Buenvivir, Gastronomía, Restaurantes

Criterion, regreso al pasado

Criterion es, según las crónicas, el mejor restaurante de Colombia. De acuerdo con la lista de los 50 Best de Iberomérica, es el número 39. Podrá parecer poco, o mucho, según se vea, pero no está nada mal teniendo en cuenta el gran número de restaurantes analizados. Comer en Criterion es como retornar a los 80, un viaje al pasado de la gastronomía. Y de la decoración, porque su barroco comedor está poblado por espejos de marcos recargados en oro y plata y por brocados de terciopelo de un sofocante color magenta.

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La parte buena es que algunas paredes se ornan con botellas, otras con falsos libros y todo el frente con amplios ventanales, lo que consigue redimir al discotequero conjunto.

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La comida es francesa, aunque con algunos enternecedores guiños a la italiana -en forma de risottos– o a la española a base de jamón 5 Jotas, embutidos y hasta tortilla de patatas. Abundan las opciones más «elegantes» como caviar, waygu o trufas y la casi totalidad de los platos responden a recetas de la Francia de los 80. ¡Pero no nos lo tomemos a la tremenda! No todos los países avanzan al mismo ritmo y no todos poseen la misma tradicion culinaria o un simple amor por el refinamiento. Y si se considera todo eso, en Criterion se come bastante bien. Lo he comprobado pidiendo el menú que recoge las grandes especialidades de la casa clasificadas por año de creación:

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Del 2004 proviene el capuccino de alcachofa con trufa de Alba, una falacia completa porque la trufa brilla por su ausencia. Quizá lo preparen con aceite de trufa blanca, que no es lo mismo, pero eso tampoco es seguro porque no se encuentra el menor rastro de ese delicioso sabor. La espumosa crema del capuccino está, no obstante, muy bien ejecutada y el sabor de la verdura es intenso y delicioso.

El tartar de atún, acompañado de esa deliciosa alga que es el wakame y de mayonesa de wasabi está canónicamente ejecutado. Recuerda a otros miles, pero es correcto y está muy bien cortado a cuchillo.

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Las vieiras -aquí llamadas scallops, en inglés- con salsa de maíz y chorizo resultan agradables. Excelente el molusco y tolerable la extravagancia del chorizo. El empleo de nata en la salsa resulta verdaderamente entrañable, por lo anticuado, pero el plato es sabroso y colorido.

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Sin duda mejor que los langostinos a la plancha con trufa negra y arroz salvaje, en los que la ausencia de la trufa (mencionarla debe ser un modo de crear una ilusión finalmente defraudada) y la bondad del arroz son lo más destacable, junto al tamaño de los langostinos, tan grandes como poco sabrosos, pero es defecto de muchas personas confundir el tamaño con la calidad. Y sí, acepto el doble sentido.

El boeuf bourguignon cumple con todos los cánones, los franceses en la preparación y los iberoamericanos en el exceso de cocción de la carne.

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Con el primer postre, llega el mejor plato, tanto en lo visual como en lo gustativo, un salto al siglo XXI: un tartar de patilla (sandía) con «yema» de mango y maracuyá. El trampantojo es perfecto porque parece un steak tartare. La sandía con el color y el corte perfecto de la carne y la yema de huevo conseguida con una hábil esferificación de las frutas tropicales. Un plato fresco, bonito, elegante y sumamente sencillo que debería marcar el camino futuro de este restaurante.

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Se acaba con la sorpresa de café y helado de pistacho. La sorpresa consiste en que el café oculta una buena ganache de chocolate, pero bueno, tampoco está tan mal como la presentación. Por eso no hay foto y mejor pongo la del ron Zacapa Solera 23 que la acompaña.

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¿Es esta una crítica cruel y furibunda? En absoluto. No recomendaría hacer demasiados kilómetros por comer en Criterion, pero bien es cierto que la colación resulta agradable y que todo depende con qué lo comparemos. Muchas veces alabo las películas de Woody Allen cuando los demás las critican. Es verdad que han empeorado con los años, que son más superficiales y más previsibles, pero eso es porque las comparamos con las otras del genio. Si lo hacemos con la generalidad de los directores, siguen resultando geniales, tal es el páramo creativo del cine actual, sobreabundante en superhéroes, alienígenas y efectos especiales. Lo mismo ocurre con este restaurante, elogiable en su género y en su entorno, y que tiene un gran futuro si apuesta por la sandía y abomina de la nata y del espectro de la trufa.

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El aroma de la belleza

Los viejos grandes hoteles poseen un aroma especial, compuesto por miles de sutiles partículas. El Ritz de Madrid posee todos ellos: frágiles pétalos de flores, denso humo de velas, exquisitos perfumes femeninos, mullidas y mil veces hoyadas alfombras, porcelanas multicolores, maderas pacientemente enceradas, betún para abrillantar zapatos y notas de muchos pianos.

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¿A qué sabe la belleza? Seguramente a eso. Y a pasos lentos cuyo sonido es amortiguado por los tapices, al improbable recuerdo de un pasado inexistente, a sueños rotos y a promesas de juventud perdida. Por eso embriaga almas y alimenta suspiros.

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Todo eso habita en los antiguos hoteles que, como este Ritz, son cajas de sueños en las que los recuerdos anidan en cada rincón, esperando a ser invocados. Es un bello edificio de principios de siglo, del siglo XX por supuesto. Se yergue orgulloso frente a un impertérrito Neptuno plagado de volutas y coronado de mansardas.

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Cuando se inauguró, la cocina era uno de sus grandes atractivos en una época de absoluta dictadura de la cocina francesa y de platos de nombres evocadores y poéticos, a veces más exquisitos que sus sabores: pularda derby, pollo Marengo, melocotón Melba, tounedo Rossini, pera bella Helena, langosta Thermidor, crepes Suzette, islas flotantes, savarin al ron, gratin dauphinois, caracoles a la bordelesa, lenguado Colbert, consomé Olga o tarta Waldorf. Belleza en todo que hace reparar en que ahora no se nombran los platos, sino que su denominación parece la larguísima y aburrida descripción de la receta.

En esos principios del siglo XX hasta los tés danzantes hicieron que la aristocracia abandonara su chocolate de media tarde (gran error) porque el lujo siempre se ha llevado mal con la tradición. Después llegaron los altibajos. Se comía peor pero seguían los excesos: las señoras no pudieron entrar con pantalones hasta el 75, los caballeros sin corbata (¡¡¡¡en cualquier dependencia!!!!) hasta casi los 90. Hoy la cocina mejora lentamente, las perversidades se han arrumbado y se mantienen toques únicos de distinción como las servilletas negras. La razón es sencilla y delicada: el buen lino blanco siempre deja huellas níveas en la ropa oscura. El negro no!

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Los salones del Ritz son incomparables y la terraza es la mas bella de Madrid. Solo por eso ya vale la pena la visita. Es fácil comprender que llamándose este blog anatomía del gusto puedo perdonar fallos en la cocina si son atenuados por el encanto del lugar, la excelencia del servicio o un ambiente singular. No al contrario. Aquí las tres cosas son sobresalientes y un gran equipo del que destaca una de las mejores sumilleres de España, hace deliciosa cualquier velada y eso que, en general, los platos demoran algo más de lo debido.

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Dentro de las entradas destaca un original canelón de buey de mar, langostinos y vieiras en el que la pasta se sustituye por tiras de mantecoso aguacate, una solución colorida, novedosa y fresquísima.

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Las vieiras son excelentes de calidad y sabor. Por eso solo se acompañan de un puré de brécol, otro de coliflor y unos excelentes tirabeques. Nada inolvidable pero mejor la sencillez que el sinsentido.

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Los platos principales cuentan con buenos pescados, como el atún de alambraba, de calidad excepcional y muchas buenas carnes como el clásico steak tartare -que desgraciadamente no cortan a cuchillo- al natural o vuelta y vuelta, una buena posibilidad que aumenta las texturas y quita el miedo a los que no gustan de alimentos crudos (¿quedan aún?)

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El roast beef es también sencillo y excelente. En su punto, levemente rosado, de un buey tierno de gran calidad y cortado finamente se acompaña de mantequilla de ajo negro y alcaparras, lo que intensifica y contrasta con el sabor de la carne, pero también de unas nubes de sabor no identificable y que, aunque le dan color, nada aportan y resecan el plato.

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Los postres son vistosos y respetan esta línea de buenos productos mínimamente adornados. El merengue relleno de sorbete de mango es realmente bonito y la sequedad del merengue combina muy bien con el frescor del sorbete.

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Lo que me gusta menos es el postre de chocolate, demasiado facilón, al no atreverse con la intensidad del chocolate negro y abusar del bizcocho, cuando en realidad no debería llevarlo. Para colmo, el helado es de chocolate blanco, ese pésimo invento solo comparable al vino sin alcohol. Afortunadamente se puede cambiar por el de chocolate negro que es realmente excelente, una de las mejores cosas de este restaurante. Desde siempre. La verdad es que solo con dar sabores mas adultos a este postre, en la línea del helado, podría resultar excelente.

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Menos mal que se mira alrededor, a árboles que permiten entrever los tejados del Prado, a ventanas que esconden tapices y a fuentes caudalosas y todo se perdona porque hay bellezas por doquier. Hasta en tazas y azucareros. Y la belleza es capaz de conjurar el dolor y hasta el mal. Aunque no siempre…

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Del trabajo bien -o mal- hecho!

¿Por qué cualquier publicista en paro, cuarentón/a en crisis o ama/o de casa desesperada cree que puede poner un restaurante? Por la misma razón por la que cualquier joven sin formación o cualquier estudiante en busca de un dinerito, se piensa que sirve para camarero, convicción esta que cuenta con la complicidad de empresarios que perdonan la incompetencia a cambio del ahorro.

Todos están equivocados, desde luego, porque este negocio de los restaurantes es de los más difíciles, especialmente si se persiguen la excelencia, la calidad y la permanencia. Lo sé tan bien que nunca habría osado tener uno. Cuando critiqué con dureza a Otto -curiosamente, mi entrada más leída porque vende más la leña que el incienso- algún lector lo achacó a mi condición de restaurateur frustrado. Nada más lejos de la realidad, porque jamás lo intenté y, por respeto al conocimiento y a la profesionalidad discreta, nunca se me ocurriría. Por eso admiro tanto a los verdaderos y sacrificados profesionales de este mundo. Esos que nunca están en los sitios de moda de Europa porque sigo convencido que chafardeo, calidad y servicio sólo se encuentran reunidos en los Estados Unidos. En Europa cuando no falla uno, flaquea el otro.

IMG_0674.JPGFernando Guerra

Viene todo esto a cuento tras mi última vista a Sushi Cafe Avenida en Lisboa, un túnel bellamente decorado, magníficamente iluminado y extraordinariamente bien pensado, pero en el que se ha producido un fenómeno verdaderamente paranormal, la moda post mortem. Cuando abrió era un restaurante bonito, bien atendido y con una cocina japonesa y de fusión más que notable. Ahora es sólo un lugar de moda, cosa realmente extraordinaria, porque las modas son tan pasajeras, como dependientes de los comienzos.

IMG_0675.JPGFernando Guerra

Como el que tuvo, retuvo, las gyoshas de carne son excelentes y con ese leve punto de plancha que es difícil de lograr: ni mucho ni poco;

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los diferentes rollos de sushi son originales, suculentos y bien presentados,

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lo mismo que las preparaciones de pollo, tanto el teriyaki como el yakitori, ambos con salsas enjundiosas y deliciosamente tiernos.

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El problema está en todo los demás, en la música con un volumen discotequero que ahoga las conversaciones, en el servicio desatento y nada profesional, en el ambiente guanabí y en multitud de detalles que lo han convertido en un lugar casi para olvidar. Aunque aún están a tiempo…

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Polvos dorados

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Watching people: dícese del lugar donde los más atolondrados van a mirar y a ser admirados (o donde borrachos exquisitos conjuran las tristezas del atardecer).
Sin embargo, la pregunta es, ¿se puede comer bien en estos modernos palacios de la banalidad? Quizá sí en París (Monsieur Bleu), Miami (Zuma) o Los Angeles (Spago), sin duda en Londres (Dinner), pero no en España. Y eso, a pesar de la excelsa contribución que hizo a la historia de la gastronomía universal nuestro wtaching people cañí por excelencia, Casa Lucio: aquellos huevos rotos con patatas fritas que aún hoy le dan fuste y fama para estupor de los adrianistas o sea, los fieles devotos de Sant Ferrán Adriá.
El más reciente de estos «no lugares», cumple todas estas reglas y se llama Otto. Nadie sabe por qué, ya que está en Madrid, no es propiedad de italianos, aunque tenga burrata y su cocina es, dicen ellos, de «corte mediterráneo», suponiendo que el foie lo sea. La carta es un batiburrillo de soserías intrascendentes que van desde una tabla de chacinas corrientes a las alcachofas salteadas, pasando por grandes pedazos de las carnes más insípidas y peor cocinadas o por una crema de queso a la que, tampoco nadie sabe por qué, llaman tarta.
Un jueves cualquiera andan por allí Vicky Martín Berrocal, María Zurita, Marina Castaño, Boris Izaguirre, Javier Hidalgo, Rosauro Baro, le propietaire, numerosas señoras bien, tan mayores como desubicadas y chicos en camiseta, acompañados de rubias oxigenadas y plastificadas, que si no fueran del barrio de Salamanca serían de Mujeres, Hombres y Viceversa, ese programa que ennoblece la belleza del músculo, el tatuaje y la silicona mientras guerrea con las neuronas. Al único que se echa de menos es a Thomas Hardy, aquel autor visionario que ya en 1873, doscientos años antes que McLuhan, dijo: «hoy día hay tanta gente que se hace un nombre, que me parece más distinguido permanecer en la sombra».
Deben acudir a Otto?
No, si les gusta comer y los decorados con alma.
Sí, si adoran a los pijos castizos y a los famosos por causas desconocidas.

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Más bistrós y menos tascas II

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Sobran en Madrid tascas toscas y faltan restaurantes de barrio en los que el refinamiento y el buen precio no estén reñidos, donde descubrir cosas nuevas y en los que la carta cambia con la estación, en busca siempre del más fresco y mejor producto. Lugares que abundan en Paris o en Roma y que son un regalo para los amantes del buen comer.
Así es LaKasa, un lugar donde beber desde una sidra bretona a un tinto del Duero portugués pasando por numerosos caldos elegidos con originalidad y mimo.
Acompañan a setas en escabeche con aroma a campo, zamburiñas sobre verduritas asadas o sabrosos mejillones con un perfecto punto picante. Excelentes platos de caza, en especial, la torcaz al curry, una combinación perfecta. Ahora tiene también unas intensas albóndigas de corzo y cangrejos de río, un plato original y especiado que renueva el ampurdanesa mar i muntanya con el mar y río. Lo refresca con brotes tiernos y guindillas consiguiendo un resultado moderadamente picante y altamente embriagador.

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Los fines de semana son días grandes en LaKasa porque se festejan con platos especiales. Los sábados un delicioso steak tartare. La mejor carne de solomillo coartada a cuchillo mezcla sus intensos rojos con el verde de las alcaparras o los amarillos de la mostaza de Dijon. El cocinero lo hace a la vista y como debe ser, con sabores fuertes que dan vida a la carne sin apagar su sabor.

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Los domingos es el día del, realmente magnífico, solomillo Wellington, un plato de la más alta cocina, tan tradicional como difícil de preparar por los diferentes puntos de carne y masa. Aquí el solomillo llega rosado y jugoso como lluvia púrpura y el hojaldre crujiente y con un dorado de atardecer campestre.

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Los imprescindibles quesos llegan cada mes desde un afinador francés que borda el Brillat Savarin y el Comte, el Charolais y el Laguiole o cualquiera que se le ponga por delante.
Es una pena que la negrura del ambiente y el animal print de los estampados, coloquen a LaKasa más cerca del escondrijo de Batman o de la residencia de los Adams, que del colorido, la tranquila creatividad y la alegría de sus platos.
Pero, ya saben… nadie -ni nada- es perfecto…

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Members only

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Un inglés es a su club lo que Proust a un suspiro. Por eso, cuando ya parecía todo inventado y que el club tradicional estaba abocado a morir de aburrimiento y languidez, un grupo de jóvenes posh crearon en Londres Soho House, un lugar mucho más cool que los de antaño y en el que los creativos y los artistas eran los más bienvenidos. No querían gente aburrida y por eso, transformaron las salas de lectura en cines -donde ver lo último, bebiendo una buena botella de vino- y los fumoir en discotecas. La idea fue tan exitosa que, en época de burbujas financieras y chicos ambiciosos que se comían el mundo , se extendió primero a Nueva York y más tarde, a otras ciudades de EUA, Canadá y Europa, convirtiéndose en una franquicia semiglobal del buen gusto y la modernidad distraída y repensada.

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El que más me gusta -y no los conozco todos- es el de Miami porque no hay ciudad menos inglesa y de caballerescos clubs que esta. Por eso le cuadran bien la elegancia deconstruida y esa aureola de lánguida canalla que son el sello distintivo de una casa en la que pueden aparecer desde Leonardo Di Caprio a Beckam pasando por la iridiscente Alessandra Ambrosio. También podría hacerlo Bertie Wooster redivivo.
Miami Beach Soho House se yergue junto a una playa refulgente, sobre el mar tibio y azul eléctrico de Florida y cuenta además con varias habitaciones. El brunch del domingo, el más trendy y única alternativa a la elegancia acartonada que envuelve el del Ritz Carlton, gira en torno a un enorme y colorido surtido de exquisiteces italianas, mariscos de la zona y deliciosos postres de todo el mundo aunque la comida no es lo más importante.

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Todo se degusta a la sombra de los emparrados que protegen del céfiro ardiente y por los que apenas se filtran algunos rayos de inmisericorde sol, los mismos que dan brillo a carnes prietas y cuerpos atezados, tililan en bellinis y mimosas y destellan en campanillas de cristal, diamantes ambarinos y en todos los relojes de oro de la ciudad.
Y además, otra una buena noticia, los no socios también pueden entrar a comer pero, por un consejo, esmérense con el atuendo o serán rápidamente detectados y yo… negaré haber escrito esto!!!

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Gran Circo DiverXo

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David Muñoz, el joven sabio de la cocina española, compara su DiverXo con un circo y no seré yo quien le diga que no. La comparación me parece psicoanalíticamente acertada. Como en los circos clásicos, destaca la fealdad del local, la alegría impostada del personal, la asombrosa genialidad de algunos números, la poética suciedad de algunas propuestas y la extravagancia del jefe de pista, él mismo. Compararle con el niño Mozart, un artista caprichoso y aún desigual, mimado por el mundo, sería excesivo porque él no es artista sino -como todos los cocineros, aunque no lo crean-, artesano y porque aún no sabemos si su obra cristalizará o se convertirá en polvo en el viento. Por ahora no pasa de ser, y ya es mucho, como Glenn Gould, aquel pianista neurasténico, maestro de una sola obra, o de un Michael Jackson que, mutante de pelo en lugar de piel, es capaz de lo mejor y de lo no tanto. Dije aquí mismo que es uno de los componentes de la Santísima Trinidad de la cocina madrileña. También, que quizá muriera de éxito porque le faltaba madurez y equilibrio. Después de visitar recientemente su restaurante sigo pensando lo mismo, aunque también que no hay genio sin provocación, ni creatividad e innovación sin error y que él es, en la actualidad, el único vanguardista de la cocina española. ¡Y decir vanguardia y extravagancia es decir lo mismo! La puesta en escena comienza con camareros con falda y con unos extraños cerdos alados, oscura y diabólicamente alados, que presiden el local y se encaraman en las mesas, los cerdos no los camareros.

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Continúa con una verdadera locura: la mesa se cubre con un mantel de pésimo gusto, entre el papel y el hule, sobre el que se arrojan palomitas de maíz, esferificaciones de vinagreta y cápsulas de ketchup casero. Insisto, todo eso se arroja sobre la mesa y se ha de comer con las manos, pringando las palomitas en las salsas.

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Ellos dicen que es como un picnic pero no pasa de ser una verdadera porquería, más digna de una tasca para adolescentes que de un tres estrellas Michelin. Sin embrago, tampoco hay que indignarse. Desde el urinario de Duchamp y la Venus de la ropa sucia de Pistoletto, todo es posible. Lo mejor es apretar los puños, no irritarse y esperar, porque en este circo, como en todos los demás, se desciende con el hedor de los animales pero también se asciende con las ágiles cabriolas de los trapecistas. La cosa sigue con el coco joven con un guiso acidulado de berberechos, zamburiñas y pochas, ya un clásico de su cocina. Es una elaboración atrevida y excelente, especialmente cuando el coco no está tan duro como el que me tocó en suerte y se pueden arrancar sus blancas paredes de carne fresca y mezclarlas en la sopa.

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Por fin retiran el pringoso hule y el resto de los platos se elabora como un cuadro. La vajilla está formada por grandes rectángulos de porcelana blanca, completamente mate y de distintas rugosidades. Sobre ellos, los camareros van componiendo los platos a las vista del comensal. Vean: llega primero la pictórica base

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y después los rollitos de sardinas que completan este plato llamado kimchee, pochas con coco y sardinas, una visión tan bella como impresionante y una mezcla de sabores que nos hacen pasar del odio al amor, porque esta cocina no es sólo una experiencia gustativa de primer orden. Es también un intenso placer visual, aromático y táctil. El arte total de Wagner sin ser arte, pero siendo cocina.

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El pulpo estofado en berza asada con zanahoria baby, lapsang souchon te y alga nori, siendo de una extraña belleza, conquista sobre todo por su juego de texturas, blandas, crujientes, cremosas y crocantes y por una mezcla de morados y naranjas digna de Rothko.

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Texturas parecidas se aprecian y disfrutan en un sorprendente caviar de roca que también juega con naranjas y ocres de expresionismo americano. Un paréntesis antes de una exquisita composición japonesa, por lo formal y por el contenido y es que ya es hora de decir que David Muñoz posee una sabiduría técnica que abarca muchas cocinas del mundo y un amor por las orientales que inspira toda su obra. El plato se llama gamba, quisquilla y camarón con espárragos blancos al Riesling, una auténtica delicia de simplicidad admirable.

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Seguimos con un riesgo que parece excesivo, pero que resulta altamente excitante y gustoso, la mezcla de la pintada con el esturión ahumado en forma de sándwich crujiente, un compuesto de blandos y crocantes, de sabores fuertes y suaves, que nuevamente cautiva. El esturión combina con compañeros sorprendentes, pero sólo los muy creativos llegan a tanto y con tan buenos resultados.

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También va perfecto con el pichón del siguiente plato que, aunque no fuera sobresaliente, ya valdría la pena por su avasalladora belleza que se va completando muy poco a poco, desde una nívea flor de levísimos champiñones que el hibiscus tiñe de escarlata, hasta el remate de la salsa anaranjada sobre un pichón de punto perfecto, tierno y jugoso como pocos consiguen con tan desagradecida carne.

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Lo remata otra de las grandes creaciones de David, el mollete de pato especiado y mandarina, un monumento al sincretismo y a la cultura gastronómica porque, mezclando el alma del dim sum y el cuerpo del mollete, construye un plato guloso, apetecible y que estalla en la boca, llenándola de sabores y si, por qué no, de efectos multicolores.

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Dicen que este lenguado de la foto es acariciado al wok y es verdad porque lo debe rozar con sutileza manteniendo la reciedumbre de sus carnes y respetando su jugosidad. Este chef lo sabe todo sobre el wok, tanto cuando debe alejarse la llama del producto, como cuando se debe acercar, al modo peruano. Los toques de ajo negro realzan su sabor y pintan el plato y la crepe de boletus, de ligerísima masa, es un gran plato por sí sola, otro gran cuadro sobre la mesa.

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El remate es tan colorista como delicioso, tan arriesgado como feliz: aceituna gordal, papaya y tuétano y ensalada de vaca gallega sellada al wok, cigala y papaya, una especie de plato combinado que eleva el de las antiguas cafeterías de la pobreza, a los campos elíseos de la alta cocina.

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Es una lástima que tanta grandeza preceda a unos postres más bien simplones, pero es que, o David Muñoz no ha sido llamado por el mundo de la repostería o después de sus siete días de creación, está tan extenuado que la mente no le da para lo dulce. El pettit suisse de fresitas silvestres, chocolate blanco y jugo de chiles dulces, es verdad que nos traslada a ciertos sabores de la infancia pero más parece por agotamiento mental que por juego intelectual. En cualquier caso, no está a la altura.

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No hace falta decir que el balance es excelente, que pocos arriesgan tanto y saben más de cocina y de estética, que raras veces se va más del arrobo a la indignación -aunque hay más de lo primero que de lo segundo- y que casi nunca la experiencia gastronómica es tan completa y satisfactoria para tantos sentidos. Tanto, que si no le gusta comer, vaya a contemplar tanta belleza porque alimenta el alma y además, la agita. La madurez, espero, ya le vendrá, porque ¿desgraciadamente? a todos nos llega. Si así acontece y no queda en muñeco roto, en triste niño prodigio, DiverXo será uno de los grandes del mundo. Y de la historia. Brindemos por ello.

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Estrellas moribundas

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No hay nada que me sorprenda o que me entusiasme en el Club Allard. Tampoco nada que me disguste en exceso. Y ahí radica el problema, porque eso es la mediocridad. Un gran restaurante debe emocionar, sorprender, deleitar y en muchas ocasiones, irritar o incluso provocar la perplejidad o la incomprensión del cliente. Eso era precisamente El Bulli (bendito San Ferrán Adriá), sorpresa, juego, placer y enojo para algunos.
Siento decir eso, y lo que vendrá después, porque el trabajo que está realizando María Marte tras la salida de Diego Guerrero, el creador, es encomiable. Sin embargo, hoy por hoy, el Club Allard es un lugar gris y tristón. Ubicado en unos de los mas bellos edificios de Madrid, un pastel cuajado de molduras y lacerías, hechas de crema y nata, la decoración es anodina y la luz penetra en las salas tamizada y mortecina. Los platos son oscuros y tristemente presentados. Sólo la flor hibiscus es un estallido de color y gracia.

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El txangurro de cáscara blanda tiene el acierto de usar ese tipo de cangrejo tan infrecuente en nuestras tierras. Un crustáceo que es un juego en si mismo porque, estando en periodo de mutación, su cáscara es blanda y deliciosamente comestible. En esta versión, como de sidrería euskalduna, el sabor carece de sutileza y la presentación es tan original como poco elegante, una caja de lonja de la que salen vaharadas de humo.

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La trufa de caza con foie y setas es impecable en sus sabores: tierna, aromática, delicada y al mismo tiempo, portadora de la fuerza del foie pero nuevamente la presentación es confusa, terrosa, acartonada y… con humo.

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Del ravioli de guisantes con papada ibérica hay que destacar su deliciosa sutileza y la maravilla verde de los tres (en serio, sólo tres) guisantes lágrima, ese caviar verde, casi inexistente que lo acompaña.
La sopa de cerezas con caviar de arenque casi ofende por su banalidad, porque recuerda a los cientos de sopas, cremas y gazpachos de cerezas que inundan desde hace años, cócteles de boda, banquetes de fin de curso y, supongo, hasta restaurantes de carretera.

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El huevo con pan y panceta sobre crema ligera de patata fue la gran creación de este restaurante. Sigue siendo un logro de sabor y originalidad, una manera moderna de reinventar los huevos fritos con patatas y chorizo, una receta creativa y llena de fuerza. Una pena que ahora les salgan tan salados.

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El ciervo con boniato y castañas es un gran plato en el que se abusa del dulzor del tubérculo consiguiendo así que tenga un inmerecido protagonismo. Excelente sin embargo, el punto de la carne.

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Sólo la flor de hibiscus con pisco sour deslumbró mi mirada. Como se puede ver en la fotografía superior, es una composición colorista y de buen gusto, una mezcla fresca y relajante, perfecta tras los sabores primigenios de un plato de caza.
Con la roca de chocolate, plato triste y oscuro donde los haya, pasa como con las cerezas. Esta más vista que una puesta de sol en el ibicenco Café del Mar y no digamos ya, acompañarlo de un helado de haba tonka

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La pizarra de mignardises acaba de rematar tanta oscuridad. Al final todo es negro, todo es mediocre y algo polvoriento. Les pasa a las estrellas, que se convierten en polvo muerto, pero desde que mueren hasta que desaparecen de nuestra mirada pueden pasar siglos. Quizá tengan suerte y ocurra los mismo con las de Michelin…

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Pizza vs Picsa

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Cierto que soy poco de pizzas. A mi me parecen un pan, más bien malo al que se arrojan queso derretido y grandes cantidades de grasas polisaturadas, un entretenimiento banal que sólo ha triunfado gracias al poder de seducción de los italianos y a la puerilidad del mundo de hoy.
Aquí la masa es más gruesa de lo habitual y las grasas más sofisticadas, así que mejor que mejor. Además es un lugar de paso, francamente amable y con una deslumbrante decoración en la que el sol entra a raudales envolviéndolo todo y en espacio tan solar… quien se resiste a nada!
Los aperitivos son excelentes y la tarta de chocolate, la mejor de Madrid: intensa, densa, aromática, perfecta.
Todo eso está en Picsa, el hermano pequeño de Sudestada y Chifa. Tan luminoso que parece una pecerita seca, una cajita de luz y mármol.

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Buenvivir, Diseño, Gastronomía, Restaurantes

Kabuki Raw

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Decir que Kabuki es unos de los mejores restaurantes japoneses de España, no es novedad ni descubrimiento alguno. Afirmar que Finca Cortesin es el mejor y más elegante hotel de campo y playa de nuestro país, tampoco. Por eso, la alianza entre ambos era una apuesta fuerte porque, desde que Ricardo Sanz comenzara en su mítico restaurante de Presidente Carmona en Madrid, varias han sido las filiales (la del Wellington, Tenerife, Valencia y ahora la T4) y no todas de la misma calidad. Mantener tantos y tan distantes restaurantes no es fácil, por mucho que todos participen de los mismos principios y partan casi de la misma carta. Por ello, será bueno decir desde el principio que la apuesta es ganadora y que el restaurante -y el hotel- bien merece el desplazamiento desde Marbella, Estepona, Cádiz o donde sea.
La decoración es suntuosa, de palacio rural con leves toques de antigüedades japonesas, algo así como los recuerdos de algún abuelo viajero. O descubridor de otros mares.
Los platos son excelentes desde los aperitivos (un refrescante sorbete de lima y algo de mango acompañando a unos espárragos dulces). Llama la atención la variedad de tartares de atún. Mi preferido es el picante, un plato chispeante en el que las especias, los picantes, maceran el pescado.

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Kabuki tiene en realidad dos cartas en una: la de platos tradicionales, ejecutados con una ortodoxia impecable, y la de fusión de los japonés con la cocina mediterránea. Reconozco que, por su osadía, originalidad y fuerza, esta es mi preferida.
De ella son ya clásicos sus nigiri de huevos fritos de codorniz con pâté de trufa blanca, los de hamburguesa con tomate y cebolla caramelizada y el de pez mantequilla con trufa blanca. Los tres un hallazgo y mucho más sabrosos que los tradicionales. Tres miniaturas que parecen tapas perfectas en un momento en que todo el mundo parece dedicarse a ellas.

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El futomaki de cangrejo es levemente tradicional y adiciona el poco conocido (en España) y excelente cangrejo de cáscara blanda, el famoso soft shell crab tan apreciado en Japón y Estados Unidos. La tempura de verduras es variada y está perfecta de punto. El atún teriyaki es una delicia cocinada, de las que más destacan en esta cocina tan proclive a los crudos perfectos. La famosa salsa japonesa, sutilmente dulce, da al atún un sabor delicado y diferente y un aspecto reluciente.

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El lomo de buey es más español que japonés, pero es bueno no andarse con nacionalismos y ser cosmopolita. En todo en la vida. Sólo así se aprovecha y aprecia lo mejor de todo el mundo.
En Madrid, Ricardo Sanz, quizá pensando que los postres no son su fuerte, se los encargó al gran Oriol Balaguer, un mago del chocolate. Aquí no son lo mejor, pero tienen buena presencia y rematan con discreción unos platos que ya se han convertido en un clásico nacional, por su maestría técnica, por su conocimiento de la tradición y por su altísima exigencia con los productos. Sólo conociéndolas, se pueden romper las normas.

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