos) Joselito. Y ello porque el jugo parece haber sido hecho con un jamón entero, tal es la intensidad del sabor y la lluvia de trufa, que qué quieren que les diga, que ennoblece cualquier plato y que cuanto menos cosas lleve, mejor. A mi solo con huevos revueltos o sobre una tostada con aceite me encantan. Imaginen así, la gran textura y la finura del cardo con una especie de jamón trufado con el toque crujiente de unas almendritas. Menos es mucho más y ya les anticipo que fue uno de los grandes platos de este almuerzo

También porque en los dos siguientes –como en algún otro- el ingrediente principal es tan opulento que ya destaca por sí solo. Así que las ostras al champagne son exuberantes hasta para mí que las odio (pensarán que estoy loco, digo esto constantemente y no paro de comerlas, pero la vida es así y yo soy fácil…) y no digamos a cualquiera que le gusten porque recuperan un maravilloso plato de la alta cocina de otras épocas engalanado por una perla de champagne y un musgo de plancton. Ya sé que la cremosa salsa era para ocultar la falta de frescor, pero también el erotismo se inventó para ennoblecer el puro sexo y nos ha ido muy bien con ello.

También la cigala con calabaza y salsa de vino blanco sabe a otra época. Es una gran recreación de esa maravillosa salsa de mantequilla dorada y vino que desprende aromas por todos lados y certifica la buena escuela clásica de Medina. Además, la cremosa salsa es tan suave que no oculta ni un ápice la maravilla de la cigala.

Una perfecta lubina con berenjena en texturas y un caldo dashi de la propia lubina, componen la principal receta de pescado de esta comida. Muy bueno el pez pero maravilloso el granulado puré de berenjenas y ese caldo potente que anima los melindres de la lubina, el más tímido de los pescados.

Si en ella imperaba la suavidad, la intensidad –ya casi no parará- llega de la mano de un dulce y untuoso pimiento del piquillo a la brasa con pilpil de bacalao, servido en dos preparaciones, ambas sabrosas, fuertes y aligeradas por el delicioso pimiento y crujientes de piel de bacalao.

Y a continuación, se va a lo campestre y agreste con un buenísimo brioche de liebre lleno de sabor y aromas y envuelto en una masa esponjosa que no deja adivinar el interior hasta que se prueba. Añadirle una simple hoja de lechuga con una dulce salsa de compota de manzana y eneldo contribuye a amansar a la fiera.

Para llegar a la becada a la prensa, Jorge Dávila nos ofrece un gran espectáculo de maestre de sala, porque el ave llega entera, la trincha con maestría y acaba la salsa triturando los huesos en una bella y antigua prensa de plata. El punto de la becada es perfecto, la salsa densa y cremosa y la preparación a la vista del cliente algo tan desusado que solo se mantiene en Horcher. Una desgracia porque lo excelso no se debería perder.

Un gran menú tiene que tener también cordura. Muchos platos buenos torpemente mezclados llevan tan al desastre como muchos malos. Por eso hay que tener cuidado con lo que se pone tras una becada y una liebre y la falsa manzana no podía ser una opción más fresca y mejor. Parece una manzana y se compone de muchas capas de manzana troceada finamente, espuma de manzana, crema y helado de manzana. Por si fuera poco, un buen jugo de lo mismo en la base y todo con la acidez y la frescura punzante de la manzana verde.

Así que ya refrescados, podemos entrar en el maravilloso mundo del chocolate y de los clásicos con una tarta Sacher canónica, excelente e intensa pero mucho más jugosa de lo habitual, con algo menos de bizcocho –que es precisamente lo que menos me gusta de esta tarta- y todo lo necesario de mermelada de albaricoque

Faltan aún excelentes mignardises y el remate escénico y gustativo de cualquier almuerzo en A Barra, donde, ya les digo, cada vez como más y, cómo no, lo incluyo siempre que soy preguntado entre mis favoritos, porque es el perfecto compendio entre modernidad y clasicismo, informalidad y elegancia, buen servicio y sencillez y grandes productos para excelentes recetas. Como les decía, A Barra es una gran casa que está siempre en mi top (casi cinco) y que ya se ha convertido en un imprescindible en Madrid.

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