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Revolución en el cielo

 

El lampedusiano anhelo de cambiarlo todo para que todo siga igual ha perseguido al establishment del comunismo del mismo modo que al del fascismo y ello, pasando por todos los demás. No es cuestión de ideologías, sino de  poder, de detentarlo e intentar no perderlo, aunque eso suponga seguir esa máxima, tan cínica como eficaz. Por eso, solo los grandes creadores o los genuinos revolucionarios -estos solamente hasta que se instalan- persiguen que todo cambie para que nada siga igual. Hacerlo siempre es arriesgado y mucho más cuando se está completamente solo en el empeño. 

Juan Manuel Barrientos tiene poco más de treinta años y vive en un país tan turbulento y culto como Colombia. Ha transitado muchos caminos y conocido momentos difíciles. Quizá por eso tuvo la valentía de optar por la radicalidad, inspirado en la genial transgresión de Ferrán Adriá, su referente confeso. Muchos lo han hecho, pero pocos en ambiente tan hostil y desconfiado y es que él empezó a hacer vanguardia en un país que ni siquiera conoce la modernidad gastronómica. O sea, algo así como ir de sopetón de la pintura academicista de Poussin a las autoflagelaciones de Marina Abramovicsin pasar siquiera por el impresionismo. Formado con un maestro de sushi y con el inagotablemente moderno Arzak, está revolucionando la cocina colombiana y acaba de saltar a Miami, otro lugar no precisamente vanguardista. 

Su restaurante se llama Elcielo y esá instalado en un bello local cuajado de plantas e inundado por el sol, donde las creaciones se degustan bajo un cielo de cristal y sobre mullidos sillones de cuero de aire abacial, un local bello pero sorprendentemente elegante y clásico para artífice tan rompedor, tanto que a veces hace alguna tontería, pero ¿no les pasó a Picabia y Baudelaire o al mismísimo Prince? El camino de la creación está jalonado de baches y despeñaderos. 

Lo sorprendente, es que la radicalidad está en cualquier propuesta y en todas las técnicas, pero no así en los sabores que son de una sorprendente suavidad (¿insipidez?), una delicadeza algo mortecina, quizá proveniente de su amor al sushi, por que ¿qué hay menos chispeante e intenso que un pedazo de pescado crudo con arroz cocido envuelto en un alga? Por eso se descubrió la soja y el wasabi…

Descubramos esta majestuosa insipidez:

  

La lulada de vino blanco es un cóctel a base de lulo, una deliciosa fruta muy apreciada en Colombia. Sirve como aperitivo de los primeros bocados sólidos y apunta ya las características básicas de todo el menú: audacia, sabias técnicas y un inteligente y cultivado uso de toda la despensa colombiana. 

 

Llega a continuación un impresionate arbolito cuajado de nidos. Alojan amorosamente,  donuts con salsa mornay y queso paipa con zumak (¿zumaque?)unos bollitos tiernos y sumamente suaves que combinan bien con un queso leve y con esa especia mencionada que ni mis amigos colombianos conocen, pero que da una cierta alegría al plato.  

 

El gran error del almuerzo llega demasiado pronto. Quizá para poder enmendarlo después. Una bella jarra de plata martelé y una nívea servilleta anteceden a una supuesta experiencia sensorial, la chocolatoterapia, en la realidad una extravagancia algo desagradable: el camarero vierte en nuestras manos crema caliente de chocolate blanco y nos arroja un puñado de frutos rojos que debemos estrujar. Una vuelta a la infancia dicen. Será a la suya… La buena noticia es que no hay que comérselo y el engrudo queda en el plato. No se olviden señores chefs: la originalidad exagerada es ridículo.  

  

 

Menos mal que las arepas de maíz mote con sopa de ajo y leche de coco, con moscaes una receta sabrosa aunque algo insípida y la mosca una inofensiva alcaparra macerada.  

  

 

El nivel sube con el cherne con puré de arracache (un tubérculo), salsa de espinacas y queso y reducción de gambas, un plato bien elaborado, vistoso y respetuoso con el leve sabor del pescado.  

 

La siguiente audacia, al contrario que la primera, tiene mucha gracia y encanto. Antes de pasar a la carne se nos hace aspirar un aire (humo) de embriagador aroma que envuelve un  helado de panela (extracto de melaza que es un dulce muy popular en el país), cardamomo y vodka servido en un recipiente de totumo, que no es otra cosa que una fruta local. Lo que parecía una cursilada de otras épocas (sorbete entre platos) se compensa con la complejidad del mismo y la sorpresa aromática.  

  

  

El pollo con arroz de remolacha queso paipa es un plato tremendamente bonito, mucho más bello aún que sabroso, porque como todos los demás carece de garra, pero el equilibrio entre fondo y forma compensa la debilidad.  

 

Tampoco el tartar de res macerado en pimientos, cebolla y mango con arepa de maíz y vinagreta de gulupa (un tipo de maracuyá) tiene la potencia apetecida como plato fuerte, pero el macerado es espléndido y las arepas, doradas, crujientes y perfectas. Habrá que decírselo a los franceses porque parecen mejor complemento para el tartar que las patatas fritas o el pan tostado.  

 

El polo de queso costeño y bocadillo (dulce guayaba) es excelente y el queso el sabor más fuerte de la comida, lo ideal para contrarrestar el enorme dulzor de la guayaba.  

 

La oblea deconstruida reproduce, ingrediente a ingrediente, un famoso postre colombiano que mezcla obleas, crema, arequipe (dulce de leche) y fresas. 

  

El menú acaba con una experiencia tan elegante y placentera como desagradable era la del pegajoso chocolate blanco: un suave pétalo de rosa con crema de higuerilla para que envolvamos las manos en su terciopelo y con esa delicadeza y suave aroma queden por un tiempo. 

  

Barrientos empieza a tener una obra formidable que necesita la misma fuerza en los sabores que en el concepto pero con todo y con eso, es ya, tan pronto, unos de los grandes referentes de la cocina latinoamericana y, de seguir así, pronto de muchas más. Y su mérito no es doble, es al menos triple, porque no es lo mismo responder al anhelo de cambio de una sociedad ansiosa de él, como fue la burguesía gaudiniana, que pretender cambiarlo todo y para siempre en una heroica y majestuosa soledad. ¡Salve al héroe!

Elcielo                                                 Zona G, Calle 70 # 4-47                    Tfno. +571 703 55 85

   

 

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Aurea mediocritas

Dedico este post a todos mis amigos conservadores, que son legión, a todos aquellos amantes de la cocina tradicional que reniegan de los avances y las modernidades. A cuantos creen que todo avance es exceso y toda experimentación sacrilegio. 

La mediocridad tiene mala prensa, pero el mundo está construido a su medida. El exceso de dones, ya sea inteligencia, que provoca lejanía, de belleza, que causa frialdad o de riqueza, que inocula el miedo, conlleva sinsabores, así que no digamos la abundancia de defectos. La RAE dice de la mediocridad que es algo de escaso valor y, en su acepción más generosa, de calidad media. 

Sin embargo, Horacio hablaba del aurea mediocritas como camino de perfección, aquel que se aleja del exceso, tanto de virtud como de vicio. Aristóteles lo plasmó en una famosa frase: la virtud está en el medio. Quizá esa sea la justificación que mis amigos hallan en los restaurantes tradicionales, esos que huyen de cualquier riesgo y que recrean los platos de hace cien años. Reconozco que, como en mi casa siempre se comió bien en este modo tradicional, no son mis favoritos a la hora de salir, pero alguna vez voy a ellos, siquiera para complacer a quienes quiero. 

 La Bodega de Luis es uno de estos lugares y también una historia de tesón y éxito. Empezó en el club de mar de Llavaneras y, desde hace lustros, es un popular restaurante del muy burgués barrio barcelonés de Sant Gervasi. Hay que darle la bienvenida como a tantos otros lugares, famosos en sus provincias, (Cañadío, Tragaluz, El Tintero, etc) que han decidido conquistar Madrid, como antaño lo hicieron Goizeko Kabi o La Dorada. Hay que acogerles con alborozo porque aquí todos caben y eso es prueba fehaciente del cosmopolitismo de la ciudad y del carácter hospitalario y gastrónomo del madrileño.  

 Instalado en el antiguo y añorado Príncipe de Viana, heredero por tanto de aquel batiburrillo incomprensible de IO, el local es como aquellos: elegante, alegre y sumamente luminoso.  

 Cuenta con una falsa terraza -porque es más bien un pabellón en la plaza-, una planta baja con una gran y elegante barra y un comedor superior circundado de alegres ventanales que enmarcan copas de árboles y arrojan chorros de luz. El servicio es bueno y a la antigua usanza. Camareros con experiencia e impolutas chaquetillas blancas. Todo es tan amoderno que ni página web tienen. 

 La comida comienza con un curioso ritual que proviene de los otros locales. Los camareros en hilera muestran los platos al cliente, cosa divertida y original cuando se trata de entrantes fríos o postres y algo verdaderamente desagradable cuando se trata de guisos o platos con salsas. Cualquiera que haya cocinado entenderá por qué y es, simplemente, porque las salsas, después de un rato, se oscurecen y apelmazan y su aspecto parduzco y semisólido resulta algo repulsivo. Yo pensaba pedir un suquet pero al ver aquel aspecto espeso y grasiento me abandonaron los ánimos…

Entre tantas recetas hay muchas de bacalao, a la llauna, a la catalana, de vigilia, etc. El que se sirve con escalibada es tan catalán como la sardana, además de un plato fresco, elegante y saludable. Aquí es realmente notable con las verduras en un punto de asado delicioso y un bacalao desalado en su justo termino, ni salado ni insípido. Se dice muy rápido pero no es tan fácil.  

 Las alcachofas con almejas es otro plato excelente de la cocina tradicional y sin duda, una mezcla audaz en épocas en que combinar tierra y mar no era tan corriente. El secreto reside en una salsa bien trabada y ligera, en unas alcachofas tiernas y no demasiado grandes y en unas almejas frescas y felices. Aquí cumplen todas esas normas.  

 Lo mismo ocurre con la coca -más bien un buen pan tumaca, aquí llamado coca- con butifarra blanca y negra, una preparación tan sencilla como sabrosa si los ingredientes son de primera calidad y en esta ocasión todos lo son, desde el pan que acompaña toda la comida -una única pero sobresaliente variedad- al delicioso aceite Neus, un jugo de arbequina como sólo en Cataluña se consigue. Háganme caso, prueben el Mallafré 

 Hay también gran cantidad de platos fuertes, abundantes carnes, con o sin salsas y variados pescados, fritos, guisados o a la plancha. Los garbanzos con langostinos son un buen guiso. En este caso no son memorables pero están a la altura de corrección del resto de la refección, 
 lo que ocurre en menor medida con los postres. El finger -concesión a la modernidad debe ser esto de llamarlo en inglés- por ejemplo, porque siendo de chocolate solo sabe a café, ignoro si por fortaleza de este o por flojedad de aquel. Perfecto para amantes de la bebida y prescindible para chocolateros. 

  La tarta de queso con naranja amarga y gengibre es original y digna de elogio, porque trata de de superar la banalidad de los frutos rojos, pero el queso empleado es demasiado suave y su sabor se pierde entre aromas cítricos.  

 Aunque es mejor una cocina clásica bien ejecutada que un remedo de la  vanguardia al alcance de muy pocos, este es un restaurante que no pasará a la historia y que no generará controversias, ni pasiones, pero que será templo de los más clásicos -en especial si aman la soberbia cocina catalana- y refugio desengrasante de la modernidad rampante. 

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El taoísmo en versión Paco Roncero

Dice el Libro del Tao que mejor ser junco flexible, porque apenas se cimbrea con la tormenta, que recio roble porque de cuajo es arrancado por ella. Y es que, en verdad, la flexibilidad es una gran virtud, ahora más apreciada que nunca por causa de esos embaucadores llamados  coaches y que, junto con los autodenominados estilistas, son la gran plaga del mundo postadulto. No hacía falta que nos lo dijeran ellos, Lao-Tsé ya lo proclamaba en el siglo VI a. C., diciendo también el Talmud  cosas muy parecidas. 

En todo eso debió pensar Paco Roncero cuando abrió su restaurante Version Originalen Bogotá. Sabiendo del conservadurismo culinario de los colombianos, entregarse al nitrógeno líquido, los aires, los humos o los sifones habría sido, más que una audacia provocadora, un auténtico suicidio. En el restaurante llamado gastronómico -la planta baja es el territorio de las buenas tapas- ha hallado el camino intermedio entre el elegante y discreto vanguardismo de La Terraza del Casino y la «cocina del bocadito» de Estado Puro. Y lo ha hecho de la mano de su discípulo predilecto, Nicolás López Pelaz, un joven cocinero de amplio currículo, descendiente de Paco pero también de Heston Blumental y Zalacaín, o sea, de la unión de los opuestos.  

 

Instalado en una bella casona de la zona G, que es como decir la zona chic, cuenta con cantos y recantos, bellos patios acristalados, rincones románticos y hasta una larga mesa apta para hacer amigos. Aquí todo es reconocible para que nadie se asuste, el pescado se sirve con sus escamas, las carnes con cortes cúbicos y los trampantojos están desterrados, aunque no así las esferificaciones, tan habituales son ya en nuestra cocina de cada día.  

 

La influencia de la alta cocina moderna se encuentra en la belleza de los platos, el amor por el detalle, las combinaciones originales y el conocimiento de muchas técnicas culinarias. Una cocina más moderna que contemporánea, pero absolutamente deliciosa y en la que la complejidad parece simplicidad, como en esos grandes poemas en que la sencillez se halla tras un colosal esfuerzo de pulimento del fondo y la forma. 

Empecé el almuerzo con cierto miedo porque la esferificaciones de aceituna son ya una receta demasiado banal, pero después pensé que eso será en España porque en Colombia son aún transgresión pura. Por cierto, que poco me gustó -como me pasó con otro que imitaba a Roncero y no lo decía- que dijeran que este plato es creación de Roncero cuando el mundo las debe al genio inmarcesible de Ferrán Adriá, ese visionario adelantado a su tiempo y maestro de este chef.  

El brioche Shangai es un panecillo chino, cocido y después frito, relleno de jaiba (un cangrejo local) y gran cantidad de cilantro, resultando tierno, jugoso y lleno de recuerdos -reales o no- de un Oriente muy lejano.  

El bocadillo de jamón invertido es más un bello nombre que una realidad reseñable -como La Sombra del Viento es más un título que buena literatura- y consiste en una buena loncha de jamón que esconde una barrita hueca, sumamente original, que sabe a regañá y a picos, así que en medio minuto, de China a Camas, viajando solo con el paladar. 

  

El canelón de aguacate, relleno de ceviche de camarón con leche de almendras fritas, es sorprendentemente fresco. Soy un fanático de este tipo de plato. Además de resultar bello y colorido, el aguacate es más sabroso y sano que la pasta y combina a la perfección con cualquier relleno. Enaltecerlo con un espléndido ceviche, rezumante de aromas a lima y rematarlo con el dulzor de almendras, es un buen ejemplo de esta cocina simple, pero sumamente inteligente. Para ser sencillo hay que saberlo todo…
  

El carpaccio de hongos con foie, pasta y frutos secos me resultó absolutamente incomprensible. Además de su intrínseca banalidad no pude entender la inclusión, entre el nido de foie, de una dorada cabellera de pasta. Menos mal que, eso sí, las setas eran excelentes y el aliño de aceite y frutos secos el elemento salvador. 
  

El suquet -cocina cosmopolita, china, andaluza, catalana, colombiana…- revela el dominio de técnica tradicional. Está hecho de modo canónico con una salsa perfecta, de gran sabor y carente de grasa. La cabeza crujiente de la gamba contrasta con el resto de los mariscos que se presentan cocidos, en un prudente y chispeante juego de texturas. 
  

El short rib de angus (¿por qué en inglés si Colombia es, con México y  , el gran baluarte del español en el mundo moderno?) con puré de espinacas, encurtidos y verduras asadas se cuece durante horas y es untuoso, tierno y delicado, una jugosa pieza de carne que se deshace en la boca y se coloca entre colores y sabores dulzones que la engarzan como a una pequeña joya.  Basta ver la composición para saber por qué. 
  

No probé la pesca del día con crema de vainas salteado de guisantes y aire -bueno, sí, hay algún aire, pero de aquella manera…- de jamón pero el plato merece ser retratado y, al parecer, estaba muy bueno. Me fío de mis amigos carnífobos.
  

El postre (sorbete de mandarina con esferificación de Pedro Ximénez y texturasestaba bueno, pero algo sosito. Creo que es el gran fallo de la cocina española actual frente a la francesa que sigue contando con una repostería asombrosa. Quizá por el amor de los españoles a lo salado -millones de bares, pocas pastelerías, incluso en el norte donde esto mejora- la parte final de la comida es la que más se descuida. Además la moda actual impone los ingredientes frutales y naturales, los sorbetes frente a las cremas o bizcochos, los sabores mas tenues frente a los azucarados, pero, temo, que una espiritual y vanidosa mandarina, nunca podrá superar la pasión y las llamadas al pecado de un buen chocolate. 

Resumen: Paco Roncero, ya lo sabemos, es una gran cocinero, también, lo descubrimos cada vez más, un avezado empresario y en esta faceta, un creador de fórmulas que no imponen su presencia constante para obtener resultados sobresalientes y eso debemos agradecérselo a su magisterio y, cómo no, al gran talento del joven Nicolás, ¡una estrella emergente!
  
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The Principal, orgullo y prejuicio(s)

La aristocracia española nunca fue muy de clubes. Más de canalleo, flamenco y majeza –como recuerda acertadamente en su último libro, Arturo Pérez Reverte– prefería el alboroto de los cafés cantantes y el falso lumpen de los tablaos. Sin embargo, hubo dos muy singulares, creados en el Madrid de los albores del siglo XX, y que perviven en la actualidad. 

Ya los mencioné en El Clan de los WagnerianosSe trata del Nuevo Club, una institución heredera del Veloz Club, un hogar para jóvenes deportivos amantes del velocípedo, y la Gran Peña, recreo de los militares y las más rancias tradiciones. Todavía hoy se tiene la sensación de que alguno de los espectros de sus socios es sacado de su sarcófago, cada tarde, para que puedan compartir el Tio Pepe con los todavía vivos, en un elegante edificio que se construyó al tiempo que la Gran Vía en sus límites con la calle Alcalá

Sus tejados dominan las mejores vistas del sur madrileño, empezando por la majestuosa cúpula del edificio Metrópoli, verdadero emblema de la Gran Vía, y siguiendo por las alturas romanizantes del Círculo de Bellas Artes. Al este domina el Retiro y, entre brumas lejanas, la bella corona oxidada de Torres Blancas, esa obra futurista y cosmopolita de Saénz de Oiza que envuelve entre volutas la salida de Madrid hacia la otrora moderna Barcelona. Al Norte, hasta las cuatro torres se pueden ver y es bueno que así sea porque se trata, gracias a Foster, a Pelli, a Carvajal y a Cobb de los únicos vestigios de reciente modernidad en este Madrid tan apegado al ladrillo y a las tres alturas. Allí funcionará una terraza para las tibias -o tórridas- noches del verano madrileño, vergel abierto a todos porque las últimas plantas del vetusto inmueble son ahora, ya es hora de decirlo, un hotel muy cool y más bien serio, como no podría ser de otro modo, ya que dicen las malas lenguas que la oferta de Kike Sarasola fue rechazada por demasiado alegre… Y es que si algo es la Gran Peña es baluarte de viejos valores.

Los nuevos propietarios han tenido el acierto de encargar la gastronomía del hotel al Rey Midas de la cocina madrileña, Ramón Freixa, ese duende que todo lo convierte en calidad y éxito. Como en Arriba no estamos ante su cocina más vanguardista –y más cara- y no conviene olvidar que es restaurante de hotel. Lo digo porque a una gran amiga, reina del buen gusto, le pareció algo vulgar la aparición en la carta de cosas tan banales como el consomé o la ensalada de verdes, platos que tanto agradecemos los que pasamos demasiado tiempo en hoteles.

  

Situado justo debajo de esa maravillosa terraza y abrazado por similares vistas, el comedor cubre de negro sus paredes, seguramente para dar realce a los colores del cielo madrileño y al de los verdes intensos, los cálidos anaranjados y los sutiles rosados de las tapicerías, así como a los multicolores cojines. Un entorno muy elegante que comparte con una recepción que más parece un salón de una gran casa burguesa londinense.

  

Todos los platos son correctos, de una pulcra corrección, desde las croquetas de chipirones, boletus o jamón hasta las más atrevidas y excelentemente ejecutadas patatinas rellenas de turrón y queso azul, una elegante y deliciosa variación de las famosas bravas.
  

Deliciosa, fuerte y profundamente catalana, en su mejor expresión del mar i muntaya, es la butifarra con calamarcitos y cuatro garbanzos, gratinada, perfectamente pelada y pletórica de sabores intensos.
  

La pizza invertida de atún con pinceladas de wasabi es mucho mejor que una normal, ya que solo lleva un anillo de masa y el resto es todo relleno. Perfecta para amantes de lo crudo y muy fuerte para el resto, porque el atún resulta en exceso potente, al menos para paladares que, como el mío, lo prefieren algo hecho. Quizá con pez mantequilla o cualquier otro de menor fortaleza resultará apta para todos lo públicos, quizá marinada, con el pescado ahumado…
  

El imaginativo mundo de alta cocina de Ramón Freixa aparece en todo su esplendor en algo tan sencillo como la pieza de ternera reposada con un toque de humo que llega oculta entre vapores y bajo una cúpula de cristal que, al abrirse, nos embriaga con los toques boscosos del ahumado. La carne excelente y, claro, perfecta de punto, jugosidad y ternura.
   

 


Los postres son un punto fuerte del cocinero y aunque reluce en los chocolates y ello se ve claramente en los tres chocolates, tres colores,
  

la media esfera de queso, miel y piñones es un dulce sobresaliente que actualiza otro clásico catalán y lo embellece con una presentación sobresaliente.

Hay muchas otras cosas, steak tartar, hamburguesa, sandwiches, y todo está bien hecho y es poseedor de cierta originalidad. Los precios son asequibles, el servicio atento y la carta de vinos tan exigua como variada. Que nadie espere la gran cocina de Freixa, pero que nadie piense que este es un restaurante de hotel más porque el cuidado y las buenas ideas abundan por doquier permitiendo refecciones informales, elegantes y no demasiado caras.

Nota: este almuerzo fue cortesía de la casa

Restaurante Ático
Hotel The Principal
Marqués de Valdeiglesias, 1 (esquina con Gran Vía, 2)
Tf. +34 91 521 87 43


 


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Palacio Duhau

Hubo un tiempo en que Argentina fue una de las naciones más ricas del mundo, una tierra de míticas riquezas que, como una suerte de Eldorado, atraía a los infortunados de todo el orbe, como una lamparilla a un insecto. Esa mezcla de razas y culturas le proporcionó una visión ancha y cosmopolita del mundo; las riquezas hicieron lo demás. La ciudad quiso parecerse a París y los grandes estancieros construyeron grandes palacios, coleccionaron arte y promovieron la cultura. Todo con enorme elegancia, porque también lo hicieron en Manaos al amparo del caucho, y eso les proporcionó un palacio de la ópera con una cúpula de azulejos multicolores. Sin embargo, los argentinos resistieron a la extravagancia y sus fuentes no manaban champán los días de estreno, ni los más ricos enviaban sus camisas a lavar a Londres, porque el agua del Amazonas era demasiado basta para sus batistas y algodones. 

Buenos Aires se llenó de árboles, palacios y grandes avenidas, convirtiéndose en una de las más bellas ciudades del mundo, un enclave de buen gusto y ejemplo para todo el continente. Y no solo… Entre sus bellezas, resalta la Recoletaun barrio burgués de insoportable elegancia, abrazado -cosas porteñas- por un gran cementerio hacia el que se orientan, atónitos, balcones de rejas ondulantes y fachadas fin de siecle. Podrá parecer raro pero esto es Argentina. En todas sus calles se respira un aire de elegancia burguesa que nada consigue alterar. Bellos portales de madera, latón y mármol, arriates de flores, añosos árboles y luz a raudales. 



La columna vertebral del barrio es la calle Alvear, enclave privilegiado de uno de los mas clásicos hoteles del mundo el Alvear Palace. Hasta hace poco, nadie podía pugnar con sus esplendores Belle Époque. Hasta hace muy poco, porque ahora, algo más arriba en la misma calle, se erige desde el Park Hyatt Palacio Duhau, un palacete que por un lado -el de la calle- se asemeja, con sus columnas dóricas, su imponente escalinata y su sobrio frontón, a un templo griego, mientras que por el otro -el del jardín- es un delicioso chateau. 



El hotel ocupa este antiguo palacio, construido hace apenas un siglo sobre el solar de otro, sus jardines y una parcela que da a la calle Posadas. Ahi, en un edificio moderno, están la mayoría de las habitaciones, contando el palacio con apenas veinte. Es por una de ellas por las que debe luchar el viajero sibarita, porque la separación formada por el jardín colgante y sus rumorosas aguas, los convierte en dos hoteles completamente diferentes. 



El palacio es de una opulencia sin igual no carente de elegancia. De hecho, me incitó a escribir por primera vez de un hotel en esta Anatomia del Gusto. Lo dije desde el principio, pero en este tiempo ninguno me ha inspirado lo bastante. Sobran los anodinos y menudean los decadentes, lo que convierte al Duhau en una bella excepción tras una restauración impecable. 



Todo parece ser de piedra, maderas y los más bellos, ricos y variados mármoles que cabe imaginar





El salón principal, de altísimos techos, se adorna con columnas y pilastras corintias y el bar –antiguo fumoir de la residencia- está forrado con hermosos paneles neogóticos a juego con una enorme chimenea. 





Nada desmerece en esta manzana de palacios: el Duhau es aledaño de la Nunciatura y de una hermosa y decadente casona particular.



Las habitaciones son amplias y confortables y muchos de los enormes baños cuentan con bañera semiexenta y lámparas y apliques de cristal, cubiertos por pequeñas pantallitas plisadas.



El hotel posee un gran spa con una piscina climatizada de 25 metros, varios restaurantes entre los que destaca el Duhau, con mesas en la terraza inferior, y una gran bodega con más del siete mil vinos argentinos. Por tener, hasta tiene una variada colección de arte -francamente mejorable, eso sí- que cuenta con obras de Botero, Manolo Valdés, Juan Lecuona, Raúl Fardo, etc.





Quizá hay otros más lujosos –Four Seasons- o llamativos –Faena–, pero ninguno como este palacio para sumergirse en el Buenos Aires de los años dorados, aquel que contemplaba Europa desde el otro lado del espejo.

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