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La arquitectura de las olas

  Frank Gehry ha hecho arquitectura con las olas, llenando sus edificios de elegantes curvas y sinuosas ondas, haciendo flexible lo rígido, ligero lo pesado y móvil lo estático. Además es el gran representante de la arquitectura lúdica que constituye, a su vez, uno de los más esenciales ingredientes de la sociedad del espectáculo, Vargas Llosa dixit.  

 Solo tiene dos obras en España y una es un gran proyecto privado que no es museo ni centro de arte, sino un edificio que fue concebido para sede social de unas bodegas y ahora es el hotel Marqués de Riscal, una luminosa, colorida y brillante escultura de piedra y titanio que parece aletear entre los viñedos. Magenta, plata y oro, sus ondulaciones representan las tierras calcáreas, los vinos jóvenes, los racimos en sazón, blancos y tintos, la curvatura de los sarmientos y hasta las escarpaduras de esa Sierra Cantabria que se divisa a lo lejos.

 Su belleza bien vale un paseo -o un viaje- a La Rioja, una tierra hospitalaria y generosa surcada de ríos y plagada de árboles, la cuna del español, de los los vinos más afamados y ahora también de bodegas de autor. Pero además de arquitectura y vino, también se come, y bien, en el restaurante que en el hotel regenta Francis Paniego, famoso cocinero del Hotel Echaurren.  Aquí como allí, practica una cocina moderadamente moderna, muy apegada al producto e hija de las buenas técnicas.  

 El menú que probé en mi primera visita comienza con Sarmientos, un ingenioso guiño a esas espirales vegetales que en La Rioja se usan para animar y dar sabor a los fuegos. Aquí se sirven entre humaredas y son unos deliciosos palitos de Idiazábal teñidos con tinta de calamar.  

 Me encantó después el caviar de uva sobre cuajada de foie, una mezcla acertada que desengrasa el hígado y sin endulzarlo demasiado, al contrario que las compotas o las frutas almibaradas que demasiadas veces lo acompañan. Las bolitas de uva, que tanto deben al caviar de melón de Ferrán Adriá, le aportan una textura etérea y mucha frescura, además de dar al plato un bello aspecto.  

    Las croquetas de jamón, huevo y pollo resultan agradables y cremosas, así como el carpaccio de gamba roja sobre tartar de tomate y ajoblanco es un plato que recuerda a muchos otros, pero que se resuelve espléndidamente y cuyos delicados cortes hacen de gambas y tomate sutilísimas láminas transparentes.  

 Lo que no se entiende, al menos conceptualmente, es que el plato siguiente, semillas, cigalas, aguacate y quinoa, tambien contenga ajoblanco en cantidades masivas. Es uno de mis platos preferidos pero resulta un exceso. A pesar de ello, es una creación excelente y la quinoa cocida en caldo marinero y tostada después aporta toques crocantes y marinos que son perfecto complemento a la cigala. Eso sí, un poco menos de salsa no vendría mal.  

 El almuerzo continúa, ya en descenso, con el arroz cremoso con verduras, setas y tallarines de sepia, un plato muy sencillo que se come bien pero no apasiona, lo mismo que  

 la merluza asada sobre pil pil de patata al aroma de vainilla, un buen pescado demasiado aromatizado por la vainilla.  

 El cordero glaseado con gengibre y hortalizas frescas llevó al extremo los defectos anteriores (demasiado ajoblanco, mucha vainilla) hasta el punto de hacerlo incomible. La exageración con el gengibre, el fondo demasiado concentrado y mucho descuido con la sal lo tornaban tan fuerte y salado que hubo que devolverlo. Reaccionaron bien los encargados, reconociendo el error y ofreciendo cualquier alternativa lo que me permitió, una vez más, arrojarme a los  

 quesos de un carro suficientemente variado y muy bien escogido.  

 Felizmente la tosta templada con queso de Cameros, manzana y helado de miel eleva nuevamente el nivel. Y mucho. Es un postre que mezcla maravillosamente dulces y salados, cremas y crujientes, fríos y templados y blancos inmaculados con suaves ocres. ¡Delicioso y perfecto!

 El restaurante -aunque mucho más la arquitectura- merece la pena y Francis Paniego es uno de los grandes por méritos propios, pero aquí se cometen algunos -pocos- errores imperdonables. Bien es verdad que está  perdido en la nada y que los más de los días está semivacío, pero eso no se justifica todo, especialmente por tener una estrella Michelin y tan elevados precios. Hay quien piensa que no es justo hablar de una única experiencia en un restaurante, como hago tantas veces, pero no estoy de acuerdo, sobre todo cuando categoría y precio son altos. Como en el teatro, cada representación es única y cada servicio un examen. Por eso los verdaderamente grandes no fallan nunca, ni en la actuación ni en colación.  

Hotel Marqués de Riscal                  Calle Torrea, 1                                Elciego                                                Álava                                                    Tfno. +34 945 180 880

     


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Paladares a la cubana

 Ya he cantado hace muy poco las bellezas de La Habana, esa ciudad varada en el mar donde los atardeceres son más dulces que en cualquier otro lugar. 

 Sus encantos arquitectónicos, la creatividad -única forma de libertad- a raudales y sus múltiples rincones hechizados, hacen olvidar frecuentemente, los páramos abandonados como después de una guerra y la dureza del día a día. El turista puede ignorarlos entre el griterío de los pavos reales  

 del mastodóntico y bellísimo Hotel Nacional, mientras ahoga sus penas en daiquiris y mojitos y se asoma al mar desde jardines colgantes y terrazas voladoras. 

  

Hotel Nacional

Todo en la ciudad es tan amable como sus pobladores y las callejas de La Habana Vieja nos transportan al último estertor de un imperio colosal, a un tiempo en el que los criollos aún se adormecían indolentemente en mecedoras de caoba maciza, bajo el aliento de perezosos ventiladores

 Ahora nada es tan dulce, pero la energía cubana encontró en los paladares un modo inocente de escapar a la economía estatal. Se trata de pequeños restaurantes que abrieron a finales de los noventa rodeados de limitaciones y cautelas, justo cuando se permitió el trabajo cuentapropista (por cuenta propia). Mucho ha pasado desde entonces y la abundancia de ellos abruma, por no hablar de los tics de restaurante de moda neoyorquinos (esnobismo, desatención, gentío) de algunos tan nuevos como El Cocinero o tan históricos como La Guarida, que ahora hasta cuenta con una blanca terraza en la azotea más propia de Miami Ibiza que de La Habana.  

La Guarida

Visité varios paladares, pero solo uno me llamó la atención, Le Chansonnier. Antes de hablar de él -recomendado hasta por el AD americano- conviene recordar que no estamos en un país normal, sino en uno en el que impera la economía del Estado, en el que nunca hubo -al contrario de México o Perú– una gran cocina autóctona y en el que la vida de cada día se rige por un severo bloqueo, por lo que la escasez es la norma general y cuando no falta una cosa, falta otra.

 Por eso, parece un milagro que estos pequeños lugares privados estén tan cuidadosamente decorados y practiquen una cocina más que correcta. Puede que no vayan a estar en la guía Michelin, pero los que visiten la isla me agradecerán que los mencione. 

La cocina de Le Chansonnier, como su propio nombre indica, es francesa, aunque no desprecia algunos platos italianos o españoles. Los entremeses tienen su gracia, nos permiten probar varias entradas y nos devuelven a otras épocas, cuando este era un plato obligado en todo restaurante que se preciara, muy en especial en los Paradores Nacionales. 

 La lasagna de berengena y camarones (o langosta o cangrejo) es suave, saludable y agradable 

 aunque no tanto como el pulpo con guisantes o eso imagino, porque no conseguí probarlo, de tanto como les gustó a mis acompañantes.  

La  mousaka de vegetales tenía una gran variedad de estos y todos los sabores estaban equilibrados sin perderse en el gratinado. 

Menos acertado resultó el cordero con salsa de mostaza y chocolate. La carne pecaba de dura y la salsa, con esa mezcla tan arriesgada, resultaba algo incongruente.  Los guisantes que la acompañaban sí que estaban realmente buenos, especialmente en un país donde casi no hay mantequilla, por increíble que parezca. 

Los postres son quizá lo mejor de este restaurante, desde un flán -más bien pudin-  realmente sabroso

hasta un brownie con intenso sabor a chocolate y una ejecución tan ortodoxa como bien acabada.  

Soy consciente de la generosidad de estos comentarios porque si este restaurante estuviera en Madrid puede que no le hubiera dedicado una sola línea, pero a cada uno hay que darle según lo que tiene y teniendo tan poco como tienen en este país y siendo tan meritorio el riesgo y la iniciativa, hay que juzgarlo entre sus iguales y, entre ellos, está sin duda entre los primeros.  

  

Le Chansonnier.                                    Calle J 257 esquina 15 y Línea (Vedado). La Habana.                             Tf. +537 832 1576

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Cuidado con el Ritz

Ya parezco todo un periodista. Miro este titulo, que tan poco tiene que ver con lo que voy a decir pero que es llamativo y algo escandaloso, y me siento entre director y redactor jefe de un periódico cualquiera,  porque yo sigo enamorado del decadentismo Belle Époque de hotel Ritz, de los pasos amortiguados por las alfombras, de las tenues notas del piano de la rotonda y de las suaves luces que ocultan cualquier imperfección. La vulgaridad de la realidad se queda fuera y en sus salones se respira la paz de un mundo perdido para siempre y que probablemente no fue mejor, pero que así nos lo parece porque nos empeñamos en soñarlo. Al fin y al cabo, ya lo decía Whitman, la belleza subsiste en el recuerdo…

 
De lo que aquí hablaré es tan solo del jardín inundado de plátanos y campanillas y dejando a salvo todo lo demás. Al menos, por el momento. Basta superar la distancia de cinco escalones, los que separan la terraza de su fachada oeste, la del restaurante Goya, para adentrarnos en un mundo decepcionante que parece ideado para maltratar a los sufridos y exhaustos turistas, exactamente igual que si estuvieran en los mesones de la Plaza Mayor o en los dominios de Lezama en la de Oriente

La carta del Jardín es mucho más sencilla que la del restaurante, también más barata, pero no tanto para justificar un servicio poco profesional y desatento y unas maneras campechanas y más bien burdas. Al fin y al cabo, un café cuesta 8€ y los dos únicos postres, 19. 

 
Los platos llegan en desorden y la mayoría fríos. No están mal las ensaladas

 y la sopa de cebolla es aceptable 

 
pero tampoco estamos hablando de platos que no pudiera hacer cualquiera. Las albóndigas con cuscús son sabrosas pero banales, insoportables servidas tan frías. 

 
El problema no es tanto la comida, de andar por casa, como la falta de cuidado, el trabajo mal hecho y la desatención a los detalles, o sea, todo lo que sería muy negativo en un simple bar, pero que en tan refinado lugar es simplemente intolerable. 

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De cocina y amistad

Pienso, como Bacon, que «la amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias». Por eso y por dar gran importancia al acto de comer, intento no asistir a comidas de trabajo -porque en ellas ni se come ni se trabaja- ni compartirlo con gente desagradable, así que solo los amigos tienen cabida. De ahí que no sepa muy bien cuánto le deben a la compañía las críticas más elogiosas que figuran en este blog. 

Sirva esto para aclarar que en mi última visita a Kabuki Wellington estuve acompañado por una mujer fascinante, muy buena amiga y una de las pocas grandes empresarias de este país en el que los Consejos de Administración parecen aún un club inglés en cuya puerta colgara el cartel de «solo hombres». Quizá el placer que me produjo este almuerzo se deba en gran parte a ella, si bien de todos es conocida la mano maestra de Ricardo Sanz a la hora de crear esa fascinante cocina kabuki que mezcla lo mejor de lo japonés con múltiples y heterodoxos atrevimientos mediterráneos. 

Confieso que sigo prefiriendo el recoleto y discreto local de Presidente Carmona, donde todo empezó, pero eso no me impide reconocer la majestuosidad de este restaurante, una nave umbría, elegante y de silencio catedralicio, un marco elegantísimo por el que pulula un servicio perfecto en su invisibilidad, tanta que parece flotar más que pisar el suelo. 

La comida empieza con agradables y refrescantes aperitivos frutales

 que preparan para las primeras delicias, un maravilloso usuzukuri (uno de los diferentes cortes del sashimi) de pargo a la bilbaína, unas excelentes y suaves lonchas de pescado cortadas con gran pericia y aliñadas como el besugo del mismo nombre, lo que no resta sabor al pescado sino que le confiere una gracia mucho mayor. 

 
El usuzukuri de San Pedro con migas de tempura y adobo es una verdadera sorpresa, porque esconde, bajo las crujientes migas de harina de tempura (el rebozado japonés aprendido de los portugueses), un chispeante y colorido aceite de pimentón, una guarnición crocante y algo picante que alegra a un delicioso pescado que, sin ella, estaría mucho más triste. 

 Para que veamos ortodoxia y maestría al más puro estilo, se puede pedir cualquier sashimi tradicional. A mi me encanta el de salmón, un pescado tan graso y untuoso que como mejor resulta es crudo, ahumado o marinado.  

 El tataki de atún rojo está en un punto perfecto, semicrudo o semicocinado, como se prefiera, y el acompañamiento de nabo rallado con sichimi (7 especias japonesas), salsa ponzu y ensalada de verdes resulta aromático, suave y desengrasante. 

 
El atún con huevos rotos es una verdadera delicia, un plato de fusión extraordinario en el que la jugosidad y carnosidad del atún engrandecen enormemente la falsa humildad de unos huevos perfectamente ensamblados con en pescado. Es esta una de esas invenciones tan grandes como simples, una de aquellas que nos hacen preguntarnos cómo no se nos habían ocurrido antes. 

 Ya había hablado en Kabuki Raw de los magníficos nigiris made in Kabuki, todos excelentes, novedosos y mucho más interesantes que los originales, sean de hamburguesa de Kobe, de pez mantequilla con trufa blanca o de huevo de codorniz frito. Asi que nada que añadir a lo escrito porque todos se mantienen ricos y eternamente jóvenes, incluso cuando se renuevan con el de atún flambeado con azúcar moskovado, un gratificante juego de sabores.  

 
Las mayores «transgresiones» están en los postres, cosa que entiendo perfectamente porque la repostería occidental es excelente por lo que siempre es bueno hacerle un hueco, especialmente si se trata de las magníficas texturas de chocolate de Oriol Balaguer, un postre de sabor intenso que remata dulcemente tanta delicadeza nipona. Siempre quedará, para los más puristas, la delicia del helado de té verde junto a alguna que otra sorpresa oriental. 

Confieso, quizá de aquí mi entusiasmo por la fusión, que siendo un gran apasionado por la cocina japonesa, estas mezclas con las de otras latitudes -como la Nikkei, que combina con la peruana- me resultan mucho más estimulantes que la pura ortodoxia, al menos fuera de Japón. Y entre esas irreverencias occidentales, ninguna es tan buena en Madrid, como las del bastante estrellado (Michelin) y muy soleado (Repsol) Kabuki, un imprescindible. 

Kabuki Wellington 
Velázquez, 6, Madrid
Tfno. +34 915 777 877
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The Principal, orgullo y prejuicio(s)

La aristocracia española nunca fue muy de clubes. Más de canalleo, flamenco y majeza –como recuerda acertadamente en su último libro, Arturo Pérez Reverte– prefería el alboroto de los cafés cantantes y el falso lumpen de los tablaos. Sin embargo, hubo dos muy singulares, creados en el Madrid de los albores del siglo XX, y que perviven en la actualidad. 

Ya los mencioné en El Clan de los WagnerianosSe trata del Nuevo Club, una institución heredera del Veloz Club, un hogar para jóvenes deportivos amantes del velocípedo, y la Gran Peña, recreo de los militares y las más rancias tradiciones. Todavía hoy se tiene la sensación de que alguno de los espectros de sus socios es sacado de su sarcófago, cada tarde, para que puedan compartir el Tio Pepe con los todavía vivos, en un elegante edificio que se construyó al tiempo que la Gran Vía en sus límites con la calle Alcalá

Sus tejados dominan las mejores vistas del sur madrileño, empezando por la majestuosa cúpula del edificio Metrópoli, verdadero emblema de la Gran Vía, y siguiendo por las alturas romanizantes del Círculo de Bellas Artes. Al este domina el Retiro y, entre brumas lejanas, la bella corona oxidada de Torres Blancas, esa obra futurista y cosmopolita de Saénz de Oiza que envuelve entre volutas la salida de Madrid hacia la otrora moderna Barcelona. Al Norte, hasta las cuatro torres se pueden ver y es bueno que así sea porque se trata, gracias a Foster, a Pelli, a Carvajal y a Cobb de los únicos vestigios de reciente modernidad en este Madrid tan apegado al ladrillo y a las tres alturas. Allí funcionará una terraza para las tibias -o tórridas- noches del verano madrileño, vergel abierto a todos porque las últimas plantas del vetusto inmueble son ahora, ya es hora de decirlo, un hotel muy cool y más bien serio, como no podría ser de otro modo, ya que dicen las malas lenguas que la oferta de Kike Sarasola fue rechazada por demasiado alegre… Y es que si algo es la Gran Peña es baluarte de viejos valores.

Los nuevos propietarios han tenido el acierto de encargar la gastronomía del hotel al Rey Midas de la cocina madrileña, Ramón Freixa, ese duende que todo lo convierte en calidad y éxito. Como en Arriba no estamos ante su cocina más vanguardista –y más cara- y no conviene olvidar que es restaurante de hotel. Lo digo porque a una gran amiga, reina del buen gusto, le pareció algo vulgar la aparición en la carta de cosas tan banales como el consomé o la ensalada de verdes, platos que tanto agradecemos los que pasamos demasiado tiempo en hoteles.

  

Situado justo debajo de esa maravillosa terraza y abrazado por similares vistas, el comedor cubre de negro sus paredes, seguramente para dar realce a los colores del cielo madrileño y al de los verdes intensos, los cálidos anaranjados y los sutiles rosados de las tapicerías, así como a los multicolores cojines. Un entorno muy elegante que comparte con una recepción que más parece un salón de una gran casa burguesa londinense.

  

Todos los platos son correctos, de una pulcra corrección, desde las croquetas de chipirones, boletus o jamón hasta las más atrevidas y excelentemente ejecutadas patatinas rellenas de turrón y queso azul, una elegante y deliciosa variación de las famosas bravas.
  

Deliciosa, fuerte y profundamente catalana, en su mejor expresión del mar i muntaya, es la butifarra con calamarcitos y cuatro garbanzos, gratinada, perfectamente pelada y pletórica de sabores intensos.
  

La pizza invertida de atún con pinceladas de wasabi es mucho mejor que una normal, ya que solo lleva un anillo de masa y el resto es todo relleno. Perfecta para amantes de lo crudo y muy fuerte para el resto, porque el atún resulta en exceso potente, al menos para paladares que, como el mío, lo prefieren algo hecho. Quizá con pez mantequilla o cualquier otro de menor fortaleza resultará apta para todos lo públicos, quizá marinada, con el pescado ahumado…
  

El imaginativo mundo de alta cocina de Ramón Freixa aparece en todo su esplendor en algo tan sencillo como la pieza de ternera reposada con un toque de humo que llega oculta entre vapores y bajo una cúpula de cristal que, al abrirse, nos embriaga con los toques boscosos del ahumado. La carne excelente y, claro, perfecta de punto, jugosidad y ternura.
   

 


Los postres son un punto fuerte del cocinero y aunque reluce en los chocolates y ello se ve claramente en los tres chocolates, tres colores,
  

la media esfera de queso, miel y piñones es un dulce sobresaliente que actualiza otro clásico catalán y lo embellece con una presentación sobresaliente.

Hay muchas otras cosas, steak tartar, hamburguesa, sandwiches, y todo está bien hecho y es poseedor de cierta originalidad. Los precios son asequibles, el servicio atento y la carta de vinos tan exigua como variada. Que nadie espere la gran cocina de Freixa, pero que nadie piense que este es un restaurante de hotel más porque el cuidado y las buenas ideas abundan por doquier permitiendo refecciones informales, elegantes y no demasiado caras.

Nota: este almuerzo fue cortesía de la casa

Restaurante Ático
Hotel The Principal
Marqués de Valdeiglesias, 1 (esquina con Gran Vía, 2)
Tf. +34 91 521 87 43


 


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Té en palacio

Hace muchos años conocí el hotel Alvear Palace de Buenos Aires y el hechizo de su fascinación fue inmediato. Conservaba todo el encanto y extravagancia de la Belle Époque. Techos altísimos, dorados cegadores, mármoles opulentos, maderas preciosas y espejos por todas partes. 


Sin embargo, ninguna de estas bellezas muertas podía rivalizar con sus pobladores, elegantes damas con perrito que, tocadas de grandes sombreros y acompañadas por botones vestidos de rojo, porteadores de sus compras, miraban displicentes al mundo real y eso que creían que este era el mundo real. Los caballeros de chaqueta azul marino, botones dorados y plateadas cabelleras eran como apolillados escoltas de las bellas. Muchos de ellos tenían apartamento privado en el propio hotel y otros lo habitaban durante largas temporadas. El mundo les petenecía y las calles circundantes eran un reducto parisino de cafés, librerías, paseos umbríos y las tiendas más caras del mundo. Hoy todo eso continúa, a excepción de la mayoría de las damas, muertas hace ya tiempo, y de las tiendas, expulsadas por el peronismo. 


La llamada Orangerie es una suerte de invernadero, escondido entre los brillos y espacio perfecto para un té de otros tiempos. 


Entre una gran variedad de ellos, escogí el Vainilla Tíbet, una deliciosa mezcla con toques de cacao. El té completo contiene una enorme profusión de bocados, servidos en porcelanas francesas, acompañados de platas variadas y distribuidos con enorne refinamiento. 


Comenzando de arriba abajo, un hermoso plato ofrece un bagel de salmón, un pequeño bocadillo de champiñones y un vasito de queso con cebolla confitada. Los sandwiches son blancos (de pollo y tomate) y negros (de pepino y atún, más sabroso que el que ponen los ingleses porque ¿que hay más absurdo que meter rodajas de pepino entre dos panes?) y los dulces, un delicado rollito de manzana y pasas, un aceptable financier de chocolate y una deliciosa bavaroise de chocolate negro sobre bizcocho de té verde. 



Los dorados scones llegan calientes y escoltados por buenas mermeladas caseras: de arándanos, naranjas amargas y crema de limón. 

Si alguien pensaba que este festín -llamado incorrectamente té- ya se había acabado, está muy equivocado. El excelente servicio, que sirve con impolutos guantes blancos, avanza ahora portando un carro de dulces al que ni el menos goloso podría resistirse. 


Pasteles de tres chocolates, de frutas exóticas, milhojas, cremas, mousses, frutos rojos. Para mi fue fácil. La mezcla de chocolate y castañas se me hace irresistible. Este lleva además una perfecta base de caramelo crujiente. Durante mucho tiempo pensé que los croissants  del Alvear eran los mejores del mundo. Ahora creo que tiene mucha otra repostería irrepetible. 


Los argentinos -quizá debería decir los bonaerenses- siempre han sido gente culta y cosmopolita, capaz de absorber lo mejor de los muchos pueblos europeos que aquí se radicaron -aún hay casi ochocientos mil italianos y más de cuatrocientos mil españoles-, así que si fueron capaces de reinventar la pizza a su manera y de recrear el estilo francés en su arquitectura, por qué no iban a poder mejorar los mejores tés. 


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Palacio Duhau

Hubo un tiempo en que Argentina fue una de las naciones más ricas del mundo, una tierra de míticas riquezas que, como una suerte de Eldorado, atraía a los infortunados de todo el orbe, como una lamparilla a un insecto. Esa mezcla de razas y culturas le proporcionó una visión ancha y cosmopolita del mundo; las riquezas hicieron lo demás. La ciudad quiso parecerse a París y los grandes estancieros construyeron grandes palacios, coleccionaron arte y promovieron la cultura. Todo con enorme elegancia, porque también lo hicieron en Manaos al amparo del caucho, y eso les proporcionó un palacio de la ópera con una cúpula de azulejos multicolores. Sin embargo, los argentinos resistieron a la extravagancia y sus fuentes no manaban champán los días de estreno, ni los más ricos enviaban sus camisas a lavar a Londres, porque el agua del Amazonas era demasiado basta para sus batistas y algodones. 

Buenos Aires se llenó de árboles, palacios y grandes avenidas, convirtiéndose en una de las más bellas ciudades del mundo, un enclave de buen gusto y ejemplo para todo el continente. Y no solo… Entre sus bellezas, resalta la Recoletaun barrio burgués de insoportable elegancia, abrazado -cosas porteñas- por un gran cementerio hacia el que se orientan, atónitos, balcones de rejas ondulantes y fachadas fin de siecle. Podrá parecer raro pero esto es Argentina. En todas sus calles se respira un aire de elegancia burguesa que nada consigue alterar. Bellos portales de madera, latón y mármol, arriates de flores, añosos árboles y luz a raudales. 



La columna vertebral del barrio es la calle Alvear, enclave privilegiado de uno de los mas clásicos hoteles del mundo el Alvear Palace. Hasta hace poco, nadie podía pugnar con sus esplendores Belle Époque. Hasta hace muy poco, porque ahora, algo más arriba en la misma calle, se erige desde el Park Hyatt Palacio Duhau, un palacete que por un lado -el de la calle- se asemeja, con sus columnas dóricas, su imponente escalinata y su sobrio frontón, a un templo griego, mientras que por el otro -el del jardín- es un delicioso chateau. 



El hotel ocupa este antiguo palacio, construido hace apenas un siglo sobre el solar de otro, sus jardines y una parcela que da a la calle Posadas. Ahi, en un edificio moderno, están la mayoría de las habitaciones, contando el palacio con apenas veinte. Es por una de ellas por las que debe luchar el viajero sibarita, porque la separación formada por el jardín colgante y sus rumorosas aguas, los convierte en dos hoteles completamente diferentes. 



El palacio es de una opulencia sin igual no carente de elegancia. De hecho, me incitó a escribir por primera vez de un hotel en esta Anatomia del Gusto. Lo dije desde el principio, pero en este tiempo ninguno me ha inspirado lo bastante. Sobran los anodinos y menudean los decadentes, lo que convierte al Duhau en una bella excepción tras una restauración impecable. 



Todo parece ser de piedra, maderas y los más bellos, ricos y variados mármoles que cabe imaginar





El salón principal, de altísimos techos, se adorna con columnas y pilastras corintias y el bar –antiguo fumoir de la residencia- está forrado con hermosos paneles neogóticos a juego con una enorme chimenea. 





Nada desmerece en esta manzana de palacios: el Duhau es aledaño de la Nunciatura y de una hermosa y decadente casona particular.



Las habitaciones son amplias y confortables y muchos de los enormes baños cuentan con bañera semiexenta y lámparas y apliques de cristal, cubiertos por pequeñas pantallitas plisadas.



El hotel posee un gran spa con una piscina climatizada de 25 metros, varios restaurantes entre los que destaca el Duhau, con mesas en la terraza inferior, y una gran bodega con más del siete mil vinos argentinos. Por tener, hasta tiene una variada colección de arte -francamente mejorable, eso sí- que cuenta con obras de Botero, Manolo Valdés, Juan Lecuona, Raúl Fardo, etc.





Quizá hay otros más lujosos –Four Seasons- o llamativos –Faena–, pero ninguno como este palacio para sumergirse en el Buenos Aires de los años dorados, aquel que contemplaba Europa desde el otro lado del espejo.

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