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Palacio de Cibeles

Después de mucho tiempo, he visitado Palacio de Cibeles el restaurante de Javier Muñoz en los altos del Ayuntamiento de Madrid. Será porque estos días de primavera nos arrojan a la calle en busca del sol; y ya solo por eso vale la pena la visita, ya que es probablemente la terraza más bonita de Madrid. Y es que ninguna otra puede ofrecer a la diosa Cibeles a los pies, barrocos torreones a los lados y más allá, una línea de cielo en la que sobresalen el recio Banco de España, el elegante palacio de Buenavista, el dorado Metrópolis y un sinfín de cúpulas, torres, campanarios, esculturas y tejados.

Felizmente la comida está a la altura de tanta belleza y por no demasiado dinero para lugar tan sofisticado. Un menú de 40€ a mediodía, con dos platos y postres, entre los que hay carrillera, bacalao, arroces, parfait de champagne, algo más, y lo que yo he elegido: unas estupendas migas manchegas con naranja y uvas, llenas de fuerza y sabor, además de una buena idea: huevo poche en lugar de frito. Está igual de bueno y resta grasa a un delicioso plato que tiene ese riesgo de pasarse de graso.

También he gozado con unas buenas y -aunque parezca mentira- ligeras alubias con pato. Tienen sabor pero también están perfectamente desgrasadas y el pato no es tan fuerte como los embutidos con los que tantas veces se hacen las judías. Nunca las había tomado así y me han encantado.

El cordero es excelente aunque algo seco. Un lechal delicioso y lleno de sabor combinado con unas ricas cebollitas encurtidas y glaseadas. Tiene un exquisito sabor y es muy tierno y suave. Quizá por eso se les pasó un poco de punto y estaba algo seco. Menos mal que la salsa del asado se reduce y enriquece y eso hace olvidar cualquier sequedad.

Todo bien, pero nada como una memorable y preciosa pavlova de frutas exóticas. El merengue va de la cremosidad de la nata al clasicismo del seco pasando por el crujiente de unas “galletas”. El helado de mango lo refresca enormemente y la acidez la aporta la fruta de la pasión en gelatina, crema y puré. Una estupenda mezcla de sabores y texturas absolutamente deliciosa.

Me encanta el mazapán y más si es de Toledo. Es uno de mis dulces favoritos. Así que me encantaron las empanadillas de mazapan que ponen con el café. Como es normal, ya que hablamos del más importante restaurante de aquella ciudad, están entre las mejores que he probado. Un colofón perfecto para tanta belleza y tan buena comida.

Es curioso pero por estar algo escondida nos olvidamos de esta joya y… no deberíamos. Todo funciona, la comida es muy correcta y el lugar absolutamente único. Así que pienso repetir en las deliciosas mañanas y en las templadas noches del preverano madrileño. Aunque… también en verano.

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Anticapitalismo chic

Adolfo es el restaurante más famoso de Toledo, quizá el mejor. Aupado por su fama, fue escogido por el ayuntamiento para representar a la gastronomía madrileña, lo que ya es en sí una incongruencia. Eran tiempos de megalomanía y por eso se instalaron en un enorme palacio orlado de pompones, guirnaldas y florones de alfeñique, una construcción fantasiosa que se asemeja a una gran tarta nupcial. De Wisconsin, eso sí. Por eso, a nadie extrañó que el restaurante fuera tan caro y elegante. Claro que el gobierno aún no era anticapitalista y marxista. Esa es la segunda incongruencia y por eso, son muchos los que hacen apuestas sobre cuánto tardarán en desalojarlos para ofrecer el espacio a un centro dotacional o a un taller ocupacional.

 El restaurante Adolfo Palacio de Cibeles es frío y forma una especie de cofre fúnebre y oscuro que enmarca espléndidamente una de las neobarrocas cúpulas del palacio. Engarzada en una brillante caja de cristal es el principal ornamento del comedor.

  
Además de la carta, Adolfo ofrece un menú de 49.50€ que muda con frecuencia. Siempre tiene verdura, pescado, carne y postre. El de hoy comenzaba con unos aperitivos poco complicados: una muy buena crema de guisantes, un ramplón pseudoblini de salmón y tapenade de aceituna verde con queso.

 De primero una sopa de lombarda con manzana y piñones tostados, de bonito color y buena textura, pero francamente insípida. Como con poca sal y, a pesar de ello, esta me pareció totalmente insabora.

 Por eso tomar después de una sopa tan suave bacalao fresco no es la mejor opción, porque este pescado es aún más insípido que la lombarda y el acompañamiento de ajetes tiernos apenas lo sacaba de su apocamiento. Como en el anterior caso, la ejecución, la presentación y la calidad eran notables, pero se habían olvidado de un pequeño detalle, el sabor.

 Ya creía que ninguno de los fuertes, intensos y deliciosos sabores de la cocina manchega nos alegraría el almuerzo, cuando llegó uno de sus platos estrella, el cochinillo asado, en este caso también confitado, sabroso, tierno y maravillosamente crujiente. Ponerle un toque de plátano alegraba y aligeraba la receta.

 Menos mal, porque la sopa de mango con helado de yogur y frutos rojos, siendo más que agradable, tampoco es una apoteosis del sabor y pecaba de una sosería difícil de describir.

 Al menos los chocolates eran fuertes y el mazapán del final sobresaliente, como siempre ha de ser cuando de Toledo hablamos.

   Acabada la comida y empezada esta crónica, me veía en un dilema. No podía criticar este almuerzo porque nada hubo falto de calidad o presentación. El problema es que la perfección de nada vale cuando conduce a la frialdad. Todo me recordaba a la nueva culinaria francesa que, manteniendo, la maestría ha perdido el alma. Estas recetas carecían de chispa y, como aquel personaje de Verhoeven, podía poseer belleza e inteligencia, pero carecía de sombra. Y… de alma!

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