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Más es menos

El problema de las consignas modernas es que son de una simpleza aterradora, tanta que, como dijo Umberto Eco, puestas del revés conducen al absurdo: el «no al hambre» (o a la guerra) es una aseveración tan obvia que no resiste la afirmación contraria o es que ¿alguien se atrevería a decir, «sí al hambre»?

Todo lo contrario acontece con algunas grandes frases de la historia que son -o al menos lo parecen- perfectamente reversibles. Quizá de ese modo, el «menos es más» de Mies Van der Rohe, eslogan y primer mandamiento de todo minimalismo, podría formularse también como «más es menos». 

Esa nueva formulación es la que se me vino a la cabeza con varios de los platos de un notable restaurante que reluce en la sencillez y naufraga en la mezcla excesiva. La Candela Restó es una dirección casi secreta en Madrid, pero un lugar bien conocido por los aficionados y que se ha hecho un hueco entre los más audaces y modernos, quizá como posible relevo de la anterior generación, algo así como La Cabra pero en estado más larvario.  

 Situado en una recoleta y sombreada calle de las traseras del Teatro Real de Madrid cuenta con una original, moderna y atractiva decoración que le confiere un aire de luminoso bistró del siglo XXI. La carta cambia constantemente y ofrece tres menús de seis, nueve y once platos. Como ya he dicho tantas veces, a la manera apolínea (de Delfos), que la virtud está en el medio, opté por el de nueve pasos (precio: 67€).  

 Los aperitivos son, como todo el resto, vistosos, coloridos y bellos. El pan de gambas, con o sin tinta de calamar, no sobrepasa la corrección, pero el de patatas bravas y el de ajo y perejil son tan chispeantes como originales y sabrosos. Un hallazgo sumamente sencillo.  

 Sigue un tronquito con frutos que no son frutas: un frito de manitas de cerdo algo burdo, un excelente cucurucho de steak tartare y, en auténtico crescendo, una espectacular esferificacion de gazpacho de cerezas absolutamente cautivadora.  

 El usuzukuri con ensalada de pamplinas, flores y salsa ponzu es sencillo, fresco y muy bien ejecutado. Pocos ingredientes y bien avenidos. 

 Por eso, es difícil de entender por qué a continuación el cocinero coloca en un huevo de ganso tantos y tan disímiles elementos como atún, burrata, tomate concassé y… crema de sopa de ajo. No es que esté malo, ni mucho menos, es más bien que no tiene sentido y por eso, no se entiende. Da la sensación, como en Master Chef, que había que utilizar todo lo que se tenía a mano sin poder prescindir de nada… 

 La gyosa de cordero con tzatziky (un crujiente) y curry amarillo, se presenta por separado, por lo que se deben comer crujiente y empanadilla mientras se bebe la salsa. Divertido y diferente, aunque demasiado tímido el curry.  

 
El buns relleno de chipirones con puntos de salsa (cabrales, vizcaína, pimientos, zanahoria y guisantes) me ganó desde el principio, pero más por lo visual que por lo gustativo, ya que la masa del pastelillo resulta demasiado basta y ganaría notablemente si adoptara la naturaleza de mochi. Los puntos de salsa, sin embargo, no solo confieren gran belleza al plato sino que le prestan muy diversos sabores. Un buen hallazgo

 
que prepara para el más redondo de los platos fuertes, un delicioso pulpo a la brasa con caldo de carne que acompaña sus muy intensos y deliciosos sabores con las refrescantes y verdes notas del tabulé de salpicón con guacamole servidos sobre una rodaja de lima.  

     Para rematarlo, la sorpresa de un cóctel servido en el soporte de lo anterior, un Noé Sour. Al final el plato también es complejo, pero no por una mezcla sin sentido sino por una superposición de sabores inteligentemente organizada.  

 
Por eso cuesta seguir, volviendo a los excesos, con un plato que prefiero no describir para no cansar, ya que mezcla anticucho, corzo, dim sun, chucrut, mojo miso, apio, nabo, piedras volcánicas, hoja de plátano y veinte mil cosas, todas buenas, casi todas superfluas, porque llevan al agotamiento, tanto gustativo como mental.  

      Los postres son buenos pero, como todos los de la cocina de vanguardia, no aptos para dulceros y, como ya se sabe, mucho menos para chocolateros. Algún día alguien explicará el por qué de esta fobia al rey de la repostería. ¿Demasiado banal para ellos? Las variaciones en torno a la cerveza son originales y estimulantes pero nuevamente recargadas (avellanas, helado de levadura, remolacha, trigo, quinua y algarrobo) y el acompañamiento de un vasito de cerveza, siendo una apuesta por la originalidad, resulta totalmente prescindible.  

 El tomate, tomillo parmesano y helado de albahaca es de una singular belleza y cuenta con un helado extraordinario. La gracia del plato quizá sea también su reversibilidad ya que valdría perfectamente como ensalada postmoderna.  

 Se acaba con otro increíble trampantojo de huevo frito y que resulta ser otro pisco sour con un bizcocho de té matcha. Bueno y bonito.  

 Estamos ante un importante cocinero sumido en un gran dilema: optar por la sencillez del que conociendo todos los adornos elige la esencia y la simplicidad o por el contrario opta por la sobreabunadancia del que no sabe prescindir de nada o eliminar lo sobrante, y lo mismo vale para una novela, una película, un poema o una receta. La gran cocina siempre extrae el alma del plato y eso hace a algunos inmortales, sea un arroz a banda (en el que tanto pescado y marisco se gasta para hacer del grano esencia de mar), un gazpacho (que transforma lo más sólido en liquida ligereza) o una esferificación que concentra en un suspiro la esencia -el alma- de una simple aceituna.  

De la elección entre esas opciones contrapuestas dependerá que este ya excelente Candela Restó se alce al Olimpo de la cocina o descienda al infierno de la insensatez. 

 Petits Fours

La Candela Restó                   Amnistía, 10                                 Madrid                                               Tfno. +34 91 173 98 88

 

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Paladares a la cubana

 Ya he cantado hace muy poco las bellezas de La Habana, esa ciudad varada en el mar donde los atardeceres son más dulces que en cualquier otro lugar. 

 Sus encantos arquitectónicos, la creatividad -única forma de libertad- a raudales y sus múltiples rincones hechizados, hacen olvidar frecuentemente, los páramos abandonados como después de una guerra y la dureza del día a día. El turista puede ignorarlos entre el griterío de los pavos reales  

 del mastodóntico y bellísimo Hotel Nacional, mientras ahoga sus penas en daiquiris y mojitos y se asoma al mar desde jardines colgantes y terrazas voladoras. 

  

Hotel Nacional

Todo en la ciudad es tan amable como sus pobladores y las callejas de La Habana Vieja nos transportan al último estertor de un imperio colosal, a un tiempo en el que los criollos aún se adormecían indolentemente en mecedoras de caoba maciza, bajo el aliento de perezosos ventiladores

 Ahora nada es tan dulce, pero la energía cubana encontró en los paladares un modo inocente de escapar a la economía estatal. Se trata de pequeños restaurantes que abrieron a finales de los noventa rodeados de limitaciones y cautelas, justo cuando se permitió el trabajo cuentapropista (por cuenta propia). Mucho ha pasado desde entonces y la abundancia de ellos abruma, por no hablar de los tics de restaurante de moda neoyorquinos (esnobismo, desatención, gentío) de algunos tan nuevos como El Cocinero o tan históricos como La Guarida, que ahora hasta cuenta con una blanca terraza en la azotea más propia de Miami Ibiza que de La Habana.  

La Guarida

Visité varios paladares, pero solo uno me llamó la atención, Le Chansonnier. Antes de hablar de él -recomendado hasta por el AD americano- conviene recordar que no estamos en un país normal, sino en uno en el que impera la economía del Estado, en el que nunca hubo -al contrario de México o Perú– una gran cocina autóctona y en el que la vida de cada día se rige por un severo bloqueo, por lo que la escasez es la norma general y cuando no falta una cosa, falta otra.

 Por eso, parece un milagro que estos pequeños lugares privados estén tan cuidadosamente decorados y practiquen una cocina más que correcta. Puede que no vayan a estar en la guía Michelin, pero los que visiten la isla me agradecerán que los mencione. 

La cocina de Le Chansonnier, como su propio nombre indica, es francesa, aunque no desprecia algunos platos italianos o españoles. Los entremeses tienen su gracia, nos permiten probar varias entradas y nos devuelven a otras épocas, cuando este era un plato obligado en todo restaurante que se preciara, muy en especial en los Paradores Nacionales. 

 La lasagna de berengena y camarones (o langosta o cangrejo) es suave, saludable y agradable 

 aunque no tanto como el pulpo con guisantes o eso imagino, porque no conseguí probarlo, de tanto como les gustó a mis acompañantes.  

La  mousaka de vegetales tenía una gran variedad de estos y todos los sabores estaban equilibrados sin perderse en el gratinado. 

Menos acertado resultó el cordero con salsa de mostaza y chocolate. La carne pecaba de dura y la salsa, con esa mezcla tan arriesgada, resultaba algo incongruente.  Los guisantes que la acompañaban sí que estaban realmente buenos, especialmente en un país donde casi no hay mantequilla, por increíble que parezca. 

Los postres son quizá lo mejor de este restaurante, desde un flán -más bien pudin-  realmente sabroso

hasta un brownie con intenso sabor a chocolate y una ejecución tan ortodoxa como bien acabada.  

Soy consciente de la generosidad de estos comentarios porque si este restaurante estuviera en Madrid puede que no le hubiera dedicado una sola línea, pero a cada uno hay que darle según lo que tiene y teniendo tan poco como tienen en este país y siendo tan meritorio el riesgo y la iniciativa, hay que juzgarlo entre sus iguales y, entre ellos, está sin duda entre los primeros.  

  

Le Chansonnier.                                    Calle J 257 esquina 15 y Línea (Vedado). La Habana.                             Tf. +537 832 1576

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Belleza congelada 

Para un español pisar América es descubrirse a sí mismo, pero llegar a La Habana es tocar la propia alma y coronarse con las dulces rosas del enamoramiento. Si los recuerdos son surcos de lágrimas, en Cuba son sólo nostalgias del amor juvenil y aromas de lo que pudo haber sido y no fue.  

   

 La ciudad, ceñida por el mar e incendiada por los flamboyanes, encaja a la perfección con los recuerdos y desborda ensoñaciones. Nada deja indiferente porque todo es solar familiar. Por eso, hasta los pestañeos se tiñen de emotividad. De ahí los malentendidos y las incomprensiones, las riñas familiares, el egoísmo del amor. 

 Pocas ciudades hay tan deslumbrantes y decadentes como La Habana y ninguna en América con un patrimonio arquitectónico tan deslumbrante y variado. Si en Cartagena o Antigua, todo parece congelado en el barroco y en Buenos Aires, que nada aconteció antes de mil ochocientos, La Habana se adorna con todos los estilos del mundo: con las ríspidas fortalezas contra la rapiña, con las melifluas curvas del rococó, con las severas rectas del racionalismo, con las empalagos del decó o con el colorismo de los cincuenta, cuando todo se paró.  

 La ciudad decidió detenerse en el tiempo, pero las ciudades son como los hombres y si el parón mental puede ser voluntario, el cuerpo sigue caminando, inexorable, hacia el fin. Bacon, el pintor, no el filósofo, decía al mirarse cada mañana en el espejo: ¡ve como la muerte obra en este rostro! Y eso le ha pasado a La Habana, la reina moribunda, ora declinante, ora paisaje para después de la batalla.  

 Las vistas al océano se cuelan por todas partes, exactamente igual que una vegetación lujuriante que puntea grandes avenidas -huérfanas de coches-, invade de verdor jardines y patios y teje tapices en los baldíos. Todo eso y más es cuanto se contempla desde el restaurante La Torre, quizá el más elegante de Cuba y un mirador privilegiado de toda la urbe. Circundado de ventanales, ofrece una vista de trescientos sesenta grados de luz, avenidas, mar y azoteas. Se aloja además en el edificio Focsá, un avanzado de la modernidad por el uso del hormigón, la distribución del espacio y el más alto de la época en Iberoamérica.   

  Se trata de un restaurante del Estado, no de uno los paladares de los que todo el mundo habla, como La Guarida, hoy más un local de moda que un heroico adalid del cambio. Todo es aquí un placer para los ojos y un delicioso reducto de elegancia marchita. Los platos son enormes y poseen los bellos nombres del pasado, denominaciones que hacían soñar, no como ahora que solo nos conducen mentalmente a la cocina, para ponernos a guisar. Hoy en día los platos carecen de nombre y son tan solo larguísimas descripciones de ingredientes y preparaciones, como lomo de ciervo, crujicolesbruselas con ras el hanout, aceitunas y pistachos o alacachofas confitadas, praliné, fondo de jamón y hierbas aromáticas. 

 
Aquí la langosta se llama Chevalier, Mariposa o Thermidor y las carnes Eminence de filete de res a la Strogonoff o Navarin de cordero primavera. Presentaciones y preparaciones transportan a aquella ciudad de grandes descapotables americanos en la que Errol Flynn y Hemingway confundían el amanecer con un interminable daiquiri

Puede que el carpaccio de langosta esté cortado muy grueso y algo cargado de limón, lo que le hace parecer más un ceviche, 
 o que los camarones se envuelvan en armaduras demasiado rígidas,

 
que todo tenga salsas contundentes y que las cocciones sean aquellas interminables de la prenouvelle cuisine,  

 
pero en cada cosa hay un esfuerzo notable de agradar y hasta excelentes toques de brillantez, como un delicioso puré de calabaza y boniato con cominos o algunos postres notables como el turrón helado que en realidad es un suflé frío con frutas escarchadas, arrebatadoramente multicolor  

 o la terrina helada de chocolate que oculta, como todos los demás, empalagosos licores, pedazos sorpresa y zumos de fruta

Algo está pasando en Cuba y ellos lo saben. La energía y la creatividad de una sociedad que encuentra en el arte su libertad son las de siempre, pero los locales nuevos proliferan y los cuentapropistas (trabajadores por cuenta propia) reinan en ellos. Ya son quinientos mil y constituyen un germen de clase media a punto de eclosionar. Quizá no sea tan pronto como muchos (¿franceses, americanos?) creen, pero algo se mueve en la ciudad congelada y esa energía rejuvenece. Hay que estar en Cuba y ayudar en un nuevo comienzo. Quien no lo haga perderá el tren de la felicidad y quedará atrapado por este giro inesperado de la Historia.

La Torre.                                                                                                                                                                                                                        Edificio Focsá.                                                                                                                                                                           Calle M esquina a 17. Vedado.                                                                                                                                         Tfno. +53 755 30 88

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El Gran Ramón (Freixa)

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Perdiz escabechada, setas y arroz socarrat debajo de un velo

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Ramón Freixa ha conseguido muchas y muy diversas cosas. La primera, romper ese maleficio que hace fracasar a la mayoría de los restaurantes de hotel porque lo que es frecuente y hasta deseable en otros países, es una rareza en España. La segunda, alcanzar una estrella Michelin en menos de seis meses y dos, en menos de año y medio. La tercera, ser el mejor ejemplo de lo que debería ocurrir siempre: es embajador de lo catalán en Madrid y abanderado de lo madrileño en Barcelona.
No diré yo que DiverXo no mereciera ser galardonado con tres estrellas, pero sí que el gran Ramon lo merece tanto o más que David Muñoz a quien supera en madurez, refinamiento y equilibrio. Ya veremos si DiverXo no muere de éxito, a base de excesos y desmesura. Ahí habita el genio pero, como casi siempre, desmedido, exagerado y desigual.
Ramón Freixa sin embargo, después también de una juventud alocada, ha alcanzado una madurez armoniosa y absolutamente personal. Si otros cocineros son deudores, demasiado, de Adriá, Berasategui o Arzak, la expresión gastronómica de este cocinero es indiscutiblemente única porque, conociendo las técnicas más clásicas y los experimentos más vanguardistas, crea recetas en las que, tras una sencilla apariencia, se esconde una enorme sabiduría gastronómica y una asombrosa pericia técnica. Sus elaboraciones se descomponen en varios platos que, siendo cada uno independiente y único, sólo adquieren su verdadero sentido en la reunión, en la profunda unidad que subyace en todos ellos. Son excelentes por separado, pero solamente juntos adquieren su genialidad. Unión de lo diverso, fusión de lo aparentemente contrapuesto, en un juego que sólo él práctica. Y únicamente los más grandes poseen su propio lenguaje.
El idioma ramoniano no deja nada al azar y la belleza y variedad de las vajillas se conjuga con rutilantes cristalerías, cuberterías elegantes y largas mantelerías que parecen vestidos de cola. Es el único que cambia la servilleta para el postre, pasando del blanco al castaño, y también la decoración de la mesa, de la hortaliza a la rosa roja.
Freixa es capaz de bordar una royale de liebre de un clasicismo y una intensidad que no mata el sabor del foie y que estalla en sabores primigenios, o de sorprender con un etéreo y transparente macarrón de moscatel o un canelón de perdiz cuya pasta parece papel celofán, un envoltorio que permite ver el relleno, otra genial invención juguetona sólo igualada por el asombroso canelón al revés -con el relleno por fuera- de la sutilisima y delicada Carmen Ruscadella, la única y gran señora de la cocina española.
De las entradas, el plato de trufa no carece de ningún sabor del bosque (sólo le faltan los gnomos y los elfos, pero se adivinan) y del fondo de la tierra, girando todo alrededor de unas trufas tan excepcionales que pocas veces se encuentran en España. El mimetismo de trufa es una sorpresa que llega a todos los sentidos.
Las habitas con cigalas y un suave toque de hierbabuena son de una delicadeza extraordinaria y se acompañan de un socarrat delicioso, llamativo por su belleza estética y su explosión cromática.
Los platos fuertes son igualmente redondos. Un lomo de ciervo tierno y de fuerte sabor, con un alegre ras el hanout que constituye una fusión tan culta como adecuada. Las patatas con ajo negro, orejones, nabiza y sobrasada son un ejemplo palmario de lo que puede dar la cocina tradicional, tamizada por la modernidad y el talento sensible.
El lenguado fósil, con los más deliciosos y aterciopelados guisantes lágrima y un leve pilpil, es extraordinario. Lo mismo que el flan de alcachofas con cañaillas y almendras, tierra y mar en un níveo vasito de porcelana.
Menos me gustan los quesos, demasiado intervenidos y de un sólo productor. Prefiero que no estén cocinados y que me descubran el mundo a través de sus sabores, como hace la excelsa mes de Santceloni, el paraíso de los queseros y un espectáculo único en el mundo, algo que no se ve ni en la meca del queso, Francia.
Todos los postres son excelentes, pero ninguno como los de chocolate, para los que Freixa parece especialmente dotado. El dim-sum de avellanas con plátano curry es una mezcla extraordinaria en que ninguno de los sabores puede con el otro.
Para los paneros, aquí están los mejores de Madrid. Sabiendo que nadie los hace como Freixa padre, desde Barcelona llegan los panes de mantequilla, de agua, de frutos secos o los grissini de tomate…
El servicio es tan discreto como eficaz y cuenta con un sumiller que debe llevar bebiendo desde la más tierna infancia porque sólo así, siendo tan joven, se puede tener la virtud de la omnisciencia. Gracias a ella, lo mismo ofrece un tinto sudafricano con toques de chocolate, que un moscatel de la Axarquia de perfecta acidez, que un oloroso con aromas ligeros a Pedro Ximenez, pasando por caldos de todos los rincones del mundo que lo merecen.
No sé si Ramon es el mejor de los madrileños -aunque sea catalán- pero sí que está dentro de esa santísima trinidad que forman Roncero, Muñoz y él.

Mi menú
Aperitivos: alcaparras fritas, aceituna rellena de vermú, crac de aceite y tomillo y pan de leche de caserío.
Pan con tomate y salchichón de Vic. Sardinitas fritas.
Ajo blanco, berberecho y torrezno, corazón de melón, Ferrero de foie y limonada herbácea.
Tuber melanosporum: mimetismo de trufa con consomé trufado y lasca de ibérico, pan payés, trufa sorpresa con macarrones de moscatel.
Ensalada de tupinabos, apionabo y galleta de torreznos.
Lomo ciervo, crujicoles de Bruselas con «ras el hanout», aceitunas y pistachos.
Trigo con coliflor y nabos, encaje de piel de pollo
Patatas con ajo negro, orejones, nabiza y sobrasada
Chocolate: muñeco de nieve con eneldo y kirsch, frío y caliente de cacao, «dim-sum» de avellanas con plátano curry, namelaka con vainilla y chile, aguacate y cacahuete.
Selección de chocolates.

Manzanilla pasada Barón
Ata Rangi Pinot Grigio 2011. Nueva Zelanda
The Chocolate Block 2011. Sudáfrica.
Lustau «East India»
Ordóñez nº 2. Málaga

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Lomo ciervo, crujicolesbruselas con ras el hanout, aceitunas y pistachos
Trigo con coliflor y nabos, piel pollo
Patatas con ajo negro, orejones, nabiza, sobrasada

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Las primeras habitas con yema de erizo y cigala atemperada

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El marqués de Valflor, rey del cacao

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Hoy, un dos en uno, un bellísimo hotel y un excelente restaurante.

Encontrar grandes hoteles históricos en Portugal, no tiene mucho mérito, está lleno. Hallar un buen restaurante es más difícil. Parecerá sorprendente, porque muchos afirman que la cocina portuguesa es magnífica. Puede ser verdad si se gusta del buen producto o de cocina popular y nada evolucionada en general y más en particular de bacalao, patatas, cebollas y guisos contundentes. Pero si lo que se busca es la estilización de la cocina tradicional, al modo de lo hecho en Francia o España, o simplemente, alta cocina, la cosa se pone muy muy difícil porque Portugal es la tierra del tradicionalismo y la prehistoria gastronómica.
El Pestana Palace es el antiguo palacio del marqués de Valflor, rey del cacao a principios del siglo XX, gracias a sus inconmensurables posesiones africanas. El marqués, hombre hecho a sí mismo y ansioso por «épater le bourgeoisie» se construyó un palacio a la medida de sus fabulosas riquezas abrazándolo con una jardín lleno de árboles, plantas y flores traídas de todo el mundo. Los artesanos portugués e se mezclaron con los que llegaron de Italia, Francia y España. El mejor en lo suyo era llevado para pintar frescos, tallar molduras, emplomar vidrios o pulir mármoles. El resultado, un panegirico al lujo y a la belleza, una belleza demasiado ostentosa a veces, pero tamizada ahora por el paso del tiempo.
Todo el restaurante esta abierto a los jardines desde dos salones, el azul y el rojo, por la mañana cuajados de luz y en las noches iluminados por la tenue y dulce luz de las velas. Grandes vajillas con el escudo del marqués, cuberterías de plata, flores frescas y manteles de hilo conforman un perfecto y romántico ambiente de otro siglo.
La cocina no desmerece el lugar aunque no lo alcance y realiza un notable esfuerzo por modernizar sutilmente las contundentes recetas portuguesas. Tienen un buen foie casero con pan de especias y una deliciosa y portuguesísisma compota de calabaza, un excelente bacalao con grelos y batata, buenas y tiernas carnes mirandesas y las mejores trufas de chocolate negro que se pueden encontrar, tanto que invitan a pedir más cuando llegan con el café. Se puede hacer, porque el amabilísimo servicio de todo el hotel está entrenado para complacer al cliente en sus más mínimos deseos. Como debe ser!
Para enamorados que quieren enamorarse más, para desenamorados que quieren darse una oportunidad, para enamorar y enamorarse o para quién no está enamorado pero querría estarlo.

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laKasa: más bistrós y menos tascas

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Sobran en Madrid tascas y faltan restaurantes de barrio en los que el refinamiento se alíe al buen precio. Así es LaKasa, un lugar donde beber desde una sidra bretona a un tinto del Duero portugués pasando por numerosos caldos elegidos con originalidad y mimo.
Acompañan a setas en escabeche con aroma a campo, zamburiñas sobre verduritas asadas o sabrosos mejillones con un perfecto punto picante. Excelentes platos de caza, en especial, la torcaz al curry, una combinación perfecta. Los imprescindibles quesos llegan desde un afinador francés que borda el Brillat Savarin y el Comte.
Me ha faltado el solomillo Wellington y me ha sobrado ese negro ambiente que tanto gustaría a Batman. LaKasa no lo merece.

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