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Pierre Gagnaire

Paris es ciudad de muy buenos y afamados chefs. Y entre los mejores y más afamados, destaca Pierre Gagnaire por su larga carrera, su elegante cocina y por haber formado a gran cantidad de profesionales. Como es bueno y famoso, tiene muchos restaurantes y asesora a varios otros en diferentes ciudades de varios continentes. Sin embargo, su buque insignia, tres estrellas Michelin, por supuesto, sigue siendo el que lleva su propio nombre y se halla en la Rue Balzac, una recoleta calle con una leve cuesta en ciudad tan llana como Paris. Extraordinario lo de la cuesta, pero aún más su carácter apacible y silencioso, porque está junto al Arco del Triunfo y a dos pasos de los Campos Elíseos, que ahora son más bien demoniacos por culpa del turismo masivo, las tiendas low cost, los burgueses airados de chaleco amarillo y, cómo no, del terrorismo yihadista.

Si la calle (esquina a Byron, ¿quién da más belleza?) es recogida y discretamente elegante, el restaurante lo es aún más porque está compuesto por ligeros paneles de madera clara, páginas de libros y lámparas de lectura sobre cada mesa, haciendo de todo un perfecto homenaje a Balzac, a Byron y a todos los libros del mundo. Un servicio impecable parece también fruto más del arte que de la realidad.

Pierre Gagnaire –del que ya les hablé aquí– es muy caro pero tiene un generoso y exuberante menú de almuerzo que vale entero como un solo plato de la carta. Empieza con un festival de aperitivos que a mi, que soy tan mayor, me recuerda en versión sofisticada los increíbles entremeses de los paradores en los 80 (del siglo XX, eso sí).

Tienen, entre otras muchas cosas, un cubo de Martini, aceitunas y pistachos, tomatillo con estragón, un precioso y picante damero de grosellas y rábano y una espectacular hoja de ostra con rilletes de sardina especiados. No faltan variados hojaldres, pan suflado de queso, varios tipos de panes y tres mantequillas diferentes.

Las entradas son igualmente variadas y abundantes y se dividen en otros cinco platillos: pomelo tailandés con un jugo untuoso de pomelo rosa con Campari, champiñones rosados y palmitos frescos, una receta en el que el sabor intenso y a madera húmeda de los champiñones se altera violentamente con el amargor de todo lo demás en un juego tan inesperado como exitoso.

Como no me gustan las ostras, estuve tentado de pedir un cambio, pero viendo el nombre (salteado de ostra y figatellu, sopa de guisantes rotos) me acordé que estos civilizados franceses no siempre las comen crudas, solas y desnudas. Felizmente es un plato en el que el molusco es uno más de los ingredientes y se deja envolver por el delicado sabor de la verdura y hasta de esa salchicha corsa de cerdo llamada figatellu, lo que hace que la ostra solo se note al final dando un golpe de sabor a mar a un plato tan de tierra. ¡Espectacular!

Como transición sencilla el condimento de Yosuke con brunoise de calabaza, un picadillo tipo surimi endulzado por la calabaza.

Todo lo contrario que la potente y deliciosa gelatina de aceitunas negras de Nyons, anchoas cántabras y daikon. Sabor poderoso, fuerte y muy equilibrado. También infalible porque qué mejor que anchoas y aceitunas. El daikon es un tipo de rábano oriental que da aún más potencia y las varias texturas se juntan en un único y chispeante bocado.

Lo mismo que unos simples y delicados berberechos en cacerola con alcachofas puro contraste mar y tierra -que nos remite a la ostra– que es simplemente excelente. También la cocina popular lo sabe -como de las anchoas con aceitunas– y por eso nos dio las excelsas alcachofas con almejas.

El plato fuerte es un rabo de ternera con pluma ibérica lacada, tuétano y crema de endivias con queso Beaufort. La cola desmigada sirve de lecho a una pluma con un glaseado espectacular y sobre ambas, el tuétano. Sabores recios y grasos que se aligeran, intensifican, endulzan y amargan (todo a la vez) con endivias, col rizada y queso. El resultado es de una fuerza (y al mismo tiempo) suavidad sorprendente.

 

Para acompañar un Pot au feu de execelentes hortalizas guisadas con carne y aceite de avellana. Lo popular elevado a la alta cocina.

Y, cómo siempre en Francia, vaya postres los del maestro Pierre Gagnaire. Ya los prepostres son otro festival de platillos entre los que destacan los cilindros de chocolate (uno blanco y otro negro) y un magnífico falso macarron de limón que compone sus dos caras con gelatina en la base y merengue encima.

Los postres también vienen en varios platos a cual más delicioso, sea por los sabores cítricos y florales, sea por el crujir de un verdadero encaje hecho tapa.

Aunque para genialidad y tapas, una hecha con manteca lo que le da la consistencia de un bombón. A partir de ahí, un festival de sabores a castaña, cassis y hasta al de una solitaria avellana garrapiñada.

Pero nada como un monumento a chocolate. Será por que soy devoto, será porque creo que nadie lo prepara como los franceses. Lo elevaron a los altares los antiguos mexicanos, lo trajimos los españoles y lo adoptó todo el mundo, pero nadie le da la magia de los cocinemos y reposteros franceses. No digo que no haya excepciones, de hecho mi favorito es el de Pierre Marcolini, pero en cuestión de postres no hay rivales para los galos. Este me recordó a uno que quizá fue el mejor de la historia, un coulant de Lucas Carton sin rastro de harina. Aquí hay una fría base muy densa y untuosa de chocolate negro, una mousse perfecta y una leve espuma de chocolate con leche, cada una de un porcentaje. Además, palitos de chocolate negro tremendamente crujiente. Sencillez absoluta en los ingredientes pero muchas texturas y varias temperaturas para hacer de este un postre sublime. Quizá cualquiera puede hacerlo, pero es de Pierre Gagnaire

Este menú de almuerzo de 90€ (75 más con medio litro de champán) es un regalo. Pero aunque no lo fuera, lo que sí garantiza es una experiencia deslumbrante. La cocina de este maestro de ya mucha experiencia, parece sencilla pero no lo es. Quizá porque parte de la mayor complejidad para idear soluciones sencillas y brillantes mezclando elegantemente alta cocina francesa con platos populares, que en sus manos se convierten en hitos. Sin duda, uno de los grandes cocineros del mundo.

 

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Magorabin 

En una calle no muy bonita de un barrio más bien corriente de Turín se halla Magorabin, un estrellado local que destaca por la sencillez y sobriedad de sus instalaciones. No hay nada que desentone pero tampoco nada especialmente bello. La cocina es parecida: moderna para una ciudad tradicional de Fiats y Agnellis, tranquila y alejada de todo vanguardismo. Sus únicos alardes consisten en ciertas mezclas de sabores arriesgadas y, algunas veces, poco afortunadas. El resto ya se hacía en España hace treinta años. 

Hay cuatro menús, los dos más sencillos basados en la carne (Terra) o el pescado (Acqua), quizá demasiado, porque o todo es carne o todo es pescado. Los omnívoros lo tenemos regular con ellos. Por cierto, sean menús o sea carta, hay que hacer el pedido un par de días antes, lo cual no facilita precisamente las cosas. Quizá por eso, casi todas las mesas eran de dos. 

La esponja de cacahuete con mayonesa de wasabi es el primer aperitivo. Y ya se sabe, es un bizcocho aireado en el sifón,  invento del genio Adriá; está un poquito seco y mezclado con el chispeante sabor del wasabi. 

El macarron con tartar de gambas une lo dulce del crujiente envoltorio con la salinidad de las gambas. No es una mala mezcla pero tampoco para patentarla. 

No sé si le gustará al chef -quizá sí estando en Italia- que diga que el mejor aperitivo es la focaccia de cinco cereales, pero es que es cierto. Está realmente maravillosa, es más rústica que la habitual y los sabores de las hierbas y el aceite de oliva compiten con lo crujiente de la corteza y la algodonosidad del interior. Realmente espectacular y ya es difícil en este país en el que todos las hacen y hasta hay bares en las calles llamados focaccerias

El arroz de tinta de calamar frito con marisco es una crujiente oblea que sabe a arroz negro no solo porque lo es sino también por la inclusión de los toques de pescado. Es sabroso y muy vistoso. 

Tampoco en Italia son inmunes a la moda de los bollitos chinos y japoneses. Ya he dicho que todos los hacen y pocos los saben hacer. Por eso el bun de cerdo ahumado con teriyaki estaba bastante bueno pero resultaba seco y es que mantener el punto de humedad y ligereza no es nada fácil. 

Muy buenos los tacos de maíz con ceviche de ciervo y aguacate, el taco reconvertido en finísima y traslúcida tostada y formando un bocadillo que contiene tan buen relleno. 

De la misma naturaleza es el beso de dama, un plato tradicional de bellísimo y poético nombre que esconde un leve y delicioso bocado de foie. 

La tartaleta de yogur con crema de cassis y botarga de muggine no está mal gracias al relleno, porque el uso de tartaletas remite a bodas ochenteras muy de provincias. La bottarga es una buena salazón italiana de huevas de atún aquí sustituido por ese misterioso muggine. 

Acabados los aperitivos, la entraña de waygu con brotes y crema ahumada es bastante decepcionante por no ser más que un grueso carpaccio sin nada remarcable. No está mal pero, como la tartaleta, no es para un gran menú. 

Ocurre todo lo contrario con la jardinera de pollo a baja temperatura, un plato sencillo, reinventándo y excelente por sus buenos ingredientes y la conversión de algunas de las verduras en puntos de color, o sea en sabrosas cremas que lo decoran y acompañan a la perfección. 

Fetuccini con ragú de Angus y trufa negra es como debe ser: una pasta perfecta y al dente, una gran carne muy bien cocinada y un pequeño toque de trufa. Ninguna innovación y nada de riesgo pero la receta es tan deliciosa que quizá no lo necesite. Puede que si yo fuera italiano y estuviera harto de comerlo, pensaría otra cosa pero como no lo soy, me encanta tal cual. 

Para el siguiente plato, sacan un negrísimo pan de cacao e hinojo. Ya saben que me gustan mucho el cacao y me encanta el hinojo pero juntos ambos y en pan combinan francamente mal. Una pena porque el pan recién horneado que sirven con el resto y que aparece más arriba es excepcional. 

Los amargores del pan agudizan los del cordero con crema de avellanas y endivia asada, una receta que no es un fiasco pero que no acaba de funcionar a pesar de lo bien ejecutada que está. 

Parece como si en esta última parte de la cena, el cocinero se hubiera precipitado por el riesgo gustativo, porque hacer un sorbete de tomate y mezclarlo con habas y rábano a modo de prepostre o postre refrescante no es solo osado. A mí no me importa que lo sea, pero lo cierto es que no resulta nada agradable, especialmente por culpa del rábano y las habas. Quizá como original aperitivo, con algo vodka y sabores más marcados y hasta algo de picante, pero así, ni chicha ni limoná. 

Mucho más ortodoxo resulta el cacao Jivara, gel de limón Hendricks y helado de cacao ahumado, un postre que combina lo untuoso con lo crujiente y en el que el fuerte sabor del chocolate se matiza con un toque de limón tan sutil que lejos de anularlo lo potencia. Muy bueno. 

Se ve que el chef se luce en los dulces porque las mignardises son tan abundantes como excelentes, destacando unas espectaculares trufas de chocolate y una esponjosa y aromática Colomba un bollo al que podríamos definir como el Panettone de Semana Santa

Es Magorabin un buen restaurante escondido de las rutas más habituales y que merece la pena conocer. Conozco otros estrellados de esta ciudad (solo hay restaurantes de una estrella en Turín) y creo que es el mejor a pesar de algunos fallos de concepto, como la propia configuración del menú o algunas mezclas fallidas. Sin embargo, no es caro, es sencillo pero refinado, arriesga y complace.  Una buena visita. 

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