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Cuerpos sutiles 

Junto a la celeberrima bahía de Cascais se yergue un humilde y diminuto faro, que querría ser de Hopper, pese a estar envuelto en luz y huérfano de brumas.  

 Y junto al faro, el Farol Design Hotel, un albergue para gente cool que auna lo viejo de una casona de veraneos antiguos e interminables, con lo moderno de un pabellón de cristal y acero y de una clientela It y cosmopolita. Visible desde todas partes, se yergue sobre el mar una piscina que es de un turquesa pespunteado de gris de cemento y blanco de tumbonas, sin un árbol o una sombra natural y sin que nada impida la visión de un alegre catálogo de cuerpos elásticos y/o musculados que imitan los de aquel Hockney que descubrió que la tristeza brumosa del norte  se conjura con los cristalinos fulgores californianos.  

 Sobre esa visión y la de todo el mar, se encarama un restaurante que posee una de las más bellas vistas de este lado de la costa  y que no se ve empañada ni por las ruidosas familias ni por los domingueros de postín que pueblan el resto de los restaurantes que conducen hasta Guincho. Aquí todo es paz y voluptuosidad.  

 La carta, como corresponde a un lugar tan trendy, tiene varias ensaladas ( de queso de cabra asado y de gambas salteadas), entradas vegetales y sopas varias; el restaurante cuenta incluso con un apartado para sushi que, no obstante, podemos consumir en cualquier parte. De las entradas me encanta un carpaccio de bacalao ahumado con humus, ensalada de berros y pesto de cilantro, suave, ligero, refrescante y muy muy saludable.  

 Por estos lares el pescado continúa siendo la mejor opción (aquí se recomienda un buen bacalhau con broa de milho o sea, costra de maíz) pero yo a veces siento la necesidad de algo de carne y aquí el Chateaubriand es excelente. La carne llega tierna y jugosa, muy hecha por fuera y bastante cruda por dentro. Se trincha ante el cliente como debe ser.  

    
 Acompañado de patatas fritas y verduras, el jugo de la carne es muy atinado, aunque la salsa bearnesa resulta mejorable. El pato braseado con un mango picante -que no pica-, setas y un puré de batata y patata violeta francamente interesante también está bueno y en su punto.   

 Los postres son atractivos y variados y los hojaldres de dulce de leche con helado de frutos del bosque, son perfectos para golosos. Pasta ligera y crujiente y relleno potente.  

 Ya se ve que no solo a gozar de la vista -de las vistas- se puede venir al Farol. También se puede comer, beber y sobre todo ¡sentir, parafraseando a Mishima, la gracia del cielo y el mar!  

 

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Antigua, memento mori 

  
El memento mori (recuerda que has de morir) es la más genuina de las expresiones barrocas, aquella que coloca junto al brillo del dinero, los fastos del poder o los placeres del amor o la música, una profusión de calaveras, esqueletos y polvo de huesos. Antigua, antaño la ciudad más bella de las Indias, es en sí misma un memento mori, una ciudad que parece congelada por una bruja cruel y que se rodea de una naturaleza lujuriante, una sucesión de bellos palacios cuajados de fuentes rumorosas, patios escondidos, flores exóticas y bellos jardines, que se yerguen junto a capiteles que brotan de la maleza, fustes escupidos por la tierra, paredes derribadas y muros caídos de las viejas iglesias y conventos que evocan un esplendor difícil de imaginar.  

   Tras las fachadas alabeadas o medio caídas, pobladas de santos sin cabeza o cruelmente desmembrados, heridas por cicatrices que las recorren de lado a lado y que dejan ver, a través de sus vanos desnudos, el paisaje de sus naves en ruinas, todo es una mezcla de vida y muerte, de belleza y caos, que no tiene parangón en el mundo, una especie de reino de Brahma (el creador) y Shiva (el destructor) en el que nunca hubiera recalado Visnú (el conservador).   

  La antigua capital de Guatemala (de ahí su nombre) y sede de la capitanía general de la Nueva España, llamada entonces Santiago de los Caballeros, era una cuidad de una opulencia sin par rodeada por tres volcanes, del Agua, del Fuego y Acatenango los cuales, para darle un aire aún más irreal, son los que aparecen en El Principito.  

   Asolada por constantes terremotos, el Rey Carlos III y sus prohombres en la villa, decidieron reubicarla tras el más aterrador, el de 1773, acaecido cuando la ciudad aún se recuperaba de los estragos del de 1751. Así quedó triste y muerta, olvidada del tiempo y de las gentes, sepultada en el olvido.  

   
Su apacible clima, su proximidad a la capital y el recuerdo de sus bellezas deslumbrantes hicieron que, poco a poco, las gentes retornaran a descansar o a huir de la gran urbe y los palacios se levantaron de nuevo entre árboles y flores que nunca la abandonaron y que ahora crecían salvajes. Casuarinas, jacarandas, tempisques, higuerillos, araucarias y magnolios, aquí llamados magnolias, protegieron los viejos materiales que la resucitaron para goce de unos pocos.  

   Nadie se acordó de los otros edificios y, en época de restauración y no de reconstrucción, quedaron apuntalados pero tal y como estaban, en un recuerdo imperecedero del fin de todo, de lo breve de la vida, de lo efímero del placer y de lo frágil de cualquier anhelo.  

 Ver como el sol refulge sobre las ruinas es un espectáculo único, pero no tan sobrecogedor como contemplarlas en la noche, fantasmalmente iluminadas. La magia de sus calles empedradas, el verdor -y la amenaza- de los volcanes, la presencia de la muerte, el rumor de tantas fuentes y los efectos sedantes de la gravilea, el árbol que da sombra y protege al café, la hacen única e inolvidable, un escenario irreal, un producto de la imaginación que se infiltra en la sangre.  

 Tanta belleza hace que ningún cartel, luminoso alguno o traza de modernidad alteren su espíritu barroco y que sus habitantes hagan un esfuerzo diario de buen gusto. Las inmensas casas, los pequeños hoteles, los restaurantes más recoletos, están cuidados y decorados con esmero sin que nada ofenda ni alarme al mayor de los estetas.  

 Ni a los más golosos porque esta es también la ciudad de los dulces infinitos, chispazos de vida con nombres poéticos: zapotillos, muédagos, chilacayotes, espumillas, camotes, huevos chimbos, mazapanes, chimbitos, camilitas de leche, encanelados, alfajores de ajonjolí. Todos los que doña Mercedes Gordillo aprendió de las monjas y transmitió a su hija Doña María Gordillo, la que da nombre a la más bella, abigarrada y concurrida confitería que imaginarse pueda.  

    
 Esos son los dulces que parecen haber inspirado a ese gran pastel de amarillos imposibles que es la Iglesia de la Merced, un templo macizo y chaparro que es máximo exponente del llamado ultrabarroco guatemalteco. Sus paredes cubiertas de ataurique blanco, las columnas atravesadas por flores de escayola y sus hornacinas plagadas de santos blanquiamarillos solo se ven alterados por el increíble colorido de los vestidos de las indígenas que se acurrucan bajo su imponente portada.  

    
 Entre tanta belleza se enmarca el hotel Camino Real, uno de los más recientes porque ni seis años tiene y que es una sucesión de patios y corredores, la mayoría con fuentes, helechos, hibiscus, flores de jade y un sinfín de plantas. Los elementos constructivos respetan la tradición y la madera de vigas y columnas contrasta con el granito de basamentos y zócalos y con el fierro que teje las rejas de todas y cada una de sus ventanas.  

   Como en la antigua tradición arábigo andaluza, todo está recatadamente oculto, todo hacia dentro, todo volcado en sus seis patios y tres patinillos.  

   Los interiores se adornan con velas encendidas a todas horas, multitud de flores y luces tenues, abundan los cueros, los espacios comunes exhiben bellas antigüedades y el resto es piedra, paredes estucadas y hasta bovedillas de ladrillo.  

   Las habitaciones son grandes y más aún las camas de madera que parecen barcos varados en la nada. Las suites del Virrey menudean en las esquinas porque tienen dos pequeños pisos y las de nombres históricos son suntuosas y palaciegas.  

    
 El restaurante mantiene un elegante estilo colonial que traspasa a los desayunos a la carta. La comida es correcta y mezcla mucho mexicano e italiano, poco guatemalteco y hasta algún destello indio.  

   El espesor de las paredes, las insonorizantes plantas y los cantos del agua transmiten una enorme paz, lo mismo que el resto de esta ciudad que aquí tanto recuerda al San Juan de la Cruz de la música callada y la soledad sonora. 

Hotel Camino Real                                        7ª calle Poniente 33B                                   La Antigua                                       Guatemala                                                Tfno. +502 7873 7000

 

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Tres estrellas no es nada

Paco Roncero merece ya su tercera estrella. Así de contundentemente lo afirmo, tras mi visita de cada verano a esa hermosa azotea blanquinegra, ahora punteada de rojo, que sobrevuela torres rojas de cobre, inmensas esferas que parecen manzanas de oro, rotundas pilastras de piedra y bronce, esbeltas columnas de mármol, descomunales y negras cuádrigas modeladas a la medida de los titanes y exhaustas y níveas cariátides de rostros agotados. 

 Ver todo eso ya es mucho, pero hay más, porque un límpido cielo madrileño, de cambiantes tonos y múltiples luces, y una luna, ora tímida, ora deslumbrante, coronan nuestra cabezas. Que tanta belleza no apague la comida sino que la ilumine es mérito de este gran cocinero que creó una excelsa obra personal sobre los pilares de lo que fue el pied a terre madrileño de Ferrán Adriá, cuya poderosa sombra hizo desaparecer incluso el nombre de Roncero al punto de permanecer por muchos años desconocido.  

 Tomando lo mejor del maestro pero explotando su propia personalidad, consolidó un restaurante completo que tiene todo lo que un tres estrellas requiere, incluso cosas de cuatro, visto lo poco que ofrecen algunos que sí las ostentan gracias a la incansable generosidad francófila de la Guía Michelin, a la que pido desde ya justicia para La Terraza del Casino. Y explico por qué: un chispeante Pisco Sour se sirve para refrescar paladares y comenzar este menú fijo de verano. Es tan reversible como toda la cocina moderna porque, al cuajarse con nitrógeno líquido, tiene la consistencia de un sorbete que también estaría excelente como postre o pre.  

 Los boquerones en vinagre son crujientes y se enrrollan en la raspa convertida en chip y las patatas sufladas con ali oli son una gran y diminuta versión de las souflé, esta vez con corazón de salsa de ajo. La aceituna es una deliciosa esferificación, alma de aceituna. Ya se ve, nada más comenzar, el talento del chef y su espíritu juguetón, porque con grandes y avanzadas técnicas transforma tres aperitivos de taberna en creaciones de la más alta cocina y con sabores autóctonos, eso sí, intensificados.  

    
 La tosta helada sigue por los caminos de los helados salados y es una divertida versión del pan tumaca, el soufflé un delicado envoltillo de obulato y el queso de aceite de oliva una broma deliciosa que sustituye la leche por aceite perfumado con un intenso parmesano.  

    
 El cono de palomitas especiadas y aguacate es una mezcla que traslada inmediatamente a México –y eso que le falta una chispa de picante- y el rollito vietnamita de jurel ya se sabe donde, pero en este caso pasando por el muy español mundo de las frituras y los buñuelos.   

   Culminan los aperitivos con otros paseos por el mundo y es que los grandes cocineros son artesanos cosmopolitas y viajeros incansables: el tiradito de corvina es perfecto y servido sobre media lima gana en frescura y sabor, el cacahuete thai esconde alma líquida bajo una corteza crujiente en la mejor tradición de las almendras miméticas de Adriá, el gran maestro de Roncero. Y la tortilla de camarones es una vuelta a los orígenes pero practicando la filigrana. A mi que no me gusta nada la fritanga estas me apasionan por su consistencia de cristal y su ausencia de grasa.  

    
 Acaban aquí los que llaman snacks y comienzan los tapiplatos. Confieso que no sé distinguirlos porque todos son pequeños, delicados y sorprendentes. Sin embargo, ese entreacto me sirve para decir que, a estas alturas, ya estamos rendidos ante la imaginación, la chispa, la inteligencia y la pericia técnica de Roncero

El canapé granizado de gazpacho es una deconstrucción inteligente. Alejadisimo de la tradición, basta con probarlo para que estallen en la boca los muchos y refrescantes sabores de la más grande de las sopas frías. La ostra con escabeche de zanahoria respeta el sabor del molusco pero lo realza con un refinado escabeche. Eso hace que pueda gustarnos incluso a los que nada nos gusta una simple ostra.   

     Contrasta con la otra gran crema fría la vychissoise, aquí enriquecida con almendras tiernas, cigala y tomate, consiguiendo una mezcla de sabores y texturas tan compleja como excitante, auque incomparable con lo extraordinario de la gamba roja, cuerpo a la plancha perfecto, cabeza hecha crujiente y puros jugos. Una maravilla que también comparte David –o Dabiz- Muñoz.  

  Los guisantes con callos de bacalao fue el único plato que no me gustó, quizá por su emplazamiento. Tomar en ese momento una sopa de guisantes no era muy apetecible al igual que un aspecto que parece indicar que la falta de emoción ha impedido una presentación tan bella y elegante como las demás. Tanto que renuncio a poner foto para no desmerecer el resto y porque hasta el mejor escribiente…

El arroz cremoso con yogur, berberechos y limón es un gran plato, aunque no muy bonito, y que apenas puede alcanzar las alturas del salmonete con tirabeques, una mezcla suave e inteligente que respeta el maravilloso sabor y la perfecta cocción del que ya he llamado el rey del verano.  

   
Se acaba con un delicado y crujiente costillar de cochinillo que sorprende y eso a pesar de lo manido de este plato.  

 

Los postres son también punto fuerte de Roncero. Comienzan con ya un clásico, una hermosa rosa natural en la que los pétalos centrales -el resto son todos verdaderos- están confeccionados con manzana teñida de rojo. Se llama Versailles y más que un gran postre es una bella y refrescante creación que causa sorpresa y placer.  

 Los cítricos parecen una paleta de blancos y ocres. Son frescos y frutales y preparan a la perfección para el plato fuerte, el café con leche, intensos sabores bien combinados de nata, chocolate y café así como distintas texturas y temperaturas también que son un colofón extraordinario.  

   O eso parece porque aún resta una sorpresa y es que los petits fours aquí llamados pequeñas locuras, llegan en un enorme y colorido carro, cuajado de bombones, algodones, galletas, filipinos, etc que harían las delicias de cualquier niño. Hay que ser fuertes y probarlos todos porque todos son diferentes y deliciosos.  

 Es sorprendente la madurez de Paco Roncero que está en su mejor momento de técnica, conocimiento e imaginación, lo que le ha permitido construir una carta moderna y elegante con base muy popular, una especie de cocina casera en los sabores pero altamente sofisticada en la ejecución y de fastuosa belleza en la presentación. 

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Alicia García en el país de Dani

  La visita a Dani Garcia da para pensar, porque restaurante y cocinero son un compendio de las virtudes -y defectos- de esa cocina que antes designábamos de vanguardia y que ahora, según dice Javier Pérez Escohotado y estoy de acuerdo, deberíamos empezar a llamar cocina recreativa.  

El propio nombre del restaurante es ya una declaración de intenciones. Si hemos convertido a los cocineros en los nuevos iconos de la modernidad, en estrellas para todo, qué mejor nombre para el restaurante que el del propio chef. Agotados los futbolistas, las modelos, los cantantes y los actores, los cocineros son carne de reality, modelos de provincias, relleno de todos los «eventos», conferenciantes improvisados y en breve, líderes de opinión. 

Sin embargo, la culpa no es suya sino de todos nosotros y de esta sociedad del espectáculo que precisa de reputaciones de usar y tirar. Después les exigimos también que estén en el restaurante y no es extraño porque, como en el arte y en la moda, a veces vale más la firma que la obra. Pronto hasta discutiremos, como en el arte contemporáneo, si para ser autor basta solo con poseer la idea y dejarla en manos de un equipo (Jeff Koons, Damien Hirst) o es necesario un mínimo de ejecución. Siempre vi a Arzak, a los Roca y a Subijana al pie del fogón, como ahora están Diego Guerrero o David Muñoz, pero hay que ser un héroe para estar entre peroles (es un decir) cuando los cocineros son reclamados de lejanos países, embajadas cercanas, marcas de moda y fiestas de postín. A fuerza de usarlos para cualquier cosa, pronto acabaremos con todos como ya ha ocurrido con las antiguas jóvenes promesas de Sergi Arola o Alberto Chicote. Paco Roncero es hoy el mesías del escapismo y numerosos son sus apóstoles (Quique Dacosta cuenta en Instagram mucho más de su vida y sus veleidades de celebrity que de su cocina).  

 La otra característica de Dani es el barroquismo innecesario y pueril que lleva a convertir los restaurantes en una suerte de parque temático. A los cerdos voladores de DiverXo se suman aquí las andanzas de Alicia en el País de las Maravillas y el menú se plaga de cajitas, llaves mágicas, libros encantados y copas rebosantes de elixires maravillosos.  

 Es cierto, como dice Roland Barthes, que en la sociedad de la abundancia, tiende a debilitarse el valor nutritivo de la comida «para enfatizar los demás significados, por así decirlo, accesorios», pero me pregunto hasta qué punto debemos recargar la gastronomía con elementos superfluos. Hemos pasado de la novedad, a la vanguardia y de lo molecular a lo recreativo, en su acepción de crear de nuevo pero sobre todo de divertir y recrear, como acertadamente recoge el ya citado Escohotado en El mono gastronómico, ensayos de arte y gastronomía, un libro tan lúcido como políticamente disparatado.  

 Aquí los toques carrollianos son totalmente innecesarios porque la luz natural, los jardines colgantes, la esplendorosa cocina vista y un entorno espectacular no precisan de mayores aderezos y mucho menos de aquellos que distraen de la comida. 

 La ultima reflexión a la que me llevó este almuerzo, que va a dar lugar al post más largo de la historia -como la propia comida-, fue sobre el sentido de esos menús degustación inacabables que duran más de tres horas y eso que no me quejo de este restaurante en particular, porque aquí se ofrece también una variada carta y hasta medias raciones, algo cada vez más inusual por culpa de la dictadura de dichos menús. 

En el de Dani García el juego comienza en los nombres. Cómeme gula es una deliciosa, elegante y, en cierto modo sencilla, mezcla de foie, caviar y setas de verano, sobre un opulento plato dorado.   

 La magdalena que se come entera se presenta dentro de un libro y es más sorprendente que sabrosa o quizá es que tanta broma nos distrae de lo esencial.  

   Afilando el lápiz es un yogur -más bien cuajada- de foie, con naranjas y virutas heladas de anguila ahumada, una excelente mezcla de sabores y no tanto de temperaturas.  

 La seta de chopo no está mal pero ni emociona ni aporta gran cosa a esta primera parte.

 Todo lo contrario que el tomate nitro, ceviche y ostra, salmorejo en polvo, helado de jalapeño, cilantro y semilla de tomate, un plato deslumbrante y excelente en la combinación de sabores, texturas y temperaturas. Un ejercicio de exageración absolutamente justificado y mucho más bonito que la mayoría que los otros platos porque, a pesar de su esfuerzo, Dani Garcia no parece bendecido por la musa de la estética, si esta existiera, por supuesto.  

 ¿A qué huele el bosque de Alicia en el país de las maravillas?, batiendo el récord de nombres absurdos, es también uno de los platos más mediocres de la carta a base de arroz inflado, ajo negro, flores y más setas de chopo.

 Se ve compensado por el tomate NO nitro con tartar de tomate y pilpil de merluza, una mezcla de clásicos que funciona bien.  

 La caja secreta obliga a usar la llavecita que teníamos desde el principio y contiene un trampantojo de almendra, una que lo parece y no lo es, entre muchas que lo parecen pero que ni son, ni se pueden comer.  

 La secuencia marítima que sigue se compone de una sardina al carbón con mayonesa de sésamo negro realmente excelente, original y poco agraciada estéticamente,

 de un bello tartar de gamba con (demasiado) yuzu 

 y de un enjundioso chateaubriand de cangrejo y caracola.

  
A pesar del buen ritmo que imprimen una cocina perfectamente sincronizada y un servicio perfecto, la paciencia y el apetito empiezan a cansarse cuando llega un gazpachuelo especiado, esa contundente sopa de pescado malagueña ¿enriquecida? con mayonesa. Se entiende la devoción del chef por su tierra pero hay cosas que mejor no exhibir…  
 El atún negro no mejora el anterior a pesar de ser un plato original pero que resulta demasiado fibroso y poco atrayente.  

 Se acompaña de Drink me, una deliciosa infusión de mariscos (cañailla, quisquillas…) búfala azul, citronella y hierbas que preparan en la mesa y da un cierto alivio al estómago antes de degustar el llamado croché, una composición bella y asombrosa que es una suave  crema de moluscos coronada por un fino encaje de tinta, ¡una de las cumbres estéticas del menú! 

 Tampoco está nada mal la lubina frita a la pimienta negra con reducción de balsámico. Muy bien ejecutada, consigue un pescado crujiente por fuera y extremadamente jugoso por dentro.  

  El único plato de carne es excelente, una gran creación. El engaño del milhojas de crema es en realidad un crujiente pedazo de cochinillo acompañado de sus jugos solidificados y presentados de manera sencilla y afortunada.  

 El nivel, tan decaído con otros platos, ya no dejará de subir con los postres, aunque antes de estos añadimos voluntariamente unos cuantos quesos de un carro bonito e inteligentemente surtido.  

 La primera sorpresa dulce nos acompañó desde el principio del almuerzo como adorno de mesa: unos deliciosos jazmines amerengados escondidos entre otros de loza. Divertido y sorprendente.  

 
El picaporte es una esfera de chocolate y avellanas maravillosamente dorada que se acompaña de un algodón relleno de queso de cabra y fresa, de nombre muy feo. Bueno y bonito.  

 La bola de cristal es tan sabrosa como de confusa presentación y nos hace volver al barroco de las muchas texturas, las variadas temperaturas y los ingredientes sin fin: chocolate, frutas, té verde, bizcocho, polvo, helados, cacahuetes, etc

 Felizmente se culmina con uno de los patos más logrados y sin duda más bellos y complejos: el Up Air, un rutilante globo de coco que esconde una perfecta torrija de fresas silvestres y que además recuerda a aquella perfecta esfera de parmesano del genial Ferrán Adriá.  

   Postre perfecto y perfecto final. O casi, porque aún faltan unos dulces fantasiosamente presentados y que hacen pensar en el genio de este cocinero que parece estar buscando nuevamente su sitio en el mundo -en pocos años ya va por el tercer restaurante- y en la realidad. 

Dani García es uno de los grandes cocineros españoles pero naufraga en el fárrago. Como decía Gracián lo bueno si breve dos veces bueno y eso vale para casi todo en la vida. A Dani le pasa como a esos artistas que no saben cortar su obra y la alargan innecesariamente. Por eso a platos excepcionales, une otros muy prescindibles. Da la sensación que quiere mostrar todo lo que sabe hacer, que se note la complejidad y la técnica y eso es un grave error porque, igual que la cultura es lo que queda cuando los saberes superfluos se olvidan, en la cocina la perfección está en la complejidad vestida de sencillez, en la gran técnica que no se nota y todo lo hace aparecer fácil e ingenuo, como un sueño de Miró o un poema popular de Lorca.  

 

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El It Restaurant

«It girl«, dice la Wikipedia, «es una frase en inglés aplicable a una joven que posee la cualidad «It» («eso»), la atracción absoluta». El uso temprano del concepto de «It» en este sentido se puede ver en un cuento de Rudyard Kipling: «No es la belleza, por decirlo así, ni buena charla necesariamente. Es sólo ‘eso’.»

Tras tan elegantes antecedentes, la denominación se aplica hoy en día a las chicas guapas que van a fiestas, compran ropa y zapatos y con ellos, «marcan tendencia», o sea, mujeres hijas de la sociedad del espectáculo y la banalización que convierte la futilidad en modelo de… ¿alienación?

Siguiendo esa terminología, un restaurante It seria el lugar de las chicas It, algo bello y presuntuoso, excitante por fuera y bastante vacío por dentro, una idea que no haga pensar, un concepto que se entienda a simple vista. En esa definición caben muchos, todos los Cipriani del mundo entero, bastantes Zumas y en España, entre otros, Otto en Madrid y Opium en Barcelona. Ten con ten no serviría, sin embargo, porque su lado castizo lo aleja de cualquier sofisticación.  

 No obstante, todos ellos parecen ahora meros aprendices tras la llegada de la sensación de la temporada, Tatel, la última y deslumbrante obra de un verdadero creador de tendencias, este sí, recreativas. Todo lo que toca Abel Matutes hijo se convierte en oro y este restaurante no iba a ser la excepción. En pocas semanas se ha convertido en el lugar más codiciado y conseguir mesa, en un toque de distinción. Más de quinientas personas cada noche así lo atestiguan. 

La decoración es suntuosa y oscura lo que lo hace más apto para las cenas -en las que además hay música en directo-, cuenta con toques de gran restaurante de otros tiempos, como el desmesurado chester burdeos y los largos delantales de los camareros, y ha disimulado con maestría sus grandes dimensiones.  

 Su vocación mayoritaria, mayoritaria adinerada, hace que no arriesgue un ápice en la comida que, como en el refrán de guapos y feos, no es ni buena que encante ni mala que espante. Mucho casero y popular (croquetas, arroces, gazpacho), más de lo que ahora se impone en todas partes (pulpo a la brasa, jamón recién cortado, alcachofas, salmorejo) y recetas que no sorprendan a nadie. Todo razonable y servido por un personal atento, eficaz y muy rápido. 

Las entradas consisten en un buen pan acompañado de aceite, tomates maduros y ajos montaraces para que cada uno haga de ellos el uso que prefiera. Se acompañan de un paté como los que se hacían en la transición y que, como pega poco, hace añorar algún fuet o un poco de butifarra.  

 La ensalada de perdiz es banal pero tiene la gracia de que la lechuga es cortada en pequeños trozos en presencia del comensal.   

 La tortilla trufada es jugosa y añade a las tradicionales patatas un poco de crema de lo mismo y aceite de trufa blanca.  

 El arroz limpio de marisco tiene muchos calamares, buen sabor y en su versión para dos personas, nada más -y nada menos- que seis gambas peladas.  

 La tarta brutal de chocolate es, como sinceramente dicen, más que brutal un vulgaridad llena de bizcocho y crema de chocolate caliente.  

 Como todo lo It, Tatel es cuestión de prioridades. ¿Quiere ir a comer tan solo? No vaya. ¿Prefiere diversión, moda, comida aceptable y sin complicaciones y estar a la última? No lo dude!

Tatel                                                               Paseo de la Castellana 36/38  Madrid                                               Tfno. +34 911 721 841

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¿Adelgazar comiendo?

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Subir bajando? ¿Salir entrando? Ahí van tres oximorones como la copa de un pino, o sea, dos palabras juntas que se excluyen mutuamente, porque si se come, no se adelgaza y si se entra, no se sale. Al menos hasta ahora porque acaba de abrir la casa de los milagros: Health House en el antiguo Hotel Las Dunas de Estepona.

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Tengo para mi que, de modo inconsciente, los grandes de la cocina moderna, Girardet, Adriá, Redzepi, llevan años experimentando con la cocina dietética. El amor por lo verde, la fobia a las grasas, sus anhelos de equilibrio, los han llevado por los caminos de una cocina tan sana como natural.
Sin embargo, sólo ahora, cuando se mezcla el talento empresarial de un innovador pionero hecho a sí mismo como Félix Revuelta, con la creatividad desbocada de Andoni Aduriz, tantos intentos inconexos han cristalizado en una verdadera alta cocina de dieta. Menús tres estrellas -las que ya debería tener Mugaritz– con sólo 500 calorías. Sé que parece difícil de creer, pero es cierto. Lo he comprobado estos días gracias a una generosa invitación.
Los resultados son asombrosos y el trabajo de Aduriz titánico. Para evitar almidones, harinas, féculas, pastas y otros agentes engordantes ha creado espesantes con el mucílago del lino -así consigue salsas que parecen bechameles o mahonesas- o masas con pasta de pescado casi sin almidón, técnica que solo se aprende en Singapur.
Jugando la maestría del cocinero con la imaginación del cliente, parece comerse de todo cuando lo cierto es que se padece una ausencia total de pastas, arroces, harinas, azúcares y casi aceite. Tan sólo dos cucharadas por día.
Con estas técnicas -y su amada inulina, proveniente de la fructosa- cocina una ensaladilla de hortalizas con caviar, idéntica a la rusa, pero cuya salsa es puro lino y algo de leche descremada.

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El risotto de coliflor con trufa y azafrán es excelente y de una creatividad cautivadora. Aquí los granos se sustituyen por la hortaliza, a la que se consigue dar apariencia de arroz. La ausencia de sabor se suple con generosas cantidades de azafrán y trufas, productos ambos tan deliciosos y regios como hipocalóricos. Hay más sorpresas, porque se puede comer una fideuá de mariscos en la que los fideos son de caldo y poseen una maravillosa textura y un potente sabor, porque el caldo del pescado se solidifica con agar agar y así se transforma en fideo. Un prodigio de imaginación, como las gyoshas rellenas de chipirones en su tinta, cuya masa es pura pasta de pescado. Además de no engordar, la masa realza los sabores marinos.
No todo es truco, porque también se da protagonismo a los alimentos menos calóricos. Así, unas deliciosas vieiras con tiernísimos puerros son lo que parecen, porque ninguno de las dos productos engorda prácticamente.

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Lo mismo que la merluza con setas, una combinación maravillosa en la que el finísimo y suave pescado se envuelve en un gustoso ragú de setas, en el que tienen cabida boletus, rebozuelos, morillas, setas de cardo y portobello. La ausencia de calorías y alimentos grasos se compensa con todos aquellos lujosos productos que no engordan pero que hacen soñar: mariscos, trufas, caviar, azafrán, cangrejo real, vainilla de Madagascar, etc. La falta de salsas y condimentos, con el uso de flores, hierbas y germinados, tan habitual en la cocina de Mugaritz.

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Los postres merecen capítulo aparte, porque hacerlos sin calorías es hallar la cuadratura del círculo. Andoni lo ha conseguido. El más sorprendente es la panna cotta, un dulce ultracalórico que es pura nata y grasa. En esta versión, mucho más refinada y de sabores más delicados que la tradicional, lo que se pierde en natas grasas (perdón por el pleonasmo) se gana con el mágico sabor de la mejor vainilla. Lo mismo ocurre con los frutos rojos bajo espuma de remolacha, un plato de una belleza notable y en el que el dulzor es pura fruta y sazón del bulbo púrpura.

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Hay otros muchos postres, todos deliciosos, como el polvo de mozzarella con jugo de uvas pasas, otro modo de hacer dieta de un postre originariamente prohibido, lo mismo que ocurre con la pera bella Helena, una versión del clásico a base de compota de pera mezclada con cacao puro y después helada, o con los gajos de pera con yogur de cabra; todas fórmulas excelentes para no tener que prescindir de quesos, ni de helados, ni de postres.

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Todo está cuidado (lujosas vajillas, opulentas cristalerías y una elegante cubertería de plata) en este restaurante con salinas vistas de mar. La coreografía del servicio también es excelente. Además, hay muchos más platos que los descritos porque el menú está pensado para varias semanas de estancia sin repetir ninguno y eso, a razón de 8 platos por día (tres de almuerzo y cinco de cena), significa que Andoni ha elaborado cientos de recetas.
Da la sensación que en este empeño, al que se ha entregado como si le fuera la vida en ello, ha volcado todo el saber y experiencia de tantos años. Ha viajado por todo el mundo, ha hecho la dieta Nature House, en la que todo esto se basa, se ha instalado en Marbella, ha probado mil cosas y ha fracasado en otras tantas, pero el resultado es tan exuberante y sorprendente que todo ha valido la pena. Ha sido el de un establecimiemto de lujo en el que se consigue lo antaño imposible, ese sueño casi de alquimista, comer sin engordar, disfrutar con salud y comer sin pecar.
Por eso, la gula ha muerto!!!

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Ramsés en el templo del glamrock

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Ramsés es todo un mundo. Ocupa gran parte de un edificio, una bella y elegante construcción en la madrileña Puerta de Alcalá, en la que alberga varios bares, bistró, discoteca y espacios secretos. Ha pasado por todo, del cielo de la elegancia, al infierno de la lista B, de club para madrileños posh a parada de turistas despistados, de espacio predilecto de los «happy few», a territorio de MHYV (a saber, Mujeres Hombres y Viceversa, programa líder de la telebasura en el que un grupo de JHEDs (Jóvenes, Hermosos y Descerebrados) es humillado y tratado como carnaza sin que ellos lo sepan -¿o lo saben?- y se rebelen).
En los últimos meses, para salir de ese marasmo ha contratado al valenciano de moda, Ricard Camarena. El espacio sigue siendo el mismo, un escenario suntuoso para ver y ser visto, Philippe Starck en estado puro. Desmesurado y hortera para unos y brillante en su exageración, para los que pensamos que el diseñador francés es capaz de lo mejor (el exprimidor sideral o la lámpara pistola) y de lo peor (la repetición, los brillos y las pieles exóticas).
La cocina quiere estar a la altura del riquísimo marco y, además del menú convencional, se ofrecen ostras, gran variedad de champanes, carísimos vinos y hasta caviar con blinis. Por cierto, estos más secos que la pata del capitán Garfio.
El resto pasa con buena nota, desde unas excelentes alcachofas con velute de trufas, jamón y huevo a baja temperatura a una correcta menestra de verduras de invierno con velute de escabeche, cuyo velute -por cierto, ¿qué narices será esto del velute?- no se aprecia en los sabores, pero tampoco se añora, a un convencional y poco excitante cabrito al horno.
Diferente, tierno y sumamente aromático, por estar macerado y no simplemente aliñado, es el steak tartare. Lástima que lo acompañen de unas patatas paja con rigor mortis y unas tostadas, o bien de bolsa o dignas de serlo.
Sin embargo, hay un plato que realmente deslumbra y que bien vale la visita, la papatana de atún de almadraba con guiso de verdinas, una receta que cocina lentamente y con abrigo de papel, la mejor parte del atún, consiguiendo casi confitarla y otorgándole una textura jugosa, muy sabrosa, sutilmente grasa y tierna como fruta madura.
Una pena que después de ese éxtasis, que las verdinas no hacen más que perfeccionar, lleguen unas texturas de chocolate gigantes e incomprensiblemente bastas, un plato a rebosar de preparaciones farináceas. Mejor pedir la torrija con helado de mantecado, tan banal como una tarde de fútbol y tan tradicional como una Primera Comunión, pero correcta al menos.
El balance no es para tirar cohetes pero demos algún tiempo a Ricard Camarena, el mago de la papatana, quien como Starck es capaz de ser un reputado virtuoso y un tierno aprendiz en una misma tarde.

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La dulce decadencia de Zalacaín

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El restaurante Zalacaín se fundó a principios de los años 70 con el ánimo de convertirse en el más elegante de Madrid. Ciertamente lo consiguió. Ya existían Horcher y otros muchos de la llamada alta cocina clásica (aún estábamos en la prehistoria franquista, sin vislumbre de vanguardia y modernidad) hoy todos desaparecidos; no sólo Jockey, también algunos de nombres tan rimbombantes como Las Lanzas, Breda o Ruperto de Nola. No desearía que Zalacaín siguiese el mismo camino de extinción que aquellos, pero su imparable decadencia le augura un futuro incierto.
Su cocina, adocenada y anodina, es incapaz de captar nuevos clientes y los antiguos también van desapareciendo. Sólo el apacible ambiente y el excelente servicio son el pálido reflejo de su antiguo esplendor. Los mediocres platos sólo son empeorados por la irresistible fealdad de sus cuadros, unas torpes telas de pésimo gusto y nulo valor artístico.
Ni siquiera está claro que siga siendo un restaurante de alta cocina, a no ser que así se consideren unos pringosos callos o una rudimentaria y pueblerina perdiz con garbanzos.
Tuve que devolver una triste ensalada de langostinos, judías verdes, lechuga y escarola porque su exceso de sal era un atentado contra la presión arterial. Y eso por no hablar de la banal mayonesa que utilizan como aliño, un canto a la zafiedad y a las grasas saturadas. La salsa de la menestra se engorda artificialmente, abusan de los fritos centenarios, las patatas suflé empalagan por lo aceitosas y la tabla de quesos no es tal, porque es mucho menos variada y más banal que la del super del barrio: brie, manchego, cabra y roquerort. Nada más, sin posibilidad alguna de elección; y eso, en un antiguo tres estrellas Michelin.
En fin, todo muy triste y de muy cortos vuelos. Todo menos los elevadísimos precios. Esperemos que si no son capaces de volver al perdido y añorado esplendor, sigan dormitando en esta dulce decadencia, porque Madrid necesita también de lujo clásico. Sin embargo, todo parece indicar que han emprendido el camino de la perdición.
¡Descanse en paz!

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La princesa descalza

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La cocina colombiana es la gran desconocida de América. Quizá sea porque confinada en sus fronteras, no ha sabido adaptarse a la modernidad, como sí han hecho la mexicana y la peruana, las dos reinas indiscutibles. Cierto que no posee la variedad imaginativa y la exuberante riqueza de aquellas, pero sí atesora complejas recetas ancestrales, múltiples acentos regionales y una gran cantidad y calidad de productos: jugosos caracoles de mar que se llaman piacuil, sabrosos tubérculos denominados achín, bulbos apellidados tucupí, picantes y crujientes hormigas culonas y otras muchas rarezas como chiripiangua, achiote, piangua, pipilongo o cronopio.
También hay decenas de variedades de patata y millares de hierbas locales.
Sí la cocina colombiana es como una princesa descalza, Leonor Espinosa es su alquimista.
Al frente de su restaurante Leo cocina y cava ha emprendido una titánica tarea de recuperación, modernización y fusión de las cocinas colombianas, francamente interesante. Sólo actualización soft, porque sabe muy bien que la mayoría de sus clientes son refractarios al cambio, cosa frecuente en todo el mundo. Aquí mismo, en la tierra de la vanguardia culinaria, muchos españoles no quieren salir de los callos, los potajes y las torrijas. Se trata pues de una puesta al día respetuosa con la tradición y que reinventa los platos mezclando ingredientes de varias recetas, sazonándolos con audacia e incorporando inteligentemente nuevos elementos; todo ello con una prudencia que no desconcierta a su público. Más fusión que vanguardia, por tanto.
Su bonito restaurante de altísimos techos y ojos de buey que lo inundan de luz, se halla en una casa popular del centro antiguo de la cuidad, un maremágnum de calles atestadas y abigarradas que evoca la Bogotá de otros tiempos, cuando Colombia no era un país emergido, quizá ni siquiera emergente. En esa Bogotá de los bulliciosos puestos callejeros, los vendedores de flores y frutas multicolores y los circunspectos colegiales vestidos con uniformes oscuros, la Leo, como todos la llaman, es la sacerdotisa de este heroico intento. Mujer autodidacta, vital, de aspecto apasionado como volcán y fuerte como la naturaleza de estas tierras inclementes, nos pasea por todo el país a través de sus sabores, africanos, indígenas, criollos…
La ensalada de lechugas, frutos secos, remolacha y batata a la miel de cidrón estalla en colores y texturas, el cono con crema de jaiba sobre un dulce cilantro cimarrón es una inteligente mezcla de dulces y salados, cremosos y crujientes. Son sabrososimas las carimañolas, una especie de croqueta de yuca, rellenas de conejo ahumado y acompañadas de aji tucupi del Amazonas y suero costeño, dos salsas de un piadoso picante.
El salmón ahumado con cremoso de yacon (tubérculo parecido a la yuca) y brotes de manzana cítrica es una mezcla tan original como vistosa, aunque no menos que la que compone el caracol de mar sobre bolo de mazorca y cremoso de cebolla junca.
El chicharrón de calamar, está algo rígido pero lo compensa una deliciosa salsa de papa criolla y hierbas de azotea (un atadillo del Pacífico Sur).
Las hormigas culonas recubren un muy crudo atún, dotándole de una costra picante y crujiente en la que no se adivina el insecto. Gracias a dios…
Los postres no están a la altura, pero tampoco desmerecen demasiado el conjunto: el bizcocho de cacao santanderino rezuma harina y la crema de arazá (una bella fruta color magenta) que lo recubre se come todos los sabores. El helado de plátano maduro con arequipe, la versión local del dulce de leche, es tan agradable como banal pero todo es divertido, colorido y, para un extranjero, absolutamente exótico.
Pero la cosa no acaba ahí, siempre queda una sorpresa, esta vez en la forma de un café silvestre que nace entre limoncillos y cañas de azúcar y regala un sabor delicioso, entre picante, ácido y especiado. Al parecer el primer café afroamericano de Colombia.
¡Vivir para ver!

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¡Arrumbando lo cañí!

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Da la sensación que para comer un buen marisco se ha de transigir con decorados -o no- de tasca marinera (La Trainera, Kulixka) o con escenarios repletos de obras cumbre de la artesanía gallega de gusto más que dudoso (Combarro, Sanxenxo, Botafumeiro en Barcelona).
Por todo lo contrario me gusta O’Pazo, un oasis de buen gusto frente a esa manía de asociar el marisqueo al horterismo. Otrora también fue un templo del mal gusto, pero desde hace unos años, su comedor, decorado en castaños y grises punteados por el blanco inmaculado de las mantelerías, es uno de los más sobrios y elegantes de Madrid.
Es lo justo y necesario para acompañar a productos tan excelsos como los pescados y mariscos que sirven, básicamente gallegos, pero también de otras partes de España, porque aquí, lejos de castrantes nacionalismos, se selecciona lo mejor de lo mejor, piezas tan eximias que no necesitan más que un primoroso «planchado», un amoroso cocido o un buen asado.
En ocasiones, tienen grandes piezas para cuatro personas o más: besugos de carnes prietas y sabor intenso, rodaballos de interior blanquísimo y brillante como una feliz idea o la versión gigante y suculenta del siempre enorme lenguado Evaristo, tan cuidadosamente escogido que lleva el nombre del propietario. Todo es de calidad excelente (meros, lubinas, merluzas, cigalas, centollos, etc) pero lo que realmente marca la diferencia es la perfección de las preparaciones, ni tan crudas como marca la perversa moda actual, ni tan secas como las de la cocina tradicional.
Por lo que respecta a las entradas, el pulpo está entero y tierno a la vez, las almejas a la sartén tienen un tenue toque picante que realza su sabor y el famoso salpicón llega pletórico de sabores, aunque últimamente con demasiados trozos de pescado (¿será culpa de la crisis?).
Si acaso, sólo se echa en falta el gran plato de marisco que sirve El Pescador, el hermano pequeño de O’pazo, y que recuerda al de brasseries parisinas tan opulentas como Le Grand Colbert o Bofinger.
Dice la layenda urbana que grandes entendidos como Ferrán Adriá o Rafael Ansón agasajan aquí a sus amigos extranjeros porque nada puede sorprenderles tanto, por variedad y calidad, como los pescados y mariscos españoles. Lo primero puede que sea mentira pero lo segundo es pura verdad, así que si España es el paraíso de los ictiófagos, O’Pazo es su edén marino.

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