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El sabio silente de Nerua

 Hay muchos restaurantes con vistas, como el River Café en Nueva York o el Mirador de Morayma en Granada, y a ellos se va simplemente para que la vista goce de bellos atardeceres o de embriagadoras noches de luces titilantes. Además existen otros donde incluso se come muy bien y a los que iríamos se viera lo que se viese. Es el grupo del Jules Verne de París, situado en le segundo piso de la Torre Eiffel y que es en sí una experiencia incomparable (y desmesuradamente cara…) y el de Nerua, en Bilbao: está este situado en un saledizo del Guggenheim y no solo domina curvas de titanio y plateadas ondulaciones de ría, sino que además goza de un incomparable vista sobre la Mamá de Luois Bourgeois, una suerte de espectacular arácnido de bronce que además es marsupial, una elegantísima oda a la maternidad y al mundo de las texturas metálicas.

 Estas, las bellas vistas y la excelente comida, son dos de las tres características principales de este restaurante. La tercera es la injusticia a la que se ve sometido, año tras año, por la tacañería de Michelin. No es necesario que diga cuanto admiro los criterios de esta guía, pero es muy cierto que varían grandemente según los países, siendo muy generosos con Francia (la madre) y Japón (por deslumbrado desconocimiento, quizá) y tremendamente tacaños en el caso español, sentimiento comprensible en quien se sabe despojado del cetro de la cocina mundial.

Conozco muchos restaurantes de dos estrellas en Francia –y alguno de tres- que merecen mucho menos esta calificación que la talentosa mano del chef Joseán Alija, quien ya en 1998, con motivo de la apertura del Guggenheim, se convirtió en la gran revelación de la cocina española. Ahora, 17 años después, ese fogonazo ha cristalizado en una realidad incuestionable de inteligencia, elegancia, modestia y trabajo incansable. 

Cuando fui por primera vez, hube de atravesar una cafetería de museo de moda completamente atestada y francamente incómoda, al fondo de la cual se escondía, como una gruta encantada, el restaurante del Guggenheim porque, en aquel entonces, ni nombre tenía. El hechizo fue inmediato porque no había museo en el mundo con tal calidad gastronómica y ello debido al cuidado extremo con que se culminó este alucinado proyecto que sigue asombrando al mundo. 

En 2011, el restaurante ganó este espléndido saledizo sobre el que vuela y hasta consiguió el nombre propio, Nerua, del que carecía. Ahora en un local sobresaliente cuenta también con un buen equipo, encabezado por un excelente sumiller, Ismael Álvarez. Aquí se sigue por los mismos rumbos de cocina cuidada y respetuosamente moderna en la que los vegetales se tratan con saber y maestría desde mucho antes que los nórdicos, con Noma a la cabeza, pusieran de moda la cocina verde.

  Empezar con un aperitivo en la terraza de la azotea o en la mesita de la entrada es gran idea, para así poder disfrutar de bellas esculturas, de los paseantes, de la ría y de un ambiente de paz culta que prepara todos los sentidos para el goce de la comida. Entre este espacio y la cocina, empieza el placer de este almuerzo con unos chicharrones de bacalao realizados con la fritura de la piel del pescado cuidadosamente tratada,

  
unos bellísimos tomatitos convertidos, gracias al relleno, en Bloody Mary
  
y la explosión de una croqueta de huevo que es en realidad un huevo frito en tempura que estalla en la boca sin perder un ápice del tradicional sabor, pareciendo croqueta pero siendo huevo…
  
Un buen pan de caserío, ecológico y amarillo de maíz, precede a un panecillo asombroso, un mochi de aceite que junta lo mejor de Oriente y el Mediterráneo, renovando la clásica torta de aceite.
  
  
El taro con alubia blanca es otro trampantojo en el que la legumbre se sustituye por bolitas de este tubérculo, aunque parecen ñoquis en la boca y judías a la vista. El caldo es una intensa infusión de pochas que completa un plato que es reinvención de las veraniegas recetas frías de legumbre que mucho gustan en el País Vasco.
  
Tanto monocromatismo se rompe con el verde fulgor de unos deliciosos, tiernísimos y perfectos guisantes lágrima, el caviar verde, acompañados de un soberbio helado de aceite que se elabora con una excepcional arbequina mallorquina y que me recordó aquella gran invención de Martín Berasategui, el primero que se atrevió a servir tan arriesgado helado.
  
Las alcachofas confitadas, praliné, fondo de jamón y hierbas aromáticas son tan diminutas como sabrosas y se envuelven en un caldo avellanado excepcional y es que, ya tardaba en decirlo, Joseán es un mago en esto de los caldos, que clarifica y embellece con maestría, dotándoles además de intensos sabores.
  
La sopa de marisco y pescado no tiene un sólo sabor que no corresponda a la receta más tradicional y llena el paladar de marisco y mar. La diferencia es que se compone como si fuera la más delicada miniatura japonesa.
  
Las quisquillas, tallos de brócoli, endivia blanca, lima y vainilla constituyen un colorido y elegante acuario en el que los acompañamientos respetan el suave sabor del marisco, añadiéndole tan solo un toque cítrico y un leve aroma a vainilla que resulta perfecto. 
  
Los garbanzos guisados con hierbas y especias son una gran sorpresa, por el emplazamiento en el menú, como un modo de limpiar el paladar huyendo de los manoseados sorbetes, y porque son un golpe de Castilla y de secano en las feraces laderas verdes de Bilbao que se cuelan por las ventanas. Están repelados, mantecosos y sumamente tiernos y se asientan en un luminoso caldo transparente.
  
La kokotxa de bacalao al pil pil es una perfecta creación que se consigue haciendo casi brandada con la kokotxa y emulsionando tanto la salsa que entre eso y que se le escatima el aceite parece nata.
  
La merluza frita con calabaza y salsa verde es otro gran alarde de técnica porque se envuelve en una tempura crujiente e impermeable que consigue una jugosidad única para el pescado, al modo de lo que hace Dabiz Muñoz con el wok usado a la peruana.
  
El foie gras de pato, crema de lentejas verdina, ajo y perejil posee sabores tan intensos como los de los pescados, demostrando que si Alija domina la sutileza de las verduras, también borda los placeres más intensos. En este caso el hígado está cocinado de un modo admirable que le quita el exceso del grasa del que suele pecar este plato.
  
Zanahoria y rosas es un bello cuadro de naranjas y verdes que refresca tras tanta intensidad y muestra una perfecta combinación entre aromas florales y una hortaliza que sólo se llevaba al postre para hacer tartas, cosa incomprensible dado su dulce sabor.
  
El cabello de ángel, aquí un nido crujiente, plátano y helado de limón es el único plato que estéticamente está por debajo de la media, pero esa sosez se compensa con creces con una mezcla de sabores deliciosa y que subyuga tanto a los más fruteros como a los más dulceros.
  
Nunca había comido mochis de postre y, como me pasa con la zanahoria, tampoco sé por qué dada su naturaleza. Estos son unos pastelillos húmedos y algodonosos con recuerdos a mazapán y a canela, una culminación aparentemente sencilla y en realidad, compleja.
  Y así es toda esta cocina que sólo puede ser bien entendida apelando la personalidad del cocinero, un sabio silente que huye de los focos y de los reportajes de moda, que casi no sale a recibir parabienes y que expresa su grandeza no consumiéndose en la fana sino expresándose, como la Santa Teresa escritora, con aparente sencillez pero gran altura, esa simplicidad que solo se alcanza después de despojar de alharacas y adornos al alma del idioma.

Nerua
Museo Guggenheim 
Abandoibarra Etorb, 2
Bilbao
Tfno. +34 944 00 04 30
   

   

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De cocina y amistad

Pienso, como Bacon, que «la amistad duplica las alegrías y divide por la mitad las angustias». Por eso y por dar gran importancia al acto de comer, intento no asistir a comidas de trabajo -porque en ellas ni se come ni se trabaja- ni compartirlo con gente desagradable, así que solo los amigos tienen cabida. De ahí que no sepa muy bien cuánto le deben a la compañía las críticas más elogiosas que figuran en este blog. 

Sirva esto para aclarar que en mi última visita a Kabuki Wellington estuve acompañado por una mujer fascinante, muy buena amiga y una de las pocas grandes empresarias de este país en el que los Consejos de Administración parecen aún un club inglés en cuya puerta colgara el cartel de «solo hombres». Quizá el placer que me produjo este almuerzo se deba en gran parte a ella, si bien de todos es conocida la mano maestra de Ricardo Sanz a la hora de crear esa fascinante cocina kabuki que mezcla lo mejor de lo japonés con múltiples y heterodoxos atrevimientos mediterráneos. 

Confieso que sigo prefiriendo el recoleto y discreto local de Presidente Carmona, donde todo empezó, pero eso no me impide reconocer la majestuosidad de este restaurante, una nave umbría, elegante y de silencio catedralicio, un marco elegantísimo por el que pulula un servicio perfecto en su invisibilidad, tanta que parece flotar más que pisar el suelo. 

La comida empieza con agradables y refrescantes aperitivos frutales

 que preparan para las primeras delicias, un maravilloso usuzukuri (uno de los diferentes cortes del sashimi) de pargo a la bilbaína, unas excelentes y suaves lonchas de pescado cortadas con gran pericia y aliñadas como el besugo del mismo nombre, lo que no resta sabor al pescado sino que le confiere una gracia mucho mayor. 

 
El usuzukuri de San Pedro con migas de tempura y adobo es una verdadera sorpresa, porque esconde, bajo las crujientes migas de harina de tempura (el rebozado japonés aprendido de los portugueses), un chispeante y colorido aceite de pimentón, una guarnición crocante y algo picante que alegra a un delicioso pescado que, sin ella, estaría mucho más triste. 

 Para que veamos ortodoxia y maestría al más puro estilo, se puede pedir cualquier sashimi tradicional. A mi me encanta el de salmón, un pescado tan graso y untuoso que como mejor resulta es crudo, ahumado o marinado.  

 El tataki de atún rojo está en un punto perfecto, semicrudo o semicocinado, como se prefiera, y el acompañamiento de nabo rallado con sichimi (7 especias japonesas), salsa ponzu y ensalada de verdes resulta aromático, suave y desengrasante. 

 
El atún con huevos rotos es una verdadera delicia, un plato de fusión extraordinario en el que la jugosidad y carnosidad del atún engrandecen enormemente la falsa humildad de unos huevos perfectamente ensamblados con en pescado. Es esta una de esas invenciones tan grandes como simples, una de aquellas que nos hacen preguntarnos cómo no se nos habían ocurrido antes. 

 Ya había hablado en Kabuki Raw de los magníficos nigiris made in Kabuki, todos excelentes, novedosos y mucho más interesantes que los originales, sean de hamburguesa de Kobe, de pez mantequilla con trufa blanca o de huevo de codorniz frito. Asi que nada que añadir a lo escrito porque todos se mantienen ricos y eternamente jóvenes, incluso cuando se renuevan con el de atún flambeado con azúcar moskovado, un gratificante juego de sabores.  

 
Las mayores «transgresiones» están en los postres, cosa que entiendo perfectamente porque la repostería occidental es excelente por lo que siempre es bueno hacerle un hueco, especialmente si se trata de las magníficas texturas de chocolate de Oriol Balaguer, un postre de sabor intenso que remata dulcemente tanta delicadeza nipona. Siempre quedará, para los más puristas, la delicia del helado de té verde junto a alguna que otra sorpresa oriental. 

Confieso, quizá de aquí mi entusiasmo por la fusión, que siendo un gran apasionado por la cocina japonesa, estas mezclas con las de otras latitudes -como la Nikkei, que combina con la peruana- me resultan mucho más estimulantes que la pura ortodoxia, al menos fuera de Japón. Y entre esas irreverencias occidentales, ninguna es tan buena en Madrid, como las del bastante estrellado (Michelin) y muy soleado (Repsol) Kabuki, un imprescindible. 

Kabuki Wellington 
Velázquez, 6, Madrid
Tfno. +34 915 777 877
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Slowest food

Slow food es un movimiento creado en 1.986 como oposición a los desatinos del fast food.

De no ser porque es anterior a una deliciosa obra de Kundera, La Lentitud, bien podría parecer que se inspiró en ella. Especialmente en esta frase: «el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Pueden deducirse varios corolarios de esta ecuación, por ejemplo este: nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a si misma». 

La comida, con sus tardes y noches de largas sobremesas, con sus aromas y sabores, con sus lazos con fiestas y celebraciones, con ritos iniciáticos y con paraísos infantiles, está indisolublemente unida al recuerdo, a lo mejor de nuestra memoria. Por eso, ha de ser reposada y apaciblemente lenta porque, otra vez Kundera, «hay un secreto lazo entre la lentitud y el recuerdo, entre la velocidad y el olvido». 

 Sin embargo, la lentitud debe estar en nosotros, en el ritmo más o menos pausado que impongamos a nuestra comida, nunca en la falta de ritmo del servicio, porque esto las puede trocar de placer en rotura, de goce en nerviosismo. Y todo esto me vino a la mente ante la despaciosiodad del nuevo Sushi 99 (Padre Damián), un local elegante, refinado, caro y con excelentes platos «semijaponeses».

Las gyoshas de jabalí con queso de Arzúa, castañas pilongas y cebolla caramelizada son sabrosas y levemente picantes, una buena y original manera de hacer un plato español a la japonesa. De ahí ese neologismo de lo semijaponés.

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El cangrejo real gratinado con mayonesa de wasabi y tobiko (huevas de pez volador) de yuzu es un intento menos afortunado de lo mismo y ello porque el cangrejo es un ingrediente tan suculento e importante que nada debe disfrazar su sutil sabor y esta mayonesa, deliciosa para sabores más fuertes, lo disimula en exceso. Las huevas, sin embargo, le dan un toque crujiente y marino que está bien y que nada ocultan.

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Mucho mejor resulta el carabinero a la plancha con salsa de jalapeño y manzanilla Pastrana porque la carne del marisco no se mezcla con la salsa, incomprensiblemente llamada de jalapeños (el chile de más frecuente uso) cuando es una crema de guacamole en la que destaca el aguacate. Jalapeño tiene, pero como un ingrediente más.

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El maki de langostino tempurizado, buey de mar y aguacate está realmente bueno porque la tempura es crujiente y realza -por contraste- la blandura del resto de los ingredientes.

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El arroz crujiente, aguacate y atún picante con salsa de jalapeños, es otra variación interesante porque el arroz inflado y crujiente resulta delicioso. La falsa salsa de jalapeño repite la del carabinero.

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Ya se sabe que los postres no son el fuerte de los japoneses por mucho que practiquen la fusión. Por eso, el inteligente Ricardo Sanz, creador del mejor restaurante semijaponés de España, encargó algunos de los de su Kabuki al gran Paco Torreblanca. Los de Sushi 99 no son una excepción y así el brownie con gengibre caramelizado y helado de gengibre
abusa de esta raíz excesivamente potente y el pastel es demasiado denso. Quizá si el helado fuera de yuzu o kumquat, pongo por caso, el resultado sería más ligero y refrescante. Gran error abusar del gengibre.

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Las pastas de te verde, chocolate y gengibre llegan con el café, insisten con el gengibre y son un buen remate.   La carta de vinos es extensa y lujosa, el ambiente acogedor y buena la comida. Lo que no sé si se justifican son los elevados precios, porque una comida como la descrita con un vino blanco de 20€ no baja de 80€ por persona, precio que también tiene el menú degustación, este sin bebidas por supuesto. Y del servicio, pues ya queda todo dicho. 

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La mano verde de Quintonil

Conocí Quintonil, en México D. F., gracias a la generosidad de un embajador de España refinado, culto y gran conocedor del país. No diré quien es, para que los anteriores y posteriores puedan darse por aludidos. En aquella ocasión no me gustó demasiado, sin saber que asistía al nacimiento de un gran restaurante, porque apenas tenía seis meses y daba sus primeros pasos. Rápidos pasos porque muy pronto se colocó entre los diez mejores de Iberomérica según la lista de los 50 Best de la revista Restaurant, aunque desde hoy le auguro posiciones más altas.

Su artífice es un joven chef mexicano que se formó en el gran centro de la modernidad culinaria de ese país, Pujol, y en el de la gran contemporaneidad europea, Noma, y eso se nota desde la decoración desnuda y elegantemente sobria, hasta el amor por lo verde. No sabría decir, dos años más tarde, si ya ha superado a su maestro Enrique Olvera pero sí que me han deslumbrado los hermosos platos de cerámica mexicana, las bellas composiciones y un asombroso uso de los vegetales que revoluciona una cocina que, aunque los usa con profusión. nunca los ha destacado como únicos protagonistas.

IMG_0943  El ceviche de nopal y algas es un plato refrescante y lleno de sabores cítricos en el que la planta se presenta en dos texturas, deshidratada y cocida.

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Llega después un excelente pan casero caliente de cilantro y chile poblano acompañado de frijoles con hoja santa, una hierba muy aromática, salsa tatemada y una excelente mantequilla de huitlacoche, el hongo del maíz.

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La ensalada de hojas frescas y tostadas de queltes, emulsión de sus tallos, jitomates y queso Cotija, es otra preparación fresca y saludable a base de esa hierba silvestre que solo se da en México. Los sabores a perejil y cilantro son intensos y penetrantes. La presentación es de un potente color verde y ya anuncia la belleza de muchos de los platos.

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El marlin ahumado en salsa verde, verdolagas, hinojo y guacamole
es un inteligente modo de combinar un excelente pescado ahumado con multitud de sabores vegetales y frutales, entre los que destaca el aroma del hinojo y el dulzor de las pepitas de granada.

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Siguiendo con los entrantes, llega otra sorpresa vegetal que me hace pensar en David Toutain, el gran mago francés del mundo verde, la crema de chayote con requesón, un bello plato que añade a la hierba y al queso un crujiente chip de chirivía y un hermoso brote de chícharo.

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El huazontle es otra deliciosa hierba mexicana que en este taco se sirve en dos texturas: rallado y rebozado. El plato se llama huazontles con queso de Chiapas, amaranto, quinua y sofrito de jitomate y es otra mezcla que muestra el conocimiento que Jorge Vallejo posee del mundo vegetal. Hasta el momento, y exceptuando un poquito de marlin por aquí y otro poquito de queso por allá, se trata de un menú semivegetariano, tan conseguido que apenas se nota la ausencia de proteínas.

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Pero lo vegetal sigue, afortunadamente, con los tamales de de acelga, puré de uva pasa, crema de rancho y nuez de macadamia, otro plato delicioso y colorido en el que sabores vegetales intensos combinan con una bella presentación.

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Solo hay dos concesiones al pescado y a la carne, seguramente para que veamos que Jorge Vallejo, también domina el mundo animal aunque rodeándolo de vegetales inimaginables. La totoaba en salsa de chile chipotle, pico de gallo de salicornia y chia tiene un excelente toque picante y quemado que le otorga el chile y que las verduras refrescan ingeniosamente, especialmente la muy marina salicornia, lo más parecido que hay a una ostra en el mundo vegetal.

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El diezmillo de res waygu en pulque, maíz y reducción de chiles secos, es el plato de carne, tierna y excelente, lentamente cocinada en la bebida y que se sirve con tortillas y se acompaña de puré de maíz, huitlacoche y chayote. También es picante e intenso, también introduce con maestría las verduras y los hongos.

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Para quien pensara que las verduras habían acabado, queda aun una extravagancia, otro delicioso plato vegetariano como puente entre la carne y el dulce. Es tan bueno que no me atrevo a criticar su emplazamiento. Una hermosa hoja oculta calabazas en salsa de recado negro, hoja santa y frijoles refritos, una preparación de suave picante que contrasta con el delicado aroma de la hoja santa y el dulzor de los calabacines. Una proeza y un regalo de bella originalidad.

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El prepostre es vegetal y otra delicia. La nieve de nopal con sal y limón, es un refrescante sorbete en el que la sal no hace más que resaltar la fuerza cítrica.

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El postre estrella –crema de mamey, galleta de pinole y helado de hueso de mamey– solo podía ser frutal y no decepciona, al contrario. Nada más llegar deslumbra por su composición y colorido. El sabor, mezcla de tantos sabores, es perfecto y la presentación fabulosa. A mi que no me gustan las bases negras, en esta ocasión, me parece imposible de mejorar.

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Menos mal que ya hemos comido mucho porque despedirse de este menú apena. Aún queda una concha de chocolate acompañada de café de olla, ese café mexicano fuerte y muy especiado que recuerda cafés antiguos y mercados otomanos. 

La evolución de este restaurante, diferente, original y único en el tratamiento de los vegetales, es una de las mas asombrosas que he presenciado. En menos de dos años ha crecido y madurado como pocas veces ocurre, ofreciendo una cocina elegante, refinada, fiel a sus raíces, pero decididamente moderna y absolutamente original. Además este festín cuesta 990 pesos (unos 55€) algo totalmente insignificante para el placer que produce. Más que recomendable, absolutamente imprescindible.

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Todos los nombres

Hay nombres que pueden arruinar una obra de arte o conseguir todo lo contrario. Cuántas veces nos hemos visto sorprendidos por la poesía de un título que luego era anegado por la mediocridad que ocultaba (La Sombra del Viento, la Lengua de las Mariposas), cuántas tras una denominación banal atisbamos una obra de arte (El Idiota, Tosca). Hay que ser cuidadoso con los nombres, porque nombrar una cosa es lo que más nos acerca a un dios. Denominarla es otra forma de crearla porque solo nombrada adquiere plena realidad y por eso, hasta nombramos lo que no existe.

Saramago parecía saberlo y por ello, designó a una de sus novelas Todos los nombres, porque estando todos en ella no había posibilidad de errar con ninguno.

La Cabra, nombre feo donde los haya y que predispone en su contra, pertenece al segundo grupo, el de los que ocultan bajo su fealdad la grandeza del talento. Quizá sea inteligente porque en ese principio del comienzo acaba la crítica. El restaurante es sobrio, salvo la nota de color de un gran cuadro, y cuenta con varios ambientes y posibilidades de carta y precio.

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En la parte más formal se empieza esta estación con una levísima tortilla de camarones que gusta incluso a los que solemos despreciar su habitual exceso de grasa. Esta es transparente, leve, sutil y sin rastro de harina de trigo.

 

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El temaki de anguila y huevas pez volador es original, crujiente y muy sabroso, una combinación muy de moda al hacer guiños a la cocina japonesa, tan presente hoy en cualquier gran restaurante moderno.

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De vuelve a la vida hay que agradecer que se nombre un plato en lugar de designarlos con su lista de ingredientes, como ocurre desde hace lustros. Antes se llamaban Bella Helena, Thermidor o San Jacobo. Ahora, veinte productos. Este mezcla bien lo untoso de la crema de aguacate, el crujiente de la galleta de gambas y la resistencia de un buen langostino.

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La cosa va bien y aún estamos con los aperitivos. Siguen con el gnochi de batata, parmesano y cristal de manzana
, el menos conseguido, tanto en lo visual como en lo gustativo, por resultar demasiado denso y seco. Aún así es sabroso y original, como todos los anteriores.

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El nivel sube nuevamente con el esférico de paleta, un tamal con fuerte sabor ibérico.

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Sigue el ascenso y la alcachofa con Idiazábal y comsomé de chipirón consigue deslumbrar. Su aparente sencillez respeta de modo perfecto cada ingrediente y esconde variadas técnicas, entre las que destacan unas deliciosas esferificaciones de queso. La mezcla del vegetal con el molusco es perfecta y ambos sabores se realzan recíprocamente.

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El altiplano de cigala y berberecho mezcla una espléndida cigala con el delicioso molusco, que se presenta crudo y lleno de sabor a mar, acompañando ambos de salsas de tierra que no solo dulcifican sus sabores a base de zanahoria, yuzu y vainilla, sino que además dan al plato bellos toques pictóricos como si de un verdadero cuadro se tratara. A estas alturas ya se puede decir que el buen gusto del chef Javier Aranda es sorprendente y que cada plato posee una gran belleza. Y esa impresión, seguirá aumentado.

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El huevo, papada y foie está levemente tibio y cocinado a baja temperatura. Cuando se rompe e impregna las migas de pan japonés, su suavidad lo envuelve todo permitiendo que el foie y el tocino pongan las notas rotundas. Otra gran mezcla.

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El mero, rissoto de trigo, kimchi y coco recuerda mucho a los pescados de Santi Santamaría, maestro de este cocinero junto con el televisivamente famoso, Pepe Rodríguez Rey. Y lo recuerda porque el pescado se trata con gran respeto y tiene un punto perfecto. El «riesgo» solo lo ponen la guarnición de falso rissoto con kimchi y coco, una solución muy acertada porque deja tranquilo a un maravilloso mero que nada necesita.

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El canelón de ternera también está muy en la línea del añorado Racó de Can Fabes porque sabe a Cataluña. Recuerda también al de Ramón Freixa y de ambos tiene los sabores fuertes, la sutileza y el incomparable aroma de la trufa. Es el único plato mas bien feo, de una parte porque se coloca en una base negra sobre la que nada resalta, de otra porque esta es una receta tan sabrosa como poco vistosa.

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El primer postre es muy sutil y elegante, un crocant de dulce de leche, violeta y lima en el que la flor y el cítrico contrarrestan la fuerza del dulce aportándole color y sabores delicados.

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La roca trufada con chantillí de trufa blanca. velo de castaña y terroso de melaza es muy contundente, pero combina bien sabores y texturas en otra mezcla inteligente y refinada.

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Y acabada la comida, he dejado para el final lo más sorprendente, nuestro cocinero tan solo tiene 28 años y ha aprendido lo mejor de sus maestros: discreción, esfuerzo y amor por la cocina y por el trabajo bien hecho. Su estilo huye de lo más agresivo de la vanguardia, pero sabe releer el clasicismo a golpe de renovación pausada. En poco tiempo ha obtenido una merecida estrella Michelin y es que La Cabra es un restaurante elegante, un clásico contemporáneo, que cautiva por su discreción, un lugar donde se cultiva la belleza y el buen gusto a través de platos coloristas, esteticistas y hermosos. Y todo eso sin exagerar la nota, ni la cuenta, porque tanto placer cuesta tan solo 50€.

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Confusión mental

Otro restaurante más en torno a los 30€ (aunque a mí siempre me salen a 50. Será que tengo la mala costumbre de tomar dos platos, postre, café y vino…), que sirve casi todas las entradas en bases de pizarra, que se adorna con una decoración pensada pero anodina y que sirve pulpo, brandada, rabo de toro y tataki de atún. Menos mal que no vi carrillera, ni huevo a baja temperatura o me habría dado un síncope. Se llama Bacira y, a pesar de lo ya dicho, sus tres cocineros hacen un intento de elevar la cocina de este tipo de locales que, al parecer, son los únicos que abren en Madrid; eso sí, con una profusión angustiosa.

La decoración es baratita y el local precioso, porque se yergue sobre una esquina (la del antiguo Balear) y está repleto de ventanas. Sin embargo, los detalles decorativos, más que realzarlo lo aminoran, imponiendo una sensación general de plásticos y cachivaches. Para colmo el mantelito es de hule, cosa bastante incomprensible en la era de los individuales rígidos, limpliables y mucho más nobles.

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Los tres cocineros tienen una variada formación, tanta que en la mayoría de los restaurantes deben haber permanecido muy poco tiempo. Abarca desde los mejores (Celller de can Roca) a los más corrientes (La Maruca o Martinete) siendo la influencia de estos superior a la de los primeros.

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Empezamos nuestro almuerzo con una brandada de bacalao con albaricoques servida en vaso (cómo no), una mezcla disparatada pero ingeniosa que no funciona mal, especialmente porque el colorido es atractivo y la brandada untuosa y suave.

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El tiradito de dorada y vieiras con setas , especias chinas y un toque picante perfecto, muestra a las claras la escuela Nikkei de los tres cocineros y a pesar del exceso de sal, es más que notable.

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Todo empieza a decaer, aunque aún no tanto, con las alcachofas con virutas de foie y setas enoki (aguja de oro, su bello nombre en chino), un plato agradable pero que nada aporta.

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El verdadero problema son los segundos porque transitan por un verdadero desconcierto. El cerdo ibérico agridulce nada añade al del chino del barrio y carece por completo de interés.

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Pero peor es el pulpo ahumado con butifarra negra, una combinación que podría resultar deliciosa si ambos ingredientes se cocinaran juntos en forma de guiso, relleno o albardado, y no como acompañamiento. Para colmo, todo se cubre con una crema de patata que inunda un plato de presentación detestable y en el que el ahumado brilla… por su ausencia.

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El postre de chocolate mezcla un denso helado, una mousse, que no es espuma ni crema, sino más bien pasta, bizcochos de chocolate y dulce de leche. Los sabores son excelentes y se obtienen a base de buenos chocolates, pero todo es tan denso y áspero que resulta seco y difícil de tragar. Un plato que pide a gritos ligereza.

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El pan de especias con chocolate, helado de naranja, aceite, pimienta y sal es otro intento de originalidad donde también se abusa de la sal. No está mal, pero las mezclas no resultan demasiado armoniosas.

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Está claro que este es un restaurante en rodaje. Si tuviera que recomendarlo, lo haría con cautela y hasta puede que le dé una segunda oportunidad, pero da la sensación que opinan demasiados, que todas las ideas se ejecutan con poca reflexión y que faltan liderazgo y una idea clara de lo que se quiere hacer. Esperemos que encuentren el camino, porque el mundo es de los que arriesgan y se esfuerzan pero, la experiencia demuestra que no todo el que arriesga, gana.

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En construcción

Assinatura es un meritorio restaurantre lisboeta que, aún muy joven, en apenas cuatro años, ha contado ya con tres chefs. No conocí a los dos anteriores pero el actual, Vitor Areias, es elegante, conservador y bien formado, tanto en la Escuela de Estoril como en lugares de la talla de Noma y Mugaritz.

Su suerte -y su disculpa- es que sólo tiene 29 años, por lo que aún puede evolucionar y mejorar. El espacio es correcto aunque muy frío y la cocina parece contagiarse de él. En esta ciudad tan conservadora en lo gastronómico (no en lo demás: en apenas un siglo mataron a un Rey y a su heredero, expulsaron a otro, hicieron una revolución y hasta coquetearon con el comunismo…), Areias no arriesga mucho, pero prueba que la cocina lisboeta está evolucionando tímidamente y no sólo por Belcanto o A Feitoria.

Assinatura es más discreto y más barato que estos dos, tanto que ofrece un gran menú degustación lleno de productos opulentos por menos de 50€. Por ejemplo, incluye un buen bogavante con cítricos y una salsa intensa que recuerda la tradicional americana, aligerándola con la acidez de la fruta y combinándola con hinojo, esa verdura tan deliciosa y aromática, como poco utilizada en la cocina española

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O lubina salvaje con jamón ibérico y setas pied de mouton, una receta agradable y con contrastes, pero carente de gracia y en la que no acierta con el punto, al dejar partes muy hechas junto a otras semicrudas..

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Tampoco el sorbete de banana y gengibre con pastel de melaza y citronella apasiona, constituyendo un final muy banal y poco trabajado

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Más arriesga en la ensalada de pez espada con nata agria casera y perejil servida sobre una teja de caramelo, lo que supone un contraste interesante aunque algo incoherente con el pescado

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Sin embargo, el gran plato de este menú es el venado con frutos rojos y salsa de chocolate. Y a pesar de ello, poner daditos de remolacha entre la grosella y la granada es poco adecuado, pero lo que resulta imperdonable es que la carne llegue seca y demasiado pasada y que la salsa sea casi solo chocolate, lo que mata el resto de los ingredientes. Es un plato bello y potente, pero la salsa mejoraría notablemente dándole ligereza con unas simples especias y algo más de caldo. Al fin y al cabo, lo mexicanos lo inventaron hace mucho con el maravilloso mole poblano, ese gran monumento de la cocina mundial

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Vitor es un cocinero capaz y lleno de futuro si aprende algo, arriesga mucho y sobre todo, no vuelve a cometer errores en lo más básico (los puntos de cocción). Si así lo hace, oiremos hablar mucho de Assinatura.

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Quesos Paul y Terrincho con higos macerados en Oporto.

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La bella tuerta

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La fórmula del grupo Tragaluz sería a la gastronomía lo que la llamada «airplane literature for smart people» a las letras, o sea, comida fácil que no haga pensar mucho, elaborada con productos apreciables y no totalmente carente de buen gusto, circunstancia a la que contribuyen decisivamente espacios bien pensados y sabiamente decorados. La apuesta por una clientela guapa y de alto nivel es otro de sus éxitos, si bien el más relevante de todos es el haber impuesto su estilo a la mayoría de los restaurantes que se abren en la actualidad y cuya característica más notable es que tienen todos la misma carta.

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A pesar de mis recelos con los logros de Tragaluz, no todos sus restaurantes se deben despreciar si lo que se busca es una comida sencilla y un entorno refinado. Yo mismo no desdeño, por ejemplo, Luzi Bombón el precioso –cuando le reparen los techos de moqueta- restaurante madrileño, donde me encantan las patas de cangrejo real, no tan fáciles de encontrar, y una buena variedad de cócteles. Los apreciadores también destacan sus ostras.

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El jamón es bastante bueno y las alcachofas fritas –un clásico de la casa y de la cocina catalana- son agradables.

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Como el producto es bueno y su cocina carece de alma, lo mejor es decantarse por preparaciones sencillas como el pulpo a la brasa o el chuletón, aunque los arroces con butifarra, calamares o verduras resultan sabrosos y están en su punto.

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También hay buenos –y baratos- quesos, todos ellos españoles y bien escogidos. Son una buena opción para el postre (un postre sin quesos es como una doncella hermosa pero tuerta, que decía Brillat Savarin…) al igual que los helados.

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Como se ve, todo es de calidad y sin problemas, olvidable pero agradable porque, no nos engañemos, comerse bien, bien, en este grupo, sólo en el Moo barcelonés, el que encargaron a los geniales Roca y donde se disfruta con resplandores –sólo destellos de un estrella lejana- de su magistral cocina, para muchos ¡la mejor del mundo!

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La muerte creativa

Mi gran pena al visitar la Tasca da Esquina, el lamentable establecimiento lisboeta de Vitor Sobral, fue que ya había publicado los peores de 2014, porque de lo contrario este habría sido su gran protagonista.

Sin embargo, Vítor Sobral pasó por ser, en los primeros años de este siglo, la gran esperanza blanca de la nueva cocina portuguesa. La avidez de éxito fácil, la falta de ideas o la incomprensión de sus paisanos, lo han convertido en un triste tabernero solo apto para turistas.

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El local es feo e inhóspito. Se compone de una barra flanqueada por cuatro mesas altas de las que se sale con olor a fritanga y el frío -o el calor- en los huesos, dada su proximidad a la puerta de entrada. La sala es aún peor porque consiste en una terraza prefabricada sobre una estrecha acera, en la que las mesas se encabalgan unas sobre otras.

La comida es llamada portuguesa, pero no es más que una versión trillada y triste de lo más popular y manido. Las lascas bacalao pretenden ser una deconstrucción, reseca e infantil, del bacalhau a brás. Patatas paja, bacalao desmigado y un huevo frito, que piden mezclar, dando origen a un engrudo bastante aterrador.

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Os ovos mexidos com farinheira son un clásico portugués que combina los huevos con un sabroso embutido, hecho a base de harina. Siempre están buenos, pero Sobral consigue cargárselos a base de un incomprensible sofrito de cebolla semicruda.

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En vista de tanto error, decidimos optar por la no cocina. El problema es que el plato de embutidos (enchidos) no es de gran calidad. Las carnes precisan de mayor curación y menor grasa. El chorizo es mediocre, el paio de lombo, colesterol en vena, y los fritos (farinheira y morcilla) una seria incongruencia.

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Quizá la opción más segura son los quesos (Niza, Serpa y Terrincho) aunque sorprende la tosquedad de sus corte y la torpeza de la presentación. Al menos, se sirven con una excelente mermelada de calabaza, lo único reseñable junto con

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otro clásico, el pudín abade Priscos, un denso y delicioso dulce portugués que aquí, sin embargo, se hace naufragar en una superflua crema de limón que, si quería aligerarlo, lo disfraza y transforma.

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Que sea malo y olvidable no quiere decir que no esté lleno -también es cierto que es diminuto-, sobre todo de turistas. Eso no sólo le lleva a insistir en estos caminos de la zafiedad, sino que le permite hacer dos turnos; pero como no se cabe, si uno está en la sala de la barra, pronto es invadido por esas multitudes de turistas incautos que se suben por las paredes y se arremolinan sobre nosotros y es que el espacio no permite más. La culpa la tiene alguna guía, como la Repsol que, dios sabrá por qué, le otorga, nada menos que dos soles. Para que se hagan una idea, las mismas que concede a A Feitoria (el segundo mejor y más elegante de Lisboa) o a Horcher, Ikea, El Bohío o a Miramar, quizá el mejor restaurante de la Costa Brava. Pero hay cosas peores, DsTAGE, la gran sensación madrileña y una estrella Michelin, solo merece uno…

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Estrella de México

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Que la cocina mexicana es una de las más ricas y variadas del mundo es algo más que sabido. La eclosión en el país de una excelente cocina burguesa, que tomó de lo español y de lo indígena aprovechando una enorme variedad de productos, permitió la creación de una gastronomía totalmente original y única. Alguien dijo que sólo en aquellos países en los que una fuerte burguesía se dedicó a cocinar, se consiguió crear una comida propia de verdadera altura, porque las clases altas estaban demasiado seducidas por la cocina francesa y las bajas, bastante tenían con sobrevivir y conseguir el alimento de cada día.

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Por esta excelencia, porque en Madrid nunca ha habido un gran restaurante mexicano – a pesar de los esfuerzos de Entre Suspiro y Suspiro– y por la moderación de los precios (esto ya es cosa del pasado), el éxito de PuntoMx fue inmediato. Ese fervor del público, que continúa, se ha visto respaldado con una estrella Michelin muy merecida, otorgada en el último reparto.

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Procedente de los fogones de una gran casa particular, el chef Roberto Ruiz, ha enriquecido su cocina con quesos y carnes españolas, pero sin dejar de ser absolutamente mexicano. El local es sencillo y sobrio, con apenas unos toques de barroquismo mexicano que sirven para contextualizar su cocina, pero que no la ahogan con colores chillones y estridencias innecesarias. La sopa de tortilla es excelente y con un leve punto picante que a nadie debe inquietar.

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El guacamole es un imprescindible de esta casa y se prepara ante el cliente, que puede solicitar más de sus acompañamientos y condimentos (cilantro, chile, cebolla, sal y limón), por lo que es imposible que no esté a su gusto. Por eso, y por la bondad de todos sus componentes. El punto de picante en que lo sirven es suave y moderado.

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Todo lo contrario que las enchiladas de carnitas de pato con salsa de pipián verde, un hermoso plato de color brillante, al que el sabor del pipián da un toque potente que combina perfectamente con la rotundidad del pato. Los sensibles al picante deberían abstenerse.

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Los tacos de chorizo verde, queso San Simón y salsa molcajeteada (hecha en molcajete, el mortero de piedra volcánica que usan los mexicanos para machacar) de chiles toreados, tienen un delicioso sabor a chorizo convencional pero, en este caso, a uno desconocido para nosotros porque es verde, gracias al uso en su condimentación de diferentes chiles. El acompañamiento del excelente queso gallego elegido es todo un acierto y es tan delicioso como la salsa del molcajete.

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Lo mismo sucede con los tacos de buey gallego con salsa norteña. Aquí predomina el sabor de una carne sobresaliente, madurada durante noventa días y cuya intensidad aguanta perfectamente la salsa que los enriquece.

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No es fácil encontrar, ni siquiera en México, el tuétano asado, al menos uno tan excelente como este. También se come en España, pero aquí le faltan las tortillas o algún aditamento que le reste grasa -ya lo comentamos al hablar de La Tasquita de Enfrente– por lo que resulta demasiado empalagoso. Por eso aquí, la mezcla con la tortilla y la ensalada de hierbas lo aligera y mejora notablemente, convirtiéndolo en un plato sobresaliente.

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Para acabar hay algunos postres, pocos, pero es que ese es el punto más flaco de esta cocina llena de sabores y matices, pero de pocos dulces notables. La cajeta (dulce de leche) en tres texturas es agradable, pero sólo apta para los muy golosos porque es tremendamente empalagosa y ello a pesar de estar suavizada por polvo de pistacho, obleas crujientes y una crepe.

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Así acaba una excelente cena en un lugar imprescindible, el único mexicano con estrella de Europa, un maravilloso embajador de su cocina, con servicio abundante y profesional y multitud de detalles que justifican un elevadísimo precio.

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