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¿Ha nacido una estrella?

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Oporto, la Invicta, es una ciudad discreta, pequeña y muy elegante, un espacio en el que se mezclan a la perfección tradición y modernidad, clasicismo y amor por el diseño de vanguardia. Por eso, no es extraño que su más ilustre hijo, Álvaro Siza Vieira sea el más importante de los arquitectos portugueses y uno de los grandes del mundo, un mago de la luz y de los espacios diáfanos cuajados de claridad; también maestro de la sencillez y de la elegancia discreta, cosa muy destacable en tiempos de arquitectos estrella ávidos de espectacularidad y fama. Desde el principio destacó por su genio y esa maestría se refleja ya en sus obras juveniles y de pequeño formato.

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Seguramente la más conocida de todas ellas es la Casa de Cha da Boa Nova (Leça da Palmeira, Oporto) un asombroso pabellón construido entre las rocas y muy cerca del mar, todo madera, piedra y cristal, una joya de luz y sencillez. Orientado al oeste recoge en sus grandes ventanales los últimos rayos sol, permitiendo disfrutar de los más bellos crepúsculos que pueda imaginarse.

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A pesar de ser visita obligada para los amantes del buen gusto, nunca ha destacado por nada más que por su arte, a pesar de ser salón de té-restaurante desde el principio. Su imparable decadencia hacía presagiar lo peor, hasta que su reciente y brillante restauración le ha devuelto un esplendor que ahora se pretende también gastronómico.
Para ello se ha encargado del proyecto el más famoso de los cocineros portuenses, Rui Paula, un hombre hecho a sí mismo y que, con extremada prudencia, pretende modernizar sutilmente la anquilosada cocina portuguesa.

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Para esa incierta labor no podía encontrar mejor lugar, porque la Casa de Cha sigue manteniendo desde los años sesenta su impresionante y discreta modernidad, encumbrada ahora a ese clasicismo que sólo confiere el paso del tiempo. Y eso es justamente lo que hace Rui Paula, una cocina tradicional modernizada, un ejercicio trasnochado en muchos países, pero pseudorevolucionario para Portugal, la tierra del tradicionalismo gastronómico. Ahí radica su gran mérito.
El menú Tierra y Mar plasma a la perfección ese empeño discreto que intenta no escandalizar a los tradicionalistas; tan sólo sorprenderles levemente.

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Comienza con unos aperitivos divertidos y sin complicaciones entre los que destaca el excelente cornete de tartar de atún y guacamole. Después llega un suculento lomo de sardina que se acaba de ahumar en la mesa por medio del recipiente en el que se sirve y que expande humo y aromas por doquier.

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El foie está, como era moda en los noventa y aún lo hace Comme Chez Soi, envuelto en frutos secos, pero tiene buen sabor y el acompañamiento de uvas embebidas en cachaça es original y fresco.

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El carabinero es una pieza excelente, plena de sabor y perfecta de punto, pero el plato incurre en uno de esos frecuentes errores -la mezcla sin sentido- de la llamada cocina moderna,  en la que lo que funciona bien es genialidad y el resto experimentos absurdos, porque servir este crustáceo con un guiso de judías con chorizo (feijoada) es un riesgo que roza el disparate y nada aporta al marisco.

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La lubina con vieiras, pepino de mar y algas es todo lo contrario, una mezcla poco arriesgada pero sumamente afortunada en la que los diferentes sabores se realzan mutuamente y todos los elementos gozan de un perfecto punto de cocción.

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Con el canelón de bacalao con puré de garbanzos volvemos a disfrutar de un plato original y vistoso que reinventa unos de las recetas más populares y sencillas de Portugal, el bacalahau com grao de bico. El bacalao en tajada y en brandada se juntan aquí con la legumbre, convertida en un leve puré que sustenta todos los ingredientes. La pasta del canelón es suave y envuelve en tiras a un bacalao hecho crema.

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Las carnes son de tan gran calidad como de escaso riesgo. La ternera es suave y tierna y se sirve en un punto rosado perfecto. El acompañamiento de tupinambo, comida de ovejas hasta que el hambre de las guerras se la descubrió a las personas, es correcto y seguro, aunque quizá una sorpresa en Portugal donde apenas se usa aún.

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El cochinillo es sobresaliente. La piel está sumamente crujiente y en su grado justo de rigidez, con muy poca grasa, tan perfecto como el de la carne. Ya es momento de decir que Rui Paula da el punto justo a cada cocción y lo que le falta de audacia lo compensa con buenas técnicas tradicionales.

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Cuando ya casi han pasado tres horas interminables, aparecen unos quesos que son abrumadoramente corrientes en un país de lácteos variados y únicos.

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Los postres son mucho mejores y evocan la elegante sencillez del Siza del que hablábamos al principio. El chef hace grandes creaciones con las frutas más sencillas. Así la fresa, la cereza y la almendra (esta en helado) es un postre bello, humilde y elegante.

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Lo mismo se puede decir del más complejo que forman los higos, las frambuesas y los pistachos, construido en diferentes texturas a base de helados, gelatinas, espumas y esponjas, además de excelentes gajos de higo fresco.

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Resumiendo, la Casa de Cha es un recipiente artísticamente perfecto pero que en lugar de dar alas de riesgo al cocinero parece intimidarlo. Pero quizá este sea el precio de la subsistencia y la evolución en Portugal, un cambio imperceptible pero certero sobre el que se ciernen dos amenazas: la falta de ritmo en la secuencia del servicio, que llega a ser exasperantemente lento, y los muy elevados precios (120€ el menú descrito), exagerados para Potrugal. Y para España, donde basta decir que Paco Roncero, con dos estrellas Micehelin, totalmente consolidado y en Madrid, cobra por el suyo, mucho más impresionante y con veinte preparaciones distintas, 135€.
Junto a las amenazas, las esperanzas: si Rui Paula mantiene este excelente nivel y ajusta la maquinaria ahora que está en rodaje, tendrá su estrella. Si asienta su personalidad y progresa más arriesgando, quizá dos. O al menos eso le deseo yo. A él y a la cocina portuguesa.

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Un dandy en zapatillas

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El Rey Carlos III nunca ha tenido una calle importante en Madrid, a pesar de ser su creador ilustrado. Al menos, sí tenía un cine, una de las más altas formas de ilustración. Ahora, ni calle ni cine; ya no tiene nada porque, en tiempos de monárquicos vergonzantes y republicanos escasos pero ruidosos, el antiguo y opulento cine Carlos III se ha convertido en Platea. Una verdadera pena porque fue un Rey singular y, al parecer, es modelo de Felipe VI, tanto que ha colocado su retrato sobre su silla de trabajo.
A la moda de los enormes cines de principios del siglo XX, el Carlos III fue el más refinado de los muchos que poblaban el entonces no tan elegante barrio de Salamanca. Sin embrago estaba a la altura del Palacio de la Música o del Avenida, verdaderos templos del lujo plagados de vidrieras, mármoles y pan de oro, escalinatas de barandillas sinuosas de bronce y latón, enormes espejos, mullidos terciopelos y luz a raudales.
Manteniendo esa estructura, Lázaro Rosa Violán ha hecho un trabajo encomiable respetando el espíritu de antaño, aunque transformándolo totalmente, En el patio de butacas y en el sótano, comunicados por una claraboya, se encuentran numerosos bares de comida, desde los de chacinas finas y quesos imposibles al pesto o a la cerveza negra, a los que ofrecen platos de cuchara o cocinas exóticas. Nunca seré cliente de esta parte porque, por muy elegantes que sean, no me interesan los autoservicios y las guerras por una mesa, pero la idea es interesante, exitosa y mucho más refinada que la de los mercados de San Antón o de San Miguel, donde sirven ostras en plato del plástico y se mezclan los puestos con los restaurantes.

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Todo aquí es diáfano y eso permite que cualquiera disfrute de un altísimo escenario donde se suceden proyecciones de muy diverso tipo e interesantes actuaciones musicales, aunque esto le daría igual a Carlos III, como bien padeció el arrogante y genial Farinelli. Todo se ha aprovechado y allí continúan las maderas torneadas, aunque ya no doradas, los terciopelos, algunos cueros y numerosos destellos de latón y azulejos vidriados «made in Lázaro», decorador famoso en Barcelona pero desconocido hasta hace poco en Madrid aunque ahora lo haga casi todo. Tanto que pronto habrá que poner una placa en los restaurantes y hoteles que no haya hecho, al modo de aquella que presidía El callejón de la Ternera y que rezaba, «en este restaurante nunca comió Hemingway«.
Un lugar, pues, para enseñar a los amigos, especialmente si son extranjeros y dudan de la recuperación porque los llenos son constantes, la inversión muy cuantiosa y el resultado apabullante.

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En Platea, como entre la tierra y el cielo, lo mejor está en las alturas, en el antiguo entresuelo, antes el lugar más barato y ahora sede del restaurante «low cost» -pero menos- de Ramón Freixa, Arriba, un nombre que noquea y desarma por su originalidad. Aquí se puede reservar, hay camareros y se divisa todo desde las alturas. También se disfruta del lado más tradicional y popular de Freixa aunque se trata de una simplicidad tamizada por las manos de uno de los grandes de la cocina moderna española que mejora y aligera recetas tradicionales, dándoles un toque enteramente nuevo.

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Para empezar propone cosas tan antiguas que resultan radicalmente modernas como el vermú, la sangría o un excelente Campari con zumo de naranja que llegan acompañados de unas excelentes nueces de macadamia al anís o unas patatas fritas al curry.

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Hay muchos, muchísimos platos donde elegir, cocas, hamburguesas, arroces, tapas, verdes, como él los llama, carnes y pescados. Para empezar, la coca de berenjenas se asienta sobre una perfecta masa tan fina como crujiente. La suavidad del vegetal contrasta con la fuerza del queso Brie y los sutiles aromas del aceite de trufa blanca. Los dátiles aportan dulzor y ligereza a una mezcla tradicional y novedosa a la vez.

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Las judías con tirabeques son sumamente refrescantes. Y necesarias, entre tanto plato contundente. Se saltean con tomates secos y almendras, se coronan con huevos escalfados de codorniz y se acompañan, en plato aparte, de ensalada verde. El resultado es excelente, tanto para el gusto como para la vista porque el plato es sabroso, saludable y colorido.

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Como ya he gozado tantas veces del excelente socarrat de Freixa, una de sus grandes recreaciones, esta vez me he inclinado por el arroz a banda de carabineros, una receta llena de sabores de mar y de rojos de tierra. Sorprendentemente, el arroz está muy insípido. Mezclado con los carabineros limpios con los que se sirve, el sabor es excelente pero probado sólo, el arroz resulta carente de fuerza, ignoro si por casualidad o porque se ha intentado que la mezcla no resultara demasiado agresiva.

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Los macarrones, unos de los grandes platos de la cocina casera catalana, están sencillamente perfectos. Es cierto que fuera de Barcelona nos es difícil rendirnos ante este plato tan simple que a los catalanes les sabe a infancia, barrio y familia feliz, pero también es cierto que estos transportan a cualquiera, independientemente de donde haya nacido. La pasta tiene un punto perfecto y la carne y el queso gratinado la acompañan a la perfección sin ocultarla.

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Llegar al postre con hambre resulta harto difícil porque las raciones son generosas pero más lo es resistirse al larguísimo eclair de chocolate y avellana. La mezcla del cacao y el fruto seco, que también unta la masa con un toque crujiente, es excelente aunque aquella es mejorable. El helado de vainilla llega medio derretido pero aún así tiene un sabor a Madagascar -ya se sabe Madagascar sabe seguramente a vainilla- que perdura en el recuerdo tanto como la visión inacabable del postre.
Para rematar, el servicio es informal pero amable y eficaz y la carta de vinos todo un reto para los aficionados. Como no soy un experto, he de reconocer que no conocía ninguno de los propuestos, pero eso es porque Juan Manuel Serrano, el sumiller de Freixa, ha querido demostrar su omnisciencia creando una lista de vinos excelentes, baratos y eso sí, consciente o inconscientemente, desconocidos.
Para resumir, este es un lugar que se debe visitar. Un sitio ilustrado, elegante, arquitectónicamente espectacular y sin muchas complicaciones intelectuales. Como la corte de Carlos III.

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Orgullosa fealdad

La estupidez es más adecuada para una vida feliz que la razón porque plantea menos problemas y nos aleja de la zozobra. Al menos eso dice Erasmo de Rotterdam en su «Elogio de la Locura»; o de la estulticia, que es lo que realmente es. Podría suscribir también hoy sus tesis, pero no sé si me atreveria a exaltar la fealdad en tiempos de dictadura de la belleza e imperio de lo estético. Lo que sí defiendo es un cierto modo de humana imperfección o digna fealdad.

A decir de muchos El Campero, en Barbate, es uno de los lugares más feos de la tierra. Bien es verdad que la villa, otrora famosa por elaborar el mejor garum del Imperio, romano por supuesto, no destaca por su belleza, que el restaurante se esconde tras una horrible terraza de plástico y neones de hospital y que el barrio en que se asienta es de una fealdad notable, pero se trata tan sólo de una fealdad digna y limpia de barrio trabajador y honrado; un entorno que, por cierto, recuerda al del Celler de Can Roca, el mejor restaurante del mundo. Y me da igual que los gurús de Restaurant lo pongan en segundo lugar en beneficio del extinto y espartano Noma.

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Que en Barbate exista un lugar de peregrinaje gastronómico, ampliamente reconocido y galardonado, con un interior aseado y agradable, platos notables y de cuidada presentación y con variados toques de refinamiento demuestra que en nuestro país la cocina ha llegado a grandes alturas en casi todas partes. Pero sobre todo, que el tesón y el esfuerzo tienen recompensa y que también en la cocina -o quizá más- se puede llegar muy alto empezando desde muy abajo. Una buena prueba del valor de la inteligencia/liderazgo emocional. Y de la coyuntural también…

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El Campero es el templo nacional -¿mundial?- del atún. Sus numerosos cortes y presentaciones asombran y deleitan, ya sean salazones, ahumados, escabeches, conservas, guisados, asados, crudos o braseados. Sus mejores recetas son las más sencillas, las que no lo embadurnan con salsas complicadas y lo acompañan tan sólo de una excelente mermelada de pimientos o de un crujiente cuscús de frutos secos.

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Nunca se han visto más diferentes cortes de atún, ni una manera más diestra de encontrarle el punto. La ventresca está churruscante por fuera y jugosa y untuosa por dentro. La parpatana, con permiso de Ricard Camarena, deliciosa, aunque sigo prefiriendo la de este, cocinada al vacío y acompañada de verdinas (Ramsés en el templo del glamrock).

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Los postres son más flojos y el lingote de chocolate parece un bombón helado de kiosco, pero bien es cierto que se llega a ellos henchido de mar y playa y con la atención -y las papilas gustativas- debilitadas.

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Puede ser que, como afirma Nietzsche, todo lo feo debilita y deprime al hombre, pero también es verdad que la virtud es más valiosa que la fealdad. La belleza de El Campero está en el paladar, en toda una historia milenaria de amor y conocimiento del mar y en la coronación del esfuerzo y el trabajo bien hecho.

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En la ciudad muerta

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Bruselas es una ciudad singular, un jardín sombrío de rosas oscuras donde nunca sale el sol, los belgas deambulan olvidados y la paz ordenada y melancólica de los cementerios brilla por doquier. La cocina belga no está entre las mejores del mundo pero cuenta entre sus aportaciones una realmente histórica: la patata frita. Muy influenciada por lo francés, la villa goza de un gran nivel en sus restaurantes medios pero los realmente excepcionales languidecen con ella.

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Comme Chez Soi ha reinado casi noventa años y más de veinticinco de ellos se ha engalanado con tres estrellas Michelin. Hoy es sólo un pálido reflejo de lo que fue, habiendo pasado de la primavera de la esperanza al invierno del desconsuelo. Su decadente belleza art noveau sigue intacta, sus vidrieras multicolores tiñen los deseos y las volutas de hierros y maderas envuelven los sueños, pero su cocina se ha anquilosado.

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Más por ella que por su decoración, Comme Chez Soi nos traslada al pasado, como si nada hubiese sucedido desde los ochenta. Sus elegantes platos franceses se decoran de un modo tan refinadamente anticuado que enternecen por su falta de imaginación. El abuso de salsas espesas que matan los sabores nos retrotrae a la premodernidad gastronómica. Es una pena que -salvo excepciones- la sublime cocina francesa no haya sabido innovar y haya sido sepultada por su propia perfección.

Los platos de la carta revelan maestría en técnicas complejas: el patito laqueado con miel de bergamota está en un punto perfecto, crujiente y tostado de piel y con un interior rosado y jugoso.

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Tras el magret, se sirve una ensalada con el confit que vuelve a cumplir con los cánones pero que no aporta gran cosa.

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El ragú de langosta es sabroso y contundente y el foie es tan bueno como en casi todas partes, pero todo es eterna repetición de viejas recetas, caducadas para siempre. Tampoco pegan en menús de cientos de euros, alcachofas rebozadas o crepes rellenas de juliana de verduras.

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Los postres vuelven a decepcionar por previsibles, por ya probados una y mil veces, por componerse de un modo banal y por abusar del helado como acompañamiento.

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Por eso, ni siquiera un excelente y entusiasta sumiller vallisoletano, «propietario» de una bodega de 35.000 incomparables botellas, que otrora fueron 55.000, logra avivar el tedio de este museo que es un lugar muy antiguo para gente muy mayor.

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Quizá Comme Chez Soi sea una perfecta metáfora de Europa: bella, refinada, culta, cansada, anciana, asustada y ¡sin saber qué hacer!

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El cordero místico

El día de la proclamación del Rey estaba en Gante y sufrí el síndrome de Stendhal. La causa fue una prolongada exposición a la insoportable belleza de El Cordero Místico, la deslumbrante obra de Van Eyck. Dos días después estaba comiéndomelo en Paris. O así me pareció, porque las chuletillas de Robuchon me provocaron efectos semejantes a los del cuadro. En Gante tuve un vahído por la explosión multicolor del cuadro, la limpidez de sus cielos, la exquisitez de sus detalles y la complejidad de la composición. Estaba ante la auténtica perfección.

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Las chuletas me cautivaron por su sencillez, la suave intensidad de su sabor y porque, para llegar a esta simplicidad, hay que despojarse de lo todo lo que es superfluo y recorrer todos los caminos del conocimiento. Para pintar como Miró lo hacía, con aquella filosófica y sabia ingenuidad, hay que saberlo todo y olvidarlo todo.

Jöel Robuchon es una estrella de la cocina mundial y también el más español de los cocineros franceses: por su apasionada entrega al mejor jamón, a la rusticidad de los ibéricos o a la genialidad de un gazpacho servido, eso sí, con elegancia francesa; en cono de vidrio sobre hielo picado. Huyendo de las exageradas y opresivas maneras de los tres estrellas -quizá por eso sólo cuenta con dos- el restaurante es una mezcla de discoteca -por la decoración-, bistró moderno y gran cocina, un canto al Mediterráneo y a esa sencillez que parte de la maestría, no de la impericia.

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Así, sublima unos calamares con alcachofas, alegrándolos con un chispeante picadillo de ibéricos y haciéndolos parecer macarrones.

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De las gyosas hace flores y remata un plato bello, leve y de intensos sabores. Antes de probarlo ya se disfruta del fucsia de la salsa y de los penetrantes aromas de hierbas y especias, en cuyo tratamiento el cocinero es un genio.

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Los salmonetes con espuma de cúrcuma amarilla, setas de primavera y guisantes en diferentes texturas son excelentes,,no sólo por la calidad de la legumbre sino también por la original mezcla de sabores y por la belleza de la combinación de colores.

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Las diminutas chuletas de cordero (místico), son la excelsitud perfumada de ajo y tomillo. Más vale no acordarse del animal porque son verdaderamente diminutas y eso hace que su sabor a lechal sea sencillamente insuperable.

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Los postres no van a la zaga y los chocolates alcanzan cotas magistrales. Soy un auténtico adicto a ese manjar y, por muy crítico que sea con la «antigüedad» de la cocina francesa, considero que no hay nadie que lo mime como ellos. Aún recuerdo como el mejor de mi vida aquel coulant, ¡sin harina!, de Lucas Carton.

Con Robuchon se plantea el mismo dilema que con el arte moderno, si la obra debe ser ejecutada personalmente por el artista o basta su aliento inspirador sobre un taller de cientos de colaboradores. Hirst versus Antonio López. El cocinero de esta franquicia global no está en la cocina y se limita a enseñar y diseñar los platos. En un mundo ideal, lo perfecto sería que el maestro ideara y ejecutara la obra maestra, pero en el real, en el que habitamos, mejor optar por el fecundo hálito del artista que por el esfuerzo inane del aprendiz.

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En un jardín palaciego

Hay tres jardines en Madrid, donde son escasos, que resaltan sobre todos los demás: el del hotel Ritz, el del restaurante Iroco y el del palacio -hoy hotel- de Santo Mauro. En ninguno de los tres se come especialmente bien, pero todos merecen una visita que haga perder la mirada entre las frondas y disfrutar del frescor de sus umbríos rincones.

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Tanto el Ritz como el Santo Mauro son considerablemente caros pero en este último existe una fórmula tan adecuada como asequible: el brunch dominical a 39€. No es una maravilla pero vale la pena.

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Los bollos son excelentes aunque los panes llegan a la mesa algo resecos, quizá por una mala conservación en el jardín. Hay cinco primeros y otros tantos segundos para elegir. Las tortitas no tienen la esponjosidad esperada pero su sabor mantiene el dulzor perfecto.

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En cualquier caso son mejor opción que una ensalada de tomate y ventresca francamente corriente.

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Entre los segundos, son buenos los huevos fritos con jamón, especialmente por la calidad de este último.

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Los que no lo son tanto son unos huevos benedictine cuya densa y basta salsa holandesa deja mucho que desear. Al igual que las tortitas, echa de menos la liviandad de estas preparaciones. Las patatas fritas son tan lamentables que las dejaremos sin comentario.

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Afortunadamente, los zumos elevan el nivel, al igual que las mimosas que, insisten ellos, elaboran con champán. Como si eso no fuera lo ortodoxo. El servicio tampoco está la altura de un hotel de lujo. Es escaso y poco elegante pero ya se sabe, hoy en día, todo lo que cuesta menos de 80 o 90€ por persona no parece dar derecho a una atención refinada y exigente. Paciencia…

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Un dandy entre peroles

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Cuando sea mayor imitaré las Memorias de un Esteta de Harold Acton (ed. Pretextos) e intentaré escribir las de un dandy o quizá, las de un asceta. Mientras tanto observo y veo que, en la cocina española, sobran los poligoneros (Arola) y los cursis (Jordi Cruz) y faltan los dandys (Quique Dacosta o Ramón Freixa). cuestión asaz relevante cuando los cocineros, junto con los futbolistas, dios sabrá por qué, se han convertido en modelos de estilo.
Freixa, siendo catalán, pertenece con Roncero y Muñoz, a la santísima trinidad de los cocineros madrileños. Ventajas del cosmopolitismo frente al nacionalismo reductor porque juntos somos mejores.

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Lo primero que llama la atención de su restaurante es la elegante cristalería, las refinadas mantelerías (es de los pocos que cambian la servilleta a los postres) y unas bellas vajillas en las que cada plato enmarca sutilmente la obra. La estética de la presentación nos seduce antes de sucumbir a aromas o a sabores. También destacan la benéfica omnipresencia del cocinero y un equipo que es un ballet perfecto.
Es cocina moderna basada en el equilibrio. Cada receta se compone de varias preparaciones que, completas e independientes por sí solas, sólo adquieren plena unidad en conjunto, algo así como los juegos visuales del James Turrell. Su menú de verano es un canto al Mediterráneo y combina todas las delicias de la estación. Devoto del tomate, cada año le dedica un plato restallante de sabor, frescura y color.

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Da igual que lo mezcle con una jugosa ventresca, con cebollitas rellenas de Idiazábal o hasta con Bourbon y flores porque en cada bocado está en plenitud todo el sabor de los tomates y en los ojos toda la gama de rojos, naranjas, amarillos o verdes.

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Aquí hay de todo, sabores primigenios, respeto al producto y hasta sorpresa y juego. Como la que depara el refrescante y delicioso polo de tomate, un exquisito e infantil sorbete, encantadoramente presentado.

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Los canelones de tres carnes son pura tradición renovada, porque Freixa es un clásico contemporáneo. Innova pero rindiendo homenaje al más puro clasicismo. De sabor contundente y antiguo, se suavizan con espárragos trigueros y con el misterioso sabor a bosque de los perretxikos.

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El jarrete también es clasicismo puro y técnica perfecta. Se deshace en el plato y se disuelve en la boca, gracias a la calidad de un lechal elegido con cuidado y a las muchas horas de mimo con que lo cocina. Nada más y nada menos que doce. Con esos elementos, cabe imaginar lo sobresaliente del resultado.

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La salsa es intensa y aromática pero sin los rastros de grasas que suelen hacer peligrar a este tipo de platos. Acompañado de minizanahorias, judías verdes, tirabeques, un nabo en miniatura y un untuoso puré de patatas, se trata de una receta sin artificios y una prueba excelente de las muchas técnicas y cocinas que Freixa domina.

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Los postres son de una riqueza extraordinaria, sean chocolates o frutas. Con todos hace magia y en todos el respeto por cada ingrediente es sobresaliente.

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Dijo Baudelaire que para ser dandy hay que ser sublime sin interrupción. Digo yo que para ser gran cocinero hay que ser creativo sin detención y laborioso con obstinación.

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El clan de los wagnerianos

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Cuando los aristócratas empezaron a ceder paso a los burgueses, se juntaron a conversar sobre toros en Labradores (Sevilla), de velocipedos en el Nuevo Club (Madrid) o simplemente de dinero en La Bilbaína (imaginen dónde). En Barcelona, poseedora de la elite más culta y refinada de España, mecenas de los aéreos y etéreos juegos de Gaudí y de la belleza decadente de Rusiñol, los asuntos eran más elevados y su gran club se creó en torno a la ópera. Lo que parecía más propio de Viena o Berlín sucedió allí. Es el Círculo del Liceo que sigue aún muy vivo y permanece como uno de los grandes templos de la cultura y el buen gusto.
Posee vidrieras wagnerianas, muebles modernistas y una turbadora colección de cuadros de Casas, repleta de mujeres indómitas y modernas, audaces aurigas que ya conducían cuando la dama del Bugatti verde de Tamara de Lempicka, aún no había nacido.

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Tiene también un bello restaurante, parado en el tiempo y de civilizadas costumbres: los socios encargan una cena sencilla que se toma en el entreacto y que se sirve previapreví para ganar tiempo. Sin embargo, en tierra de refinamiento gastronómico y cuna Adriás y Rocas, el menú no está a la altura: foie de supermercado, salmón ahumado de sobre, ramplones biquinis y un jamón mediocre acompañado de un pésimo pan. Y eso, en la ciudad de las panaderías exquisitas. La carta de diario tampoco es mejor.

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Quizá la superioridad intelectual de estos melómanos admirables no se avenga con algo tan terrenal como la comida o quizá olviden que su Wagner quería arte total y que no hay ópera completa sin goces materiales, ni gran cocina huérfana de arte. pero habria que tomarlo en serio y poner los platos a la altura de tanta belleza; aquí y en el Real, donde en un comedor grandioso de techos estrellados se sirve comida colegial.

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La ópera y la cultura son Marca de España pero aún más la gastronomía, donde somos números uno. Por eso, museos y teatros debieran exhibir nuestra gran cocina en una experiencia sensorial total. Como hace el Guggenheim, donde reina Josean Alija, uno de los grandes.

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Polvos dorados

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Watching people: dícese del lugar donde los más atolondrados van a mirar y a ser admirados (o donde borrachos exquisitos conjuran las tristezas del atardecer).
Sin embargo, la pregunta es, ¿se puede comer bien en estos modernos palacios de la banalidad? Quizá sí en París (Monsieur Bleu), Miami (Zuma) o Los Angeles (Spago), sin duda en Londres (Dinner), pero no en España. Y eso, a pesar de la excelsa contribución que hizo a la historia de la gastronomía universal nuestro wtaching people cañí por excelencia, Casa Lucio: aquellos huevos rotos con patatas fritas que aún hoy le dan fuste y fama para estupor de los adrianistas o sea, los fieles devotos de Sant Ferrán Adriá.
El más reciente de estos «no lugares», cumple todas estas reglas y se llama Otto. Nadie sabe por qué, ya que está en Madrid, no es propiedad de italianos, aunque tenga burrata y su cocina es, dicen ellos, de «corte mediterráneo», suponiendo que el foie lo sea. La carta es un batiburrillo de soserías intrascendentes que van desde una tabla de chacinas corrientes a las alcachofas salteadas, pasando por grandes pedazos de las carnes más insípidas y peor cocinadas o por una crema de queso a la que, tampoco nadie sabe por qué, llaman tarta.
Un jueves cualquiera andan por allí Vicky Martín Berrocal, María Zurita, Marina Castaño, Boris Izaguirre, Javier Hidalgo, Rosauro Baro, le propietaire, numerosas señoras bien, tan mayores como desubicadas y chicos en camiseta, acompañados de rubias oxigenadas y plastificadas, que si no fueran del barrio de Salamanca serían de Mujeres, Hombres y Viceversa, ese programa que ennoblece la belleza del músculo, el tatuaje y la silicona mientras guerrea con las neuronas. Al único que se echa de menos es a Thomas Hardy, aquel autor visionario que ya en 1873, doscientos años antes que McLuhan, dijo: «hoy día hay tanta gente que se hace un nombre, que me parece más distinguido permanecer en la sombra».
Deben acudir a Otto?
No, si les gusta comer y los decorados con alma.
Sí, si adoran a los pijos castizos y a los famosos por causas desconocidas.

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Más bistrós y menos tascas II

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Sobran en Madrid tascas toscas y faltan restaurantes de barrio en los que el refinamiento y el buen precio no estén reñidos, donde descubrir cosas nuevas y en los que la carta cambia con la estación, en busca siempre del más fresco y mejor producto. Lugares que abundan en Paris o en Roma y que son un regalo para los amantes del buen comer.
Así es LaKasa, un lugar donde beber desde una sidra bretona a un tinto del Duero portugués pasando por numerosos caldos elegidos con originalidad y mimo.
Acompañan a setas en escabeche con aroma a campo, zamburiñas sobre verduritas asadas o sabrosos mejillones con un perfecto punto picante. Excelentes platos de caza, en especial, la torcaz al curry, una combinación perfecta. Ahora tiene también unas intensas albóndigas de corzo y cangrejos de río, un plato original y especiado que renueva el ampurdanesa mar i muntanya con el mar y río. Lo refresca con brotes tiernos y guindillas consiguiendo un resultado moderadamente picante y altamente embriagador.

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Los fines de semana son días grandes en LaKasa porque se festejan con platos especiales. Los sábados un delicioso steak tartare. La mejor carne de solomillo coartada a cuchillo mezcla sus intensos rojos con el verde de las alcaparras o los amarillos de la mostaza de Dijon. El cocinero lo hace a la vista y como debe ser, con sabores fuertes que dan vida a la carne sin apagar su sabor.

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Los domingos es el día del, realmente magnífico, solomillo Wellington, un plato de la más alta cocina, tan tradicional como difícil de preparar por los diferentes puntos de carne y masa. Aquí el solomillo llega rosado y jugoso como lluvia púrpura y el hojaldre crujiente y con un dorado de atardecer campestre.

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Los imprescindibles quesos llegan cada mes desde un afinador francés que borda el Brillat Savarin y el Comte, el Charolais y el Laguiole o cualquiera que se le ponga por delante.
Es una pena que la negrura del ambiente y el animal print de los estampados, coloquen a LaKasa más cerca del escondrijo de Batman o de la residencia de los Adams, que del colorido, la tranquila creatividad y la alegría de sus platos.
Pero, ya saben… nadie -ni nada- es perfecto…

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