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Cuidado con el Ritz

Ya parezco todo un periodista. Miro este titulo, que tan poco tiene que ver con lo que voy a decir pero que es llamativo y algo escandaloso, y me siento entre director y redactor jefe de un periódico cualquiera,  porque yo sigo enamorado del decadentismo Belle Époque de hotel Ritz, de los pasos amortiguados por las alfombras, de las tenues notas del piano de la rotonda y de las suaves luces que ocultan cualquier imperfección. La vulgaridad de la realidad se queda fuera y en sus salones se respira la paz de un mundo perdido para siempre y que probablemente no fue mejor, pero que así nos lo parece porque nos empeñamos en soñarlo. Al fin y al cabo, ya lo decía Whitman, la belleza subsiste en el recuerdo…

 
De lo que aquí hablaré es tan solo del jardín inundado de plátanos y campanillas y dejando a salvo todo lo demás. Al menos, por el momento. Basta superar la distancia de cinco escalones, los que separan la terraza de su fachada oeste, la del restaurante Goya, para adentrarnos en un mundo decepcionante que parece ideado para maltratar a los sufridos y exhaustos turistas, exactamente igual que si estuvieran en los mesones de la Plaza Mayor o en los dominios de Lezama en la de Oriente

La carta del Jardín es mucho más sencilla que la del restaurante, también más barata, pero no tanto para justificar un servicio poco profesional y desatento y unas maneras campechanas y más bien burdas. Al fin y al cabo, un café cuesta 8€ y los dos únicos postres, 19. 

 
Los platos llegan en desorden y la mayoría fríos. No están mal las ensaladas

 y la sopa de cebolla es aceptable 

 
pero tampoco estamos hablando de platos que no pudiera hacer cualquiera. Las albóndigas con cuscús son sabrosas pero banales, insoportables servidas tan frías. 

 
El problema no es tanto la comida, de andar por casa, como la falta de cuidado, el trabajo mal hecho y la desatención a los detalles, o sea, todo lo que sería muy negativo en un simple bar, pero que en tan refinado lugar es simplemente intolerable. 

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De cocina y amistad

Pienso, como Bacon, que «la amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias». Por eso y por dar gran importancia al acto de comer, intento no asistir a comidas de trabajo -porque en ellas ni se come ni se trabaja- ni compartirlo con gente desagradable, así que solo los amigos tienen cabida. De ahí que no sepa muy bien cuánto le deben a la compañía las críticas más elogiosas que figuran en este blog. 

Sirva esto para aclarar que en mi última visita a Kabuki Wellington estuve acompañado por una mujer fascinante, muy buena amiga y una de las pocas grandes empresarias de este país en el que los Consejos de Administración parecen aún un club inglés en cuya puerta colgara el cartel de «solo hombres». Quizá el placer que me produjo este almuerzo se deba en gran parte a ella, si bien de todos es conocida la mano maestra de Ricardo Sanz a la hora de crear esa fascinante cocina kabuki que mezcla lo mejor de lo japonés con múltiples y heterodoxos atrevimientos mediterráneos. 

Confieso que sigo prefiriendo el recoleto y discreto local de Presidente Carmona, donde todo empezó, pero eso no me impide reconocer la majestuosidad de este restaurante, una nave umbría, elegante y de silencio catedralicio, un marco elegantísimo por el que pulula un servicio perfecto en su invisibilidad, tanta que parece flotar más que pisar el suelo. 

La comida empieza con agradables y refrescantes aperitivos frutales

 que preparan para las primeras delicias, un maravilloso usuzukuri (uno de los diferentes cortes del sashimi) de pargo a la bilbaína, unas excelentes y suaves lonchas de pescado cortadas con gran pericia y aliñadas como el besugo del mismo nombre, lo que no resta sabor al pescado sino que le confiere una gracia mucho mayor. 

 
El usuzukuri de San Pedro con migas de tempura y adobo es una verdadera sorpresa, porque esconde, bajo las crujientes migas de harina de tempura (el rebozado japonés aprendido de los portugueses), un chispeante y colorido aceite de pimentón, una guarnición crocante y algo picante que alegra a un delicioso pescado que, sin ella, estaría mucho más triste. 

 Para que veamos ortodoxia y maestría al más puro estilo, se puede pedir cualquier sashimi tradicional. A mi me encanta el de salmón, un pescado tan graso y untuoso que como mejor resulta es crudo, ahumado o marinado.  

 El tataki de atún rojo está en un punto perfecto, semicrudo o semicocinado, como se prefiera, y el acompañamiento de nabo rallado con sichimi (7 especias japonesas), salsa ponzu y ensalada de verdes resulta aromático, suave y desengrasante. 

 
El atún con huevos rotos es una verdadera delicia, un plato de fusión extraordinario en el que la jugosidad y carnosidad del atún engrandecen enormemente la falsa humildad de unos huevos perfectamente ensamblados con en pescado. Es esta una de esas invenciones tan grandes como simples, una de aquellas que nos hacen preguntarnos cómo no se nos habían ocurrido antes. 

 Ya había hablado en Kabuki Raw de los magníficos nigiris made in Kabuki, todos excelentes, novedosos y mucho más interesantes que los originales, sean de hamburguesa de Kobe, de pez mantequilla con trufa blanca o de huevo de codorniz frito. Asi que nada que añadir a lo escrito porque todos se mantienen ricos y eternamente jóvenes, incluso cuando se renuevan con el de atún flambeado con azúcar moskovado, un gratificante juego de sabores.  

 
Las mayores «transgresiones» están en los postres, cosa que entiendo perfectamente porque la repostería occidental es excelente por lo que siempre es bueno hacerle un hueco, especialmente si se trata de las magníficas texturas de chocolate de Oriol Balaguer, un postre de sabor intenso que remata dulcemente tanta delicadeza nipona. Siempre quedará, para los más puristas, la delicia del helado de té verde junto a alguna que otra sorpresa oriental. 

Confieso, quizá de aquí mi entusiasmo por la fusión, que siendo un gran apasionado por la cocina japonesa, estas mezclas con las de otras latitudes -como la Nikkei, que combina con la peruana- me resultan mucho más estimulantes que la pura ortodoxia, al menos fuera de Japón. Y entre esas irreverencias occidentales, ninguna es tan buena en Madrid, como las del bastante estrellado (Michelin) y muy soleado (Repsol) Kabuki, un imprescindible. 

Kabuki Wellington 
Velázquez, 6, Madrid
Tfno. +34 915 777 877
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Revolución en el cielo

 

El lampedusiano anhelo de cambiarlo todo para que todo siga igual ha perseguido al establishment del comunismo del mismo modo que al del fascismo y ello, pasando por todos los demás. No es cuestión de ideologías, sino de  poder, de detentarlo e intentar no perderlo, aunque eso suponga seguir esa máxima, tan cínica como eficaz. Por eso, solo los grandes creadores o los genuinos revolucionarios -estos solamente hasta que se instalan- persiguen que todo cambie para que nada siga igual. Hacerlo siempre es arriesgado y mucho más cuando se está completamente solo en el empeño. 

Juan Manuel Barrientos tiene poco más de treinta años y vive en un país tan turbulento y culto como Colombia. Ha transitado muchos caminos y conocido momentos difíciles. Quizá por eso tuvo la valentía de optar por la radicalidad, inspirado en la genial transgresión de Ferrán Adriá, su referente confeso. Muchos lo han hecho, pero pocos en ambiente tan hostil y desconfiado y es que él empezó a hacer vanguardia en un país que ni siquiera conoce la modernidad gastronómica. O sea, algo así como ir de sopetón de la pintura academicista de Poussin a las autoflagelaciones de Marina Abramovicsin pasar siquiera por el impresionismo. Formado con un maestro de sushi y con el inagotablemente moderno Arzak, está revolucionando la cocina colombiana y acaba de saltar a Miami, otro lugar no precisamente vanguardista. 

Su restaurante se llama Elcielo y esá instalado en un bello local cuajado de plantas e inundado por el sol, donde las creaciones se degustan bajo un cielo de cristal y sobre mullidos sillones de cuero de aire abacial, un local bello pero sorprendentemente elegante y clásico para artífice tan rompedor, tanto que a veces hace alguna tontería, pero ¿no les pasó a Picabia y Baudelaire o al mismísimo Prince? El camino de la creación está jalonado de baches y despeñaderos. 

Lo sorprendente, es que la radicalidad está en cualquier propuesta y en todas las técnicas, pero no así en los sabores que son de una sorprendente suavidad (¿insipidez?), una delicadeza algo mortecina, quizá proveniente de su amor al sushi, por que ¿qué hay menos chispeante e intenso que un pedazo de pescado crudo con arroz cocido envuelto en un alga? Por eso se descubrió la soja y el wasabi…

Descubramos esta majestuosa insipidez:

  

La lulada de vino blanco es un cóctel a base de lulo, una deliciosa fruta muy apreciada en Colombia. Sirve como aperitivo de los primeros bocados sólidos y apunta ya las características básicas de todo el menú: audacia, sabias técnicas y un inteligente y cultivado uso de toda la despensa colombiana. 

 

Llega a continuación un impresionate arbolito cuajado de nidos. Alojan amorosamente,  donuts con salsa mornay y queso paipa con zumak (¿zumaque?)unos bollitos tiernos y sumamente suaves que combinan bien con un queso leve y con esa especia mencionada que ni mis amigos colombianos conocen, pero que da una cierta alegría al plato.  

 

El gran error del almuerzo llega demasiado pronto. Quizá para poder enmendarlo después. Una bella jarra de plata martelé y una nívea servilleta anteceden a una supuesta experiencia sensorial, la chocolatoterapia, en la realidad una extravagancia algo desagradable: el camarero vierte en nuestras manos crema caliente de chocolate blanco y nos arroja un puñado de frutos rojos que debemos estrujar. Una vuelta a la infancia dicen. Será a la suya… La buena noticia es que no hay que comérselo y el engrudo queda en el plato. No se olviden señores chefs: la originalidad exagerada es ridículo.  

  

 

Menos mal que las arepas de maíz mote con sopa de ajo y leche de coco, con moscaes una receta sabrosa aunque algo insípida y la mosca una inofensiva alcaparra macerada.  

  

 

El nivel sube con el cherne con puré de arracache (un tubérculo), salsa de espinacas y queso y reducción de gambas, un plato bien elaborado, vistoso y respetuoso con el leve sabor del pescado.  

 

La siguiente audacia, al contrario que la primera, tiene mucha gracia y encanto. Antes de pasar a la carne se nos hace aspirar un aire (humo) de embriagador aroma que envuelve un  helado de panela (extracto de melaza que es un dulce muy popular en el país), cardamomo y vodka servido en un recipiente de totumo, que no es otra cosa que una fruta local. Lo que parecía una cursilada de otras épocas (sorbete entre platos) se compensa con la complejidad del mismo y la sorpresa aromática.  

  

  

El pollo con arroz de remolacha queso paipa es un plato tremendamente bonito, mucho más bello aún que sabroso, porque como todos los demás carece de garra, pero el equilibrio entre fondo y forma compensa la debilidad.  

 

Tampoco el tartar de res macerado en pimientos, cebolla y mango con arepa de maíz y vinagreta de gulupa (un tipo de maracuyá) tiene la potencia apetecida como plato fuerte, pero el macerado es espléndido y las arepas, doradas, crujientes y perfectas. Habrá que decírselo a los franceses porque parecen mejor complemento para el tartar que las patatas fritas o el pan tostado.  

 

El polo de queso costeño y bocadillo (dulce guayaba) es excelente y el queso el sabor más fuerte de la comida, lo ideal para contrarrestar el enorme dulzor de la guayaba.  

 

La oblea deconstruida reproduce, ingrediente a ingrediente, un famoso postre colombiano que mezcla obleas, crema, arequipe (dulce de leche) y fresas. 

  

El menú acaba con una experiencia tan elegante y placentera como desagradable era la del pegajoso chocolate blanco: un suave pétalo de rosa con crema de higuerilla para que envolvamos las manos en su terciopelo y con esa delicadeza y suave aroma queden por un tiempo. 

  

Barrientos empieza a tener una obra formidable que necesita la misma fuerza en los sabores que en el concepto pero con todo y con eso, es ya, tan pronto, unos de los grandes referentes de la cocina latinoamericana y, de seguir así, pronto de muchas más. Y su mérito no es doble, es al menos triple, porque no es lo mismo responder al anhelo de cambio de una sociedad ansiosa de él, como fue la burguesía gaudiniana, que pretender cambiarlo todo y para siempre en una heroica y majestuosa soledad. ¡Salve al héroe!

Elcielo                                                 Zona G, Calle 70 # 4-47                    Tfno. +571 703 55 85

   

 

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Aurea mediocritas

Dedico este post a todos mis amigos conservadores, que son legión, a todos aquellos amantes de la cocina tradicional que reniegan de los avances y las modernidades. A cuantos creen que todo avance es exceso y toda experimentación sacrilegio. 

La mediocridad tiene mala prensa, pero el mundo está construido a su medida. El exceso de dones, ya sea inteligencia, que provoca lejanía, de belleza, que causa frialdad o de riqueza, que inocula el miedo, conlleva sinsabores, así que no digamos la abundancia de defectos. La RAE dice de la mediocridad que es algo de escaso valor y, en su acepción más generosa, de calidad media. 

Sin embargo, Horacio hablaba del aurea mediocritas como camino de perfección, aquel que se aleja del exceso, tanto de virtud como de vicio. Aristóteles lo plasmó en una famosa frase: la virtud está en el medio. Quizá esa sea la justificación que mis amigos hallan en los restaurantes tradicionales, esos que huyen de cualquier riesgo y que recrean los platos de hace cien años. Reconozco que, como en mi casa siempre se comió bien en este modo tradicional, no son mis favoritos a la hora de salir, pero alguna vez voy a ellos, siquiera para complacer a quienes quiero. 

 La Bodega de Luis es uno de estos lugares y también una historia de tesón y éxito. Empezó en el club de mar de Llavaneras y, desde hace lustros, es un popular restaurante del muy burgués barrio barcelonés de Sant Gervasi. Hay que darle la bienvenida como a tantos otros lugares, famosos en sus provincias, (Cañadío, Tragaluz, El Tintero, etc) que han decidido conquistar Madrid, como antaño lo hicieron Goizeko Kabi o La Dorada. Hay que acogerles con alborozo porque aquí todos caben y eso es prueba fehaciente del cosmopolitismo de la ciudad y del carácter hospitalario y gastrónomo del madrileño.  

 Instalado en el antiguo y añorado Príncipe de Viana, heredero por tanto de aquel batiburrillo incomprensible de IO, el local es como aquellos: elegante, alegre y sumamente luminoso.  

 Cuenta con una falsa terraza -porque es más bien un pabellón en la plaza-, una planta baja con una gran y elegante barra y un comedor superior circundado de alegres ventanales que enmarcan copas de árboles y arrojan chorros de luz. El servicio es bueno y a la antigua usanza. Camareros con experiencia e impolutas chaquetillas blancas. Todo es tan amoderno que ni página web tienen. 

 La comida comienza con un curioso ritual que proviene de los otros locales. Los camareros en hilera muestran los platos al cliente, cosa divertida y original cuando se trata de entrantes fríos o postres y algo verdaderamente desagradable cuando se trata de guisos o platos con salsas. Cualquiera que haya cocinado entenderá por qué y es, simplemente, porque las salsas, después de un rato, se oscurecen y apelmazan y su aspecto parduzco y semisólido resulta algo repulsivo. Yo pensaba pedir un suquet pero al ver aquel aspecto espeso y grasiento me abandonaron los ánimos…

Entre tantas recetas hay muchas de bacalao, a la llauna, a la catalana, de vigilia, etc. El que se sirve con escalibada es tan catalán como la sardana, además de un plato fresco, elegante y saludable. Aquí es realmente notable con las verduras en un punto de asado delicioso y un bacalao desalado en su justo termino, ni salado ni insípido. Se dice muy rápido pero no es tan fácil.  

 Las alcachofas con almejas es otro plato excelente de la cocina tradicional y sin duda, una mezcla audaz en épocas en que combinar tierra y mar no era tan corriente. El secreto reside en una salsa bien trabada y ligera, en unas alcachofas tiernas y no demasiado grandes y en unas almejas frescas y felices. Aquí cumplen todas esas normas.  

 Lo mismo ocurre con la coca -más bien un buen pan tumaca, aquí llamado coca- con butifarra blanca y negra, una preparación tan sencilla como sabrosa si los ingredientes son de primera calidad y en esta ocasión todos lo son, desde el pan que acompaña toda la comida -una única pero sobresaliente variedad- al delicioso aceite Neus, un jugo de arbequina como sólo en Cataluña se consigue. Háganme caso, prueben el Mallafré 

 Hay también gran cantidad de platos fuertes, abundantes carnes, con o sin salsas y variados pescados, fritos, guisados o a la plancha. Los garbanzos con langostinos son un buen guiso. En este caso no son memorables pero están a la altura de corrección del resto de la refección, 
 lo que ocurre en menor medida con los postres. El finger -concesión a la modernidad debe ser esto de llamarlo en inglés- por ejemplo, porque siendo de chocolate solo sabe a café, ignoro si por fortaleza de este o por flojedad de aquel. Perfecto para amantes de la bebida y prescindible para chocolateros. 

  La tarta de queso con naranja amarga y gengibre es original y digna de elogio, porque trata de de superar la banalidad de los frutos rojos, pero el queso empleado es demasiado suave y su sabor se pierde entre aromas cítricos.  

 Aunque es mejor una cocina clásica bien ejecutada que un remedo de la  vanguardia al alcance de muy pocos, este es un restaurante que no pasará a la historia y que no generará controversias, ni pasiones, pero que será templo de los más clásicos -en especial si aman la soberbia cocina catalana- y refugio desengrasante de la modernidad rampante. 

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El taoísmo en versión Paco Roncero

Dice el Libro del Tao que mejor ser junco flexible, porque apenas se cimbrea con la tormenta, que recio roble porque de cuajo es arrancado por ella. Y es que, en verdad, la flexibilidad es una gran virtud, ahora más apreciada que nunca por causa de esos embaucadores llamados  coaches y que, junto con los autodenominados estilistas, son la gran plaga del mundo postadulto. No hacía falta que nos lo dijeran ellos, Lao-Tsé ya lo proclamaba en el siglo VI a. C., diciendo también el Talmud  cosas muy parecidas. 

En todo eso debió pensar Paco Roncero cuando abrió su restaurante Version Originalen Bogotá. Sabiendo del conservadurismo culinario de los colombianos, entregarse al nitrógeno líquido, los aires, los humos o los sifones habría sido, más que una audacia provocadora, un auténtico suicidio. En el restaurante llamado gastronómico -la planta baja es el territorio de las buenas tapas- ha hallado el camino intermedio entre el elegante y discreto vanguardismo de La Terraza del Casino y la «cocina del bocadito» de Estado Puro. Y lo ha hecho de la mano de su discípulo predilecto, Nicolás López Pelaz, un joven cocinero de amplio currículo, descendiente de Paco pero también de Heston Blumental y Zalacaín, o sea, de la unión de los opuestos.  

 

Instalado en una bella casona de la zona G, que es como decir la zona chic, cuenta con cantos y recantos, bellos patios acristalados, rincones románticos y hasta una larga mesa apta para hacer amigos. Aquí todo es reconocible para que nadie se asuste, el pescado se sirve con sus escamas, las carnes con cortes cúbicos y los trampantojos están desterrados, aunque no así las esferificaciones, tan habituales son ya en nuestra cocina de cada día.  

 

La influencia de la alta cocina moderna se encuentra en la belleza de los platos, el amor por el detalle, las combinaciones originales y el conocimiento de muchas técnicas culinarias. Una cocina más moderna que contemporánea, pero absolutamente deliciosa y en la que la complejidad parece simplicidad, como en esos grandes poemas en que la sencillez se halla tras un colosal esfuerzo de pulimento del fondo y la forma. 

Empecé el almuerzo con cierto miedo porque la esferificaciones de aceituna son ya una receta demasiado banal, pero después pensé que eso será en España porque en Colombia son aún transgresión pura. Por cierto, que poco me gustó -como me pasó con otro que imitaba a Roncero y no lo decía- que dijeran que este plato es creación de Roncero cuando el mundo las debe al genio inmarcesible de Ferrán Adriá, ese visionario adelantado a su tiempo y maestro de este chef.  

El brioche Shangai es un panecillo chino, cocido y después frito, relleno de jaiba (un cangrejo local) y gran cantidad de cilantro, resultando tierno, jugoso y lleno de recuerdos -reales o no- de un Oriente muy lejano.  

El bocadillo de jamón invertido es más un bello nombre que una realidad reseñable -como La Sombra del Viento es más un título que buena literatura- y consiste en una buena loncha de jamón que esconde una barrita hueca, sumamente original, que sabe a regañá y a picos, así que en medio minuto, de China a Camas, viajando solo con el paladar. 

  

El canelón de aguacate, relleno de ceviche de camarón con leche de almendras fritas, es sorprendentemente fresco. Soy un fanático de este tipo de plato. Además de resultar bello y colorido, el aguacate es más sabroso y sano que la pasta y combina a la perfección con cualquier relleno. Enaltecerlo con un espléndido ceviche, rezumante de aromas a lima y rematarlo con el dulzor de almendras, es un buen ejemplo de esta cocina simple, pero sumamente inteligente. Para ser sencillo hay que saberlo todo…
  

El carpaccio de hongos con foie, pasta y frutos secos me resultó absolutamente incomprensible. Además de su intrínseca banalidad no pude entender la inclusión, entre el nido de foie, de una dorada cabellera de pasta. Menos mal que, eso sí, las setas eran excelentes y el aliño de aceite y frutos secos el elemento salvador. 
  

El suquet -cocina cosmopolita, china, andaluza, catalana, colombiana…- revela el dominio de técnica tradicional. Está hecho de modo canónico con una salsa perfecta, de gran sabor y carente de grasa. La cabeza crujiente de la gamba contrasta con el resto de los mariscos que se presentan cocidos, en un prudente y chispeante juego de texturas. 
  

El short rib de angus (¿por qué en inglés si Colombia es, con México y  , el gran baluarte del español en el mundo moderno?) con puré de espinacas, encurtidos y verduras asadas se cuece durante horas y es untuoso, tierno y delicado, una jugosa pieza de carne que se deshace en la boca y se coloca entre colores y sabores dulzones que la engarzan como a una pequeña joya.  Basta ver la composición para saber por qué. 
  

No probé la pesca del día con crema de vainas salteado de guisantes y aire -bueno, sí, hay algún aire, pero de aquella manera…- de jamón pero el plato merece ser retratado y, al parecer, estaba muy bueno. Me fío de mis amigos carnífobos.
  

El postre (sorbete de mandarina con esferificación de Pedro Ximénez y texturasestaba bueno, pero algo sosito. Creo que es el gran fallo de la cocina española actual frente a la francesa que sigue contando con una repostería asombrosa. Quizá por el amor de los españoles a lo salado -millones de bares, pocas pastelerías, incluso en el norte donde esto mejora- la parte final de la comida es la que más se descuida. Además la moda actual impone los ingredientes frutales y naturales, los sorbetes frente a las cremas o bizcochos, los sabores mas tenues frente a los azucarados, pero, temo, que una espiritual y vanidosa mandarina, nunca podrá superar la pasión y las llamadas al pecado de un buen chocolate. 

Resumen: Paco Roncero, ya lo sabemos, es una gran cocinero, también, lo descubrimos cada vez más, un avezado empresario y en esta faceta, un creador de fórmulas que no imponen su presencia constante para obtener resultados sobresalientes y eso debemos agradecérselo a su magisterio y, cómo no, al gran talento del joven Nicolás, ¡una estrella emergente!
  
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Té en palacio

Hace muchos años conocí el hotel Alvear Palace de Buenos Aires y el hechizo de su fascinación fue inmediato. Conservaba todo el encanto y extravagancia de la Belle Époque. Techos altísimos, dorados cegadores, mármoles opulentos, maderas preciosas y espejos por todas partes. 


Sin embargo, ninguna de estas bellezas muertas podía rivalizar con sus pobladores, elegantes damas con perrito que, tocadas de grandes sombreros y acompañadas por botones vestidos de rojo, porteadores de sus compras, miraban displicentes al mundo real y eso que creían que este era el mundo real. Los caballeros de chaqueta azul marino, botones dorados y plateadas cabelleras eran como apolillados escoltas de las bellas. Muchos de ellos tenían apartamento privado en el propio hotel y otros lo habitaban durante largas temporadas. El mundo les petenecía y las calles circundantes eran un reducto parisino de cafés, librerías, paseos umbríos y las tiendas más caras del mundo. Hoy todo eso continúa, a excepción de la mayoría de las damas, muertas hace ya tiempo, y de las tiendas, expulsadas por el peronismo. 


La llamada Orangerie es una suerte de invernadero, escondido entre los brillos y espacio perfecto para un té de otros tiempos. 


Entre una gran variedad de ellos, escogí el Vainilla Tíbet, una deliciosa mezcla con toques de cacao. El té completo contiene una enorme profusión de bocados, servidos en porcelanas francesas, acompañados de platas variadas y distribuidos con enorne refinamiento. 


Comenzando de arriba abajo, un hermoso plato ofrece un bagel de salmón, un pequeño bocadillo de champiñones y un vasito de queso con cebolla confitada. Los sandwiches son blancos (de pollo y tomate) y negros (de pepino y atún, más sabroso que el que ponen los ingleses porque ¿que hay más absurdo que meter rodajas de pepino entre dos panes?) y los dulces, un delicado rollito de manzana y pasas, un aceptable financier de chocolate y una deliciosa bavaroise de chocolate negro sobre bizcocho de té verde. 



Los dorados scones llegan calientes y escoltados por buenas mermeladas caseras: de arándanos, naranjas amargas y crema de limón. 

Si alguien pensaba que este festín -llamado incorrectamente té- ya se había acabado, está muy equivocado. El excelente servicio, que sirve con impolutos guantes blancos, avanza ahora portando un carro de dulces al que ni el menos goloso podría resistirse. 


Pasteles de tres chocolates, de frutas exóticas, milhojas, cremas, mousses, frutos rojos. Para mi fue fácil. La mezcla de chocolate y castañas se me hace irresistible. Este lleva además una perfecta base de caramelo crujiente. Durante mucho tiempo pensé que los croissants  del Alvear eran los mejores del mundo. Ahora creo que tiene mucha otra repostería irrepetible. 


Los argentinos -quizá debería decir los bonaerenses- siempre han sido gente culta y cosmopolita, capaz de absorber lo mejor de los muchos pueblos europeos que aquí se radicaron -aún hay casi ochocientos mil italianos y más de cuatrocientos mil españoles-, así que si fueron capaces de reinventar la pizza a su manera y de recrear el estilo francés en su arquitectura, por qué no iban a poder mejorar los mejores tés. 


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Oda a la alcachofa

En su Oda a la Alcachofa, el maestro Neruda no habla de Cynara, la bella muchacha que enamoró a Zeus. Enamorar al dios no era difícil porque padecía de enfermedad amatoria y por eso perseguía ninfas, musas, diosas, sirenas, náyades y hasta simples mortales, transformándose ora en cisne (para Leda), ora en toro (para Europa), ora en lluvia de oro (para Dánae). Pero no sólo; también lo hizo en otro hombre –Anfitrión- y en algunas cosas más que se pueden descubrir en Las Metamorfosis de Ovidio. Enamorarle, como queda dicho, no era difícil pero sí huirle (de ahí las metamorfosis) y mucho más, abandonarle. La pobre Cynara así lo hizo y la venganza del dios a ella la arruinó, pero a los humanos nos enriqueció con el regalo de la alcachofa, porque en eso la convirtió. 

De la alcachofa es bello hasta el nombre y mucho más si en andaluz se dice: alcaucil.

Después de esto no me hará falta decir que yo también me enamoré de Cynara (su nombre científico), de la comestible, claro, que a la otra no llegué a conocerla. Rebosante de cualidades nutritivas y medicinales, bella e hipocalórica, combina bien con todo (foie, marisco, bechamel, rebozados, etc), pero como todas las bellas, es sin afeites como mejor resulta, levemente cocida, cuidadosamente salteada o frita en un dorado y ardiente aceite. 

Tan simple como una alcachofa es La Manduca de Azagra, el templo madrileño de las verduras y el mejor lugar para comerla. Madrileño porque aquí esta, pero navarro en la realidad, porque es una embajada de aquellas tierras ubérrimas, una de las grandes huertas de España y del mundo. Su culto a la hortaliza hace que hasta en los floreros reluzcan.

 

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A partir de ese comienzo floral, todo se agranda porque no hay lugar donde las verduras sean más hermosas y sabrosas que en este, donde menos se manipulen y más se respeten, desde un sabrosisimo y purpúreo tomate, como ya no hay

 

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hasta esos pequeñísimos y deliciosos corazones de alcachofa de los que se come todo, tal es la delicadeza de sus hojas. Alcachofas excelsas, tan sólo hervidas o simplemente fritas, porque otra cosa las disfrazaría como a una bella dama embadurnada de pinturas.

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También son excelentes los cardos, las borrajas, los espárragos, los pimientos de cristal y los hongos, ya sean salteados o en revuelto. La menestra es sobresaliente y cualquier verdura es perfecta, no sólo por su tratamiento sino, sobre todo, por su calidad, ya que cada una se elige primorosamente en su propia huerta por los propietarios, Juan Miguel Sola y su mujer Anabel, una pareja hospitalaria y cariñosa que recibe como si el restaurante fuera una acogedora y espaciosa casona navarra.

 

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No digo yo que las carnes (vilagodio y solomillo, jugosos y tiernos) y los pescados (suculento el cogote de merluza, intenso y recio el besugo a la espalda) no sean excelentes. Todo es fresco, delicioso y está muy bien cocinado. Lo mismo ocurre con los postres (crocante, tierna y líquida la torrija). Pero siendo todo bueno, lo que hace grande a este restaurante y una meca para herbívoros son esas joyas verdes que bien valieron la metamorfosis de la muchacha, una más como Cynara y absolutamente unica como Alcachofa.

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La mano verde de Quintonil

Conocí Quintonilen México D. F., gracias a la generosidad de un embajador de España refinado, culto y gran conocedor del país. No diré quien es, para que los anteriores y posteriores puedan darse por aludidos. En aquella ocasión no me gustó demasiado, sin saber que asistía al nacimiento de un gran restaurante, porque apenas tenía seis meses y daba sus primeros pasos. Rápidos pasos porque muy pronto se colocó entre los diez mejores de Iberomérica según la lista de los 50 Best de la revista Restaurant, aunque desde hoy le auguro posiciones más altas.

Su artífice es un joven chef mexicano que se formó en el gran centro de la modernidad culinaria de ese país, Pujol, y en el de la gran contemporaneidad europea, Noma, y eso se nota desde la decoración desnuda y elegantemente sobria, hasta el amor por lo verde. No sabría decir, dos años más tarde, si ya ha superado a su maestro Enrique Olvera pero sí que me han deslumbrado los hermosos platos de cerámica mexicana, las bellas composiciones y un asombroso uso de los vegetales que revoluciona una cocina que, aunque los usa con profusión. nunca los ha destacado como únicos protagonistas.

IMG_0943  El ceviche de nopal y algas es un plato refrescante y lleno de sabores cítricos en el que la planta se presenta en dos texturas, deshidratada y cocida.

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Llega después un excelente pan casero caliente de cilantro y chile poblano acompañado de frijoles con hoja santa, una hierba muy aromática, salsa tatemada y una excelente mantequilla de huitlacoche, el hongo del maíz.

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La ensalada de hojas frescas y tostadas de queltes, emulsión de sus tallos, jitomates y queso Cotija, es otra preparación fresca y saludable a base de esa hierba silvestre que solo se da en México. Los sabores a perejil y cilantro son intensos y penetrantes. La presentación es de un potente color verde y ya anuncia la belleza de muchos de los platos.

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El marlin ahumado en salsa verde, verdolagas, hinojo y guacamole
es un inteligente modo de combinar un excelente pescado ahumado con multitud de sabores vegetales y frutales, entre los que destaca el aroma del hinojo y el dulzor de las pepitas de granada.

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Siguiendo con los entrantes, llega otra sorpresa vegetal que me hace pensar en David Toutain, el gran mago francés del mundo verde, la crema de chayote con requesón, un bello plato que añade a la hierba y al queso un crujiente chip de chirivía y un hermoso brote de chícharo.

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El huazontle es otra deliciosa hierba mexicana que en este taco se sirve en dos texturas: rallado y rebozado. El plato se llama huazontles con queso de Chiapas, amaranto, quinua y sofrito de jitomate y es otra mezcla que muestra el conocimiento que Jorge Vallejo posee del mundo vegetal. Hasta el momento, y exceptuando un poquito de marlin por aquí y otro poquito de queso por allá, se trata de un menú semivegetariano, tan conseguido que apenas se nota la ausencia de proteínas.

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Pero lo vegetal sigue, afortunadamente, con los tamales de de acelga, puré de uva pasa, crema de rancho y nuez de macadamia, otro plato delicioso y colorido en el que sabores vegetales intensos combinan con una bella presentación.

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Solo hay dos concesiones al pescado y a la carne, seguramente para que veamos que Jorge Vallejo, también domina el mundo animal aunque rodeándolo de vegetales inimaginables. La totoaba en salsa de chile chipotle, pico de gallo de salicornia y chia tiene un excelente toque picante y quemado que le otorga el chile y que las verduras refrescan ingeniosamente, especialmente la muy marina salicornia, lo más parecido que hay a una ostra en el mundo vegetal.

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El diezmillo de res waygu en pulque, maíz y reducción de chiles secos, es el plato de carne, tierna y excelente, lentamente cocinada en la bebida y que se sirve con tortillas y se acompaña de puré de maíz, huitlacoche y chayote. También es picante e intenso, también introduce con maestría las verduras y los hongos.

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Para quien pensara que las verduras habían acabado, queda aun una extravagancia, otro delicioso plato vegetariano como puente entre la carne y el dulce. Es tan bueno que no me atrevo a criticar su emplazamiento. Una hermosa hoja oculta calabazas en salsa de recado negro, hoja santa y frijoles refritos, una preparación de suave picante que contrasta con el delicado aroma de la hoja santa y el dulzor de los calabacines. Una proeza y un regalo de bella originalidad.

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El prepostre es vegetal y otra delicia. La nieve de nopal con sal y limón, es un refrescante sorbete en el que la sal no hace más que resaltar la fuerza cítrica.

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El postre estrella –crema de mamey, galleta de pinole y helado de hueso de mamey– solo podía ser frutal y no decepciona, al contrario. Nada más llegar deslumbra por su composición y colorido. El sabor, mezcla de tantos sabores, es perfecto y la presentación fabulosa. A mi que no me gustan las bases negras, en esta ocasión, me parece imposible de mejorar.

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Menos mal que ya hemos comido mucho porque despedirse de este menú apena. Aún queda una concha de chocolate acompañada de café de olla, ese café mexicano fuerte y muy especiado que recuerda cafés antiguos y mercados otomanos. 

La evolución de este restaurante, diferente, original y único en el tratamiento de los vegetales, es una de las mas asombrosas que he presenciado. En menos de dos años ha crecido y madurado como pocas veces ocurre, ofreciendo una cocina elegante, refinada, fiel a sus raíces, pero decididamente moderna y absolutamente original. Además este festín cuesta 990 pesos (unos 55€) algo totalmente insignificante para el placer que produce. Más que recomendable, absolutamente imprescindible.

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El último revolucionario

Dice la Wikipedia que el vanguardismo representa un empuje de los límites de lo que se acepta como la norma o statu quo, sobre todo en el ámbito cultural. Que la cocina es cultura es algo de una evidencia aterradora y que Dabiz Muñoz -se ha rebautizado- es un vanguardista, acaso el último de la cocina mundial, es otra verdad muy evidente. Su cambio de restaurante le ha permitido construir un escenario a su medida, un salón de actos que es trasunto del mundo moderno, ese no lugar donde impera la cultura de la representación y el espectáculo y en el que la puerilidad reinante impone un universo de parques temáticos.

Justamente eso parece este DiverXo, el reino del niño malo de la cocina española, un mundo de cerditos que vuelan, antes que llegue el lobo, en pos de bandadas de mariposas, que aletean sobre gigantescos cucuruchos de helado. Sus habitantes usan gafas sin cristales y lucen una suerte de monos morados que remiten a los seriales galácticos de los 80.





Dabiz sabe que la mayoría de los caminos están trillados en la cocina y ha optado por explorar nuevos sabores, pero eso ya no es novedad. Tampoco, incitar la imaginación a través de la vista o acercar más el bocado comiéndolo con los dedos y usando el tacto. Faltaba la composición pictórica y crea sus “lienzos” -así llama a las bases sobre las que sirve- en plena mesa. Faltaba también el oído y hasta pone algo de música con uno de sus platos. En todo hay brillantez, en casi cada gesto desmesura y sobre todo, una concepción de la gastronomía absolutamente original y fruto de un trabajo incansable. Gusta de llamarse friki –como Lady Gaga, otra rompedora- pero lo hace tan solo para hacerse perdonar por tanta inventiva y tan fulgurante éxito. Detrás de esa imagen falsamente provocadora, hay más pensamiento e innovación de lo que pudiera parecer a simple vista. Puede gustar o no –Joyce no gustó a nadie-, puede gustar todo o no –Basquiat o Haring eran cualquier cosa menos regulares- pero la cocina ya nunca será lo mismo tras su estela.

Hay tanto en su obra que renuncio desde ya a enumerar cada plato del menú y a comentarlo detalladamente, porque su exuberancia es tal que los 140€ que cuesta el corto, siendo inasequible para la mayoría, no se puede considerar caro; por los productos, por la ejecución, por la abundancia y por los placeres creativos e imaginativos que depara. En este nuevo espacio ha mejorado la estética, se ha ganado en sorpresas y el ritmo y el esfuerzo son colosales. Los últimos comensales se van a las 19.30 y el primer turno de cena empieza a las 20.00. Comenzamos:



En Gran circo DiverXo fui muy crítico con el mejunje de las palomitas. Ahora, manteniendo el original, se ha depurado y ya solo sirve cuatro (cocinadas con mantequilla de Idiazábal) sobre un punto de salsa ponzu junto a un crujiente de palomitas y tomate, claro guiño a los infantiles ganchitos al queso. A ese inicio se van agregando, un canelón de mozarella, un mollete chino de maíz y trufa, o sea un mochi, como solo Dabiz los sabe hacer, sublimes, una palomita de maíz helada (con yuzu, trufa, kikos y polvo de palomita y lima) y un clásico y algo grasiento buñuelo de Idiazábal.



La sopa de lichis, gengibre y ají y la trufa con maíz tostado, huitlacoche y tomate confitado en soja y especias continúan con esta gran declinación sobre el maíz que mezcla con todo y con todo sobresale. El aroma de las trufas combina a la perfección con el huitlacoche y no tan bien con la fortaleza del tomate cuyo confitado es potente y aromático, pero demasiado contundente para la delicadeza de la trufa, aunque todo el plato es bello y delicioso.






Las kokotxas con miso son originales y la fritura de sus ajos perfecta; la salsa verde al vapor, un refinado juego de esferificaciones contenidas en un cestillo vegetal. Nada es lo que parece y todo sabe a lo que debe. Surge aquí el gran maestro de todas las técnicas.



El sandwich de kobe, erizo y mayonesa de chile chipotle es perfecto y un equlibrio de contrarios que pocos consiguen Si antes había combinado valientemente kikos y trufa y en un menú anterior con pintada y anguila ahumada, ahora lo hace con carne y crustáceos, kobe y erizo, y todo ello con un perfecto resultado. A continuación, en un nuevo rizar el rizo, pone lo mismo pero en forma de una sopa de intenso caldo de carne y chispear gustativo de yemas de erizo. Sobrecogedor! Por eso, nos da -en la boca- un bálsamo de frescor, la pizza margarita helada con aceite de oliva.



La cabeza de gamba con almendra azafrán, ajo frito y coral de gamba es un bocado exquisito que estaba suspendido desde el principio sobre nuestras testas. Hay que levantarse para alcanzarla. Ya habíamos tenido cucuruchos de helado para enfriar botellas, kikos y palomitas, pizzas puestas en la boca por el camarero y ahora llega esta piñata comestible. Dabiz más que un niño malo, como él se cree, es el hada bondadosa del cuento… La cabeza es solo el aperitivo sorpresivo y juguetón de un gran plato, la gamba roja –con un punto perfecto- con setas shitake, huevo frito y tallarines de salsifí.



Los excelentes dumplings (Muñoz a veces parece chino) de cerdo ibérico y cebolleta se sirven con un ctel de galanga, pepino y apio y preceden al cochino pekinés con pepino, cebolleta china, fresa y sésamo negro, un alarde de sabiduría oriental -lo sabíamos desde siempre- y una reinvención del famoso pato que, sin perder su esencia y sabor, lo transforma totalmente.






La bacanal andaluza-Xo comienza con un espléndido Riesling Sour de mandarina que prepara el paladar para el sabor untuoso y boscoso del bonito ahumado con sarmiento que, acompañado de una extraordinaria ensalada que es esencia de aceitunas gordales, se complementa con caldillo de perro (con mandarina) y una gran tortillita de boquerones (con jalapeño). Otra vez la unión de los opuestos. 




La raya con pimienta de Jamaica, patatas Hong Kong y chile chipotle es una bellísimo cuadro que nos hace preguntarnos qué seria de la moderna cocina española sin la despensa mexicana, ese maravilloso tesoro que ya usaba el gran Adriá y ahora emplean con profusión Diego Guerrero, Estanis Carenzo y hasta los japos más innovadores. 





El coco verde con callos de bacalao, chuleta de raya y mozzarella es un ex libris de Muñoz. Cambia ingredientes pero siempre esta presente. Este completa a la perfección el plato anterior dando homogeneidad y coherencia a todo el conjunto. 




Lo de embriagar todos los sentidos se aprecia en el  finale salado. Como si de una sinfonía se tratase, la partitura va in crescendo. Se cierra una cortina en torno de la mesa, aparece un candelabro encendido, una copa de Burdeo, y un pequeño reproductor de música con canciones francesas de los 70. Es el regreso al pasado de la mano de Robuchon y en forma de pequeños y tiernísimos jarretes con una variedad tal de guarniciones que marean: bizcocho de mantequilla, bombón de Calvados, macarron de apionabo, guisantes a la menta, etc. Para que el guiño sea completo un fondo del más tradicional puré de patatas y una densa e inolvidable jugo de carne con anacardo, cacahuete, curry en polvo, albahaca, hierbabuena… Magnifico. Sorprendente. 






La capacidad de sorpresa parecía colmada pero faltaba un plato que me hace desdecirme de mi prejuicio sobre la flojedad de los postres de DiverXo. El pastel de violeta, ajo negro, guayaba y flores es una excelente receta y unos de los platos más bellos y coloridos que quepa imaginar. 



Quizá es demasiado adulto para acabar este gran juego de eternos niños. Faltan aún algodones de azúcar de color amarillo, pica pica de piña colada, helado de gominola, naranja y cola y un sinfín de golosinas que ya entran más por los ojos que por la boca. 



Estamos ante una cocina única tras la que se esconde una gran sabiduría, porque para transgredir hay que saberlo todo. Por eso Miró pudo pasar de la mayor capacidad técnica a una suerte de barroquismo infantil, a la complejidad de lo más simple, como de distinto modo hizo Picasso. Por eso, es también una cocina de código abierto, porque todo lo explica y todo lo exhibe, sabedor de que el secreto está en ser pionero y rupturista para que el resto copie.

Haber creado su reino de Oz le ha supuesto a Dabiz Muñoz una evolución impresiónate, habiendo alcanzado una enorme madurez sin perder un ápice de su ardor revolucionario, de su pasión por la vida y por el cambio. Dabiz Muñoz está ya en otra galaxia. Aunque a pesar de  mi devoción por la cocina y de mi admiración por los cocineros no creo que sean artistas. Sin embargo, la comparación con el arte siempre es buena y altamente evocadora: si todos los demás están aún en Modigliani -cuando no en Delacroix-, él es un nuevo Duchamp que lo está cambiando todo para que nada pueda ser igual y del mismo modo que el autor de La Fuente -nada más que un urinario- lo hace a través del juego, la provocación y la aparente sencillez. Con este espacio, estos menús y estas creaciones solo se corre un riesgo, no entender nada o caer en el síndrome de Stendhal y perderse la mitad. Pero es lo que tienen los genios…


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Palermo Hollywood 

Reza el dicho que a un argentino hay que comprarlo por la mitad de lo que dice y venderlo por el doble. No es que sean mas jactanciosos que otros, tan solo que su visión literaria de la existencia les hace exagerar. Sobre todo, en lo que respecta a ellos mismos. 

Lo que en otras partes del país es exceso en Buenos Aires es simplemente desmesura. Se entiende bien mientras se pasea por la cuidad, por paseos arbolados y bajo fachadas de mármol y volutas de fierro, y se goza con el buen gusto de sus pobladores pasados y presentes. Solo así se entiende que a una zona de Palermo, un barrio cuajado de fachadas Belle Époque, elegantes torres y enormes parques festoneados de ombúes, jacarandas, palos borrachos, ceibos y rosaledas, dieran en llamarla Palermo Hollywood por la simple razón de que allí se instalaron en buena cantidad productoras, agencias de artistas y negocios relacionados con cine y televisión. Un poco exagerado, pero francamente gracioso y creativo, como también es el argentino corriente, eso sí, cuando no esta en onda psicoanalista o trágica, a lo Eduardo Mallea uno de los grandes escritores del ser argentino. 



Con estos antecedentes, el barrio solo podía ser trendy y refugio de la modernidad más cool, perdón, ahora debería decir hipster. Está plagado de cafetines y restaurantes sobre aceras arboladas y es buen lugar para la huida y el paseo. 



Tras una pared cuajada de graffiti (el taxista pasó dos veces sin percatarse, nosotros tres…) se esconde la diminuta puerta de Tegui el declarado mejor restaurante de Argentina, una bella nave en blancos y negros de una elegancia tan discreta como sorprendente. Luces tenues (solo abre por la noche, cuando estamos más bellos), cocina a la vista, gente guapa -y eso que todos los porteños parecen ser guapos y los que no, poetas borgianos– grandes ánforas de luz y dos enormes cristaleras, una que da a un estrecho y delicado jardín de plátanos y otra que descubre una bodega que más parece un titilante escaparate.





Como la mayoría de los grandes restaurantes de este continente -quizá como los franceses también- la cocina es más moderna que contemporánea. Poco riesgo, técnicas probadas y preocupación por no asustar al cliente. De lo más actual se toma la veneración por lo verde, la colorista belleza de los platos y la exaltación del producto local. 

El restaurante solo sirve dos menús: de cinco pasos (700 pesos) y de siete (1.000). Afortunadamente pedimos el primero. Afortunadamente porque las raciones son generosas y el ritmo demasiado lento. Eso sí, oficiado por un servicio profesional y de una amabilidad desarmante. 



Como aperitivo son excelentes el Cucumber Martini y el de lichis. Llega primero un pan de mate con mantequilla casera. El pan es agradable pero la hierba de la superpopular infusión Argentina se usa con demasiada generosidad y el resultado es algo amargo y muy herbáceo. 



El yogur con tomate, sandía y pepino mezcla tomate comprimido con la sandia con otro seco y crujiente y los posa sobre un yogur suave, refrescado por el pepino. Un plato bonito, fresco y muy de verano. 



La remolacha (está de moda), ciruela y queso de cabra presenta el tubérculo en crema, cocido y deshidratado, así como almendras, láminas de ciruela seca y brotes de remolacha, mizuna y amaranto. Espectacular orgía vegetariana y purpúra. 



La crema de maíz con langostinos, pepino y crocante de maíz con aguacate y brotes cilantro es el más flojo de los platos, porque abusa del dulzor insípido del maíz, pero los langostinos son excelentes y el cilantro excitante. 



Sigue un plato fuerte y muy de campo, soberbio: mollejas ahumadas, hongos de pino fresco, salsa de hongos de pino, cerezas y rúcula salvaje. Sabores campestre todos y una gran mezcla de casqueria y verdulería bellamente resuelta. 



Se acompaña de cremona, un pan hojaldrado con grasa de cerdo algo fuerte de sabor aunque idóneo para el plato, pero de textura extraordinaria. No quiero ni pensar como resultaría sustituyendo la grasa por una buena mantequilla. 



Otro pan casero, el de chicharrón, acompaña a cordero en su jugo con calabacín, pickle de calabacín, flor de lo mismo, cebolla con albahaca y puré de calabacín. El cordero hace honor a la fama de las carnes argentinas y el abuso del calabacín se compensa con sus muchas preparaciones, todas suavizantes de la carne. 



Los postres siguen la senda del gusto por lo verde: frutos rojos con marshmellow de eucalipto, crujiente de merengue de frambuesa, sorbete de fresa y helado de cedrón (hierba luisa), una apoteosis de colores y toda una explosión de sabores frutales. 



El durazno, pelones (nectarina), damasco, almíbar de vainilla, crema de chocolate con naranja y helado de yogur y orejones parece mezclarlo todo, frutas, dulces, ácidos pero lo hace con maestría y el equilibrio entre tantas variedades gustativas es perfecto. 

Tegui es un gran restaurante. Reinventa una cocina inexistente y cuida todos los detalles. No está en la vanguardia porque a la cocina Argentina aún no le ha llegado la contemporaneidad, pero Teguí la acerca brillantemente a ella. 



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